SAN PAÍSIO DEL MONTE ATOS (TESTIMONIOS-ACONTECIMIENTOS-ENSEÑANZAS)




SAN PAÍSIO DEL MONTE ATOS


(TESTIMONIOS-ACONTECIMIENTOS-ENSEÑANZAS)
 









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Traducido al español por Nectario: https://laortodoxiaeslaverdad.blogspot.com/






EL VENERABLE PAISIO



(TESTIMONIOS-ACONTECIMIENTOS-ENSEÑANZAS)







Serie «VIVENCIA ORTODOXA» 3















El Venerable Paísio

Testimonios – Encuentros – Enseñanzas


Vivencia Ortodoxia 3


PUBLICACIÓN DEL CENTRO PARA LA UNIDAD Y

ESTUDIO – PROMOCIÓN DE NUESTROS VALORES

¨Romanidad Unida¨


Primera edición, Tesalónica 2020


ISBNꓽ 978–618–5266–21–9


Centro de distribuciónꓽ Romanidad Unida


Calle Monasteriou 225, Menemeni, Tesalónica 54628

Tel.ꓽ (0030)2310552207 Faxꓽ (0030)2310552209


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EL VENERABLE PAISIO



(TESTIMONIOS-ACONTECIMIENTOS-ENSEÑANZAS)






ROMANIDAD UNIDA

VIVENCIA ORTODOXA 3



SALONICA 2016













INDICE


PROLOGO

TESTIMONIOS


1.1. Mis recuerdos del venerable Paísio.

1.2. El venerable Paísio y los alumnos de la Academia del M. Atos.

1.3. Cumplió su deseo.

1.4. “Yo a sacerdotes no confieso”.

1.5. Oración con lágrimas e información.

1.6. Diagnósticos de rehabilitación.

1.7. Cuánto me ayudó san Paísio.

1.8. “Seis años llevas llamándome”.

1.9. San Paísio, mi gran benefactor.

1.10. “¿Te convenzo ahora?”

1.11. Apoyo a un alumno.

1.12. Un cambio milagroso.

1.13. Conviene que tenga el problema.

1.14. Revelaciones y luz demoníaca.

1.15. Salidas por el mundo.

1.16. “Veía mis pensamientos”.

1.17. Desapareció el ánimo de venganza.

1.18. Su belleza celestial.

1.19. Lo que dura una vela.

1.20. “Me dio la salida”.

1.21. “No pude esconderme”.

1.22. “Escuchó de lo que hablábamos en casa”.

1.23. Mi experiencia con san Paísio.

1.24. Aprendizaje bajo san Paísio.

1.25. “Me lo dijo todo”.

1.26. Conocimiento de la Voluntad Divina.

1.27. Nos enseñó con su silencio.

1.28. Visita al Monasterio.

1.29. Recuerdos de un graduado en la Academia del M. Atos.

1.30. Comunicación espiritual.

1.31. Mis visitas al Gérontas Paísio.

1.32. “Fue para mí un milagroso inspirador”.

1.33. Humilde declaración de agradecimiento.

1.34. Respecto a la música Bizantina.



BREVES ACONTECIMIENTOS


ENSEÑANZAS


MILAGROS TRAS SU DORMICION


4.1. Curación de enfermos de cáncer.

4.2. Comunicación con niños autistas.

4.3. Fragancia en sus libros.

4.4. Se mueve su fotografía.

4.5. Su sepulcro tiene vida y ofrece curaciones.

4.6. Quedó impresionado ante un libro del Gérontas.

4.7. “No veas la televisión”.

4.8. “Estaba aquí”.

4.9. “¡No temas, no estás solo!”.

4.10. Realizó él la operación.














PROLOGO


Este libro que tenéis en vuestras manos contiene textos publicados en el ejemplar Nº20 de la revista de “Romanidad Unida” ¹, el cual estaba dedicado a san Paísio, así como otros elementos no conocidos, como fotografías no publicadas e iconos recientemente creados. Todo esto ofrece una imagen completa de nuestro actual y clasificado entre los santos, el Venerable ² Paísio, el cual ayudó a innumerables almas con un personal modo particular, así como a la Iglesia y a nuestro Género (nuestra Nación, por la que tanto luchó). Su actuación carismática es continua e inagotable, y los milagros tras su dormición son innumerables. Fue elegido por Dios para ayudar a nuestra espiritualmente pobre y difícil generación con palabras, con obras, con su ejemplo, con su oración, “con pruebas y señales”. Sus palabras poseen un efecto carismático y su vida ascética y martirizante emociona a todos. El pueblo de Dios, pero también los que son indiferentes, sienten gran reverencia y amor por esta santa persona. Este es el premio, la justa recompensa de la gente por sus fatigas y sus sacrificios que por amor padeció por el dolorido hombre actual. Ninguna persona hoy tiene tanta actualidad, no emociona tanto a las almas de los hombres, no recoge el dolor y las solicitudes de los doloridos, como el santo Paísio.

Su altura espiritual, su gracia floreciente que Dios le dio, permanecerán como algo desconocido e incomprensible, encubierto por su profunda humildad. Fue un grande en nuestra época, a juzgar por su oferta y por las señales que tras su dormición tienen lugar. Podemos presentarle como un río dorado de múltiples corrientes que riega toda la faz de Grecia, pero también la Ortodoxia mundial. Por toda la tierra salió su voz, y hasta el extremo del mundo sus palabras.

¿Qué era lo que san Paísio tenía de particular, que recibió de Dios tanta gracia y gloria? Como la sombra sigue al cuerpo, así al santo le seguía siempre, estaba en su naturaleza, su ascesis con pundonor para Dios, su amor sacrificado por cada persona, la preferencia por el bien del prójimo, su sed por ayudar a cada uno en su salvación. Toda su vida era un sacrificio, un ofrecimiento a la gente, a la Iglesia, al Género, a la humanidad, como la vela que arde y se derrite, iluminando y consolando con su luz a los demás. Esto es lo característico de todos los santos, que especialmente también poseía el venerable Paísio. “Cualidad de los santos es ninguna gloria, ningún honor. Su único deseo, la salvación del prójimo.” (San Juan Crisóstomo. Patrología Griega 57,53).

Las intercesiones del venerable Paísio, de todos los santos y de la Madre de Dios, que ayuden a cada hombre, a nuestra sufrida patria y a todo el mundo. Amén.






TESTIMONIOS


Mis recuerdos de san Paísio.


Relato de la monja llamada Mirofora: «Tenía 14 años, cuando por primera vez hablé con el Papulis ³ Paísio. No sabía mucho sobre la vida espiritual. Entonces, cuando conocí a nuestro Gérontas ⁴, comencé a confesarme. Vivía en el entusiasmo de la vida espiritual. Tenía sin embargo algunos pensamientos blasfemos, así los llamaba el padre. Los pensamientos eran sobre nuestro Gérontas y me preocupaban mucho. Me decía él: “no los des importancia, son del diablo”. Yo no podía superarlo.

Salió el padre Paísio al mundo. Preparaba entonces el libro sobre la vida del venerable Arsenio. El Gérontas lo sabía, me dio una carta y me envió a ver al Papulis y decirle los pensamientos que me preocupaban mucho. Intenté ver al Papulis por medio de las monjas; me dijeron, “no va a poder verte, tampoco a nosotras nos ha visto todavía, ni a nadie”. Entregué a las hermanas la carta que me dio el Gérontas del monasterio para el padre Paísio y por la tarde me llamó. Estaba en la pequeña celda ubicada sobre el depósito. Se sentó sobre un taburete y me arrodillé y comencé a contarle lo que me pasaba.

”Todos esos pensamientos”, me dice, “los tomo yo para mí. Yo daré cuentas a Dios”. Me puso un ejemplo: “Vino un monje allí al Santo Monte Atos ⁷, que tenía mucha devoción por un santo. Pero no le reverenciaba, porque le venían pensamientos blasfemos contra él. Cuando me lo dijo, le llevé, tomándole de la mano, ante el icono del santo. Le dije que le reverenciase besándole por todas partes, en la cara, en las manos, por todo el cuerpo. Pues de este mismo modo, Mirofora, reverencia tú también al Gérontas (higúmeno), besándole muchas veces sus manos. El diablo quiere alejarte del Gérontas, para que no pueda ayudarte. Yo ahora te voy a ayudar para que se vaya todo esto, y después no te abandonaré. Te aportaré empuje espiritual durante toda tu vida”.

Esto era, todo desapareció, me llené de regocijo, recibí su bendición y me fui de allí volando.

Otro día me llevaron las hermanas a recoger algunas hortalizas. Mientras trabajábamos, llegó el p. Paísio. Cuando vino a donde estábamos trabajando y me acerqué a recibir su bendición, me preguntó: “¿Todo bien? ¿Se fueron los pensamientos? ¿Conseguimos desarraigarlos?” Nos sentamos todas a su alrededor y nos habló del Monte Sinaí, de cómo vivía allí con los beduinos. Nos decía muchas bromas, las hermanas se reían mucho. A mí me hacía mucha impresión, cómo un santo podía decir tantas bromas. Pero no le malinterpreté, tenían gracia sus bromas. Recuerdo que dijo a las hermanas que cuando un monasterio abre, está bien que las primeras hermanas ya se conociesen anteriormente como laicas, porque si no, se hace “un trapo de distintos trapos”.

Nos conocíamos ya como laicas entre las primeras hermanas que fuimos al Monasterio. Teníamos como padre espiritual ²⁵ al Gérontas, nos unimos mucho entre nosotras y con él. Subía andando de madrugada, le ayudábamos en los Oficios Litúrgicos. Después le confesábamos pensamientos, algunas veces esto duraba todo el día, lo pasábamos espiritualmente.

Así nos unimos entre nosotras, y también con él. Era difícil separarnos e ir a distintos monasterios sin él. Comenzamos a hablarle sobre construir un pequeño monasterio. El Gérontas estaba él solo en una pequeña celda, con otras tres o cuatro celdas de tamaño similar al lado. Nos decía que era difícil hacer un monasterio y que él no podía asumirlo.

Entonces vino el Papulis a ver al Gérontas, no recuerdo si fue la primera vez, porque también venía aquí antes de hacerse el Monasterio. Nosotras todas juntas le dijimos:

—Padre, construyamos aquí un monasterio, porque nos es difícil ir a otro sitio.

—No os preocupéis, —nos dijo—, yo convenceré al Gérontas para que haga aquí uno—. Después dijo al Gérontas que él se ocuparía de ayudarnos espiritualmente, y así empezó a realizarse poco a poco. Todavía no habíamos ido para quedarnos para siempre, sin embargo la mayoría de los días y de las noches los pasábamos aquí.

Entonces yo tenía 16 años. Las otras hermanas me decían, “no te va a admitir el Gérontas, eres aún pequeña”. Yo me angustiaba mucho, pero no me atrevía a preguntarle al Gérontas, no fuese que me dijese que realmente no podía admitirme. Cuando vino el p. Paísio, fui a verle. Le pregunté:

— Papulis, cuando abra el Monasterio, ¿me admitirá el Gérontas…? Porque soy pequeña.

— ¿Cuántos años tienes? —Le dije—:

—Dieciséis—. Me dio un toque en la espalda y me dijo: —Adecuado para ser novia de Cristo. Santa Marina también tenía dieciséis años, agarró al diablo por los cuernos y lo pateó; haz tú también así. A ti te va a admitir primera el Gérontas.

Me fui llena de alegría. Desde pequeña tenía un pesar. Todos los niños de mi edad tenían algún abuelo o abuela, yo no tenía porque habían fallecido antes de que naciera. El Papulis me preguntaba muchas veces, “¿tienes abuelo?” Le decía que no. “Yo, ¿no soy tu abuelo?”, me respondía.

Leí en los libros que los santos muchas veces conocen nuestros pensamientos, pero aún yo no lo había vivido. Era de las primeras veces que hablaba con el padre Paísio. Mientras le decía mis pensamientos y me daba consejos, mantenía en su mano una cuerda de oración ⁸ de cien nudos. En mi bolsillo tenía yo también uno igual. Pensé, cuando terminemos la conversación le voy a decir que me dé su cuerda de oración como bendición, y yo le daré el mío, para que no se quede sin ninguno.

No me dio tiempo a decir nada, cuando me dijo: — ¿Cambiamos las cuerdas de oración?

Le digo: —Eso te iba a decir ahora, Papulis. —Lo he entendido, —me dice—.

Era pequeña, tenía muchos años de diferencia con las otras hermanas. Me mostraba mucho amor. Decía, “que lo sepáis, la hermana Mirofora, es mi monja”. Cuando iba a recibir su bendición, me decía, “ven hermana”. Cuando se reunían todas las hermanas, hacía como que no me veía y decía, — ¿dónde está mi monja?—. —Aquí, Papulis—, le decían las hermanas. Me veía después y reía. Cuando venía nos daba siempre algo como bendición. O una pequeña cuerda de oración o un pequeño icono de los que él hacía. Las hermanas estaban de pie y esperábamos a que empezase el encuentro con él. Pasaba e iba sacando de una bolsita las bendiciones y se las daba a las hermanas. Ante mí se giraba, me miraba, reía, pasaba de largo y no me daba nada. Cuando había dado ya a todas, se volvía hacia mí, se reía de nuevo y me daba todas las bendiciones que habían quedado.

Cuando le decía que había cometido alguna falta, como que causé preocupación a la Geróntisa ⁴ o que no hablé con respeto a las hermanas, me decía, “me sorprendes, Mirofora, tú eres mi monja… me sorprendes”. Intenté entonces no desconcertar al Papulis. Me preocupaba con facilidad. Me decía: “Dedícate un poco al canto, di un poco la Oración ⁵ a lo largo del día, y estarás en el paraíso”. Cuando iba a verle, me decía, “vamos ahora a cantar”.

Cantábamos mucho. “Digno es”, “Santo Dios”, “Bondadosa, que a todos proteges”, el lento “Desde mi juventud “… ⁶



El año en que salió por primera vez el libro de “Vida de san Arsenio” en nuestro Monasterio no teníamos mucho dinero, sin embargo debían hacerse algunas pequeñas celdas más, porque vivíamos dos monjas en la misma celda. Llamamos a un albañil, también nosotras ayudábamos, preparábamos la mezcla de cemento, llevábamos ladrillos. Yo era más joven, tenía fuerza y ayudaba más. Muchas veces estábamos hasta tarde. Dormía poco, me despertaba, hacía mi canon o regla monástica, después me sentaba en el suelo y leía un poco del libro de san Arsenio. Me daba fuerza, me ayudaba mucho, sentía alegría y emoción. Después seguía con mis labores espirituales, ya que durante el día no había tiempo, debía ayudar al albañil. No leía ningún otro libro, no me daba tiempo.

Cuando vino el p. Paísio, me preguntó:

¿Qué libro lees, Mirofora? —Le dije—:


Últimamente no leo ningún libro, Papulis, no me da tiempo. —Él se rió y me dijo—:


A mí no me tomas el pelo. Lees algún libro. ¿No lees el de san Arsenio? Si yo te veo desde el M. Atos ⁷...

Otra vez, cuando fui a verlo, al final sacó de su bolso una cuerda de oración de 300 nudos y me la dio. “Toma”, me dice. “Con esto hago mi canon desde hace dos años”. Estaba realmente desgastado. Después me dice: “Estos pequeños nudos son como mi alma. Pero no veo para hacerlos yo. Camino por el bosque durante una hora y hago…”. No me acuerdo de la cantidad que me dijo que hacía. Tenía pesares por haberme quedado con su cuerda de oración de 300 nudos. Me dijo que no veía bien para elaborar otra tan fina.

Para la siguiente vez que viniese, decidí hacerle cinco cuerdas de oración finas de 300 nudos. No le dije nada. Mientras le confesaba pensamientos y me daba consejos, yo tenía las cuerdas de oración en una bolsita de plástico, dentro de mi bolso.

Me dijo: —Venga, Mirofora, ¿no me vas a dar lo que has hecho para mí?— Y sacó la bolsa con las cuerdas de oración de mi bolso, diciéndome: —Esto, ¿no es para mí? —. —Para usted es, —le dije—. Abrió la bolsita, cogió tres, y los otros dos los puso de nuevo en mi bolso. —Éstos me llevaré. Por la noche le dijo a la Geróntisa: —la hermana Mirofora ha hecho para mí algunas cuerdas de oración de 300 nudos. No me llevé todas. ¿Tú crees que la he entristecido? —. —No creo, Papulis, que se haya puesto triste—.

No se quedó tranquilo, sin embargo. Al día siguiente tuvimos el ordenamiento de una hermana al primer grado del monacato ¹⁰. Después del Oficio estábamos en la cocina y comíamos lukumades ¹¹. Llamó el Papulis por teléfono y preguntó si yo estaba allí. Las hermanas le dijeron que sí que estaba. Cuando hablé con él, me dijo: “Tráeme aquellas cuerdas de oración que no me llevé, porque las que me diste se las han quedado”. Me impresionó esta sensibilidad por no entristecer a los demás, siempre quería dar alegría.

Sentía mucha compasión cuando veía un enfermo. A mí me dolía mucho la cintura por los pesos que levantaba, no podía estar erguida y si me tumbaba en la cama no podía girarme. Estuve seis meses postrada sin poder moverme. Vino el Papulis. En cuanto llegó, le dijeron las hermanas:

Papulis, la hermana Mirofora está en cama, le duele la cintura.


Por eso he venido, —dice—.

Vino a mi celda. No le dijo a nadie lo que tenía exactamente. Nada más verme, me dice: “Tienes dos vértebras fracturadas. Las partes tiran de los nervios, a ti por la parte izquierda y por eso te duele el pie izquierdo; a mí me duele el pie derecho”, porque a él también le había estado doliendo la cintura.

No había llegado todavía el frío, era Octubre. En cuanto vino, dijo a las hermanas que estaban allí: “¿Pero, qué es esto? ¡Por favor, aquí hace falta calor! Poned en la pared donde está la cama una tabla de aglomerado y cubridla con una manta, poned también más mantas calientes, y traed una estufa eléctrica. Con este frío va a estar en cama todo el invierno. El calor relaja los nervios y duele menos”.

Cuando las hermanas hicieron lo que les dijo, vino de nuevo a la celda, había cambiado su rostro. “Eso es, bravo, todo está bien ahora”. La estufa era larga y estrecha, me molestaba. “Mira, ahora tienes además televisión”, me decía. Mientras estaba encamada intenté hacer algunas pequeñas cuerdas de oración. A mi lado tenía un comodín, encima del cual dejaba los hilos que sobraban de las cuerdas de oración. Se había acumulado algo de polvo sobre el comodín. En cuanto lo vio el Papulis, dijo en tono de queja: “¿No hay aquí nadie que limpie este comodín?”. Las hermanas me cuidaban mucho, no se habían fijado, yo tampoco me había fijado. Pero el Papulis lo quería todo perfecto para el enfermo.

Aquella noche se quedó hasta tarde en mi celda, me daba consejos, me decía bromas. Cogió una casete que había en mi celda. “Ahora nos pondremos a escuchar el magnetófono”. Puso la casete en el bolsillo de su pecho, tal como la ponemos en el magnetófono. Presionó su nariz con su dedo y comenzó a salmodiar. Cantó muchos salmos, se quedó conmigo hasta tarde.

Al siguiente día a las 4, en cuanto sonó la campana para el Oficio, vino de nuevo a mi celda. Cogió un taburete, se sentó junto a mi cama, se quedó durante todo el Oficio. Me daba consejos, me hacía preguntas. Cuando sonó la campana para “A la más Venerada…” ⁹, se levantó.

—En la iglesia, Mirofora, cantan “A la más Venerada”, cantemos nosotros también—. Hacía prosternaciones hasta el suelo y lo cantaba. Me hizo impresión cuántas veces se había quedado conmigo. Aprendí una buena lección con todo esto, que debemos cuidar a los enfermos.

Cuando me recuperé en parte de mis dolores, me enseñaba cómo debo levantar pesos. Me decía: “no te agaches, desciende con las rodillas dobladas y poco a poco levántate”.

Nos decía que “cuando sale el tsipuro, coged lo primero, que es fuerte como el alcohol, ponedlo en una jarra y echad dentro pimientos picantes. Ponedlo bajo el sol y con esto haced friegas a Mirofora en la cintura y en el pie. Túmbate por el lado derecho, por el pie que no te duele, recoge tu pie izquierdo sobre el derecho, sentirás alivio”.

Cuando estaba ya casi bien, intenté hacer prosternaciones. Me decía,”no muchas seguidas, de diez en diez, alubia a alubia se llena el saco”.

Mi cintura no estaba bien. Cuando me levantaba de la cama, no podía moverme y de nuevo caía sobre la cama. Los médicos decían que debía operarme. Esta operación sin embargo, entonces la hacían cirujanos ortopédicos, no como ahora que la hacen neurocirujanos, y muchos enfermos quedaban paralíticos. Temíamos esa operación. Cuando se lo dijimos al Papulis, me dijo: “No te preocupes, ahora te intervendremos en la cintura, pondremos un clavo”, y me mostraba con la mano que el clavo sería de varios centímetros. Y realmente, desde entonces no volví a tenderme en la cama, me duele, me tira la cintura y no puedo sentarme mucho tiempo, pero ya pasó aquello de que no podía moverme ni estar en pie.

Otra vez, mientras hablábamos, sacó de su bolsillo una cuerda de oración fina de 100 nudos con gemas rojas y me lo dio. Lo cogí y pensé que no lo había hecho el Papulis, ya que no ve bien para hacer cuerdas de oración finas, tal como me dijo, ni solía poner gemas rojas. Mientras tenía este pensamiento, sacó de su bolso una de 30 nudos con gemas negras, como las que solía utilizar él. Me la dio y me dijo, “toma esta que he hecho”.

Cuando quiso enseñarme a hacer la cruz que hago ahora en las cuerdas de oración, me dijo: “trae un ovillo de lana, te voy a enseñar a hacer una cruz”, y decía, “esto es un cañón”, queriendo decir que esta cruz es un fuerte arma.

Para alegrarme, muchas veces me pedía que le diese algo, como cuando le di unas pequeñas tijeras que estaban un poco rotas. Me dijo: “hermana Mirofora, ¿me das estas tijeras? Las necesito para cortar los hilos de lana de la cuerda de oración”. Algo me dice que no lo pedía porque lo necesitase, podía encontrar unas mejores y no las mías rotas. Lo hacía para que me alegrase.

Otra vez, le había tejido unas medias de lana, las cogió, y me dijo para alegrarme: “Ahora que me las has hecho, hasta en verano me las pondré”.

Una vez le dije que critiqué con mi pensamiento a una hermana. Me dijo: “Las personas espirituales ocultan las virtudes y hacen algunas cosas que les hace parecer que no son espirituales, para confundirnos y ocultar sus virtudes, por eso, no critiques”.

Otra vez, había pasado algo mientras cantábamos en el coro en la Iglesia y le provoqué preocupación al higúmeno ¹⁵. Cuando vino el p. Paísio y fui a verle, me preguntó que por qué estaba preocupada.

—Le he hecho preocuparse al higúmeno, —le dije—.

—Los soldados, —me responde—, cuando son heridos en la guerra, no se sientan y se ponen a llorar. Vendan su herida y siguen avanzando. Vamos a hacerle una prosternación—.

Me tomó de la mano y fuimos donde él.

—Hemos venido la hermana y yo a prosternarnos—. Y juntos nos prosternamos hasta el suelo. Luego el higúmeno le contó al p. Paísio lo que había pasado. Éste le miraba con tranquilidad.


Otra vez, cometí un error y me dijo el higúmeno: “No volveré a confesarte”.

Cuando vino el Papulis, se lo dije. Abrió la puerta de la celda donde hablábamos, en el pasillo estaba el higúmeno. Le dijo entonces el p. Paísio al higúmeno: “ven dentro, Géronta”. Sacó un billete de 50, del dinero antiguo, y se lo dio. “Coge esto como pago”, le dijo, “y permitirás confesarse a la hermana cuando tenga necesidad, si no, me la llevo al M. Atos”.


Una vez, estando la higumeni ⁴ y las hermanas, yo me apoyé sobre la pared, con mis manos en la cintura, me dolía un poco. De repente empezó a reñirme el Papulis. “¿Qué respeto es este, que tengas las manos atrás?” Lo dijo enfadado, yo me amedrenté. Vio cómo me afectó, por eso me llevó a mi celda y me dijo: “Perdona que te haya reñido; si tuviese que decirte algo te lo diría ahora que estamos a solas, pero debido a que algunas hermanas piensan que a ti te quiero más, por eso te he reñido delante de ellas”.

