APOSTOLES. (Epístola de San Pablo a los Hebreos 13, 7-16)
7 Acordaos de vuestros pastores, que os hablaron la palabra de Dios; considerad cuál haya sido el resultado de su conducta, e imitad su fe. 8 Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos. 9 No os dejéis llevar de doctrinas diversas y extrañas; porque buena cosa es afirmar el corazón con la gracia, no con viandas, que nunca aprovecharon a los que se han ocupado de ellas. 10 Tenemos un altar, del cual no tienen derecho de comer los que sirven al tabernáculo. 11 Porque los cuerpos de aquellos animales cuya sangre a causa del pecado es introducida en el santuario por el sumo sacerdote, son quemados fuera del campamento.
12 Por lo cual también Jesús, para santificar al pueblo mediante su propia sangre, padeció fuera de la puerta. 13 Salgamos, pues, a él, fuera del campamento, llevando su vituperio; 14 porque no tenemos aquí ciudad permanente, sino que buscamos la por venir. 15 Así que, ofrezcamos siempre a Dios, por medio de él, sacrificio de alabanza, es decir, fruto de labios que confiesan su nombre. 16 Y de hacer bien y de la ayuda mutua no os olvidéis; porque de tales sacrificios se agrada Dios.
EVANGELIO. (Lucas 17, 12-19.)
12 Y al entrar en una aldea, le salieron al encuentro diez hombres leprosos, los cuales se pararon de lejos
13 y alzaron la voz, diciendo: ¡Jesús, Maestro, ten misericordia de nosotros!
14 Cuando él los vio, les dijo: Id, mostraos a los sacerdotes. Y aconteció que mientras iban, fueron limpiados.
15 Entonces uno de ellos, viendo que había sido sanado, volvió, glorificando a Dios a gran voz,
16 y se postró rostro en tierra a sus pies, dándole gracias; y éste era samaritano.
17 Respondiendo Jesús, dijo: ¿No son diez los que fueron limpiados? Y los nueve, ¿dónde están?
18 ¿No hubo quien volviese y diese gloria a Dios sino este extranjero?
19 Y le dijo: Levántate, vete; tu fe te ha salvado.
19 Y le dijo: Levántate, vete; tu fe te ha salvado.
HOMILIA I. Domingo XII de Lucas. (Luc. 17, 12-19)
“La curación milagrosa de los diez leprosos”.
Del libro “Háblame, Cristo” – mensajes para jóvenes de los Evangelios de los Domingos. Archimandrita Apostolis X. Tsolaki
¿Por qué Dios quiere que le glorifiquemos?
En nuestra época, no existen hospitales para leprosos, porque esta enfermedad se ha limitado. Antiguamente existían muchos hospitales, porque los enfermos que padecían esta enfermedad infecciosa eran muy numerosos.
Realmente repulsiva esta enfermedad. No se puede ni mirar a uno de estos enfermos, pues están deformados, sobre todo su cara. Sus cuerpos estaban llenos de heridas y de úlceras supurosas. Estaban condenados al aislamiento social, ya que se trataba de una enfermedad muy infecciosa.
Lo mismo sucedía en los años de Jesucristo. Los leprosos vivían apartados del resto del mundo. Además, según la Ley Mosaica, estaban considerados como impuros. Por eso aquellos diez leprosos que vieron desde lejos al Señor, no se acercaron a Él, sino que desde donde estaban le llamaron levantando su voz, pidiendo misericordia al Misericordioso.
Tuvo compasión de ellos Cristo y le dijo que fuesen a mostrarles a los sacerdotes (que eran responsables también de estos temas) que se habían puesto bien.
Ellos salieron de camino, y según iban, fueron curados. Que gran alegría, qué enorme sorpresa para estos desafortunados hombres. Ni ellos mismos se lo podían creer. Sus cuerpos estaban ya limpios, su piel renovada y suave, como la de un niño pequeño. Ahora cada uno podía volver a su casa con su familia, como antes... ¡Qué felicidad!