Me hacía observaciones muchas veces, pero no me preocupaba, tenía mucho amor. Cuando pasé de los 30, me decía, ahora eres “Madre”. Ahora, Mirofora, “la imagen de Dios se ha conservado verdaderamente en ti, oh Madre…” ¹²

Algunas veces le decía:

— Papulis, hablo mucho… mucho charlo.

— ¿No es mejor, Mirofora, hablar con Cristo, con la Panayía ¹³, que con los hombres? Un hombre para hablar con un rey terrenal ha de pedir permiso y cita, diciendo cuánto tiempo y de qué quiere hablarle. A nosotros los maleantes, Dios nos atiende cuando queramos, a la hora que queramos, podemos hablarle tanto tiempo como queramos y se alegra cuando lo hacemos. No se cansa de escucharnos.

Cada vez, antes de comenzar las reuniones, estaba un rato sin decir nada. Nos miraba a todas como si nos estuviese haciendo una radiografía. Después empezaba a hablarnos, con ejemplos, de cosas que nos preocupaban. Solucionaba todos los temas del Monasterio. Recuerdo cuando iba para atenderme. Me liberaba de todo, fuese lo que fuese lo que yo tuviera. Recibía una fuerza que duraba hasta que él regresase. Me preguntaba:

— Hermana Mirofora, ¿sabes de música?

— Algo, Papulis, —le decía—. Me daba un toque en la espalda.

— Tú canta con tu corazón, —me decía—, cuando cantes, que tu mente esté en los significados divinos de los troparios. Entonces, cantarás con dulzura.

Algunas veces, cuando había hecho vigilia la noche anterior y él me veía por la mañana, me preguntaba:

— ¿Te han dado el Cristo, la Panayía o el santo que celebraba, alguna chocolatina?

Me preguntaba a veces: — ¿No oyes que te llamo desde el M. Atos: “¡hermana Mirofora!”?

Cuando acabó de construirse el Monasterio, no sabíamos cantar. Venía al lugar del coro en la iglesia ²⁶, nos ayudaba y a veces cantaba él solo. Una vez, en la Fiesta del Manto Protector de la Madre de Dios ¹⁴, cantó todo el Oficio. Fue tan hermoso. Y durante el Oficio te decía alguna broma para animarte.

Una vez estaba preocupada. El Papulis lo entendió. Me hizo una señal para que fuese junto a él, me dijo que me sentase en el asiento de al lado y durante el Oficio me dijo varias cosas. Inclinaba mi oído y me hablaba. Era el momento en que se decía el Sinaxario, ¹⁵ aunque nos dijo que cuando lo leyésemos, nos levantemos de los kathisma ¹⁶, permaneciendo quietos, con devoción, como los soldados posan firmes cuando quieren honrar a algún héroe nacional, sin embargo el santo Papulis, por su gran amor, hacía esto para consolarme y animarme.

Se alegraba cuando veía que luchaba, que hacía prosternaciones y vigilias, y me decía sin decirle yo nada: “¿Qué cuerpo es ese que tienes como de goma, hermana Mirofora?”. Realmente, hacía muy fácil prosternaciones.

Era sin embargo severo cuando yo quería que se cumpliese mi voluntad. Cuando vinimos al Monasterio, hacíamos una vigilia a la semana. Yo iba a la Geróntisa cada noche y le decía si me daba la bendición para hacer vigilia. Al principio me decía, “no, hiciste ayer y estás cansada”. Pero yo insistía y al final me daba la bendición. Sin embargo dentro de mí sentía que eso no era bueno. Cuando vino el Papulis, se lo dijo. Me dijo que hiciese una vigilia a la semana. Si pides a la Geróntisa hacer una segunda vigilia, te quitaré también la primera. Si lo vuelves a hacer, no te permitiré ni ir a la iglesia.

Como si me hubiese cortado la voluntad con un cuchillo, así me sentía.

Cada vez que iba a verle, me decía siempre: “¡Vamos a cantar, Mirofora!”. Cantábamos juntos. Él cantaba muy bien, todo el mal se iba, sentía una gran dulceza junto a él.

Me hacía impresión que dijese lo que dijese, era bello e inteligente. Antes de ser ordenada monja estábamos el Papulis, otra hermana y yo. Tenía un imperdible pintado de negro y con él se abrochaba el raso. Le dijo la otra hermana:

Papuli, ¿me das ese imperdible?


Tienes “mana”, —le dice—, ¿también quieres “paramana” ¹⁷? Se lo daré a ella—. Yo entonces era laica y me lo dio a mí.


Nos enteramos de la última enfermedad del Papulis y nos preocupamos mucho. Después de que salió del Monasterio y le hicieron exámenes, nos enteramos de que dentro de poco no seguiría con nosotras.

Vino por última vez a nuestro Monasterio, tenía muchos dolores. En aquel tiempo yo tampoco estaba bien. Desde pequeña tenía un problema de salud, debido al cual había enfermado y más tarde me crispaba con facilidad, después me preocupaba mucho y caía en la desesperación. Me venían pensamientos de que no me salvaré, que no iré al paraíso. No tenía ganas de cantar en la iglesia y propuse a la Geróntisa no cantar en el coro. Pero entonces era necesario, porque no había muchas hermanas que pudiesen ayudar en el coro.

Me preocupé mucho por la noticia de la partida del p. Paísio. Cuando vino, nos dijo la Geróntisa que no nos vería a solas porque tenía muchos dolores, que sólo haríamos reunión. Hicimos, creo, cuatro ordenaciones, porque el padre no vendría más con nosotras. Y nos habíamos acostumbrado a hacer las ordenaciones cuando viniese el Papulis.

Yo ayudaba a hacer lukumades, teníamos mucha gente, venían a recibir su bendición, sabían que no seguiría allí con nosotras. Me cansé, porque hacíamos toda la noche lukumades. Estaba además muy preocupada, fui a mi celda y me tumbé un poco para descansar. Vino una hermana y me dijo:

Vete, el padre quiere verte.

— ¿Tal vez te has equivocado?—le digo.

—No, —me dice—, te buscaba también ayer por la noche pero la Geróntisa le dijo que estabas haciendo lukumades.

Tenía mucho dolor y no quería cansarle. Fui a la pequeña celda donde estaba. Estaba arrodillado sobre la cama, con sus dos manos puestas sobre su estómago. Estando así arrodillado, muchas veces inclinaba su cuerpo hacia delante y decía: “¡Ay, Mirofora… ay! Qué dolor, Mirofora”. Tenía mucho dolor. Me preocupaba mucho viéndole así, no podía decirle nada, me sentaba y no hablaba nada.

— ¿Por qué estás así, me puedes decir? —me decía—. Y empezó a decirme lo que yo tenía. Me preguntó:

— Hermana Mirofora, ¿cantas?

— No puedo, Papulis, —le digo—. No puedo cantar en la iglesia.

— Canta, —me dice.

Me preocupaba el ponerme nerviosa tan fácilmente. Sin decirle nada, me dice:

— Pero, Mirofora, tú eres un corderillo, ¿por qué algunas veces te vuelves como cabrito? ¿Tal vez debas ir a algún médico? ¿Tal vez tienes algún problema de salud?

Fui después a los médicos y efectivamente algo tenía con las hormonas. Comencé a pensar que no me salvaría, y sin decirle nada, me dice: “¿Por qué te preocupas, eh? Allí donde yo iré, cuando me vaya de esta vida, te llevaré a ti también. Tú solo saca una fotografía para el pasaporte. ¿Por qué estás así dentro de ti? ¿Qué puedo hacerte yo? ¿Cómo puedo alegrarte? Lo que me pidas te haré”.

Continuamente ponía sus manos sobre su estómago y decía:

— ¡Ay, Mirofora… ay! Qué dolor, Mirofora—. Para hacer así el Papulis delante de mí, imaginad cuánto le dolía.

— ¿Cómo puedo alegrarte?, dime —me decía.

— Quédate aquí, —le digo—. Eso quiero—.

— ¿Me cuidarás cuando envejezca?

Sí, —le digo—.

— ¿También harás tú mi canon por mí?

— Sí, —le digo.


Fuera esperaba una señora. Cuando me levanté para irme, me dijo:

— Tráeme una aspirina y media, Mirofora, para atender a esa señora que espera—. Le llevé dos aspirinas, tomó una y media y la otra mitad me la dio a mí. —Tómala tu—, me dice. Tanto dolor, e intentaba aliviarse con las aspirinas…

Dos días después, fue la Geróntisa a verle, llevándome a mí con ella. El padre estaba en la cama, no podía levantarse, su rostro estaba muy amarillo. Entró primero la Geróntisa. Yo no quería cansarle. En cuanto entré, le díje:

—Dame tu bendición padre, tiene usted muchos dolores.

—Siéntate, —me dice.

—Solo quiero tu bendición, y me voy, —le digo.

Me mostró un taburete que estaba al lado de la cama y me dijo que me sentase. Así lo hice; no hablaba nada, intentaba no llorar. Me preguntó:

— ¿Qué icono pintas ahora, Mirofora?

— Uno de san Constantino y santa Elena, —le digo.

Mientras pintaba el icono de santa Elena, me venía el pensamiento de que la estaba pintando muy joven, intentaba trazar algunas líneas que ponemos en los rostros de los santos Gérontas, pero no reflejaba una edad avanzada su rostro.

— Mira, Mirofora, algunos iconógrafos ¹⁸ a santa Elena la hacen joven y parece la hermana de san Constantino y no su madre.

Me dijo varias cosas más, después yo me levanté porque no aguantaba más y empecé a llorar. Recibí su bendición, me dio una cuerda de oración de cien que tenía en su mano y me fui. Le doy las gracias por todo y pido sus intercesiones.





1.2. El venerable Paísio y los alumnos de la Academia del M. Atos.


Narración del Archimandrita Nikodemus Kansizoglou:

a) « Escribo las siguientes líneas haciendo obediencia a respetables padres espirituales, pero sobretodo como debido agradecimiento hacia el venerable Paísio del M. Atos, quien durante los años de nuestros estudios en la histórica Academia Eclesiástica del Santo Monte Atos, demostró ser con su modo uno de los personajes fundamentales a la hora de apoyar la trayectoria espiritual de los alumnos de nuestra Academia. No registro memorias personales y experiencias particulares. Y esto, porque no pueden siempre ser publicadas y además, porque siento alguna culpabilidad de que el mismo santo no haya sido valorado como lo hubiese querido nuestro buen Dios, teniendo la bendición de encontrarnos como alumnos de la Academia cerca de este gran santo de nuestra época.

Sin embargo intentare registrar algunas partes de la vida espiritual que tuvieron los alumnos de nuestra Academia, casi hasta la dormición del santo en 1994. Estoy casi seguro que todo lo siguiente que voy a decir estarían de acuerdo en firmarlo la mayoría de mis compañeros que estudiaron en la Academia durante más años.


b) Me inscribí en la Academia del M. Atos el año escolar de 1987-1988. Cuando me encontré por primera vez en aquel ambiente, realmente creí que la Academia era la mejor Escuela de todo el mundo. Creencia que conservo hasta hoy, respecto a aquellos años.

Influyeron muchos factores para tener esta opinión.

En primer lugar el muy bendito ambiente de aquel Santo Monte Atos (no me canso de decir estas dulces palabras), el “Jardín de la Panayía”, en cuyo corazón estábamos como pajarillos recién nacidos dentro de un cálido nido; esto era para nosotros esta Academia del M. Atos. Además de su ubicación, la calidad de la escuela se derivaba de nuestro sabio, perspicaz y monástico director monástico, el obispo de Rodostolos, Chrysostomos, nuestros maestros, los monjes sacerdotes Nikephoros, Abraham, Meletios, Nektarios, Paísios ³¹ (el discípulo más cercano de san Paísio), el monje Nikodemus, el talentoso músico e iconógrafo Gérontas Meletios Sykeotes, y los piadosos laicos profesores de filología V. Venetakis y Th. Tsironis. También contábamos con la solemnísima presencia del hieromonje Isaak, quien fue establecido por la Sagrada Comunidad como padre espiritual de nuestra Academia.


c) Me acuerdo, entonces, que cuando por primera vez fui a la Academia (hasta entonces ni siquiera había escuchado el nombre del ahora santo Paísio), todos mis compañeros hacían referencia muy a menudo al Gérontas Paísio: “El fin de semana iremos al Gérontas Paísio, el asceta”, “quiero pedir la bendición al director para ir al padre Paísio”, “el Gérontas Paísio ha dicho esto y esto y lo otro…”. Los chicos de los colegios en el mundo esperaban al fin de semana para pasárselo bien, divertirse con los videojuegos, en los bares y en las discotecas de aquel tiempo, mientras que mis compañeros esperaban que llegase el viernes para ir corriendo después de las clases y no parar de subir y bajar durante todo el fin de semana durante su tiempo libre a Panaguda. Este lugar, donde vivía el p. Paísio, se convirtió durante muchos años en el segundo cálido (muy cálido) nido para mis compañeros, desde los más pequeños del primer curso de la enseñanza secundaria, hasta los más mayores, del último año de la enseñanza superior. Muchos de los alumnos de la Academia procedíamos de familias pobres, numerosas, algunas muy numerosas, algunos eran huérfanos o procedentes de familias con gran variedad de problemas. Seguramente no me equivocaría si dijese “pajarillos pobres y perseguidos” en un mundo ruidoso, cruel, injusto y sin orientación espiritual. “Bendito sea el Señor, que nos entregó como presa a sus dientes” (Sal. 123(124) ,6). El Gérontas Paísio adoptó el papel de padre, madre, guía, fiel compañero, para estos atemorizados pajarillos. Mostró ser un robusto soporte para muchos de nosotros que lo necesitábamos. Todo aquel que haya pasado algún tiempo sin la seguridad de un padre, sin el cuidado maternal o sin apoyo espiritual, comprenderá perfectamente todo lo anterior. En aquellos tiempos, veíamos a nuestros padres sólo en Navidad, Pascua y durante los veranos. Varios estudiantes ni siquiera veían a sus padres tan a menudo, ya que eran hijos de griegos de Australia, Alemania o de pequeñas islas griegas pobres y aisladas. En muchos de sus hogares ni siquiera tenían teléfono. Los barcos para el M. Atos iban y venían sólo una vez al día, y el mar a menudo estaba agitado. Cada vez que los estudiantes de la Academia del M. Atos recuerdan su tiempo allí, lo hacen con lágrimas de emoción y gratitud. El p. Paísio dio todo lo que tenía a nuestros compañeros pobres: dinero, zapatos, ropa, dulces. Por aquel entonces nos faltaban esas cosas y significaban mucho para nosotros. Incluso recibir una camisa interior de franela de una talla más grande era un gran problema para nosotros, o un par de zapatos que parecían hechos para monjes, una chaqueta, aunque fuese desgastada y negra, o un chocolate que se había derretido al sol. En realidad, necesitábamos amor, cuidado, seguridad y guía, y aunque, por supuesto, necesitábamos de verdad los zapatos, la ropa y los dulces ocasionales que el santo Gérontas Paisios nos daba, era su amor espiritual a través de sus gestos lo que nos cuidaba. Sació nuestra profunda sed de tener a alguien que pudiera mostrarnos el camino a través del laberinto de la vida que se extendía implacablemente ante nosotros.


d) Una vez, cuando fui a visitarlo, me dio una gran caja de 5 kg. de pasas para compartir con mis compañeros de la Academia. Le hubiera llevado diez años comerse todas esas pasas él solo. Para los niños de hoy, la caja de pasas no es algo extraordinario. Todavía estamos (…) en un período de plenitud y abundancia, y no podemos apreciar las cosas que son pequeñas y humildes pero que esconden en sí mismas salud del alma y del cuerpo. Naturalmente, no fueron las pasas lo que nos hizo felices entonces, sino el pensamiento de que un santo hombre de Dios pensaba en nosotros y nos amaba, que le teníamos a nuestro lado para orar por nosotros y que incluso nos enviaba su mensaje con algunas pasas. Otra vez, un peregrino vino a la Academia diciendo que me buscaba. Acababa de salir de Panaguda y el Gérontas lo había enviado. Cuando fui, me dio un enorme saco diciéndome que el p. Paísio lo había enviado para mí. Lo abrí y había una nota dentro con una pinza de ropa gruesa que decía: “Usa esto para compartirlo con los otros niños”. Debajo estaba su firma: Monje Paísio. La bolsa tenía chocolates, barras de sésamo, caramelos, lukumia ¹¹ y otros tipos de dulces. Se los repartí a mis compañeros de clase, tal como me había pedido, y me quedé con la mejor parte de todo, que tengo hasta el día de hoy: ¡el pequeño trozo de papel con su nota y su firma! Quien lea esto seguramente entenderá que la dulzura no venía de los chocolates y la lukumia, sino del dulce amor del santo Gérontas, que tanto necesitábamos durante esos años y que seguimos necesitando ahora aunque ya hayamos crecido… Una vez, cuando le visité, estaba hablando con un hombre que parecía tener unos cincuenta años. En ese momento, se estaba despidiendo de él. Al irse, el hombre le dio una caja enorme. Después de que se fue, me preguntó:

— ¿Le conoces? —me dice—.

— No, Géronta, —le respondí—.

Es el cantante G. Kinousis.

Había oído hablar de él, pero solo como nombre. El Gérontas dijo, señalando la caja y riendo desde el corazón como un niño pequeño y encantador: "Me trajo este radiocasete como regalo. Llévalo a la escuela, pero solo escucha música bizantina con él". Recuerdo que subrayó: "Solo música bizantina". Se preocupaba por todos los aspectos de nuestra educación y por nuestra protección contra los peligros ocultos.


e) “Reverendo director, ¿puedo recibir la bendición para ir a ver al asceta Paísio?” Como ya hemos dicho, desde el viernes por la tarde hasta el domingo por la tarde se oía constantemente esta petición en los salones de la Academia del M. Atos, dondequiera que uno se encontrara por casualidad con nuestro buen director. En aquellos tiempos, para calentarnos, quemábamos enormes trozos de leña que se apilaban a cincuenta metros de la Academia. Desde allí, teníamos que trasladarlos a las calderas del sótano. El director, para entrenar tanto nuestros cuerpos como nuestras almas, decía: “Es una bendición, pero sólo después de que hayáis llevado tres carros de leña a las calderas”. Recuerdo que los estudiantes salían corriendo llenos de entusiasmo, casi volando, a llevar la leña para poder “volar” a Panaguda, a la celda del Gérontas Paísio, para recibir su bendición y escuchar sus dulces palabras y sus bromas genuinas y edificantes, para recibir su precioso amor.


f) Cuántas veces, nevando o lloviendo, con buen tiempo o con sol abrasador, los zapatos a menudo agujereados de los alumnos de la Academia se desgastaban por el sendero que conducía a Panaguda para que el santo asceta sembrara en aquellas jóvenes almas el grano espiritual, que luego se convertiría en pan espiritual para el resto de nuestras vidas. A menudo veía a mis compañeros llenos de alegría correr a contarle algo que les había sucedido y que les había dado alegría. ¿En quién mejor para confiar? Lo mismo hice yo cuando fui admitido en la Facultad de Teología de la Universidad. Corrí, aunque ya estaba anocheciendo, a contárselo al Gérontas. Quería que él fuera el primero en enterarse de la noticia. Recuerdo que me besó muchas veces en las mejillas y en la cabeza y me dijo: “Esta es la primera cosa agradable que he oído en todo el día”. Pero también veía a muchos de mis compañeros corriendo, con lágrimas en los ojos, a contarle cosas que los habían perturbado: tentaciones, temores, desórdenes familiares. Todos se iban con un nuevo impulso en su camino, llenos de esperanza y certeza.

Una vez me sentí molesto conmigo mismo. Sentía que no estaba haciendo ningún progreso espiritual y que era inútil y no podía hacer nada bueno. Entonces, fui y le conté toda mi frustración. Casualmente era un día en que no tenía visitas. Me acerqué a él y me dijo: “No te preocupes, ahora necesitas que te crezcan alas”. No usaba largos sermones, adulaciones o psicoanálisis, como hacen la mayoría de los padres espirituales de hoy, sino cinco palabras sencillas que llenaban el alma. Realmente vimos milagros mientras estuvimos cerca de él. Pero, como el objetivo de lo que estamos escribiendo aquí no es mostrar que el Gérontas Paísio era un realizador de milagros, esto ya se ha demostrado en innumerables testimonios publicados en muchos libros, no mencionaremos aquellos milagros que vimos en el patio de su choza. Obró milagros con nuestros compañeros de clase que se encontraban en situaciones fatales, milagros de los que nunca dejaron de hablar las almas sufrientes que acudían a su ayuda. Además, el mayor milagro para nosotros en aquel entonces (y creemos que sigue siendo el mismo milagro para el mundo de hoy, especialmente para las almas sensibles de los jóvenes) fue su apoyo a las almas en la fe y la esperanza de vida, y su inspiración para amar a Cristo y a Su Iglesia.

El gran milagro que presenciaron los estudiantes de la Academia del M. Atos fue la persona del mismo Gérontas Paísio que nos mostró y nos enseñó lo que hace a un buen monje, un sacerdote piadoso, un laico temeroso de Dios, todo junto, una persona que en todos los sentidos es “de Dios”. El gran milagro para nosotros, los pobres estudiantes de nuestra histórica Academia, fue la influencia benéfica de san Paísio en nuestras vidas que sentimos hasta el día de hoy. Este fue un milagro de gran duración que por sí solo hubiera justificado el reconocerlo como un gran santo de nuestra Iglesia. Los grandes milagros de los santos consisten en dar a luz espiritualmente a clérigos piadosos, monjes santificados y hombres de familia piadosos. Las profecías, curaciones y todo lo demás son secundarios en comparación.


g) No puedo resistir el impulso de contaros ahora por encima cómo fue la vida de la Academia después y más concretamente los quince años que siguieron al fallecimiento del padre Paísio, cuando durante un año desempeñé las funciones de director de la Academia. Ninguno de los profesores y alumnos allí lo había conocido. Me convencí aún más de lo importante que había sido para la Academia tanto su presencia como las bendiciones espirituales que enviaba, ya fuera con su oración o con pequeños regalos, para los niños tan llenos de amor. El Gérontas Paísio había fallecido. Los profesores eran ahora casi todos laicos. Los alumnos tenían teléfonos móviles, reproductores de mp3, ordenadores portátiles, “tablets”, las comodidades cotidianas eran más abundantes, la comida mejor, las salidas más frecuentes, los objetivos poco claros y el nivel educativo bajo. Por supuesto, todos los responsables, principalmente de la Sagrada Comunidad, ayudaban en todo lo que podían para orientarnos. Sin embargo, sentí que si faltan estrellas polares guiadoras, entre ellas la de san Paísio, es inevitable que vaguemos por mares oscuros y, finalmente, choquemos con arrecifes peligrosos. Y como otro nostálgico Papadiamantis, escribo: «Oh dulce Academia de Athoniada, entonces eras la encarnación de la alegría. Oh dulcísimo Gérontas Paísio, tú también eras la encarnación de nuestra alegría. Que llegue el momento en que el Señor, a través de las oraciones de san Paísio, que amó y apoyó a tantos jóvenes estudiantes, supervise nuevamente nuestra dulce alma mater para que aquellos que alaban a Dios puedan cantar nuevamente:”Athoniada, insigne gloria de Athos, en ti nos convertimos en estudiantes con piedad y reverencia”».





Cumplió su deseo.


El tendero de Xánthi (ciudad al norte de Grecia) Theodoros Hatzepateras, recuerda: «Estaba en la celda del padre Paísio y hablábamos de mis problemas. Era invierno y estábamos solos. Mientras hablábamos, me vino a la mente el deseo de pedirle que me diera una pequeña cruz para mi quinto hijo, que acababa de nacer. Para mis hijos y para nosotros sus padres, nos había dado una pequeña cruz que él mismo había hecho, encerrando en cada una un trocito de una reliquia de san Arsenio, su padrino. Sin embargo, me enteré de que él había estado afligido por enfermedades y no me atreví a pedirle una. Así que, triste por no haber pedido la pequeña cruz, salí de su kelí ²¹. En el minibús a Dafni desde Karyes, nos sale al encuentro un monje conocido y me dio algo envuelto en servilletas. “Esto es del padre Paísio”, me dijo antes de ir a la parte trasera del minibús. Abrí con entusiasmo las servilletas y encontré una pequeña cruz, tal como mi alma había deseado. Me levanté y fui a darle las gracias al monje, pero no había nadie que se pareciera al monje que me había dado la cruz. Le busqué también en Dafni, hasta que llegase la hora de salida del barco hacia Uranópolis pero no le encontré.

Un amigo mío recordaba: “Estaba en la Kelí del Gérontas Paísio y me dijo: “Manolis, yendo a Komotiní, pasé por Xánthi y vi tu casa”. El Gérontas describió con detalles la casa de Manolis, sin haber estado nunca allí.





“Yo a sacerdotes no confieso”


El padre Theodosios Agiopavlites (del Monasterio de San Pablo en el M. Atos) recuerda: “Un sacerdote casado llamado p. Manolis, que había estado oficiando en el extranjero, quería hacerse monje en el Mte. Atos. Después de obtener el consentimiento por escrito de su esposa, partió hacia la Montaña Sagrada. Tan pronto como llegó a Dafni, compró un gorro monástico. Cuando se lo puso, parecía un monje porque ya tenía una barba larga y un cabello que nunca se había cortado.

Decidió pedir consejo al Gérontas Paísio, que estaba vivo en ese momento y era conocido por su virtud. Fue del monasterio de Kutlumusion a Panaguda, la celda del p. Paísio, y llamó a la puerta. Cuando el Gérontas salió, el p. Manolis le dijo:

—Gérontas, he venido a confesarme.

Y el p. Paísio viéndolo por primera vez le dijo:

—Padre Manolis, yo a sacerdotes no confieso.

El p. Manolis se quedó estupefacto y, con mayor piedad y atención aún, escuchó los consejos que el Gérontas le daba.»





1.5. Oración con lágrimas e información.


El padre Metodio de Tesalónica recuerda: “Una vez fui a ver al padre Paísio para pedirle consejo sobre un asunto muy importante. Me dijo: “No tenemos tiempo que perder. Tenemos que ir a hablar con la Panayía. Ella nos dará una respuesta”. Añadió: “¿Cómo iremos? ¿Con las manos vacías?”. Y cortó algunas flores silvestres del jardín y dijo: “Las llevaremos como ofrenda a la Panayía”.

Puso las flores en el borde del icono de la Panayía en la iglesia de la Santa Cruz y, con lágrimas en los ojos, le dijo: “Mi querida Madre, acepta estas flores, las hemos recogido de tu jardín. Recíbelas junto con nuestras lágrimas”. Después, me dijo: “Ahora rezaré el Canon de Súplica a la Panayía, pero no lo cantaré, no tenemos tiempo que perder. Muchas veces el canto nos hace perder el tiempo, pero otras veces es necesario. Siéntate aquí frente a mí y yo estaré detrás de ti. No te vuelvas a mirarme”.

Y empezó a invocar a la Panayía con vehemencia: «Santísima Theotokos, sálvanos» (y empezaba a llorar). «Estoy rodeado de muchas tentaciones…» «A ti acudo en busca de refugio…» «Santísima Theotokos, sálvanos»… lloraba y lloraba.

Me derretí por dentro. Nunca había oído una oración así en mi vida, aunque conocía bien el texto del Canon de Súplicas. Cuando terminó, se me acercó y me dijo: «No te preocupes, la Panayía nos responderá en seis meses, ni un día antes ni un día después. En estos meses, rezarás, te confesarás, comulgarás y esperarás. No debes sentirte ansioso en absoluto.

Exactamente seis meses después, por medio de otro padre espiritual, Ella me informó: “Tienes que hacerte sacerdote soltero”. Y eso fue lo que hice.





Diagnósticos de rehabilitación.


Ioannes Diakogeorgiou de Rodas recuerda: “En marzo de 1993, me diagnosticaron un cáncer de nasofaringe y los médicos me aconsejaron que iniciara inmediatamente el tratamiento para que la enfermedad no progresara. Por este motivo, me trasladaron de urgencia al centro de tratamientos especiales de cabeza y cuello al Hospital de Royal Marsden de Londres, donde los médicos decidieron hacerme treinta sesiones de radioterapia para destruir el tumor, ya que no podían operar con seguridad en la zona donde se encontraba.

El miedo a mi enfermedad nos dominó a mi mujer y a mí, y nuestro único consuelo era la ayuda de Dios. Y, en efecto, Dios nos envió a personas incluso allí, en un país extranjero, para ayudarnos y darnos fuerzas. Era una piadosa familia de chipriotas, especialmente la suegra de nuestra amiga, la señora Loula Sophokleous, que tenía una gran devoción a santa Bárbara: cada vez que tenía un problema de salud, santa Bárbara le devolvía la salud. Entonces le rezó para que me curara y pudiera regresar sano a casa de mis dos hijas, que eran pequeñas por entonces.

Una noche, mientras estaba en mi décima sesión de radiación, sonó el teléfono. Era la señora Loula que llamaba para decirme que santa Bárbara la había visitado. Le dijo que ya no tenía cáncer de nasofaringe porque ella me lo había extirpado y, de hecho, le mostró la palma de su mano y le dijo que había puesto el tumor enyesado para que no volviera.

Cuando escuchamos esto, mi esposa y yo comenzamos a llorar de alegría y desde ese momento hasta el final del tratamiento, tuve la certeza de que todo iría bien. Y, de hecho, los médicos confirmaron que el tumor había sido quemado con la radiación y no quedaba nada en mi nasofaringe.

Dos meses después, volví a Rodas y mi mayor deseo era visitar el M. Atos y Tierra Santa para dar gracias a Panayía, a Cristo y a los santos por curarme. En septiembre de 1993, partí sola de Rodas hacia el M. Atos. Allí, en un monasterio, me encontré con dos jóvenes que me hablaron del padre Paísio, que hacía milagros y era clarividente, y me dijeron que, si quería, podía ir con ellos a visitarle a su celda, en Panaguda. Por supuesto, acepté con mucho gusto.

Cuando llegamos, no había nadie allí. Nos sentamos fuera de la vieja puerta de alambre y esperamos a que saliera el Gérontas, porque en el camino habíamos oído que estaba enfermo. Pasó el tiempo, pero no había señales de él. Se acercaba la tarde, por lo que los dos chicos con los que había venido empezaron a temer que oscureciera. Me dijeron que habíamos esperado en vano y que deberíamos irnos. Pero yo no quería irme... Quería verle. Quería confirmación de que estaba completamente curado. Empecé a rezar con mi cuerda de oración y a pedirle a Panayía que lo hiciera salir de la keli ²⁰. Al poco rato, oímos que se abría la puerta de la celda y ¡el Gérontas estaba allí! Vino, abrió la puerta del patio, nos invitó a un poco de lukumia y nos dijo que bebiéramos del agua fría que había allí. Después, entramos en el patio. En uno o dos minutos, el patio estaba lleno de gente.

Nos dijo que nos dividiéramos en dos grupos, en los que tenían una necesidad urgente y todos los demás. Cuando llegó mi turno, me preguntó:

— ¿De dónde eres? —De Rodas—, respondí.

— ¿Y has venido aquí desde tan lejos?

—Estoy enfermo de cáncer de faringe.

— ¿Qué necesitas de mí?

—Una oración, Géronta.

Luego me llevó dentro de su celda y entró en el santuario de su capilla. Cuando salió, me dijo que me inclinara, rezó, hizo la señal de la cruz sobre mí y me dijo:

—Santa Bárbara (sin que yo haya dicho nada sobre santa Bárbara) y san Panteleimon te han curado. Confiésate y comulga con regularidad.

Le di las gracias y, como estaba conforme y feliz, me disponía a irme. Me detuve porque quería preguntarle también por mi hija pequeña, que también tenía un problema grave con la sangre. Sin embargo, no me sentía cómodo ocupando más su tiempo. Sin embargo, se detuvo y esperó a que le hiciera la pregunta. Y me respondió: “Tampoco tu hija tiene nada malo”. Mi alegría fue indescriptible. Desde entonces y hasta ahora, mi hija y yo estamos bien.

Le agradezco mucho y espero que desde el Cielo donde se encuentra, rece por todos los hombres que tengan necesidad”.





Cuánto me ayudó san Paísio.


Chrysanthos Broukakes de Kavala recuerda: «Conocí al padre Paísio por primera vez el 2 de octubre de 1986. Fuimos a verlo tres adultos y un niño pequeño. Cuando llegamos a la puerta, le dijo al niño: “¿Por qué no me trajiste un pez del lago?” (Ellos eran de Kastoriá y yo de Kavala). Cuando me tocó hablar con el Gérontas, me dijo: “Tu tío era monje y tú tienes su nombre”. En efecto, era monje. En cuanto al niño, tenía problemas de salud muy graves y el padre Paísio le dijo a su padre que debía comulgar cuando visitaran el Monasterio de Xiropotamu. Y eso fue lo que hicieron. Al día siguiente me llamaron y me dijeron que el niño se había recuperado.

Cuando salí del M. Atos, era como un corderito: mis amigos no me reconocían.

Una vez, cuando fui a ver al padre Paísio, era de noche y ya había oscurecido en su celda. Le había pedido una cuerda de oración, pero no veía bien (además tenía un problema en un ojo) y no podía completar la cuerda de oración. Se quedó un poco confundido, se detuvo y dijo: “Una vez, había un sastre y un pequeño demonio, muy pequeño, se le apareció y el sastre le dijo: “Eres muy pequeño, como un pequeño insecto, ¿qué puedes hacer? ¿Cómo puedes tentarme?”.

El pequeño demonio respondió: “¿Sabes lo que puedo hacer? Puedo ir a los sastres, enredar sus carretes de hilo y luego dirán blasfemias contra Cristo y Panayía. ¿Existe peor blasfemia?”.

Otra vez, fui con un archimandrita y el padre Paísio le dijo: “Te voy a invitar a dulces dignos de un obispo. Para Chrysanthos, lukumia.Y efectivamente, después de algunos años, el archimandrita fue ordenado obispo.

Más tarde, la madre de ese archimandrita murió. Yo iba a ir a ver al padre Paísio, y el sacerdote me dijo: “Dile que mi madre ha muerto”. Cuando le conté al Gérontas sobre su muerte, me dijo: “No ha muerto, está bien donde está ahora, muy bien”.

Mi amor por el padre Paísio era muy grande. Solíamos hablar de mi vida personal y le pedí que me ayudara a encontrar una chica para poder formar una familia. Me dijo:

— ¿Quieres ir a Uranópolis y conocerla?”

— No, no, —le dije, con el amor de un niño—, preferiría en Kavala.

La siguiente vez que fui, me dijo de nuevo:

— ¿Quieres ir a Uranópolis y conocerla?

—No, —le dije.

— ¿Quieres pasar por Ierissos y conocerla?

— No, —le dije—, prefiero Kavala.

Cuando le visité el primero de mayo, me dijo:

— Vete a Kavala. Dios te está preparando una muchacha—.

Le pregunté: — Cuando vuelva, ¿ya la habré conocido?

—Vete ahora, —me dijo.

Así que me fui. Pasó un tiempo y vi al padre Paísio en sueños. Me dijo que fuera a preguntar por una muchacha en particular a sus padres, a quienes sólo conocía de lejos. Me levanté y fui a preguntar por ella. Me dijeron que lo pensarían y me darían una respuesta. Luego lo pensaron y dijeron: “No”. Me sentí muy disgustado y, entonces, fui, ¿a qué otro lugar? Fui a ver al padre Paísio. El arzobispo de Sinaí Damianos también estaba entonces también allí. El padre Paísio me dijo:

— Recibe la bendición y vete.

— ¿Y qué pasará? —insistí—. —Vete, te llamaré.

Me fui, volví a casa y esperé. A medida que pasaban los días, tuve muchos pensamientos desagradables, hasta que un día los padres de la niña me llamaron y me dijeron que habían cambiado de opinión: me presentarían a su hija. Pasó un poco de tiempo y fui al p. Paísio. Tan pronto como me vio, me dijo: “No creo que tengas ninguna queja sobre la niña que te encontré: es un buen partido”.

Poco antes de que naciera mi segundo hijo, el p. Paísio me dijo: “Cuando nazca este niño, una gran bendición vendrá a tu hogar”. De hecho, después de que nació, las verduras que teníamos en mi pequeña granja, que antes no se vendían, comenzaron a venderse, y no podía cosecharlas lo suficientemente rápido para satisfacer la demanda. Además, recibí ayuda material de mi padre.

Una vez, a finales de verano, fui a ver al p. Paísio y me dijo: “Este año el invierno va a ser muy frío, no quedará nada en pie”. Yo estaba cultivando perejil en mi invernadero y durante todo ese invierno se vendieron cantidades nunca antes alcanzadas. A partir de entonces, él me decía cómo estaría el tiempo en invierno y yo organizaba lo que debía plantar en función de ello.

Muchas veces se me aparecía en sueños para orientarme sobre ciertos asuntos que me preocupaban mucho. Cuando iba a su celda, me decía: “¿Por qué has venido a verme? Ya hemos hablado de esto”.

En otra ocasión, le pedí que me diera un pase para poder verle cada vez que visitara el monasterio de Surotí ²⁰. “¿Un pase?”, me preguntó. Me dio un golpe amistoso en el brazo y me dijo: “Cuando vengas, te veré”. De hecho, cuando se fue del M. Atos algún tiempo después, fui con mi familia a verle y le encontramos esperando en la puerta del monasterio.


Tuve problemas de salud en algún momento. Mi espalda me dolía mucho y tuve que ponerme inyecciones. Fui a hablar con el Gérontas Paísio sobre esto. “No tienes nada”, me dijo. Así, mi espalda nunca más me molestó. Solo quedó un bulto para que no lo olvidara.

Otra vez, me salía líquido de la oreja. Fui al Gérontas Paísio y le expliqué lo que me pasaba. Me acarició la oreja y me dijo: “Incluso si te metes un alambre ahí, no te molestará más”. Y así, se curó.

Otra vez, fui a ver al padre Paísio. Estaba molesto, sostenía una carta y me dijo: “Una mujer me envió esta carta. Tenía amantes y su matrimonio estaba a punto de desmoronarse. Le envié una carta y le dije que cambiara su vida y que no se divorciara de su marido. Sin embargo, ella continuó su camino y finalmente se divorció. Ella después me envió otra carta, diciéndome: “Se supone que eres un hombre santo y dijiste que no nos separaríamos”. Gérontas me dijo: “Le dije que dejara de hacer lo que estaba haciendo y ella siguió haciéndolo de todos modos. ¿Tengo la culpa?”





1.8. “Seis años llevas llamándome”.


D. H. recuerda: «Detrás de cada tentación y prueba, por dolorosa que sea, se esconde y aparece a su debido tiempo el amor y la bendición del Dios compasivo y bondadoso.

Recé durante seis años enteros para que Dios me diera la bendición de conocer al padre Paísio, de quien tanto había oído hablar.

Nuestro encuentro fue provocado a partir de una manifestación diabólica. Era de noche y yo estaba profundamente dormido. De repente, vi aparecer en mi habitación una bestia con forma humana. Era de un rojo oscuro como si todo el odio del mundo entero se reuniera en su figura, y echaba espuma por la boca. Voceé: “¡Gérontas, ayúdame!”. Inmediatamente, vi a un monje en la puerta de mi habitación. Nunca le había visto antes... era la primera vez que le veía. Tan pronto como la bestia le vio, desapareció. Enseguida amaneció. Me tomé un día libre en el trabajo y fui a ver al padre Vissarion. Él dijo: “Tenemos que encontrar al padre Paísio”. Me fui en paz.

Los días pasaban y descubrí que estaba perdiendo la voz. Me di cuenta porque los niños de la escuela me decían: “Hable un poco más alto, profesora”.

El médico especialista que visité encontró pequeños tumores en mis cuerdas vocales. Estoy perdiendo la voz; ya no tengo planes de trabajo. Pero entonces llegó la respuesta de Dios. La señora que me había presentado al médico me llamó por teléfono para saber cuál era mi diagnóstico. Mi respuesta fue:

¿Puede decirme cómo encontrar la paz en todo esto?

“Sólo el padre Paísio puede darle paz”. Me reí de sus palabras.

“¡Así que es fácil para mí ir al Monte Atos! ¿No es esto lo que me está diciendo?”

“El padre Paísio está en Surotí ahora. Llame al Monasterio”, me informó. Llamé y me dijeron: “No acepta visitas”. En ese momento le pregunté a la monja del otro lado de la línea: “Dale mi nombre y que él dé su propia respuesta”. Ella estuvo de acuerdo y al poco rato –era lunes– me devolvió su respuesta: “¿Puedes estar aquí a las ocho de la mañana del jueves?”. “¡Sí, puedo estar allí! Por supuesto que puedo”. Dije: “Estoy en camino”.

Nos encontramos a la hora que habíamos acordado. —“Bienvenida, Dimitra”. Me llamó por mi nombre de pila: fue la primera sorpresa.

—“Géronta, sé quién es usted, pero nunca nos hemos conocido”.

—“Lo sé. Lo conozco. Hace seis años que me llamas. No es nuevo.”

—“Sí, rezaba para encontrarme con usted”.

Durante todo el tiempo que estuve con el Gérontas, no hubo problemas ni tentaciones. Deseaba que nuestra conversación nunca terminara. Me olvidé por completo de contarle sobre mi problema con la voz. Pero él ya lo sabía y me curó sin que yo me diera cuenta.»





1.9. San Paísio, mi gran benefactor.


Vasileios Chiaves de Elassona recuerda: «Estuve casado durante doce años. Criaba ovejas. Era una buena persona y era “de la Iglesia” tanto como podía. No tenía hijos. A los doce años de matrimonio, en 1990, oí hablar por primera vez del Gérontas Paísio. Escuché que era una persona muy buena y que ayudaba a mucha gente. Así que me dispuse a encontrarlo. No sabía mucho sobre el M. Atos. Pregunté aquí y allá y, después de mucho buscar, finalmente le encontré. Me dejó entrar en su celda y me hizo venerar los iconos de la capilla. Una vez que hube venerado, le dije:

Padre Paísio, tengo un problema y vine a ver si usted podía resolverlo.


Conozco tu problema. No tienes hijos.


Eh... pero ¿cómo lo sabe?


Lo sé porque sé muchas cosas sobre ti que ni siquiera tú sabes.


Sí, padre Paísio, después de doce años sigo sin tener hijos. Y soy una buena persona, —afirmé.


Sé que eres una buena persona, lo puedo ver. Y sé que tendrás tu primer hijo dentro de los próximos nueve meses.


Pero, ¿cómo, padre Paísio?


¿Tienes tiempo para ir a la Skete ²¹ de Santa Ana?


No, no tengo. Tengo que dejar el M. Atos.


Mmm… entonces irás al Monasterio de San Juan el Teólogo en Surotí. Allí tienen las reliquias de san Arsenio. Irás allí y les dirás a las hermanas que el padre Paísio te envió desde el M. Atos... pídeles que te den un cinto de embarazo. Ellas te lo darán y tú seguirás sus instrucciones.

Así que fui, me dieron el cinto y me dijeron qué hacer con él. A los tres meses, mi esposa sintió que estaba embarazada, pero no quería hacerse exámenes médicos porque tenía miedo de decepcionarse si se equivocaba. Mientras tanto, tuve un sueño en el que una persona muy alta se me apareció y me dijo: “Prepárate para celebrar. En veinticuatro días, vas a ganar la lotería”. Me lo dijo tres veces y luego me desperté. Por la mañana, desperté a mi esposa y le conté el sueño.

No debes creer en tus sueños—, me dijo.


Pero este no era un sueño común. Era claro, directo e intenso.

De todos modos, lo dejé así, pero tomé nota de la fecha. El día veintidós sacaron los números para el partido de fútbol y el día veintitrés para la lotería... yo estaba esperando a ver si me tocaba el número ganador... no hubo suerte. El día veinticuatro (me había olvidado de mi sueño) se cumplieron tres meses desde que mi mujer se dio cuenta de que algo había cambiado. Insistí para que me diera una muestra de orina y yo mismo la llevaría para que la analizaran, ya que ella no quería ir. Se la llevé a un microbiólogo. La analizó y me dijo:

Lamentablemente, otra vez positivo.


¿Qué quiere decir? —Pregunté, lleno de emoción—. Lo agarré del cuello.


¡Dígamelo otra vez! ¡Llevo doce años esperando a mi primer hijo!


Perdóneme, señor, le confundí con otra persona que venía a menudo y, cada vez que el test daba positivo, se interrumpía el embarazo.


¿Cuánto cuesta el test?


2.500 dracmas.


Coja 3.000 y tómese un café para compartir conmigo mi alegría.

Seis meses después, mi mujer dio a luz y estábamos llenos de alegría.





1.10. “¿Te convenzo ahora?”


Un joven de Kavala, de dieciséis años, llamado Giorgos, fue con un amigo a encontrarse con el Gérontas Paísio, de quien había oído hablar mucho. Se le había imaginado imponente y magnífico. Llegaron a Panaguda y llamaron a la puerta. Salió un monje sencillo, un hombre mayor, delgado, pequeño y pobremente vestido. Al joven no le gustó la apariencia humilde del monje, porque no coincidía con la imagen que se había creado en su imaginación sobre el Gérontas Paísio.

El Gérontas les preguntó qué querían y ellos respondieron:

Al Gérontas Paísio.

— Está loco. ¿Por qué quieres verlo?

— No importa, todos estamos un poco locos.

Pues mira, si seguís por este sendero, lo encontraréis.

Caminaron haciendo un gran círculo y después de un rato se encontraron de nuevo en la puerta de Panaguda. Llamaron y el mismo viejo monje salió, esta vez vestido con una bonita sotana y capucha monásticas. Miró directamente a Giorgos (y no a su amigo) y dijo: “¿Es esto lo que esperabas, padre Georgie?”. Se quedaron completamente sin palabras. Se dieron cuenta de que era el Gérontas Paísio el que estaba frente a ellos y que había leído los pensamientos del joven y luego se vistió de manera más oficial. Pero también había leído otro pensamiento, por lo que lo llamó “padre Georgie”. El joven había estado teniendo pensamientos sobre el sacerdocio que no le había contado a nadie, ni siquiera a sus propios padres. Y efectivamente, después de algunos años se convirtió en sacerdote, cumpliendo las palabras proféticas del Gérontas. Nuevamente fue a venerar a Panaguda, donde nos contó la historia mencionada anteriormente.





1.11. Apoyo a un alumno.


Georgios Vernezos de Evia recuerda: «Tenía trece años cuando fui con mi padre, el p. Ioannis, a inscribirme en la Academia Eclesiástica Athoniada para completar allí mis estudios. Desde el principio nos encontramos con un ambiente negativo. Varias personas nos decían: “¿Por qué trajiste a tu hijo aquí? Las perspectivas de esta Escuela son muy limitadas. Aprenderá más en escuelas fuera de Atos o Athos, en el mundo”. Otros padres conocidos que conocimos nos dijeron más o menos lo mismo. Su influencia negativa casi llevó a mi padre al punto de cancelar mi inscripción en la Athoniada. Bajamos a la pequeña celda de san Paísio y cuando llegamos allí, antes incluso de tocar el timbre, escuchamos una voz que nos llamaba para que fuéramos a la puerta trasera. Nuestros rostros se llenaron de alegría. Ciertamente, las antenas espirituales del Gérontas habían captado la agonía y la decepción de mi padre. Entramos e intercambiamos saludos. Veneramos en la capilla y luego tuvimos la siguiente conversación:

Géronta, vinimos aquí a la Montaña Sagrada para inscribir a Giorgos en la Escuela Athoniada. Fue idea del muchacho. Pero todos los que conocemos nos siguen diciendo que no sigamos con el proceso de inscripción. Siento una gran pesadez por esta decisión.


Oh, hombre bendito, mira... veamos las escuelas de afuera en el mundo como un granero. Allí, los pobres niños intentan encontrar un grano de conocimiento entre tanto heno. El casete de Giorgos no tiene nada grabado. Déjenlo aquí en la Escuela para que se llene de cosas espirituales. Inscríbanlo en la Academia de aquí.


Géronta, con su bendición, me ha aliviado, me ha quitado un peso.


Tu bendición. —Se inclinó con gran respeto y besó la mano del sacerdote, diciendo nuevamente:


Inscríbanlo aquí en la Escuela. Es lo mejor. ¡Bendiciones!