Realmente repulsiva esta enfermedad. No se puede ni mirar a uno de estos enfermos, pues están deformados, sobre todo su cara. Sus cuerpos estaban llenos de heridas y de úlceras supurosas. Estaban condenados al aislamiento social, ya que se trataba de una enfermedad muy infecciosa.
Lo mismo sucedía en los años de Jesucristo. Los leprosos vivían apartados del resto del mundo. Además, según la Ley Mosaica, estaban considerados como impuros. Por eso aquellos diez leprosos que vieron desde lejos al Señor, no se acercaron a Él, sino que desde donde estaban le llamaron levantando su voz, pidiendo misericordia al Misericordioso.
Tuvo compasión de ellos Cristo y le dijo que fuesen a mostrarles a los sacerdotes (que eran responsables también de estos temas) que se habían puesto bien.
Ellos salieron de camino, y según iban, fueron curados. Que gran alegría, qué enorme sorpresa para estos desafortunados hombres. Ni ellos mismos se lo podían creer. Sus cuerpos estaban ya limpios, su piel renovada y suave, como la de un niño pequeño. Ahora cada uno podía volver a su casa con su familia, como antes... ¡Qué felicidad!
Y esto hicieron todos ellos. Todos, menos uno. Éste, antes de volver a su casa, se giró hacia Cristo, y con gran voz dio gloria a Dios y agradeció al Señor por su obra. Además, se arrodilló frente a Cristo, reverenciándole.
¡Y éste era samaritano! Es decir, de otro país y de otra cultura. Esto lo observó el Señor, y como con cierta queja dijo: ¿No se han curado diez? ¿Dónde están los otros nueve para que vengan a dar gloria a Dios? ¿Sólo este extranjero? Y volviéndose hacia el samaritano le dijo: levántate y vete, tú fe no solo ha curado tu cuerpo, sino que ha salvado a tu alma.
Y pregunta es…¿por qué quiere Dios que sea glorificado? Los hombres quieren ser glorificados por su egoísmo. Pero Dios, ¿por qué?
Mantén bien dentro de ti la respuesta para que se la digas a los demás. Dios no quiere que le glorifiquemos para Sí mismo, para Su placer y satisfacción. Lo quiere para nosotros. Para nuestra felicidad. ¿Qué significa esto?
¡Y éste era samaritano! Es decir, de otro país y de otra cultura. Esto lo observó el Señor, y como con cierta queja dijo: ¿No se han curado diez? ¿Dónde están los otros nueve para que vengan a dar gloria a Dios? ¿Sólo este extranjero? Y volviéndose hacia el samaritano le dijo: levántate y vete, tú fe no solo ha curado tu cuerpo, sino que ha salvado a tu alma.
Y pregunta es…¿por qué quiere Dios que sea glorificado? Los hombres quieren ser glorificados por su egoísmo. Pero Dios, ¿por qué?
Mantén bien dentro de ti la respuesta para que se la digas a los demás. Dios no quiere que le glorifiquemos para Sí mismo, para Su placer y satisfacción. Lo quiere para nosotros. Para nuestra felicidad. ¿Qué significa esto?
Dios es por naturaleza la felicidad, la gloria. Nosotros, ante cualquier cosa que le ofrezcamos, no le aumentaremos para nada Su misericordia. Dios no tiene ninguna necesidad. Pero cuando Le glorificamos, somos nosotros los que participamos en Su gloria, en Su misericordia, en Su felicidad. Y así nos glorificamos también nosotros, brillamos. Nuestro corazón se hace más ancho, abrazando todo el mundo.
Los que han aprendido en su vida a dar gloria a Dios y dar gracias al Señor, éstos viven como Ángeles, cuya vida es la continua oración.
¿Has entendido ahora por qué Dios pide que Le glorifiquemos? Quien da gloria a Dios vive desde ahora un sabor del Paraíso. Porque allí todo está lleno de gloria del Señor. ¡La Doxa-Gloria del Señor!
HOMILIA II. Metropolita de Pafos (Chipre), Sr. Tíquico, «Santos Atanasio y Cirilo, Patriarcas de Alejandría».
[Discurso pronunciado el 17 de enero de 2025 en la capilla de San Atanasio, en Pafos.]