A partir de entonces, todo en mi vida cambió. Estas palabras del Gérontas fueron decisivas, no sólo durante el tiempo de mi estancia en el M. Atos, sino también para todo el curso de mi vida espiritual.

En el programa de la Athoniada durante los años 1983-1984, los estudiantes recibían la bendición de visitar los Santos Monasterios y a sus padres espirituales los viernes, sábados y domingos. Mi propio lugar de referencia, de residencia, de amor hospitalario y apoyo era la Kelí de “San Juan el Teólogo”. Era la Kelí de mi padre espiritual, el padre Gregorios, y estaba al lado de Panaguda. Durante uno de estos primeros fines de semana en los que me quedé en la Kelí, planeamos ir al fabricante de vestimentas para encargar sotanas que pudiera usar como estudiante de la Athoniada.

Esa noche, mi corazón estaba lleno de aflicción y agonía, y me sentía solo. Me preguntaba si podría soportarlo. Recé a la Panayía y pensé que si recibía una bendición del Gérontas Paísio –un pequeño sombrero, un cinturón, una sotana– me ayudaría. Este deseo se hizo muy intenso en mi corazón y se hizo uno con mi oración.

Por la mañana, después de haber leído Maitines, fuimos a la celda del p. Paísio para que el Gérontas Gregorios pudiera oficiar allí la Divina Liturgia. Encontramos la puerta abierta y allí estaba el p. Paísio saliendo de su celda. Después de un breve saludo,

Bendíganos, Géronta.


Que el Señor te bendiga ²².

Entramos en la pequeña iglesia donde todo estaba listo para la Divina Liturgia.

Durante la Liturgia, el Gérontas Paísio me llamó y cantamos juntos el Typikon, ²³ “Bendice, alma mía, al Señor…”. Hasta el día de hoy, la voz del Gérontas resuena dentro de mí. Y en el himno de la Divina Comunión, el Gérontas decía en voz baja una y otra vez: “Señor Jesucristo, ten piedad de mí”. Veneramos los iconos y comulgamos los Inmaculados Purísimos.

Después de la Divina Liturgia, nos sentamos en la sala de recepción de invitados ²⁴ en la Casa de Huéspedes y nos ofreció un poco de té. Después, el Gérontas trajo una pequeña sotana. Me la dio sonriendo: “Me dieron una sotana nueva. Me la probé, pero me queda un poco larga. Quizás no me midieron correctamente. Deberías llevártela, Giorgos”. Me la probé y me dijo: “Es perfecta para ti”. Sorprendido por haber recibido tal bendición del Gérontas, le agradecí y sostuve mi nuevo tesoro en mis brazos.

En otra ocasión, rompimos una regla delante de uno de nuestros profesores, y nos dijo: “Vayan a ver al Gérontas Paísio, de lo contrario los enviaré al Director”. Entonces, cinco o seis de nosotros terminamos en Panaguda. El Gérontas nos advirtió con su manera paternal sobre nuestro error, y tomamos su bendición preparándonos para salir. Yo fui el último. Tomé su bendición, y él me dijo: “Ven conmigo”, indicándoles a los demás que se adelantaran y regresaran a la Escuela.

Nos sentamos en la Sala de Recepción de Invitados²⁴. El Gérontas encendió una vela ante un icono de Nuestro Señor con extrema humildad. Dijo una breve oración y se sentó a mi lado tejiendo una cuerda de oración y dándome consejos espirituales al mismo tiempo. Cada una de sus palabras era concisa, reveladora, profunda, pacífica y hablaba directamente a mi corazón. Sus palabras quedaron impresas como letras divinamente grabadas que se referían a mi futuro.»





1.12. Un cambio milagroso.


Efstathios Adamopoulos de Pallini recuerda: “A la edad de 23 años tenía intensas inquietudes sobre la existencia o no de Dios y sobre quién es el verdadero Dios. A través de un amigo, en Octubre de 1991 me encontré en una pequeña organización en Atenas, en la cual creen que el gurú Sathya Sai Baba es la actual reencarnación de Dios. Iba allí dos o tres veces a la semana, donde conversábamos con sus organizadores y realizábamos ejercicios de relajamiento. No pasé a los ejercicios de meditación, porque todavía no había sido iniciado, no había recibido el mantra, que es la palabra que repetiría continuamente como una especie de oración.

La teoría básica de la organización es que Dios está dentro de nosotros. Pero con qué sentido: con el sentido de que cada hombre, así como cada animal, es en esencia Dios, el cual ha entrado en la peripecia del mundo material. Por eso son necesarias las reencarnaciones, para que el ser (hombre-animal) sea sometido a distintas enseñanzas, de modo que sea mejorado y regrese al estado de “divinización”, es decir, que vuelva a ser Dios en esencia. Eran muy frecuentes las referencias a frases y términos ortodoxos, que aumentaban la confusión: “Dioses sois y convertíos en Dioses”.

Nos decían que no debemos temer a nada ni a nadie. Yo les dije que tenía miedo al Satanás. Entonces me dijeron que no debía temerle, porque yo también tenía fuerzas dentro de mí, las cuales tenía que liberar (con la iniciación y con el mantra, querían decir).

Decían también que cualquiera puede ser cristiano, musulmán, budista y al mismo tiempo pertenecer a la organización, desarrollándose y mejorándose con sus técnicas. Característico es un acontecimiento que me contaron: “En una Iglesia contigua, un miembro de la organización bautizó a su hijo. La directriz hacia los miembros era: “Decimos dentro de nosotros el mantra, dentro de la iglesia, para captar la energía que ha de darnos la iglesia”. Y debido entonces a que dentro del templo había una paz absoluta, cosa bastante extraña para la época actual, ¡el sacerdote al final del ritual felicitaba a los asistentes por su excelente comportamiento cristiano!

Con el paso del tiempo, comencé a tener determinadas dudas sobre la organización. De pequeño tenía contacto con la Iglesia, pero lo perdí alrededor de los 8 o 9 años, sobre 3º de Enseñanza Media. Entonces, cuando iba a la Iglesia, me gustaba entrar dentro, al altar mayor. Una noche, en la Fiesta de la Resurrección, en el altar mayor, le dije a un amigo dónde iba y lo que hacía. Entonces tuvo lugar el siguiente diálogo:

— ¿Sabes? El Satanás utiliza muchos métodos para engañar a los hombres.

— ¿Qué Satanás, si no existe? (¡En seis meses, pasé de temerle a estar convencido de que no existe!)

— Sin embargo existe, y mayor éxito consiste ¡en hacer creer que no existe, con el fin de ocuparte de él en todo momento!

Cuando escuché esta frase, noté como que algo me envolvía, enseguida pensé que estoy siendo engañado yendo a esa organización. Me tuve que sentar, porque me venían como mareos. Me puse las manos en la cabeza, no podía recuperarme. Me estremecí, me escandalicé y al mismo tiempo fui iluminado, teniendo la certeza de que eso que estaba haciendo era un error, sin saber cuál es lo correcto, así que tuve que buscar también en la Iglesia Ortodoxa para ver cuál era su enfoque sobre esto que estaba haciendo. Preguntando a conocidos, acabé donde el p. Antonios Alevizopoulos, el cual fue después mi padre espiritual, hasta el tiempo de su dormición y fue quien me instruyó en la Fe Ortodoxa. Algo que recuerdo de aquella época es que, durante un tiempo determinado, cuando explicaba mi situación, sentía una alteración, temblaba, y como que algo me “ahogaba” por el cuello…

Conocí al Gérontas Paísio en el mismo año, en 1992, hacia finales de verano o principios de otoño, no me acuerdo exactamente. Llegando al M. Atos, intenté dirigirme hacia el Sagrado Monasterio de Kutlumusion para pasar allí unos días. Al llegar, dejé las cosas en el Monasterio para quedarme allí unos días. Tras llegar y dejar las cosas, bajé por el sendero que une el S.M. de Kutlumusion con su Kelí. Allí había mucha gente. Le vi desde lejos, le pedí su bendición junto con los otros peregrinos, sin poder hablarle en particular. Regresando al Monasterio estaba pensativo. No era lo que yo quería y esperaba. Dentro de mí existía preocupación. Pensaba: “¿He hecho todo este viaje desde Atenas, sólo para recibir su bendición?”

Decidí volver a intentarlo por segunda vez. Pensé en ir pronto el siguiente día, que habría menos gente. Llegué, entonces, fuera de su celda. Allí me esperaba una nueva decepción, la valla estaba cerrada, no había ningún peregrino, tampoco estaba el Gérontas Paísios. Me senté bajo un árbol que había al otro lado de la valla. Al poco tiempo, me pude a llorar. Me decía, “soy tan pecador, que no quiere ni verme”. Pasó algo de tiempo y escuché un ruido. Estaba en la puerta, llamándome:

Eeee!, ¿qué pasa por allí?


Qué va a pasar padre, que la he liado.


Vamos a desliarlo, ven dentro.

Entrando, le conté mi experiencia con la organización a la que había ido, le describí el milagroso modo en que volví a Iglesia Ortodoxa y el hecho de que ya tenía padre espiritual, el memorable p. Antonios Alevizopoulos. Me dijo que “el ocuparse de esas cosas es un locura” y subrayó particularmente que la ayuda del padre espiritual es muy importante para mi formación en la Ortodoxia.

A continuación, entramos en su kelí. Entrando, había a la derecha una pequeña capilla. Me dijo que me arrodillase en el centro de la misma y fue al analoguio ²⁶. Se puso a leer unas oraciones. Yo lloraba durante todo ese tiempo. Trajo unas reliquias, me dijo que las venerase y luego trazó la señal de la cruz sobre mí con ellas (eran las reliquias de san Arsenio). Después me levantó, hablamos un poco más y me acompañó hasta fuera de su kelí, recordándome nuevamente lo necesario que es tener un padre espiritual y diciéndome que “me será aumentada la guerra”.

De aquí en adelante comenzó el milagro que yo viví con el p. Paísio. Volviendo al Monasterio, noté que algo distinto me pasaba, algo que nunca antes había vivido. Bienaventuranza, según mi opinión, es la mejor palabra para describir mi estado. Estaba calmado, sin estrés, no sentía ninguna intranquilidad, no sentía angustia, no estaba nervioso, no me preocupaba por nada, no tenía ningún obstáculo en mi vida. Estaba feliz, sentía dulzura en mi interior, todo era agradable y positivo. No tenía dolores de cabeza, no tenía pensamientos extraños, ni tenía el zumbido continuo que escuchaba en mis oídos. Me sentaba con una sonrisa y disfrutaba del ambiente, del Monasterio, del tiempo. Me había calmado y sentía una paz que nunca antes había sentido. Observado qué grande era diferencia con todo el tiempo anterior en que vivía angustiado, nervioso, preocupado, alterado, angustiado y estresado, sobre todo cuando me ponía a contar mi caso.

Dieciséis años después, escribí esta pequeña experiencia que tuve con el Gérontas Paísio. Confieso que este sentimiento, esta calma, esta paz en mis pensamientos, nunca antes la había tenido. Fue para mí un acontecimiento irrepetible, por eso lo recuerdo tan clara e intensamente, tantos años después. Seguro que era un regalo de Dios debido a las oraciones del Géronta. Leyendo y oyendo tantas cosas sobre el p. Paísio, podría pensar alguien que esta experiencia mía fue pequeña, en comparación con todo lo que se ha escrito sobre él. Pero para mí, que vií esta experiencia, es muy importante y al mismo tiempo la confirmación de que Dios escucha las oraciones del Géronta Paísio.





1.13. Conviene que tenga el problema.


Recuerda Gregorio…, de Tesalónica: “Pedí la bendición a mi padre espiritual, el p. Gregorio, en 1922 0 1923, para rogar al p. Paísio para que rezase por mi hija, a la cual conocía y la vio alrededor del 1987, para que se pusiese bien. Temía por que no aceptase o por que no estuviese. Me dijo sin embargo el p. Isaac que “el Gérontas tiene la orden de la Panayía de recibir a todo el que vaya a visitarle.

Fuimos entonces con el p. Isaac a visitar al p. Paísio. Cuando llegamos, desde la parte alta vimos Gérontas subido al tejado. Nos vio, y el bienaventurado p. Isaac le llamó:

Géronta, Gregorio ha venido para verte. —Y responde el santo, lleno de Gracia, como siempre:—


¿Por mí has venido, hijo mío?... te has cansado en vano.


Bajó por la escalera y se acercó descalzo a la puerta para abrirnos. Sus pies se asomaban un poco por debajo de la pequeña puerta, los recuerdo amarillentos, y el p. Isaac se agachó para tocárselos, como para recibir de su gracia, pero el Gérontas rápido los apartó hacia dentro. Nos abre la pequeña puerta y el p. Isaac directamente le abraza y me dice: “Mira, Gregorio, qué Gérontas tengo. Y el santo Gérontas me dice a mí: “no le escuches, hijo mío”. Era una afectiva y enternecedora escena de un santo padre con su hijo espiritual.

Nos dejó solos y no fue necesario decir el motivo por el que fui. Me dijo el Gérontas: “No es un problema que se pueda resolver con un milagro. Es para su beneficio tener este problema, etc.” Salí lleno de alegría por todo lo que me había explicado. Gloria a Dios, esto fue una liberación para mí.»






1.14. Revelaciones y luz demoníaca.


Un piadoso peregrino recuerda: «Algunos de mis amigos me comentaban de vez en cuando cosas maravillosas sobre el recién canonizado san Paísio. A pesar de que yo no les creía, después de mucha presión, me convencieron para que lo visitara en aquel entonces.

Llegamos a Panaguda, donde vimos al Gérontas en el patio hablando con otras personas.

Después de darnos el gusto de tomar un lukumi de la caja de afuera, entramos al patio. El padre Paísio se levantó y se acercó a mí, me abrazó, me abrazó fuerte y con particular calidez me dijo: “Bienvenido, compatriota”. (Olvidé mencionar que también tengo mis raíces en Capadocia, Asia Menor).

En ese momento me sorprendí, pero poniendo a trabajar mi mente racionalista, pensé de inmediato: “Debe haber visto mi nombre en mi encendedor, tenía en la mano un encendedor que anunciaba nuestra empresa con mi apellido escrito en él, y por la terminación “-oglou”, concluyó que los dos éramos de Capadocia”.

Pero ni siquiera pude terminar mi hilo de pensamientos cuando el Gérontas me reprochó:

“¿Por qué… (utilizó mi nombre de pila, aunque era la primera vez que nos veíamos) tienes estos pensamientos traviesos de que de alguna manera deduje que éramos del mismo lugar basándome en tu encendedor?”.

Me quedé sin palabras. Simplemente me quedé mirando como si estuviera perdido, incapaz de encontrar ninguna explicación lógica para lo que acababa de escuchar. Los hechos me obligaron a creer que el monje que tenía delante tenía algo divino que le permitía ver mi nombre, mis ascendentes, incluso mis pensamientos... todo. Humillado, me senté y escuché con piedad todo lo que el Gérontas dijo a partir de ese momento.

No hace falta decir que este encuentro afectó radicalmente mi vida después y desde entonces visité a Panaguda con frecuencia. Aquí, registraré solo una de las muchas cosas milagrosas que me sucedieron durante mis visitas posteriores:

Fui con un amigo mío a visitar al santo. Nos sentamos un rato para descansar, pero comenzamos a hablar y, sin darnos cuenta, había pasado una hora más o menos. Cuando llegamos y llamamos a la puerta de metal, el Gérontas nos abrió de inmediato y preguntó con desconcierto, reprendiéndonos levemente, cuál era la razón de nuestra demora en llegar. Solo entonces nos dimos cuenta de cuánto tiempo habíamos perdido y de que no llegaríamos antes de que se cerraran las puertas del Monasterio donde estábamos alojados. Entonces, el padre Paísio, para ayudarnos a salir de la situación, nos alojó en su celda para pasar la noche, aunque no era su costumbre.

Temprano por la mañana, nos llamó para que fuéramos a la iglesia para las vísperas, el servicio vespertino. Nos explicó que tenía que hacer las vísperas por la mañana o no podría hacerlo en absoluto debido a la gran cantidad de peregrinos que lo mantuvieron ocupado hasta la tarde. Cuando llegó a “Oh luz alegre” y comenzó a leer el himno, toda la capilla de repente se llenó de una luz brillante. Mientras estábamos perdidos en el asombro, el Gérontas se desabrochó el raso como si hiciera demasiado calor y estuviera claramente molesto. Dijo en voz alta: “Vamos, viejo diablo, ¿de verdad crees que puedes hacerme creer que esta es la Luz Increada? ¡Saquen sus luces de aquí!”.

Ni siquiera terminó su frase cuando la luz desapareció, e inmediatamente después el techo fue apedreado. Perdón, pero por el miedo me mojé de cintura para abajo… Al contrario, el Gérontas, en vez de asustarse, se echó a reír. Nos explicó que el malvado primero intentó usar la luz para engañarnos, pero cuando vio que no funcionaba, se puso furioso y comenzó a apedrear el techo. Nos aseguró que el diablo es perfectamente incapaz de hacernos nada malo sin el permiso de Dios. Es como un perro sin dientes: todo ladrido y nada de morder. A veces un poco de miedo nos ayuda a acercarnos a Dios.»





1.15. Salidas por el mundo.


Testimonio de Agnis Trikouki de Salónica: «En el año 1989 (no recuerdo exactamente la fecha), un domingo por la mañana fuimos con mi familia a la Liturgia en el Monasterio de Surotí. Ese domingo, Dios me permitió ver a san Paísio sanar a una mujer endemoniada. Yo era entonces un estudiante de primaria y, en un momento dado, me cansé durante la ceremonia y salí de la iglesia de San Juan el Teólogo.

Al poco rato, llegó un coche y se estacionó detrás del altar mayor de la iglesia. Me impresionó mucho porque el coche se había acercado tanto a la iglesia que lo seguí. Entonces vi a una mujer que sólo sacaba un pie del coche, pero de ninguna manera podía salir del todo. Gritaba y armaba gran escándalo y, aunque no entendía bien lo que decía, parecía que estaba hablando con alguien cuya voz no podía oír. Recuerdo intensamente cómo ella repetía una y otra vez “¡tú!”, como si se dirigiera a alguien.

Cuando terminó la liturgia, tres hombres, entre ellos mi padre, intentaron que la mujer entrara en la iglesia para que san Paísio (que había estado en la Liturgia) leyera una oración sobre ella. Ella estaba casada y cuando su marido llegó para recibir la Sagrada Comunión, ella comenzó a gritar como loca, gritando que se sentía ardiendo, para disuadirlo de acercarse al Sagrado Cáliz. Todos nosotros, los niños, nos pusimos de pie en los bancos traseros para poder ver desde lejos lo que el Gérontas haría. En un momento dado, la mujer dijo: “Somos siete. Soy pequeño, débil y me voy”, mientras que a menudo gritaba: “Paísio, me estás quemando”. Tan pronto como escuché estas palabras, corrí a la hospedería con miedo de que el pequeño y débil que se había ido viniera a buscarme… Al poco rato, la mujer llegó a la hospedería, tranquila y con aspecto muy avergonzado. Bebió dos jarras de agua y se sentó un rato a descansar.

Desde entonces he pensado muchas veces en esta mujer y hace poco le pregunté a la higumeni qué había sido de ella (recordaba su nombre). La higumeni me respondió que la mujer y su hija eran ahora monjas en el norte de Grecia, y yo di gloria a Dios.

Vi a san Paisio muchas veces en el Monasterio de Souroti, ya que éramos amigos del monasterio y lo visitábamos a menudo. Desafortunadamente, yo era sólo una niña entonces y no tenía el interés de entablar conversaciones más sustanciales con él. Pero nos alegrábamos mucho cada vez que lo veíamos porque cuando venía al monasterio todo parecía una gran fiesta. Grandes multitudes venían a verlo y, como niños, estábamos simplemente felices de ayudar a las hermanas con las diversas tareas que debían realizarse.

Por lo general, el Papulis venía dos veces al año. En noviembre, día de san Arsenio (10 de noviembre) y en mayo, día de san Juan el Teólogo (8 de mayo). Antes de que se construyera la iglesia de san Arsenio, las vigilias nocturnas y todos los oficios se celebraban en la iglesia de San Juan el Teólogo. La antigua iglesia, ahora renovada, tenía una pequeña sala a la derecha con su propia puerta. Recuerdo que Papulis se quedaba allí durante las vigilias nocturnas, pero, de vez en cuando, abría la puerta y salía a bendecir a la multitud que esperaba fuera de la pequeña puerta. Otras veces, daba la bendición desde una pequeña celda en el ala del monasterio donde vivían las monjas. La multitud formaba una fila gigante en la que uno podía tener que esperar horas sólo para verlo un ratito.»

El testimonio de Zinonas Trikoukis: «Durante cierto período de nuestra vida, mi esposa ayunaba demasiado estrictamente y yo estaba preocupado por su salud. Éramos amigos del Santo Monasterio de San Juan el Teólogo y durante una de las visitas de san Paísio al Monasterio fuimos a pedirle consejo sobre este tema. Conocíamos bien su santidad y queríamos que nos diera su opinión. En cuanto nos vio y antes de que pudiéramos contarle nuestro problema, me dijo: “¿Cómo podéis tenerla así? ¿No la alimentáis?”. Así que recibimos inmediatamente la respuesta de que necesitaba comer mejor”.

El testimonio de Melitini Ambadou: «En 1989 yo era estudiante de segundo año de bachillerato. Una amiga me había contado que había ido a pedirle consejo a san Paísio sobre sus estudios y pensé que yo también debía ir. Fui a buscarlo a Surotí. En aquellos días, tenía muchas ganas de entrar en la Academia Atlética, pero, después de un tiempo de oración, decidí seguir el consejo del Gérontas, cualquiera que fuera. Cuando le pregunté, me dijo: “¿Qué te gustaría hacer?”. Le conté lo que había estado pensando. Entonces me dijo: “Esto no es lo tuyo. En cambio, deberías convertirte en educadora”. En ese momento, sentí que me habían lanzado una bomba: ¡no me gustaba para nada la idea de tratar con niños pequeños! Era lo último que quería hacer. Pero ya había decidido seguir cualquier consejo que me diera el Gérontas.

Me presenté a los exámenes de ingreso a la Universidad para ser maestra de Primaria y, sin embargo, ¡no lo aprobé! Estaba conmocionada. Pensé que, como el Gérontas me había aconsejado que me convirtiera en educadora, seguramente aprobaría. Así que me presenté a los exámenes una segunda vez y tampoco aprobé. Finalmente, en mi tercer intento, logré ser aceptada en el departamento de Economía y decidí no preocuparme más por convertirme en educadora, ya que no podía permitirme más intentos fallidos. Cuando terminé mis estudios y obtuve mi título, me casé y decidí dedicar mi tiempo exclusivamente a la educación de mis hijos y no buscar un trabajo mientras aún fueran demasiado pequeños. Cuando tuve mi cuarto hijo, me informaron que tenía derecho, como madre de cuatro hijos, a ser contratada en mi propio lugar de residencia como maestra de Economía en una escuela secundaria. Y así, seguí adelante y acepté el puesto. Me gusta mucho mi trabajo y tengo una buena relación con mis estudiantes. En un momento dado, recordé lo que me había dicho el Gérontas y di gloria a Dios por haberme convertido en educadora, y no de niños pequeños, algo que yo no quería y que había creído erróneamente que era el consejo del Gérontas».

El padre David Kareotis recuerda: «La señora… tenía cáncer y sufría fuertes dolores. Era una mujer muy piadosa, pero su marido era indiferente a la Iglesia. Ella expresó su deseo de visitar y pedir la ayuda del Gérontas en Surotí. Al principio, su marido se resistió.

“¿Qué tenemos que ver con los sacerdotes? ¿Cómo pueden ayudarnos? “

Pero al final, él cedió para no molestarla más. Así que los dos, junto con sus dos hijas, fueron al monasterio. En Surotí, había una enorme cola de gente esperando para recibir la bendición del Gérontas. Tan pronto como vieron esto, su marido dijo con decisión:

“Vámonos. Nos vamos. No vamos a esperar tanto tiempo”.

Apenas había terminado de decir la frase cuando el Gérontas apareció a lo lejos. En cuanto se acercó a ellos, el Gérontas le dijo a una de sus hijas:

“Ven por aquí, tu padre tiene prisa”. (Por supuesto, le era físicamente imposible haber oído su queja). A la mujer enferma le dijo:

“No es la voluntad de Dios que te recuperes. Esto es para tu beneficio espiritual. Pero desde ahora hasta el final, no sentirás más dolores. Ni siquiera necesitarás tomar una aspirina. Y, en efecto, esto es lo que sucedió”.

Esto se lo contó al padre David una de sus hijas, que fue testigo ocular de la escena y escuchó todo lo que se dijo.





1.16. “Veía mis pensamientos”.


El testimonio del padre Raphael S.: «Siempre que iba a ver al Gérontas había mucha gente y era difícil hablar con él con tranquilidad. La última vez, cuando lo visité como diácono –creo que fue en 1991– tenía miedo de que esto volviera a suceder y por eso recé por ello. Cuando llegué a Panaguda, me sorprendí porque no vi a nadie. Y más aún, el Gérontas me dedicó mucho tiempo, dándome consejos sobre todos los aspectos de mi vida. Y mientras en mi interior daba gloria a Dios y agradecía al Gérontas porque se tomaba tanto tiempo aconsejándome, comencé a angustiarme pensando que perdería el autobús –tenía que salir del M. Atos en esa fecha determinada–. Pero no me atrevía a decirle este pensamiento, e incluso solo el hecho de pensarlo me parecía algo irrespetuoso. El Gérontas, sin embargo, lo captó; interrumpiendo lo que estaba diciendo, me dijo: “No te preocupes, no perderás el autobús”. Y continuó dándome consejos. Desconcertado, dejé a un lado toda mi ansiedad. Pero al poco rato, volví a pensar: “Tendré que correr para alcanzar el autobús”. Nuevamente, el Gérontas me interrumpió: “No sólo alcanzarás el autobús, sino que tendrás que esperar dos horas”. En ese momento no entendí lo que había querido decir. Pero nuevamente me di cuenta de que estaba leyendo mis pensamientos y seguí escuchando sus consejos. Después de que pasó suficiente tiempo, pensé: “El autobús va a salir ahora. Me veo obligado a partir mañana”. Y el Gérontas nuevamente dijo: “Está bien, vete. Pero debes saber que tendrás que esperar dos horas”.

En Karyes, vi una multitud esperando junto al autobús. Pregunté y me dijeron que había comenzado su recorrido normalmente, pero cuando llegó a la Athoniada, lo desviaron para recoger también a los representantes de la Santa Comunidad, cuya reunión, sin embargo, terminó por retrasarse. Entonces, tuve que esperar dos horas antes de partir.»





1.17. Desapareció el ánimo de venganza.


El señor G., de R., en Calcídica (Halkidiki), estaba desconsolado. Su hijo Spyridon había muerto en un ejercicio de la Fuerza Aérea, pero su copiloto había logrado sobrevivir. En su dolor por la pérdida de su hijo, el señor G. consideró al superviviente responsable del accidente y planeó vengarse. Encontró su dirección, su paradero y tramó un plan para matarlo. Algunos de sus conocidos lo persuadieron para que visitara al Gérontas con ellos y le contara su dolor. Tan pronto como llegaron a Panaguda, fue alrededor de 1991, el Gérontas le pidió que se sentara a su lado y le dijo: "No te preocupes. Tu hijo está en un muy buen lugar". Estas palabras, que tenían el sello de autoridad debido a la clarividencia del Gérontas, obraron como un bálsamo en su dolorido corazón paternal. Su dolor se suavizó y el Gérontas se ganó su confianza. Sin embargo, el plan de venganza permaneció. Por esta razón, llevó al Gérontas aparte y le confesó su plan. Al final, expresó con énfasis:


—Gérontas, ¡esto es demasiado! ¡Voy a matarlo sea como sea!.

—Está bien, mi querido hijo. Pero no solo lo matarás, lo degollarás.

Entró en la celda y después de un rato, volvió a salir con un gran cuchillo de sierra.

—Toma, toma esto para matarlo, —le dijo, mientras le entregaba el cuchillo—.

Y eso fue todo. Tan pronto como el Sr. G. tomó el cuchillo, algo sucedió dentro de él. ¡Su manía irracional desapareció! Estaba en paz. Comprendió su estupidez y, con lágrimas en los ojos, agradeció al Gérontas.





1.18. Su fisonomía celestial.


El testimonio de Paulos de Epiro: «Cuando era joven y estaba en Atenas intentando reconectarme con la vida de la Iglesia, después de un largo tiempo de lo que parecía un vagabundeo en el vacío, oí hablar del Gérontas Paísio de boca de mi amigo Ioannis, que era para mí como un hermano. En concreto, me dijo que había un Gérontas en el Monte Atos que te llamaba por tu nombre cuando te conocía por primera vez, y otras cosas milagrosas. Yo estaba acostumbrado a un mundo en el que lo único que se oía hablar era de magos y médiums, no tenía ni idea de lo que era la santidad, así que supuse que el Gérontas era un mago sin santidad, aunque me comprometí a pensarlo bien. No entendía por qué, mientras reflexionaba sobre estos pensamientos, sentía una dulzura en el corazón. Y, de hecho, no me equivoqué cuando, después de unos días con mi amigo y mi primo Ioannis, visitamos la Montaña Sagrada del M. Atos y al Gérontas.

Recuerdo que, desde el momento en que subimos al barco en Uranópolis rumbo a Dafni y hasta que llegamos a Karyes, todas nuestras conversaciones giraron en torno al Gérontas Paísio y los acontecimientos milagrosos que les sucedían a los peregrinos que iban a visitarlo. Al llegar a Karyes, bajamos a pasar la noche en el Monasterio de Iviron, pasando por la celda del Gérontas en Panaguda. Decidimos visitar Panaguda en nuestro camino de regreso. Esto fue el Lunes Santo de 1991. Veneramos el icono de Panayía Portaitissa llenos de asombro y admiración ante esta milagrosa representación de la Madre de Dios. Salimos al día siguiente hacia el Monasterio de Filoteo. Pasamos la noche allí y otros peregrinos decidieron unirse a nosotros: un sacerdote, un candidato al sacerdocio y un teólogo. Al día siguiente decidimos regresar todos juntos a Karyes. Pero se creó un dilema porque la mitad del grupo quería tomar el sendero que va desde Filoteo a Karyes, mientras que la otra mitad quería tomar el camino principal que pasa por Iviron. Al final, la decisión que prevaleció fue utilizar el camino principal. Eso fue una suerte porque si hubiéramos tomado el sendero más alto, no habríamos tenido la oportunidad de visitar la celda del Gérontas Paísio. Esto también resultó ser la providencia de Dios, ya que en por el camino principal muchos vehículos vacíos pasaron de largo y no hicieron caso de las señales que les hicimos para que nos llevasen con ellos. Este comportamiento escandalizó al sacerdote del grupo, que horrorizado preguntó que cómo podía suceder esto, recibiendo la respuesta de alguien del grupo: "Papuli, cada obstáculo es para bien", como dice el dicho popular.

Sin embargo, si los vehículos se hubieran detenido para llevarnos, habríamos ido directamente a Karyes y no habríamos pasado por la celda del Gérontas. De todos modos, a pie, finalmente llegamos al camino que lleva de Iviron a Caries que pasa por Panaguda, después de haber venerado ya con gran alegría el icono de Panayía Portaitissa. En el camino, surgió un problema con el candidato al sacerdocio que estaba en el grupo. Tenía un problema en la rodilla y le costaba mucho subir cuestas y se quedaba atrás. Finalmente llegamos a la Kalibi del Gérontas que nos recibió y nos invitó dos veces a una lukumia, ya que teníamos un poco de hambre ese día, al ser el comienzo de la Gran Cuaresma.

Mientras nos preguntaba en qué trabajaba cada uno de nosotros, se acercó al candidato al sacerdocio y le preguntó: “Y a tí, joven, ¿qué te pasa?” Sorprendido, le explicó al Gérontas que tenía problemas en la pierna y que estaba especialmente preocupado porque iba a ser sacerdote. Entonces el Gérontas le dijo, acariciándole la cabeza: “No es nada, se pasará”. Nunca olvidaré ese momento. Al tener al Gérontas delante de mí, era como si hubiera visto a Dios. Su rostro brillaba con una luminosidad y una dulzura sobrenaturales que no se pueden transmitir con palabras terrenales, sino que hablan y atraviesan el corazón. Fue una experiencia única. Era la antítesis absoluta: por un lado, uno se enfrentaba al mundo terrenal y al hombre cansado de la vida cotidiana, y por otro lado, la belleza celestial del Gérontas. En ese momento, no buscábamos milagros ni palabras. La sensación de plenitud interior hacía que uno quisiera gritar: “Padre, me basta con verte... no necesito nada más en esta vida”. De repente, este “sueño” fue interrumpido por el ruido de algunas personas que bajaban por el sendero de Karyes.

El Gérontas nos dejó por un momento y se acercó a la valla preguntando qué estaba pasando. Los dos hombres llevaban a un niño de unos diez o doce años en un estado preocupante. Explicaron que habían venido de Alemania y eran inmigrantes griegos. El Gérontas se enojó y les dijo que solo debían enviar una carta, que no era necesario hacer pasar al niño por semejantes dificultades. De todos modos, tomó al niño, lo abrazó, hizo la señal de la cruz sobre él y los hizo sentarse en los troncos del patio. Mientras tanto, se volvió hacia nuestro grupo y de manera un poco brusca pero muy educada nos dijo que nos fuéramos con la bendición de Panayía, ya que no teníamos problemas graves. Estábamos un poco molestos porque nuestra conversación con el Gérontas se había interrumpido, pero con alegría en nuestros corazones emprendimos el camino hacia Karyes. Habríamos recorrido unos 200-300 metros, cuando escuchamos al candidato a sacerdote decirnos que desde el momento en que habíamos salido de la celda del Gérontas, no había sentido ningún dolor en la pierna y, para demostrarlo, comenzó a correr como una liebre delante de nosotros, mientras que, un poco antes, caminaba por los senderos cuesta arriba con gran dificultad.

Todo nuestro grupo, lleno de alegría, terminó pasando la noche en el Monasterio de Kutlumusion. A la mañana siguiente, subimos a Karyes y esperamos en la cafetería el autobús para poder ir al otro lado del M. Atos. De repente, mientras tomábamos café, vimos entrar al otro grupo que habíamos visto el día anterior en Panaguda. Y, naturalmente, por curiosidad, les preguntamos qué sucedió después de que el Gérontas nos había "echado". (Por cierto, este acontecimiento también demostró la gran humildad del Gérontas.) Con lágrimas en los ojos, el padre del niño nos explicó que llevaba muchos años viviendo en Alemania y que su hijo tenía un grave problema de salud –del que no podíamos entender exactamente cuál era– y que había estado por todo el mundo intentando encontrar una terapia para él sin éxito. En un solo momento, a través de su oración, el Gérontas curó al niño que ahora estaba de pie sobrio y feliz a su lado, cuando antes era como una madeja y tenía que ser llevado a todas partes. Nos conmovió profundamente la historia y glorificamos a Dios que incluso en estos tiempos finales tiene estos santos siervos suyos. El padre lloraba y decía que había llegado a conocer la verdad y ya no deseaba nada más. Incluso si tuviera que regalar todas sus riquezas, no le molestaría, aunque había dedicado toda su energía a ellas antes de conocer a Cristo.

También pude ver al Gérontas en Octubre de 1993. Había salido a la valla y abrió los brazos como el Cristo crucificado. Se veía muy demacrado, pero nos dijo un par de cosas. Encontré la oportunidad de postrarme ante él y pedirle perdón por mi mal pensamiento de considerarlo un mago. El Gérontas, cuando le dije: “Una vez tuve un mal pensamiento sobre ti”, se rió a pesar de su dolor y me dijo: “Hiciste lo correcto al tener ese mal pensamiento”, mientras acariciaba mi cabeza pecadora. Esta fue otra prueba más de su humildad. Mientras tanto, se acercaron dos jóvenes, que incluso de lejos se podía ver el desorden de sus almas. En cuanto los vió el Gérontas, les dijo: “¿Adónde vais, benditos? ¿Tenéis un padre espiritual?”. “No”, respondieron. “Id a buscar un padre espiritual, poned orden y disciplina en vuestras vidas”.

Recibimos su bendición por última vez. Gloria a Ti, oh Dios.»





1.19. Lo que dura una vela. ²⁷


Testimonio de Savvas N. Anastasiadis: "Siento intensamente la necesidad de dedicar este testimonio mío, como una especie de mínimo homenaje, a la memoria de las personas que desempeñaron un papel definitivo en mi decisión de visitar la Montaña Sagrada del M. Atos. Estas personas, que ya han fallecido en esta vida son mis queridos padres Nikolaos y Despina Anastasiadou –fue su aliento el que nos impulsó a organizar este viaje– y el hermano de mi madre, Kyriakos Tsilidis, cuya incansable guía garantizó que el viaje transcurriera sin ningún problema.

Nuestra motivación para visitar la Montaña no fue la búsqueda de la solución del problema de salud que estaba enfrentando, y ciertamente tampoco fue algún tipo de vana curiosidad. Fuimos al M. Atos Santa por fe, piedad y gratitud al Señor. Íbamos a ver con nuestros propios ojos este bastión de la vida monástica, a venerar con humildad los santos tesoros de nuestra Fe Ortodoxa, a escuchar las palabras vivificantes de los padres venerados y a recibir su bendición. Queríamos darle a nuestras almas la oportunidad de acercarse a Dios y pasar tiempo en oración.

Con mis compañeros de viaje experimentamos, admiramos y saboreamos los grandes regalos que Dios nos da. Aún hoy, después de tantos años, recuerdo todas las cosas que sucedieron por lo mucho que me impresionaron. Sólo el Altísimo puede ofrecer tales regalos o, si se prefiere, realizar tales milagros, milagros que pueden cambiar completamente la vida de alguien. Además, toda nuestra vida con el Señor es un milagro. No fue casualidad que esencialmente el primer monje con el que hablamos fuera el padre Paísio, sin haber planeado ningún encuentro con él. Cuando conoces a un hombre santo que tiene la sabiduría y la gracia del p Paísio, ¿qué otra cosa puede ser sino un milagro? ¿Qué imaginamos que son los milagros? ¿Qué esperamos ver? ¿Qué más buscamos encontrar? Los milagros no ocurren para impresionar a las personas sino para salvarlas de sus pecados y fortalecer su fe.

Muy a menudo escucho la frase “milagros ocurren todos los días”. Esto es absolutamente correcto porque los milagros ocurren cada minuto e incluso cada segundo. Ya sean pequeños o grandes, los milagros suceden, siempre y cuando creamos con todas las fuerzas de nuestra alma y mantengamos los ojos de nuestra alma abiertos; y si queremos ver milagros, los veremos.

Doy gloria a la gracia y paciencia del Señor que me tuvo por digno de vivir hasta el día de hoy junto con todo lo que Él ordenó para mí: una vida llena de emoción, amor, alegría, dolor. ¡Tremendo dolor! Viví estas cosas por la misericordia inconmensurable y el amor infinito de nuestro gran Dios.

Nací y crecí en Mavrovouni, en la provincia de Pella, en un ambiente familiar cálido, con principios, modales y dignidad. Debo mis estrechos vínculos con nuestra religión, desde mi infancia, a la forma en que mis padres me criaron. Los clérigos –mi abuelo y mi tío– también contribuyeron de manera importante: sus palabras, su actitud ante la vida y su comportamiento colocaron mi alma sobre los fundamentos seguros e inquebrantables de la fe y la devoción al Señor.

Mi historia médica comienza en 1978, cuando tenía dieciséis años, una edad crucial, una época de grandes convulsiones. Sentí dolores en la zona abdominal por primera vez y estuve hospitalizado durante veinte días en el hospital de Edesa. Sin embargo, lo más inquietante fue que no existía un diagnóstico claro, por lo que me fue imposible recibir el tratamiento adecuado. Pasó casi un año y volvió a pasar lo mismo. Las crisis no sólo empezaron a ser frecuentes, sino que cada vez fueron más intensas e incomparablemente más difíciles. El dolor era insoportable, horrible, especialmente para alguien de tan corta edad. Estos episodios repetidos acumularon un dolor insoportable en mi alma y en mi cuerpo: me llevaron al límite. Sentí que la tierra se desvanecía bajo mis pies y la sombra de la muerte estaba a mi lado. Caminaba sobre una cuerda floja, pero podía mantener el equilibrio. Tuve que aguantar. ¡Tuve que aguantar por tantas razones! A veces me inclinaba por el dolor, pero ni siquiera por un momento mi fe en Dios se tambaleó. Pasaron los años y pronto llegó el momento de hacer el servicio militar obligatorio (aunque podría haberlo evitado). Las duras condiciones de vida y, en general, el estilo de vida en el ejército no hicieron más que empeorar mi situación y provocaron acontecimientos inesperados y adversos. Una vez más, hubo más visitas al hospital, más médicos, más exámenes médicos y, sin embargo, ningún resultado. Finalmente me dieron el alta. A pesar de los veintidós meses de martirio que había soportado en el ejército, me sentí completamente satisfecho en el sentido de haber cumplido con mi deber para con mi país.

Regresé a mi vida civil cotidiana, cargando la cruz de mi martirio. Los dolores continuaban afectando negativamente mi calidad de vida y tenía un largo camino lleno de obstáculos por delante. Necesitaba tomar decisiones sobre mi futuro. Sin embargo, los hombres quieren una cosa mientras Dios decide otra. Entonces, seguí adelante haciendo de mis problemas una forma de vida. Me negué a dejarlo ir y seguí adelante. Me establecí en Salónica. Viví solo y conseguí un trabajo. Para recibir la mejor formación en mi línea de trabajo, tuve que ir a Alemania, donde estuve dos meses. Un poco después, fui a Atenas por aproximadamente el mismo tiempo. Desafortunadamente, mis problemas de salud continuaron y los episodios aumentaron a una frecuencia insoportable. Como puedes comprender, estos eran más que prohibitivos para un joven que intentaba prepararse para su futuro. Luché lo mejor que pude para mantener el ánimo en alto. Durante varios años estuve entrando y saliendo de un hospital central de Tesalónica, donde un grupo de médicos seguía la evolución de mi salud, sin poder ofrecer ningún resultado sustancial. Para entender el mal rumbo que había tomado mi salud, hay que darse cuenta de que casi todas las semanas las pasaba cuatro días en el hospital y tres fuera de él.

Y, sin embargo, estas difíciles condiciones me enseñaron a apreciar y venerar lo importante que es el don de la vida. Pasaba las noches llorando de dolor tan fuerte que podía despertar a edificios enteros de la ciudad. Estaba rompiendo sábanas, pero, más importante aún, estaba rompiendo el corazón de mi madre, quien ponía sus manos detrás de mi cabeza con un reposacabezas y con mi fuerte agarre le dejaba moretones. ¡Mi querida madre! ¡Amadas madres de todo el mundo! A mi lado estarían familiares, amigos, parientes, tías, tíos, primos, conocidos, pero también desconocidos. Les debo, como mínimo, un gran "gracias".

Después de varias consultas médicas y exámenes exhaustivos pero ineficaces, se consideró necesario ingresar en un centro hospitalario de investigación especial en Londres. Incluso el viaje hasta allí estuvo lleno de episodios de intenso dolor. En el avión, estaba encorvado por el dolor, sintiéndome absolutamente destrozado, ¡un desastre total! La víspera de 1985 me encontraba solo en un Londres festivo pero poco acogedor. Al cabo de diez días, por fin se arrojó algo de luz sobre mi problema. Después de años de dificultades, finalmente teníamos un diagnóstico claro en nuestras manos. Era un problema agudo y muy raro. Y sin entrar en toda la terminología médica, solo usaré una palabra: hipertrigliceridemia, una condición muy rara. Soy uno de los tres o cuatro casos que se han reportado en todo el mundo. El aumento del número de triglicéridos en la sangre, con el que nací y que se manifestó simplemente cuando tenía dieciséis años, me provocó una pancreatitis aguda y, como me contó el jefe del equipo médico, en casos como estos, el dolor suele ser más intenso que los dolores de parto. "Pancreatitis aguda recurrente debido a hipertrigliceridemia", donde el número de triglicéridos alcanzó novecientas, incluso mil unidades, un nivel potencialmente mortal. Con cuatrocientas unidades, corres un riesgo inmediato de sufrir un ataque cardíaco y otras afecciones cardíacas, un derrame cerebral y diabetes, algo que me pasó a mí. También pueden ocurrir trombos además de otras complicaciones.

Como cualquiera puede comprender, el problema era complejo, con diversas complicaciones, y había sido diagnosticado después de tantos años, de tanto correr y de tanto dolor. Finalmente supe qué estaba pasando exactamente. Mi caso era tan raro que ni siquiera en Londres pudieron recomendarme una solución específica, sólo un tratamiento que en esencia tuvo poco efecto. En otras palabras, la condición se llama tal o cual pero no sabemos cómo curarla. Las últimas palabras que recuerdo que el Dr. Cotton me dijo son: "Si tienes cuidado, tu condición podría mejorar". Con las alas cortadas y las esperanzas frustradas, regresé a mi pueblo en Grecia. Estaba claro que necesitaba que mi familia me cuidara para evitar las peores complicaciones posibles. Mi sueño de una carrera profesional había vuelto a tener un final sin gloria. Necesitaba relajarme y vivir con naturalidad –hasta donde las condiciones me lo permitieran– siguiendo el régimen que mis médicos me habían recetado. Así que esto es justo lo que hice. Pero la relajación que buscaba no duró mucho. Mi condición empeoró. El dolor se volvió más intenso y potencialmente mortal. Una tarde de invierno, en un episodio especialmente grave, tuvieron que llevarme al hospital de Edesa. Después de que la niebla inducida por el dolor se disipó, recuerdo claramente a mi madre, con lágrimas en los ojos, diciéndome: “Mi dulce niño, hemos hecho todo lo posible. Hemos estado con los mejores médicos del mundo. Ve por una vez al M. Atos a orar y tendrás la ayuda de Dios, te sentirás mejor, tu alma se regocijará. Le prometí que iría porque ella me hizo creer que Atos era un lugar donde podría obtener las fuerzas que tanto necesitaba. Esta fortaleza me permitiría valerme por mí mismo y ayudar a mis padres quienes, ellos mismos, habían comenzado a tener sus propios problemas de salud, un resultado natural esperado con el paso de los años.

Entonces se tomó la decisión. Mis compañeros organizaron todo y una mañana partimos hacia nuestro destino: la Montaña Sagrada del M. Atos. Los miembros del grupo éramos mi hermano menor, Demetris; nuestro tío Kyriakos: su hijo, nuestro primo Demetris, y yo. No teníamos ninguna pregunta por cómo íbamos a afrontar el llegar allí. Nuestro tío se encargó de todo, había visitado el M. Atos muchas veces antes. Nos habló de algunos Monasterios y Sketes ²¹ que pensaba que deberíamos visitar, pero insistió en que seríamos muy afortunados si pudiéramos obtener la bendición de un monje en particular. Durante todo el viaje nos habló del Gérontas. Paísio es su nombre, nos dijo. Y su rostro brillaba porque había podido conocerlo hacía muchos años y sabía mucho sobre la vida agradable a Dios de este padre del M. Atos.

Una vez que recorrimos gran parte de la región histórica de Macedonia, en un viaje increíblemente hermoso, llegamos a Uranópolis, listos para nuestro destino final. Un poco antes de abordar el ferry, y sin previo aviso, como siempre, comenzó el fuerte dolor. En cualquier otra situación, habría tenido que ir al hospital para recibir primeros auxilios. Iba a algún lugar con un problema de salud grave sin saber si allí sería posible tratarlo. En ese momento sentí algo extraño, algo completamente nuevo para mí, y, por una fracción de segundo, pasó por mi mente el icono del Señor yendo a Su Padecimiento. Saqué fuerzas de esta imagen sabiendo, por supuesto, que no se podía establecer una comparación real entre el sufrimiento de nuestro Señor y el mío. Decidí ascender a mi propio Gólgota, que era claramente insignificante en comparación con el Padecimiento de mi Señor. Él sufrió los dolores más horribles por nuestra salvación, ¿y yo me rendiría ahora? ¡Imposible! Decidí correr el riesgo y así lo hice. Hice una señal a mis compañeros para que subieran al barco y así seguimos adelante. Por primera vez sentí que podía soportarlo. Por primera vez creí que nada podía detenerme. Ante mi dolor, me sentí equipado con un coraje indomable, una paciencia y una voluntad de vivir esta experiencia única. Por primera vez algo me daba fuerzas y sabía bien qué era.

Atos es un rico testamento de otra época distinta del cristianismo. ¡Aquí vives en la presencia de Dios! Te conviertes en testigo de las intervenciones milagrosas de Su Gracia porque aquí actúan leyes espirituales que sobrepasan las leyes naturales del universo. Desde el momento en que puse un pie en el muelle del pintoresco puerto de Dafni, sentí como una corriente eléctrica que recorría todo mi cuerpo. Todos nos miramos. Nuestras miradas se congelaron. Nos quedamos sin palabras. El silencio sólo confirmó que todos sentíamos lo mismo. Nos fue imposible encontrar las palabras adecuadas para describir las emociones que llenaban nuestras almas. El dolor tortuoso perdió su protagonismo. Se convirtió en una comparsa o acompañamiento extra. Aunque sabía bien que estaba poniendo en peligro mi vida, permanecí en éxtasis debido a la visión frente a mis ojos. Toda la escena me encantó y me cautivó. El lugar en sí rezumaba espiritualidad. Era como algo sacado directamente de la Santa Escritura, como si en un minuto te encontraras cara a cara con un santo, un apóstol o incluso el mismo Señor. ¡Fue tan intenso! El silencio, la calma, la belleza del lugar y la apariencia bíblica de los monjes que encuentras confieren a la Montaña Sagrada la singularidad que la convierte en un paraíso de belleza natural, de búsqueda espiritual e iluminación religiosa... Aquí podrás contemplar. Te das cuenta de quién eres y de qué tipo de material estás hecho realmente. Queriéndolo o no, vives un doloroso cara a cara con la verdad, que te lleva a conclusiones definitivas.

Abordamos el tradicional autobús que va de Dafni a Karyes (del puerto principal a la capital de la República Monástica). Pasamos por Sketes, Kalivia ²¹, grandes monasterios organizados. Finalmente, pudimos distinguir a lo lejos el complejo de edificios más grande de la Montaña Sagrada: además de los establecimientos monásticos en la Montaña, hay una pequeña ciudad llamada Karyes, que funciona como la capital de la República Monástica. ¡Y finalmente llegamos allí! Con el equipaje a cuestas, caminamos un rato por las calles asfaltadas. Miramos con sorpresa y asombro la construcción en piedra de los edificios y, por supuesto, de las Iglesias.

A nuestro alrededor había personas que habían renunciado a las cosas de este mundo y habían venido aquí para la salvación de sus almas. Estos mediadores entre el cielo y la tierra nunca van y vienen sin rumbo fijo. Cada uno de ellos está centrado en su obediencia. Conversar con ellos te ayudará a comprender el verdadero significado del monaquismo ortodoxo.

Una vez que conseguimos nuestros pases y un lugar para pasar la noche, obtuvimos información útil de los monjes y seguimos las instrucciones que nos dieron. Entramos en la Iglesia del Protatón ²⁸ y veneramos iconos pintados hace cientos de años; tesoros sagrados. Sin darnos cuenta, nos encontramos caminando por los senderos sagrados de la Montaña un poco fuera de Karyes, a poca distancia de la Skete del Gérontas Paísio. Nuestra incertidumbre alcanzó su culminación cuando nos paramos ante la base de este fiel monje.

Aquí, con todas las fuerzas de su alma, estaba librando sus luchas espirituales de acuerdo con su lema central: 'Fe-Amor-Sacrificio'.

No sabíamos mucho sobre el bienaventurado Gérontas y las declaraciones de amor y adoración hacia su persona nos impactaron. ¡Cientos de visitantes! Chicos jóvenes con pendientes y pantalones rotos –no es que estas cosas necesariamente signifiquen algo– pero también personas mayores de todo el país, de todo el planeta, esperaban pacientemente durante horas para encontrarse con este amigo de la vida hesicasta del desierto. La humildad del lugar nos encantó.

Un monje nos informó que el Gérontas había salido al bosque a orar y que sería difícil encontrarnos con él. Claramente molestos, tomamos un camino diferente. Para poder aliviar un poco mi dolor, nos paramos bajo un árbol centenario. De repente, mi tío dijo en voz baja: 'Chicos, somos muy afortunados: ¡en lugar de tener que buscar al Gérontas, el Gérontas vino a nosotros!... ¡Nuestro humor cambió instantáneamente! Saltamos, corrimos, lo abrazamos y luego lo ayudamos a sentarse y descansar. Nos quedamos asombrados ante su semblante bíblico. Se podría decir que fue enviado por Dios como bálsamo para nuestras almas heridas. Estábamos frente a un asceta y Gérontas que reunía en su persona todos los rasgos característicos de los profetas y de los grandes santos: el Gérontas milagroso de la Comunidad de Atos. Nos inclinamos ante su santa personalidad, nos inclinamos ante el Gérontas de Dios, el Gérontas del Amor, el Gérontas de los doloridos.

Nos recibió con amabilidad y amor verdadero que se notaba en sus ojos. Uno a uno, los miembros de nuestro grupo se presentaron dando sus nombres. En el momento en que llegó mi turno, levantó la mano como para impedirme hablar y me dijo: “Sabas, hablaremos en un momento'. Sentí que algo sobrenatural estaba sucediendo. ¿De qué otra manera podría caracterizarlo? Algo que estaba más allá del poder humano estaba en juego. Una persona que acababa de conocer me llamó por mi nombre sin ninguna presentación. Un sencillo monje que, a través de su vida ascética y su oración, se había acercado al Creador. Olvidé mi dolor y todo lo que había vivido en esta vida. Desde los primeros minutos de nuestro encuentro, los signos de su santidad nos dejaron sin palabras. Sus palabras eran alimento inmortal, palabras en las que todos podían discernir la virtud de la humildad. Sus admoniciones, consejos y oraciones fueron regalos divinos para todos nosotros: una bendición del Señor. Hablamos con él durante varios minutos. Para no cansar a este padre “teoforo” o portador -del Espíritu- de Dios, no mencionamos mi problema de salud. Ni siquiera lo pensamos, ni a ninguno de nosotros nos importó en ese momento. Nos bastó con haberlo visto, haberlo oído y haber recibido su bendición.

Y, mientras esperábamos que pronto se despidiera de nosotros y regresara a su celda –parecía agotado por la cirugía a la que había sido sometido–, detuvo la conversación y, con dificultad, puso su mano sobre su bastón hecho a mano, se levantó y llegó al lugar donde yo estaba sentado. Me quedé helado. Me encontraba frente a un asceta que había vivido en el Monte Sinaí como un ángel encarnado. Ni siquiera podía levantar los ojos para mirarlo. Frente a un Gérontas con una vida tan santa y obras en Cristo, me sentí tan insignificante. Se acercó a mí y en voz baja me dijo: “Sé que estás sintiendo dolores y sufriendo. Para que no tengas que buscarme y cansarte aún más, he acudido a ti. Sígueme.” Dejando a mi grupo lleno de dudas, me tomó de la mano y me animó a seguirlo.

Entramos en un lugar que parecía una cueva, pero no era una cueva. Después de caminar varios metros, todo se volvió oscuro ya que no podía entrar la luz. Estaba tan oscuro que no podía ver nada, ni siquiera al Gérontas, ni nada de nuestro entorno. Me sentí extraño, pero no le dije nada y no puedo describir el sentimiento. Quiero guardármelo para mí. "Aquí está bien", me dijo, y por nuestros movimientos entendí que nos habíamos sentado en un banco de piedra formado naturalmente. Nos sentamos a una exhalación de distancia, pero estaba tan oscuro que todavía no podía ver su rostro. Al escuchar sus primeras palabras, sentí que estaba en el abrazo del mismo Dios. Me señaló los caminos de la salvación, de la iluminación, de la santificación, de la divinización. “Era voluntad de Dios que nos encontrásemos. “No te oculto, hijito mío, que contadas veces vengo aquí y ahora tenemos la oportunidad de orar juntos. Sé por qué estás aquí. No te preocupes, con la bendición de Panayía todo estará bien. El problema que estás afrontando mejorará. Ahora arrodíllate, para que juntos pidamos la ayuda del Señor en tu lucha”. Cuando me arrodillé, pude ver que se había quitado el gorro de lana y lo primero que vi claramente fue la Cruz bordada. Cuando se quitó el gorro, en un solo momento, ¡pareció que era de día! Se necesitarían miles de palabras sólo para hablar de “este” momento. Sin embargo, no pude encontrar en ningún lado las palabras adecuadas para adornar y describir la grandeza de este momento. Que cada persona lo imagine como le parezca apropiado. Fue como si miles de lámparas se encendieran y bañaran todo el espacio de luz. Entré en pánico. Empecé a temblar por la transición repentina de la oscuridad total a la luz deslumbrante. ¿Qué estaba sucediendo, Dios mío? En una fracción de segundo, comenzaron a surgir emociones únicas, completamente nuevas, una tras otra, dejándome con el sabor de la santidad. Este cambio dentro de mí, no te lo voy a ocultar, me asustó. Mis sentidos no respondían normalmente. Mi mente no funcionaba. No sabía qué pensar. No podía pensar. No podía controlarme, ¿cómo podría hacerlo, cuando me sentía tan vivamente ante Dios, cuando sentía el poder de Dios? Mi cuerpo, mi mente y mi corazón, todos llenos de fe.

El Gérontas notó mi torpeza y trató de tomarme de la mano. Fue entonces cuando me derrumbé, me doblé en dos y rompí a llorar. Era algo que no podía soportar. Lloré incontrolablemente con lágrimas de alegría, gratitud y responsabilidad ante el Señor que me había considerado digno de vivir un evento tan indescriptible. Este intervalo de tiempo que pasó en ese lugar especial duró solo lo que dura una vela. El padre Paísio, con paciencia, con palabras humildes y verdaderas, palabras llenas de compasión, intentaba poner un poco de orden en mis pensamientos. Encontrando fuerza en sus palabras, me arrodillé frente a él. Puso su mano sobre mi cabeza y comenzó a orar en voz baja… ¡por mí!

Inmediatamente después de su oración, y después de que él entendiera que yo había vuelto a mis cabales, se sentó a mi lado con la clara intención de hablarme de nuevo. Escuché al iluminado Gérontas con tal intensidad que nada podía apartar mi atención de él. Y estas no eran sólo palabras de orientación espiritual. El Gérontas comenzó a analizar con precisión mi problema de salud utilizando la terminología médica exacta. ¡Él! ¡El verdadero médico de almas! Repito que nunca habíamos hablado de mi problema en absoluto, así que ¿cómo lo sabía? Me contó detalles que ni siquiera los médicos conocían, después de tantos años tratando de descubrir qué estaba pasando exactamente. Después de muchas investigaciones y pruebas médicas, finalmente se encontró una solución después de diez años.

Y este bendito hombre en pocos minutos me lo explicó todo. ¿Cómo? Dios mío, ¿cómo? Un Gérontas que ni siquiera había terminado la escuela primaria me estaba dando un análisis científico de mi problema. Yo no lo conocía. Él nunca me había visto antes, y sabía tanto sobre mi vida y, por extensión, sobre todo el curso de mi salud. En un momento dado, me dio la impresión de que estaba leyendo el informe médico elaborado por los médicos de Londres tres años antes. Todo lo que decía tenía tanta precisión... Todo tenía un nivel extremo de detalle. Todo lo que decía estaba tan bien estructurado y era tan creíble que no podía creer lo que estaba escuchando.

Al terminar nuestra conversación, me habló con palabras sencillas, palabras divinas de iluminación y poder, que resonaron dentro de mí como dulces melodías, diciendo: "No pierdas tu alegría y tu paz, hijo mía. Sé valiente, sé alegre por el amor de Dios y nunca te frustres. En esta tierra, damos exámenes diarios para la vida después de la muerte. No olvides que el amor al prójimo y la humildad son las mayores virtudes. Antes de volver a salir, puso su santa mano sobre mi hombro y con palabras firmes y perspicaces añadió: “Siempre tendrás la protección de Dios. Yo mismo estaré orando por ti. Cuídate de permanecer en el camino del Señor y todo estará bien. No te preocupes por nada. Dentro de unos años, cuando cumplas treinta y cuatro, tus problemas comenzarán a disminuir. Nuestro buen Dios comenzará a darte descanso de tu pesada carga y el duro camino por el que has estado recorriendo comenzará a florecer”.

Luego salimos. Me sequé las lágrimas. Levanté la cabeza hacia el cielo queriendo dar gracias al Altísimo por todo lo que había sucedido en tan poco tiempo. Fue una experiencia única. Sentí una esperanza indomable y una fe positiva... Me sentí totalmente fortalecido por el beneficio espiritual que había obtenido en mi encuentro con el Gérontas Paísio de Atos. Su ser tiene un lugar muy profundo en mi corazón. La luz divina y su santidad abrieron los ojos de mi alma a la realidad de la eternidad.

Nos quedamos en la montaña otros tres días y, a pesar de mi condición empeorando, continuamos el camino durante muchos kilómetros. Visitamos varios monasterios. Nos quedamos asombrados ante sus tesoros y reliquias de siglos pasados, preservadas allí de manera segura desde las épocas bizantina y post-bizantina. La hospitalidad y la amabilidad de los monjes nos conmovieron. Nos despedimos del Jardín de la Panayía llenos de emoción, asombro y, aún más, con un gran deseo de volver de nuevo. Es realmente otro mundo allí, otro planeta. Sólo allí comprendes lo efímeras que son todas las cosas del mundo. Es como si el aire allí se filtrara en tu sangre de modo que no hay forma de que no desees regresar. Estoy seguro de que, incluso si un incrédulo convencido visitara la Montaña, se marcharía como uno de los más fieles entre los fieles. Basta con ver desplegarse ante él todas las pruebas milagrosas. No hace falta más que venir por motivos que no sean la simple curiosidad.

Muchos años después de mi encuentro con el Gérontas, una noche, mientras trabajaba –y al mismo tiempo celebraba mi cumpleaños con unos amigos–, necesité sacar dinero del bolsillo trasero de mis pantalones. Así que busqué mi billetera, pero, cuando sentí humedad, retiré mi mano. Me aparté y, para mi gran alarma, descubrí que la zona estaba cubierta de sangre y algún otro fluido extraño. Afligido, volví a casa y traté de averiguar qué había sucedido. En efecto, encima de mi cadera izquierda se había abierto un agujero más pequeño que la cabeza de un alfiler, y de él salía un líquido parecido al pus. Traté de entender qué estaba pasando. Me estaba devanando los sesos. Tomé en cuenta todo lo que había hecho, pero no pude entenderlo. Mi madre, tratando de calmarme, cambió de tema y me preguntó: “¿Cómo fue tu cumpleaños?”. Eso fue todo. ¡Dijo la palabra clave! ¡Había resuelto el acertijo! ¡Mi cumpleaños! Sí, fue la noche en que cumplí treinta y cuatro años. Inmediatamente recordé lo que el Gérontas me había dicho ocho años antes: “Cuando cumplas treinta y cuatro, tus problemas comenzarán a disminuir”. ¿Quizás esto era una señal? El tiempo demostró que no era simplemente una señal, sino que era, en gran medida, la solución a mi problema.

Ese pequeño orificio le dio una salida a los fluidos malignos y, para mí, un gran alivio a mi sufrimiento de larga duración. No fue la solución definitiva, pero a partir de entonces hubo una notable mejoría. Por supuesto, como ya se habían producido daños importantes en ciertos órganos internos, mis problemas no terminarían de una vez por todas, pero no eran nada comparados con lo que había soportado durante tantos años. Hay dolor, pero no del tipo debilitante que sufrí en el pasado. Además, no era necesario ver nada más para decir que ahora creía. No necesitaba experimentar nada más. Había vivido lo inexplicable. Había guardado el evento en lo profundo de mi alma.

Todo lo que pasó desde el primer momento en que conocí al p. Paísio me sacudió existencialmente. Para mí, él mismo era el milagro. ¿Qué más se necesitaría experimentar para convencerse?

Quizás, incluso con solo reflexionar sobre tal pregunta, peco porque este monje del M. Atos era claramente digno de purificación, iluminación y divinización, y Dios le concedió todos los bienes de estos estados benditos. Se convirtió en un padre espiritual que ayudó a las personas de muchas maneras con sus palabras, pero aún más, a través de su silencio, oración y milagros.

Varios años después de nuestra visita a la Santa Montaña, por la gracia de Dios, me encontré con el Gérontas una vez más, esta vez, fue en el Santo Monasterio de San Juan el Teólogo en Surotí. Mientras estábamos en la capilla del Monasterio entre la multitud desbordante de fieles, el momento en que veneré las reliquias sagradas de los santos Rafael, Nikolaos e Irene –si no recuerdo mal– oí la voz temblorosa del Gérontas que me decía: “Sabas, has viajado tantos kilómetros para venir aquí a hablar conmigo. Ven aquí, al final, mi querido hijo, y hablemos”. Recordaba todo con detalle acerca de nuestro encuentro, que había tenido lugar años atrás. Después de tantos años, habiendo visto a tanta gente, con su propia salud en declive y en edad avanzada, ¿cómo podía recordarme? ¿Cómo era posible? Pero, en efecto, así fue. Todas sus capacidades demostradas y los dones de este monje sabio brotan de su madurez espiritual y teológica y nos llevan a la única conclusión de que él es uno de los elegidos enviados por Dios a la tierra.

En 1994, el Gérontas Paísio entregó su santa alma al Señor. El descanso de este Gérontas destinado al cielo conmovió a todos los que conocieron su vida virtuosa y piadosa, pero también su importantísima obra. Su celda era un refugio para los cansados ​​y agobiados que llamaban a su puerta. Con sus palabras, transmitía gracia y alegría, consuelo y apoyo a las almas cansadas. Yo soy una de las personas que tuve la buena suerte de conocerlo en esta vida. Le debo mucho. El Gérontas estuvo a mi lado y me animó en un momento muy difícil de mi vida. Me dio fuerza, paciencia y esperanza. Con la sencillez y sabiduría simultáneas de sus palabras, me dio la capacidad de reconocer mis errores y corregir mis debilidades. Me ayudó a ganar autoestima. En esencia, creo que me ayudó a ser una mejor persona. Me enseñó que no debemos pedir la gracia de Dios porque nosotros, que pecamos todos los días, no somos dignos de ella. Es su misericordia la que debemos buscar porque somos indignos de los dones. Debemos rogarle a Dios que tenga piedad de nosotros y nos salve aunque seamos indignos de la salvación.

Mi visita al M. Atos, la Montaña Sagrada, y mi encuentro, conversación y oración con el Gérontas Paísio son hasta el día de hoy las experiencias más grandes de mi vida. El Gérontas desde ese día en adelante se convirtió en mi guía y ha encontrado un lugar en mi corazón como un santo, un santo de nuestro tiempo. Creo que muchas otras personas sienten lo mismo. Estoy seguro de que el Gérontas de bendita memoria está haciendo milagros incluso ahora, después de su muerte, para la gloria de Dios y la salvación de la humanidad. Y es más que seguro que su misión y su inmensamente importante trabajo en esta vida le han ganado un lugar cerca de nuestro Señor.

Para terminar, permítanme decir lo siguiente: A pesar de los problemas que enfrenté y sigo enfrentando, doy gloria a Dios por haberme permitido caminar hasta ahora por esta gran avenida de la vida con verdadero amor al prójimo. De este amor salgo fortalecido. Créanme, es lo mejor que podemos dejar atrás al partir hacia la otra vida, ¡la verdadera! Y sólo hay un boleto para llegar a ella: el amor y la caridad hacia el prójimo. Sólo así veremos la luz que tienen en sus manos los que ya están cerca de nuestro Señor cuando nos reciben allá arriba.»





1.20. “Me dio la salida”.


El testimonio del oficial de artillería del ejército Georgios Kambouris: «En 1992, estaba sirviendo en una unidad en Evros y me encontraba en Didymotiho. En ese momento, mi esposa, María, estaba embarazada de nuestro segundo hijo y estaba entrando en el sexto mes de su embarazo. Los resultados de los análisis de sangre dieron positivo para anticuerpos de rubeola, y nos alarmamos.

Después de unos días, hicimos repetir la prueba en un laboratorio de microbiología diferente y se confirmó que mi esposa había contraído rubéola durante el embarazo. Cabe señalar que durante su primer embarazo, unos tres años antes, los mismos resultados de la prueba habían sido negativos.

En consecuencia, me puse en contacto con varios ginecólogos que indirectamente nos animaron a interrumpir el embarazo, dado que el virus de la rubéola ataca los ojos, los oídos y el cerebro del embrión. Las estadísticas que nos presentaron indicaban que había un 80-85% de posibilidades de que el niño naciera ciego, sordo o discapacitado mental. Con todas las cosas que escuchaba, me estaba volviendo loco, pero traté de no mostrarle mi ansiedad a mi esposa, ya que eso solo hubiera hecho que su carga fuera más difícil de soportar.

En agosto de 1992, me transfirieron de Evros a Mitilene (mi tierra natal). Mi esposa se había ido unos diez días antes para permitirme recoger nuestros efectos personales.

Era viernes por la noche y, mientras dormía, vi en sueños a un Gérontas que llevaba una sotana que me decía que fuera tan pronto como pudiera a la Montaña Sagrada. En ese momento, nunca había estado en el M. Atos y ni siquiera sabía cómo llegar allí. La respuesta que le di en mi sueño fue: "Pero no sé el camino". Él respondió: "Ven, te mostraré el camino yo mismo". Tenía miedo y me desperté sobresaltado, y pensé que podía verlo de pie frente a mí. Encendí las luces, pero no había nadie allí. Me dije a mí mismo: “Estás cansado, fue solo un sueño”. Y apagué las luces para poder volver a dormir. Pasó un tiempo y vi nuevamente al mismo Gérontas diciéndome que fuera a la Montaña Sagrada. Tenía miedo y me quedé desconcertado. Encendí las luces, pero, nuevamente, no vi a nadie. Me senté en mi cama y miré mi reloj que marcaba las 2:00 de la mañana. Estaba preocupado y no sabía qué hacer: ¿debería partir de Didymotiho hacia la Montaña Sagrada y, si lo hiciera, qué ruta debería tomar? Se acercaba la mañana del sábado y necesitaba informar al recién nombrado Comandante sobre los requisitos de la Unidad. ¿Debía irme en secreto sin decirle nada? ¿Y si vienen a buscarme, qué les diré? Estas preguntas y otras similares rondaban por mi mente.

Finalmente, tomé una decisión. Salí a eso de las 2:30 de la madrugada, convencido de que todo iría bien, porque el Gérontas me había invitado. Cuando llegué a Asprovalta, giré a la izquierda, abandonando la carretera nacional que une Kavala y Tesalónica, y llegué a un cruce con señales que indicaban diferentes lugares y pueblos. Sin saber qué dirección debía seguir, me vi obligado a parar. El sol aún no había salido. Al cabo de poco tiempo, vi que se acercaba un vehículo y le hice un gesto para que se detuviera y preguntarle cómo llegar a Uranópolis. Para mi gran alivio, el conductor me dijo que ellos también se dirigían allí y me sugirió que los siguiera. Llegamos a Uranópolis sólo quince minutos antes de que saliera el barco hacia Dafni. El puerto del pueblo estaba abarrotado de visitantes que partían hacia la Montaña Sagrada, por lo que fue extremadamente difícil encontrar un lugar para estacionar. En ese preciso momento en que llegamos, un coche que estaba aparcado justo al lado del muelle estaba saliendo, y la gente de Tesalónica, a la que yo había estado siguiendo, me permitió aparcar en su lugar para facilitarme las cosas, ya que no conocía la zona, y, de esa manera, poder subir al barco a tiempo antes de que saliera.

Cuando el barco partió, fui a buscar a los de Tesalónica entre los demás pasajeros para darles las gracias, pero no estaban allí. Es posible que no consiguieran encontrar un sitio para aparcar a tiempo para subir a bordo. Mientras estaba sentado solo en la cabina principal del barco, se me acercó un tal Panayiotis de Ática (tal vez de Mandra o de Elefsina) y me preguntó a qué lugar del M. Atos iba en concreto y si era mi primera visita. Le dije que, en efecto, era mi primera visita y que no sabía a dónde ir. Le dije que cuando servía en Tesalónica en 1987, un amigo, juez militar, me había hablado de un tal Gérontas Paísio y quería conocerlo. Panayiotis me dijo: “Tienes suerte, porque yo mismo iré a verlo. Para llegar allí, tendremos que desembarcar en Dafni, tomar el autobús hasta Karyes y alojarnos en el Santo Monasterio de Kutlumusion, si queremos llegar a pie a su kelí antes de que se ponga el sol”.

Cuando llegamos con otros peregrinos (una vez que nos habían entregado nuestro), el monje encargado de la entrada del monasterio se negó a ofrecer hospitalidad a todos porque ya había demasiados peregrinos en la casa de huéspedes. Nos recordó que deberíamos haber organizado nuestra estancia por teléfono el día anterior. Cuando llegó mi turno, me acerqué a él y le pregunté si había una cama para ese día. Sorprendentemente, me dijo que sí, aunque había dicho a todos los demás peregrinos que volvieran otro día. Le dije que no estaba solo, pero aun así nos aceptó. Una vez que nos instalamos y dejamos nuestras pertenencias personales en la habitación del monasterio, nos dirigimos a la kelí del Gérontas Paísio. Cuando llegamos allí, encontramos una gran multitud que estaba sentada y escuchando el consejo del Gérontas. Algunos de los visitantes le hicieron preguntas sobre diversos temas del día, como: “¿Qué pasará con el número 666, aparecerá grabado en nuestros documentos de identidad, qué pasará en Chipre, se resolverá la situación allí?”, etc.

Cuando el p. Paísio terminó de dar consejos, nos pidió que lo dejáramos entrar en su celda para realizar sus deberes monásticos. Algunos visitantes formaron una fila para poder hablar con él individualmente sobre sus problemas. Pero él les dijo a todos los que estaban delante de mí en la fila que no tenía tiempo.

Cuando llegó mi turno, le dije: “Gérontas, yo también quería verlo un rato”. Él respondió: “Siéntese allí y espere, está cansado del largo viaje desde Evros”. Una vez que terminó con los otros visitantes, se acercó a mí y me dijo: “Usted está en el ejército”. Y me preguntó si conocía a un colega cuyo nombre no recuerdo ahora. Después le hablé del problema que tenía con el embarazo de mi mujer y de si debía interrumpirlo (mencionándole que ya estaba en el sexto mes). Me respondió: “No creo que Dios te haga subir al Gólgota, pero, aunque sea Su voluntad, te dará la fuerza para hacerlo. Por mi parte, rezaré para que no tengas que subir al Gólgota y que tu mujer dé a luz un niño sano. Pero ten cuidado. No dejes que traten a tu mujer como a un conejillo de indias. Deberías buscar un médico en Alemania o en Estados Unidos, pero es mejor que averigües qué pueden hacer por ella en Alemania”.

Después de que terminó de darme su consejo, volví al Monasterio de Kutlumusion para pasar la noche, pero me preocupaba la idea de lo difícil que sería encontrar un ginecólogo en Alemania, de qué idioma podría utilizar para comunicarme con él, ya que no hablo alemán, y mil cuestiones más.

Al día siguiente, era domingo por la mañana, después de la Divina Liturgia y de la comida en el refectorio, salí para volver a la kelí del Gérontas junto con mi nuevo amigo Panayiotis.

En el camino, un poco antes de llegar a la celda, nos encontramos con un clérigo que caminaba en dirección contraria. Después de saludarnos, nos dijo: “No sigáis adelante, porque yo vengo de allí y no me ha abierto la puerta. Seguramente ya no estará”. Pero seguimos adelante. Una vez allí, llamamos tres veces al timbre improvisado. El Gérontas se presentó en la entrada de su kelí y nos hizo un gesto para que nos acercáramos a él.

Después de dejarnos entrar, lo saludamos y nos sentamos. Le expliqué de nuevo mis pensamientos inquietantes y el Gérontas Paísio me repitió lo que me había dicho la noche anterior. Como le había pedido que me diera algo como bendición, me dio dos pequeños iconos de madera tallada, uno de la Madre de Dios manteniendo Divino Niño en brazos (“Brefokratousa”) y el otro de Jesucristo crucificado. Me dijo que pusiera uno sobre la cama del niño cuando naciera y el otro sobre la cama de la madre. “Hijo mío, no tengo nada más que darte porque ya estoy viejo y no puedo hacer más manualidades”. Le besé la mano y tomé el camino de regreso.

Al atardecer del mismo día, volví a Didymotiho. Como estaba solo, fui andando hasta la plaza del pueblo donde está el templo musulmán. Allí me encontré con el dueño de una panadería, el señor Nikos. Él fue quien me ayudó a encontrar una casa cuando llegué por primera vez a Didymotiho, y desde entonces nuestras familias se hicieron cercanas. Acordamos beber una copa de vino juntos después de que él terminara de hablar con su hijo en Alemania, que había estudiado medicina y había elegido especializarse en ginecología. Su profesor lo había animado a hacer su carrera allí. En ese mismo momento recordé las palabras del padre Paísio (“pregúntele a un médico en Alemania”). Le pregunté antes de que colgara el teléfono si podía hablar también con su hijo. Una vez terminada la conversación, me llamó y me presentó a su hijo. Le conté el problema y todos los resultados microbiológicos que tenía y le pedí su opinión profesional. Me respondió que yo tenía suerte porque los resultados de la prueba demuestran que este tipo particular de virus de la rubéola no tiene la fuerza para atravesar la bolsa amniótica que rodea al embrión –una bolsa que funciona como una cubierta protectora–, por lo que el embrión no sufriría daños. El problema que estábamos tratando había sido presentado en un congreso científico en el que él había participado recientemente, y era el fruto de diez años de investigación en la Clínica Universitaria donde recibió su especialidad. El alivio de la agonía y la alegría que sentí en ese momento fueron indescriptibles... no se pueden contener en unas pocas palabras en un papel.

Siguiendo su consejo, no dejé que trataran a mi esposa como a un conejillo de indias y, en noviembre, nació un niño sano.»





1.21. “No pude esconderme”.


Un peregrino cuenta: «También me encontré con el Gérontas Paísio. Fui a la Montaña Sagrada para encontrarme con él. Intenté alojarme en el monasterio de Kutlumusion, pero la casa de huéspedes estaba llena. Me dijeron que no tenían espacio para alojarme. Me sentí muy disgustado. Fui a la iglesia para venerar los iconos. Allí, miré hacia arriba y dije: “San Paísio, vine a verte, por favor haz algo”… Lo llamé “santo” a pesar de que todavía estaba vivo.

Al salir por la puerta del monasterio, sentí que una mano me agarraba el hombro por detrás. Me volví y vi a un monje que me dijo: “¿Adónde vas?”. Le respondí que no había lugar para que nos quedáramos y que nos íbamos. Me dijo: “No, no tienes que ir a otro lado… encontraremos un lugar para ti”… Sentí que mi oración había sido escuchada.

Al día siguiente, fuimos a la celda del p. Paísio. Recuerdo que una de las primeras preguntas que me hizo fue si tenía un padre espiritual y un confesor. Me dio vergüenza decirle que no lo tenía y le mentí: «Sí, Gérontas, tengo un padre espiritual». Nos sentamos y hablamos. Después, cuando me iba, se volvió y me dijo: “¿Adónde vas, jovencito? Ve a buscarte un padre espiritual”. Y me explicó las razones. Me quedé asombrado porque hacía poco le había mentido y le había dicho que tenía un padre espiritual, pero, en definitiva, no podía esconderme del Gérontas.»





1.22. “Escuchó lo que habíamos hablado en casa”.


El padre Focio, de K., cuenta: «La primera vez que fui a Panaguda, el Gérontas me impresionó mucho. Hablamos durante un buen rato y me fui sintiéndome en paz. Cuando volví a K., le dije a mi mujer que había conocido a un monje santo, un verdadero asceta. Mi mujer dijo: “No sé si es un asceta, probablemente tiene una pistola escondida en algún lugar de su kelí”. Cuando visitamos nuevamente la Montaña Sagrada, volví a ver al Gérontas, porque comprendí que era realmente algo especial. Cuando entré en el patio de Panaguda, el Gérontas estaba al borde del patio con algunos peregrinos y me daba la espalda, por lo que era imposible que me viera. De repente, se volvió y me dijo: “Padre Focio, dile a tu mujer (la presbítera) que no tengo una pistola”. Me quedé sin palabras y me di cuenta de que había oído lo que habíamos hablado en nuestra casa».





1.23. Mi experiencia con san Paísio.


El testimonio de Ioannis Psathopoulos de Tesalónica: «Por primera vez, unos quince años antes del descanso de san Paísio, decidí visitar la Montaña Santa junto con mi cuñado Panayiotis de Atenas. Vivo en Tesalónica, pero paso los veranos en Halkidiki junto con la familia de mi hermana.

Mientras estábamos en el barco rumbo a Dafni, como de costumbre, conocimos a algunos de los otros pasajeros. Uno en particular nos impresionó. Estaba en un estado psicológico muy malo y quería visitar al Gérontas Paísio. Sin embargo, tenía un gran temor de no poder reunirse con él para exponerle su problema. Mi cuñado, que es una persona muy espiritual, intentaba animarlo y brindarle todo el apoyo que podía.

Después de unas dos horas, llegamos a Dafni y nos separamos. Después de haber visitado dos o tres monasterios durante los dos primeros días, decidimos ir a la kelí del p. Paísio para recibir su bendición.

Nos quedamos muy sorprendidos al ver cuánta gente se había reunido alrededor del Gérontas, mientras él les hablaba humildemente sobre diversos temas espirituales. Entre la multitud que se había reunido para escuchar, vimos a nuestro nuevo conocido desde el barco. Tenía el mismo dolor en los ojos y esa mirada preocupada.

En un momento dado, un grupo de estudiantes comenzó a hacer preguntas insolentes al p. Paísio. Al poco tiempo, el padre, un poco molesto por el descaro de sus interlocutores, decidió retirarse por el día, pero primero quiso dar su bendición a todos los que estaban reunidos a su alrededor, evitando cualquier diálogo.

Cuando llegó el turno de nuestro conocido para recibir su bendición, vi con gran asombro y asombro espiritual que el padre le dijo que lo siguiera a un lado para ver su problema. En los ojos de nuestro conocido se vislumbró alegría, pero también sorpresa ante la profunda intuición del Gérontas.

Mi cuñado y yo intercambiamos una mirada conmovedora pero satisfecha. Comprendimos que teníamos ante nosotros a un ser humano iluminado, completamente diferente a todos los que habíamos conocido antes, y doy gloria a Dios por habernos considerado dignos de conocerlo.»





1.24. Aprendizaje bajo san Paísio.


El testimonio del hieromonje Filoteo de Kutlumusion: «Como monje nuevo y joven, me hacían preguntas como: “¿Qué debo hacer? ¿Con qué debo tener cuidado?”, me animaba san Paísio a tener una buena inquietud, como la llamaba.

Un día, queriendo mostrarme cómo debemos sentir dolor por los demás, cómo debemos sentir que los problemas del mundo entero son nuestros y cómo debemos sacrificarnos por los demás para poder llenarnos de la gracia de Dios, me contó algo que le había sucedido:

“Cuando estaba en el Monte Sinaí, tallaba cruces e iconos que vendía y con el dinero compraba varias cosas (comida, ropa, zapatos) para los beduinos. En aquellos días, esta pobre gente estaba en una situación miserable. Un día, el vehículo llegó desde El Cairo con uvas y otras frutas, la mitad de las cuales estaban podridas después de haber estado tantas horas en el calor, que ya se habían estropeado. Tomé todos los que pude de lo que quedaba y me dirigí hacia donde vivían los beduinos. Estaba a una hora a pie del monasterio, en el desierto. En el camino me asaltó un pensamiento: “Soy un monje, bien vestido, ¿cómo puedo ir a ver a esa gente que no tiene nada, ni siquiera ropa, ni zapatos? ¿Cómo me verían?”. Pensamientos como este comenzaron a rondar mi mente. Me quité los zapatos, los metí en mi bolsa y dije: “Iré y seré como ellos”. Pero después de un rato de caminar en la arena caliente, como no estaba acostumbrado, mis calcetines comenzaron a romperse y la arena caliente comenzó a entrar. Nunca había sentido tanto dolor y escozor en mi vida, era como poner sal y vinagre en una herida, pero no podía ir a verlos con los zapatos puestos. ¿Qué podía hacer? No me sentía bien. Cuando llegué allí, su alegría era grande, me rodearon como si fuera san Basilio (el Papá Noel de Grecia) con regalos. Regresé a casa caminando así, sin zapatos. Cuando regresé esa tarde… me llevó bastante tiempo poder caminar de nuevo...”

En otra ocasión, ya convertido en monje, me vino el deseo de aprender a tallar madera. Con la bendición y el estímulo del higúmeno y Gérontas del Monasterio, el padre Christodoulos, fui a contárselo al Gérontas (san Paísio) porque era bueno tallando madera. Aceptó enseñarme él mismo. Mi alegría, por supuesto, fue grande. Así que, durante bastante tiempo, fui a Panaguda para aprender mi oficio. ¡Qué puedo decir! Cada vez que me iba, no sabía cómo manejar las emociones que sentía. Era la primera vez que me enfrentaba a esta forma de aprendizaje. Todas sus palabras y todo su trabajo con sus herramientas en la madera a tallar eran exclusivamente espirituales. “Mira”, me dijo mientras tallaba un icono de Cristo Crucificado, “esta obediencia es muy bella y espiritual si cuando haces el diseño y luego comienzas a tallar, tienes tu mente en el Señor. Cuando hagas la mano, piensa en cómo fue traspasada por los clavos en el momento de la crucifixión. Ahora piensa en cómo los soldados traspasaron su costado con la lanza, la corona de espinas, cuánto sufrió, y coloca el paño aquí abajo, modestamente, no muy alto. Ten cuidado así y no cometerás ningún error porque este tipo de atención mantiene la mano firme, y luego, espiritualmente, podrás mantener tu intelecto firme en la oración noética, y el corazón se ablandará. Poco a poco, tu oración comenzará a surgir del corazón”. Me dejó completamente atónito cómo puso en acción lo que estaba diciendo. Quitando con su cuchillo la madera sobrante del cuerpo de Cristo, se podía ver en él, como su cuerpo se tensaba (sus manos, su rostro) como si estuviera participando en ese momento de lo que había sucedido entonces.

En un momento, le pregunté, ¿cómo debemos prepararnos para la Sagrada Comunión? Me dijo que todas las obras espirituales externas son buenas pero lo más necesario es que nos preparemos dentro de nuestras almas. Por mucho que hagamos externamente para prepararnos, siempre debemos acercarnos al Sagrado Cáliz como si no hubiéramos hecho nada. Si no hemos hecho nada, por razón de trabajo justificado, entonces debemos acercarnos verdaderamente considerándonos los peores de todos los hombres, para que siempre tengamos humildad dentro de nosotros, pensando que nuestro higúmeno nos ha dado una bendición para comulgar como un favor para que no seamos destruidos por el maligno.

En el período entre 1985 y 1990, hubo mucha propaganda con los problemas que rodeaban a Macedonia. El santo estaba muy molesto y enojado por la conducta de nuestros políticos y otras personas que estaban jugando un feo juego agobiando a nuestra Patria. Con dolor, me contó todo lo que estaba sucediendo. En un momento dado, en un tono de voz muy serio, dijo: “Escucha, padre, en el Día del Juicio, además de ser juzgados según cómo vivimos como monjes, Dios nos juzgará también por lo que hicimos por nuestra Patria, Grecia. Hijo mío, ¿qué están haciendo? Están traicionando todo”. También vale la pena mencionar que discretamente, a través de mucha oración, jugó un papel importante en la cuestión de Macedonia.»





1.25. “Me lo dijo todo”.


El testimonio del hieromonje Vasileios Theodoridis, de la Kelí de San Nicolás del Monasterio de Karakalos: «En 1990, estaba en Thasos, sirviendo como sacerdote en el pueblo de Potamia, y, en un momento dado, una familia me invitó a su casa. Conversamos un rato y la dueña de la casa me contó que su esposo había tenido un derrame cerebral, estaba paralizado y no podía levantarse de la cama. Me dijo que había oído hablar de un monje llamado Paísio en el M. Atos que hacía milagros por la gracia de Dios.

Le dije: —Personalmente, no lo conozco, pero he oído que vive en una Kalivi ²¹

—Cuando vayas, hazme el favor de contarle nuestra situación y tal vez lo sane por la gracia de Dios.

—Con mucho gusto—, respondí.

—También te daré algo de dinero para que se lo des—. Y así me dio dos mil dracmas. Lo tomé para no molestarla, aunque sabía que esta gente, los ascetas, no quieren dinero, sirven a los demás sin pedir nada a cambio.

Una semana después, fui a ver al Gérontas. Entré al patio desde la valla de alambre y lo saludé.

— ¡Su bendición, padre Paísio!

El Señor bendice. Pase, padre Vasilis—, me dio la bienvenida, me dio un regalo y luego me dijo: —Usted es de Thasos. Ha sido el cura del pueblo de Potamia durante cuatro años y ahora ha regresado al M. Atos, su hogar. Su apellido es “Mavroudis”. Su padre se llamaba Giorgos, su madre Evangelia. Tuvo usted dos hermanos, pero ambos murieron—. Me contó todo esto de memoria junto con muchas otras cosas. Cuando terminó, le dije:


Padre, Paísio, muchas gracias. Ahora tengo una petición para mí. Una familia de Thasos oyó hablar de un padre Paísio que cura a los enfermos y también me dieron algo de dinero.


No acepto dinero y conozco a esta gente. Ahora están bien, —me dijo—. Cuando vayas, lo verás con tus propios ojos. No te preocupes en absoluto.

Después de dos o tres meses, volví a Thasos y pasé a visitarlos. Allí, efectivamente, vi con mis propios ojos que el marido se había recuperado por completo. Estaba en muy buenas condiciones. Todos los problemas habían desaparecido y estaba trabajando de nuevo en su parcela de tierra.





1.26. Conocimiento de la Voluntad Divina.


Un monje sacerdote recuerda: «Yo era un joven teólogo, trabajaba en una Hermandad Cristiana y visité a san Paísio en Stomio para pedirle que me mostrara cuál era la voluntad de Dios sobre el camino que debía seguir en mi vida. Los días pasaban y necesitaba tomar una decisión definitiva antes de dejar al Gérontas. En ese momento crucial de mi vida, el Señor habló a través de su bendito siervo y me dio a conocer su santísima voluntad sobre el camino de mi vida posterior.

El Gérontas y yo estábamos dentro de la iglesia. Yo estaba leyendo la Hora Tercera. El Gérontas estaba en el presbiterio. Hizo tres postraciones hacia la Santa Mesa dentro del Altar Mayor y, con temor de Dios, abrió el Santo Evangelio. Resultó ser el Evangelio según san Marcos. Comenzó a leer desde la página de la izquierda y examinó los primeros cuatro pasajes consecutivos.

El Gérontas me llamó al santuario y, después de contarme lo que había hecho, me explicó que los tres primeros pasajes se referían a Cristo y el cuarto a la Madre de Dios. Luego, fue a mostrarme el significado de estos cuatro pasajes, interpretando cómo se aplicaban a mi propia vida:

El primero se refería a la curación del ciego en Betsaida, donde el evangelista escribe sobre cómo Cristo curó al ciego y lo envió a su casa diciendo: “No vayas a la ciudad ni se lo digas a nadie en la ciudad”. El Gérontas explicó que las palabras de Cristo aquí significaban que yo dejara la hermandad y me fuera a mi casa, sin decirle a nadie lo que Dios me había dicho.

El segundo pasaje terminaba con las palabras del Señor: “Quien quiera seguirme, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame”. Estas palabras, dijo el Gérontas, se referían a mi adopción de la vida monástica.

El tercer pasaje se refiere a las palabras de san Marcos sobre Cristo, que poco antes se había transfigurado: “Inmediatamente, la gente, al verlo, se asombró y corrió a su encuentro”. Esto significa –explicó el Gérontas– que debes hacerte sacerdote y la gente vendrá a besar tu mano”.

El cuarto pasaje contenía las palabras de nuestro Señor: “Si alguno quiere ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos”. El Gérontas dijo: “Con estas palabras de Cristo, Panayía te está mostrando el camino por el cual tendrás éxito en todo esto: la humildad. Fue con esta humildad con la que Panayía pasó su vida”.

Le di las gracias al Gérontas y fui a mi celda a escribir los cuatro pasajes. Me quedé estupefacto cuando vi que el único marcapáginas de mi Biblia –un pequeño icono de la Virgen María– estaba en el lugar del cuarto pasaje. Comprendí que esto también era una señal de Dios para que pudiera estar absolutamente seguro de lo que el Gérontas me había dicho antes.

Por la tarde, el Gérontas, revelando la altura de su humildad, me dijo que Cristo lo iluminó para que me dijera algo sobre mi problema porque, como dijo, “soy tan pecador, que no había posibilidad de que me volviera orgulloso, mientras que tú podrías haberte enorgullecido si Él te lo hubiera revelado directamente, porque eres un alma tan inocente”.

Al día siguiente, le pregunté al Gérontas si así era como se aplicaban a mí las palabras de Cristo y de la Virgen María.

Trató de explicarme que lo que me decía no era una interpretación. Era algo “extraño”, como él lo llamaba. Continuó: “No me senté a pensar en los pasajes en absoluto. Era algo extraño para mí. Tan pronto como abrí el Santo Evangelio, me vino a la mente: 1, 2, 3. Estoy absolutamente seguro de que es para ti, y no debes dudar”.

Quedé impresionado y en completa paz a través del acto iluminado por Dios de san Paísio. Seguí su consejo y mi camino por la vida confirmó hasta el más mínimo detalle las palabras del santo.»





1.27. Nos enseñó con su silencio.


El testimonio del Gérontas Isidoro, Higúmeno del Santo Monasterio de Varlaam en Meteora: «Me alegré de haber visto al Gérontas una vez, cuando el difunto metropolitano de Kerkyra (Corfú), Polykarpos, hace bastantes años, viajaba de Tesalónica a Kerkyra. Visitó nuestro monasterio y estuvo acompañado por el Gérontas Paísio. Pasaron la noche en nuestro monasterio.

Recuerdo la sencillez y discreción del Gérontas. Ante el obispo, casi nunca hablaba. Hablaban el obispo y nuestro higúmeno Hariton. También hice la siguiente observación: Aquí en nuestro monasterio, cuando un obispo nos visita en un día de ayuno, hacemos una concesión para el vino y el aceite. Ese día, cuando el Gérontas Paísio vino con el santo obispo, era miércoles por la tarde y habíamos cocinado comida con aceite. Como era un monje joven, honestamente pensé que podríamos escandalizarlo porque imaginé que era inaccesible y estricto en estos asuntos. Pero comió sin hacer ningún comentario.

Sin embargo, hizo un comentario al padre Hilarión, que lo visitaba con frecuencia en la Santa Montaña, sobre la celda donde lo habíamos alojado. La calificó de lujosa. Pero ¿qué había en esa celda? Una cama de madera, una mesa, una silla y una estera a los pies de la cama. La ventana tenía cortinas hechas con los telares del Monasterio de Vytoumas, adornadas con el águila bicéfala. Fue un día verdaderamente bendito cuando lo conocimos. Nos enseñó con su silencio y esa discreción que lo distingue.»





1.28. Visita a un Monasterio.


La higumeni recuerda: «Tuvimos la bendición especial de conocer personalmente a san Paísio cuando visitó nuestro monasterio dos veces, en los años 1972 y 1973.

Nos habló en la iglesia. En el refectorio, se sentó y comió con nosotros. Nos dio varios consejos y nos contó muchas historias de su vida en la Montaña Santa. Entre sus exhortaciones estaban las siguientes:

“Tened siempre amor entre vosotros, porque el amor es un mandamiento de Dios y debemos soportarnos unos a otros en amor. Nosotros, monjes, debemos ser la luz no sólo del mundo sino también de nuestros hermanos, y debemos trabajar con entusiasmo desinteresado ²⁹. Debemos ser como faroles brillantes para poder iluminar a toda persona que se encuentre con nosotros. La piedad del monje debe manifestarse en su forma de vida. Debemos dar gloria a Dios noche y día, porque nos ha considerado dignos de seguir la vida angelical”.

Mientras bendecía a las hermanas, le decía a cada una cuál era su debilidad.

Cuando vio por primera vez a la bienaventurada hermana Makrina, sin conocerla personalmente, le dijo: “Es una lástima. Eres una compatriota de Asia Menor, pero amas a tu padre y a tu madre más que a Cristo. ¿No sabes lo que dijo nuestro Señor: “El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí…”.

A la hermana Theoktisti, que estaba preocupada por si era una buena monja, le dijo: “Ayer plantaste el naranjo, ¿y has ido hoy a recoger las naranjas?”.

Daba golpecitos con el pie a las macetas y nos decía que nos deshiciésemos de todas ellas porque nos quitaban tiempo de oración. De hecho, las quitamos entonces y, en su lugar, pusimos unos arbustos que no requerían ningún trabajo extra, y los hemos conservado hasta el día de hoy.

Nos contó que tenía una serpiente en su kalivi a la que solía alimentar. Una vez, cuando una multitud había venido a verlo, le dijo a la serpiente: "Tengo visitas ahora mismo, vuelve más tarde". Y, en general, tenía una manera de comunicarse con los animales.

Como la bienaventurada higumeni estaba muy enferma (una paciente del Dr. Daikos, que era un conocido del santo y habían venido juntos), me dijo que, por su indignidad, me dejaría en su puesto. Aunque había hermanas mayores y yo no me sentía apta para esta gran responsabilidad y ministerio, san Paísio me dijo que tenía que ser obediente y aceptar su oferta y que él me apoyaría. Y más tarde, realmente me envió tres notas de apoyo llenas del amor y el cuidado de Cristo. Cuando fuimos al monasterio de Surotí en 1992, debido a la multitud no pudimos acercarnos a él, y decidimos irnos para no cansarlo. Después de todo, podríamos volver a verlo en otra ocasión. Pero él se abrió paso entre la multitud para encontrarnos (aunque estaba de cara al otro lado) y nos tomó de la manga del hábito (el “raso” o sotana) y nos llevó cerca de él justo en el momento en que nos habíamos dado la vuelta para irnos. Sacó un pequeño cuaderno del bolsillo de su raso con los nombres que conmemoraba en la oración y nos mostró dónde había escrito nuestros nombres. Además, dijo: “Siempre pregunto y aprendo sobre todas ustedes, mediante mi querido Haralambos, y me alegro”.

Luego nos dijo que construyéramos un muro que separase el área de los peregrinos del interior del Monasterio para asegurar la paz y la tranquilidad de las hermanas. Hicimos lo que nos aconsejó, y esto ayudó espiritualmente a la vida interior de la hermandad. Le estamos agradecidas y buscamos su intercesión».





1.29. Recuerdos de un graduado en la Academia del M. Atos.


El testimonio de T.I., un graduado de la Academia del M. Atos (Athoniada): «Una tarde, me dieron permiso para ir al dentista en Karyes para que me hicieran un ajuste en los dientes. Después me dolía mucho. El dolor y el sangrado no parecían detenerse nunca. ¿Qué podía hacer? Fui al Gérontas. Ni siquiera podía hablar.

Le conté al p. Paísio sobre mi dolor y él, como de costumbre, me dio un lukumi (delicia griega) como regalo.

—Pero, Gérontas, ¿cómo puedo comer esto si me duelen tanto los dientes?

— ¡Tómalo, bendito mío! Estos lukumi detienen el dolor”.

—Si él lo dice, —pensé para mí—, tomaré uno.

Y tan pronto como comí el lukumi, el dolor se detuvo.

Realmente eran lukumi que detienen el dolor. La Gracia de Dios derriba nuestra lógica. Tenemos aquí una esfera distinta “de lógica”, que sólo una persona que la ha vivido puede entender.”

“Otra vez, fui a la celda del Gérontas para preguntarle sobre algo que me estaba sucediendo. Hablamos algunas cosas al principio sobre la Escuela (Athoniada), y yo estaba pensando cómo empezar a contarle lo que tenía en mente. Él interrumpió mi flujo de pensamientos sin que yo le dijera nada y dijo: —Mira, hijo, esto es lo que está sucediendo —describió el problema específico que me estaba molestando con detalles— está sucediendo por estas razones... Me quedé completamente asombrado de que él conociera en detalle mi línea de pensamiento. Para mí, esto fue un signo de su santidad.”

“Fui a pedirle al Gérontas que orara por mí para que aprobara mis exámenes panhelénicos (selectividad). Ya los había hecho una vez, y no me fue tan bien. Le pregunté si mis notas mejorarían si lo intentaba de nuevo. Me dijo que rezara y lo dejara en manos de Dios. Le dije:

No voy a tener éxito si no reza usted también. No quiero que me llamen fracasado—. Se quedó un rato sin decir nada, pensando, y luego me dijo:


Ve, haz el examen.

— ¿Y cómo lo haré?— Y comencé a explicarle cómo se calculan las notas.

Me interrumpió y dijo:

Ve, bendito niño; hasta los ordenadores cometen errores. Lee un texto y ve. Dios te mostrará el camino.

Esta respuesta se me quedó grabada en la mente. Fui a la Escuela (Athoniada) y le dije a un amigo que deberíamos leer un texto, pero no le pareció nada importante. Abrí nuestro libro de texto de griego clásico y mi mirada se fijó en un pasaje: “Los tebanos (habitantes de Tebas) tal como se sentían…”. Leeré esto, pensé –ya que soy tebano– y también leeré un par de comentarios sobre el texto. ¡Y qué milagro! ¡Era el texto que estaba en los exámenes!

El día del examen, tan pronto como nos dieron el texto sobre el que nos examinarían, las lágrimas comenzaron a brotar de mis ojos. Entonces, comencé a creer que podría lograrlo. Una profesora se me acercó y me preguntó si todo estaba bien y si necesitaba un médico. ¿Cómo podía explicárselo de una manera que ella pudiera entenderlo? Dentro de mí estaba agradeciendo al Gérontas por el regalo que me había dado”.



“En la escuela a la que asistía, conocí a una chica. Al principio me gustó su apariencia, pero algo dentro de mí me impidió hacer nada. Estaba pensando en el sacerdocio y esta chica se negaba a tomar una posición clara sobre cómo se sentía.

Fui a ver al Gérontas y le pregunté qué debía hacer. Me dijo: “Ve a ver al padre tal y el problema se resolverá por sí solo”. Y esto es exactamente lo que sucedió. Cuando le pregunté quién era su padre espiritual, me quedé sin palabras. Era el mismo sacerdote al que el Gérontas me había enviado sin, por supuesto, haberla conocido antes”.

“Un grupo de peregrinos le preguntaba al Gérontas sobre tres antiguos metropolitanos y la injusticia contra ellos que había escandalizado a los fieles de la Iglesia.

“No los trataron bien, Gérontas”, le dijeron. “El orden de la Iglesia debe ser restaurado”.

Le hablaron sobre las luchas de los cristianos por su justa justificación.

El Gérontas escuchó atentamente. Luego, en un momento dado, dijo: “¿Cuáles son esos derechos de los que hablas constantemente? ¿Sobre su bien y el bien de la Iglesia? Nosotros, como miembros de la Iglesia, no pedimos nada... a donde nos digan que vayamos, vamos. “Es bueno que vayan al lugar de su arrepentimiento (es decir, al monasterio de su tonsura). Esta es la forma en que pueden ayudar”, dijo.

Entonces alguien lo interrumpió y dijo que un obispo había dicho que usted no sabe sobre cuestiones de derecho canónico y que se les debe dar justicia.

Mostrando el dolor de su alma en su rostro, dijo: “Desafortunadamente, uno de ellos morirá sin arrepentimiento”.



“Uno de mis parientes mostró síntomas de una enfermedad muy grave e intratable que eventualmente llevaría a una parálisis completa.

Fui al Gérontas y le pedí que rezara por él. Le pregunté si mejoraría o si la enfermedad empeoraría. Pensó un poco y luego respondió: “Son motivos espirituales los que llevaron a esta persona a donde está. Si no se confiesan (quizás se refería también a los parientes) y no se arrepienten, nunca mejorará, sólo empeorará”. Y así fue como sucedió. Su condición empeoró mucho y hoy está en silla de ruedas.



“En Atenas, donde vivía, un problema me preocupaba mucho y rezaba continuamente al Gérontas para que me ayudara a encontrar una solución.

Después de veinte días, fui al M. Atos, donde estaba el Gérontas Paísio. Tan pronto como me vio, me dijo: “Hace solo veinte días te tuve aquí, pero ¿alguna vez abandonaste realmente el M. Atos?”.

Una vez más, me quedé sin palabras. Comprendí que había captado el mensaje de mi oración y que “estaba viendo” que mi mente y mi corazón estaban centrados en la Santa Montaña, incluso años después de graduarme en la Academia de Athoniada.

Pensé que el silencio era la mejor respuesta en este caso. Había tanta gente allí y él necesitaba hablar con todos ellos. Recibí su bendición y comencé a irme sin decirle nada.

— ¿Te vas? —me preguntó—.

— ¿Qué debo hacer, Gérontas? He recibido mis respuestas y hay tanta gente aquí que necesita tu apoyo.

Me fui sintiéndome lleno de alegría y júbilo. En el camino, pensaba que si él puede escuchar nuestras oraciones a tal grado mientras aún está vivo, ¿qué sucederá cuando se vaya de este mundo terrestre?”.



“Durante un tiempo, los pensamientos carnales me torturaban intensamente. Fui a ver al Gérontas y le dije que yo no provocaba estos pensamientos, y que la guerra se estaba volviendo más intensa.

Ah, —me dijo—, quieres ir al paraíso cómodamente sin sufrir en absoluto. ¿Quieres que hagamos algo?

— ¿Qué, Gérontas? —le dije.

Rezaré y Dios te quitará estos pensamientos. Pero te enviará otras tentaciones... ¿Serás capaz de manejarlas? ¿Qué dices?”, —me preguntó.


No, Gérontas, —le dije—, quedémonos con lo que Dios ya me ha enviado, ya que sé que a través de sus oraciones podré mantenerme firme.



Mi mejor amigo y compañero de clase en la Academia visitó el M. Atos conmigo para que pudiéramos ir a ver al Gérontas juntos. Me dijo que tenía el deseo de convertirse en monje más adelante en la vida, pero como era el único hijo de sus padres, su miedo a la reacción de ellos le impedía actuar en consecuencia.

En algún momento, el Gérontas le dijo con severidad:

— ¿Por qué tu cuñado blasfema contra Cristo con lo que está haciendo? Dile que tenga cuidado porque le van a dar una bofetada para que recupere el sentido común.

—Pero, Gérontas, mi hermana no está casada. Todavía es estudiante. Ella acaba de conocer a un chico, según nos han contado, pero yo todavía no lo he conocido.

Pero tal como el Gérontas predijo, el chico que más tarde se convertiría en cuñado en su casa, fue expulsado del ejército, no sé si fue justa o injustamente. Recibió la bofetada espiritual y se convirtió en un cristiano muy ferviente. Anteriormente, había estado involucrado con la magia y tal vez por eso el Gérontas dijo que había estado blasfemando a Cristo.»





1.30. Comunicación espiritual.


Testimonio de una anónima: « Sobre el venerable Paísio oí hablar por primera vez dentro del tren en el que viajaba con una pareja de estudiantes. Regresaban del M. Atos, parecían entusiasmados y hablaban continuamente sobre la santidad y la clarividencia del p. Paísio. Yo también quería conocer al Gérontas y pregunté:

—Chicos, ¿podría yo también conocer a ese Gérontas?

—No, usted no puede ir al Monte Atos.

—Y fuera, ¿no sale?

—No lo sabemos. Nosotros vamos a la Kelí de la Venerada Cruz cerca de Stavronikita


Mi deseo por conocer al santo Gérontas Paísio permaneció sin cumplirse y cuando más tarde fui como peregrina a Tierra Santa, regresando a Atenas, dije en mi oración: “Dios mío, quiero, si es por ti bendecido, conocer al padre Paísio, cuando Tú quieras, yo espero”.

En la víspera del 1 de Mayo de 1978, me llamó por teléfono una maestra conocida mía y me dijo que al día siguiente iban a ir a un Monasterio conocido, si quería ir con ellos. Respondí que no podía, porque tenía algunos trabajos.

La noche del 1 de Mayo, de nuevo me llamó ella por teléfono y me dijo que fueron al Monasterio y que allí se encontraron con el Gérontas Paísio. Estaba de paso, iba a Atenas y dio una pequeña cruz a cada chica de la compañía.

Me preocupé y lloré como una niña pequeña, diciendo: “Cristo mío, ¿por qué no me avisaste para que fuese también yo al Monasterio que tanto te pedí, para conocer al p. Paísio?

Fui consolada cuando vi en mi sueño al Geronta, que me dijo:

—Soy el p. Paísio, no llores, hija mía. No era voluntad de Dios que fueras al Monasterio, porque si yo te hubiese visto allí habríamos hablado en privado y se habrían indignado las otras chicas. Estaba de paso. Mira, me has visto. No llores. Te llamaré para que nos conozcamos, porque he visto que me buscabas en tus oraciones. ¿Sabes, hija mía, el motivo por el que no hablabas desde pequeña? *


* De pequeña no hablaba. Comencé a hablar cuando tenía siete años y medio. Cuando iba de pequeña a la Iglesia y el sacerdote decía, “Bendito el Reino del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo…”, veía el manto de la Madre de Dios hacerse uno con el cielo y escuchaba salmodias celestiales. Del icono de Cristo en la iglesia se iba su figura y aparecía al final de la Divina Liturgia.

Cada semana mi abuela me llevaba al cementerio. Me hacía impresión el hecho, de que en el periodo veía los sepulcros abiertos y las almas sentadas pidiendo limosna-misericordia y otras tenían ante ellas un plato y comían. Aunque lo veía y lloraba, o sabía cómo ayudarles. Me preguntaba por qué estaban todos los sepulcros abiertos, mientras que durante el resto del año estaban cerrados y lloraba mucho. Hacía señales, pero mi abuela no entendía.



—No, Gérontas; sé que empecé a hablar cuando tenía siete años y medio.

—Pregunta a tu madre y que te cuente. Pagaste el pecado de tu abuela. No de la abuela que conociste, sino de la que no conociste.

Un año después, mientras estaba en la iglesia y escuchaba la homilía, al final se me acercó una desconocida y me preguntó:

— ¿Eres…”tal”? (dijo mi nombre)

Sí, respondí.


Vengo de Surotí, de parte del p. Paísio, quiere conocerte.


¿A mí? Yo no conozco al Gérontas Paísio.


Me dijo, ahora que vas a ir a tu ciudad, que vayas a la homilía de “tal” Iglesia y verás a una chica vestida de negro, con un velo en su cabeza. Está sentada en un taburete con una cuerda de oración en la mano; está apartada, porque está concentrada en la oración. Se llama… (me dijo su nombre).

Esto me dijo el Gérontas. Te doy el teléfono del Monasterio. Id, porque después de dos días él irá al M. Atos. Yo me quedé asombrada, pero al mismo tiempo glorifiqué al Señor y recordé la promesa que dio cuando vi al p. Paísio, es decir que me llamará para que nos conozcamos.

Fui en la víspera de la Fiesta de la Epifanía de Nuestro Señor y nada más verle le reconocí, porque era igual que el que había visto. Me prosterné para reverenciarle y me dijo:


—No, hija mía, sólo ante el Señor nos prosternamos.


Le dije: —Gérontas, tal como le vi, exactamente así es.


Se rió y me dijo: —Hija mía, a mí el Señor me dio una televisión espiritual y veo todo el mundo. Te vi también a ti cuando le pedías al Señor poder conocerme. También te vi aquel 1 de Mayo cuando llorabas, por eso vine y me viste. Has visto nuestro buen Cristo, lo que pedimos si es bueno nos lo da. Cuando al alma aplica la justicia divina es escuchada su oración. Si el mundo, hija mía, tuviese la justicia divina, habría cambiado el mundo entero, pero por desgracia, veremos muchos acontecimientos, y tú particularmente, hermana mía. Quiero que tengamos comunicación espiritual.


— ¿Cómo, Gérontas, tendremos comunicación espiritual, encontrándonos tan lejos? ¿Usted en el M. Atos y yo en el mundo?

— Lo entenderás más tarde, nos veremos noéticamente, el Señor tiene su modo. Te cuento que por las noches cuando rezo con la cuerda de oración, veo noéticamente a otros Gérontas y rezamos la oración noética del corazón. ¿Sabías, hija mía, que tienes lazos familiares con un santo?

— Eh… Gérontas, eso me lo dijo el Gérontas Ieronymos en Atenas, todo el mundo, si observamos sus raíces, tienen un santo familiar.

— ¿No quieres que te diga qué santo tienes en tu familia? *

— También irás al M. Sinaí.

— No creo, Géronta, es difícil.


* Tal como me decían mis padres, las raíces de mi padre vienen de Naxos. Mi abuelo fue a Eubea a trabajar y allí se casó, donde también nació mi padre. Tenemos lazos familiares con san Nicodemo del M. Atos. Mi padre me hablaba del origen del apellido de nuestra generación, y yo le decía que seguro que lo olvidaría. Me decía también, acuérdate de una buena fuente, se asimila al apellido de nuestra generación, “Kalibourtzes”. (Este era el apellido de san Nicodemo)






1.31. Mis visitas al Gérontas Paísio.


El difunto Demetrios G. Oraiopoulos, médico canadiense, recuerda: «A mediados de los años 80 hice mi primera peregrinación a la Montaña Sagrada y conocí al Gérontas Paísio por primera vez. En ese momento estaba sumido en una profunda melancolía y buscaba ayuda. Había conocido al Gérontas Ephraim, entonces higúmeno del Santo Monasterio de Filoteo en el M. Atos, durante una de sus visitas a Canadá, así que me quedé en su monasterio durante cuatro o cinco días, entre el calor y el amor de los monjes de allí. El Gérontas Ephraim le había pedido a un monje, el padre Georgios, que me cuidara durante mi estancia allí –una especie de ángel guardián– y fue él quien, la noche antes de mi partida, sugirió que fuéramos a visitar al Gérontas Paísio. Fuimos en coche a Karyes y de allí al Santo Monasterio de Kutlumusion. Después de recorrer un camino asombroso, llegamos a Panaguda, la famosa celda del Gérontas.

Llamamos a la puerta de hierro y el propio Gérontas nos abrió. Éramos sus únicos visitantes. El Gérontas estaba sentado frente a la puerta de su celda haciendo su trabajo manual (tejiendo cuerdas de oración) y nos sentamos a su lado. Al principio no dijimos nada, pero tuve la impresión de que me estaba examinando. Hablamos un poco sobre Canadá. El padre Georgios se distanció discretamente para dejarnos solos. El Gérontas me dio la oportunidad de abrirle mi corazón. Era especialmente paciente y atento al escuchar el dolor de los demás. El Gérontas no era un sacerdote confesor, pero poseía la sabiduría que tienen las personas sencillas y piadosas. Lo que era aún más impresionante era cómo parecía irradiar santidad y alegría, de modo que uno se sentía completamente cómodo a su lado. Después de hablar un rato, me sentí muy aliviado y continuamos conversando como si nos conociéramos desde hace mucho tiempo. Entonces, espontáneamente, se me ocurrió una idea: “¿No sería maravilloso si pudiera convencerlo de que viniera a Canadá para poder estar siempre cerca de él?”.

Así que lo invité, diciéndole que estaba dispuesto a regresar con los billetes, para que pudiéramos partir juntos hacia Canadá, donde lo acompañaría durante toda su estancia. La respuesta que recibí fue bastante sorprendente. Dijo: “Esperaré a recibir una llamada telefónica y, si Él me lo permite, iré”. Después, comprendí que este tipo de respuesta es común a todos aquellos que han decidido negar su propia voluntad y dejar sus vidas completamente en las manos de Dios, siguiendo los planes que Dios en Su providencia ha dispuesto para ellos. Y lo logran con mucha oración y silencio. Esperan escuchar la voz de Dios dentro de ellos. Es completamente diferente de aquellos que esperan lograrlo de un modo teórico.

Salí de Panaguda con un profundo deseo de regresar y tener una comunicación frecuente con el Gérontas. Los viajes desde Canadá a la Montaña Sagrada no son precisamente fáciles. Sin embargo, me refugié en las cartas que le escribí (curiosamente, mientras viajaba en avión) aunque sabía que no me respondería. A pesar de ello, tenía la sensación de estar comunicándome con él. Después de aquella primera vez, terminé visitando la Montaña Sagrada y al Gérontas otras cuatro o cinco veces, ya sea con Elias Thodes o con Nikos Dombros, ambos buenos amigos y colegas.

Durante nuestras visitas, el Gérontas siempre hablaba con mucha parsimonia, pero siempre irradiaba amor y gracia divina. Durante una de esas visitas, cuando estaba en el barco que iba de Dafni a Uranópolis, estaba hablando con tres señores mayores que me contaban sus experiencias con el Gérontas Paísio. Cuando me preguntaron por qué visitaba al Gérontas, respondí: “Para decirle sencillamente, que me siento muy bien cuando estoy con él”.

El Gérontas Paísio era una persona noble, generosa con todo lo que tenía para ofrecer, ya fueran lukumia, nueces o dulces que varios peregrinos le habían traído o enviado. Tuve la bendición de recibir tres libros suyos (uno por cada una de mis tres visitas) con una dedicatoria personal y dos cruces de madera. Una de las cruces fue tallada a mano por el propio Gérontas. La conservo en mi oficina como un tesoro personal.

Debieron haber pasado dos o tres semanas antes del descanso del Gérontas Paísio cuando, junto con mi amigo médico Nikos Dombros, fuimos al Santo Monasterio de San Juan el Teólogo en Surotí, cerca de Salónica, para verlo. Supimos que no recibía visitas. Pero cuando anunciaron nuestros nombres, eligió vernos. Las dos monjas médicas encargadas de la atención del Gérontas nos avisaron con antelación sobre el estado de salud del p. Paísio. Él mismo nos mencionó que en el hospital lo habían operado para extirparle un tumor intestinal.

A pesar del dolor y su debilidad general, fue acogedor como siempre. Habló con cada persona por separado. Cuando estuve a solas con él, no sabía qué decir en un momento tan sagrado. Me quedé allí sin palabras. Irradiando amor, con su rostro lleno de paz y con luz en sus ojos, sacó cinco o seis cuerdas de oración de su bolsa y me las dio como signo de su afecto paternal, su última bendición para mí.

Le susurré suavemente: “Te amo, Gérontas”. Lo besé suavemente en la frente y salí de su pequeña y austera celda.

Mi amigo Nikos fue el siguiente en ver al Gérontas. Estaba aún más emocionado que yo. Según me contó más tarde, no pudo contenerse y se puso a llorar. El p. Paísio trató de animarlo diciéndole: “No te enojes por mí. Solo reza para que pueda pasar los difíciles exámenes que tengo que hacer ahora”.





1.32. “Fue para mí un milagroso inspirador”.


El dentista y teólogo Panayiotis Klementides recuerda: «Conocí al santo en el verano de 1979. Estuve en contacto continuo con él durante quince años hasta su bendito descanso en 1994. Cuando era estudiante en Tesalónica, iba a la Montaña siempre que podía. Todos los veranos, desde 1980 hasta 1987, estuve en la Montaña. Entre 1988 y 1990 trabajé en Tesalónica y, una vez más, él fue para mí un padre consolador. Luego comencé una consulta privada y, desde 1990 hasta 1994, pude verlo tres o cuatro veces al año.

Recuerdo la primera vez que nos vimos (en el verano de 1979) en su casa de huéspedes al aire libre. Después de darnos un capricho, nos miró a cada uno con su mirada penetrante. Éramos siete. Recuerdo cómo su mirada se detuvo durante un tiempo espantosamente largo cuando llegó a mí. Los demás estaban todos ocupados. Estaban charlando alegremente mientras comían sus lukumia de color rosa flan. Había una sensación de euforia creada por la Gracia de Dios que irradiaba del santo. Esto sucedería discretamente... nunca dejaría que te dieras cuenta de lo que estaba sucediendo. Con solo una mirada, sabía todo: todo lo que había precedido a ese momento y todo lo que seguiría. Sabía exactamente lo que debía decirnos, respondiendo a nuestras preguntas incluso antes de que hubiéramos logrado formularlas. Ese día habló sobre:

El valor del arrepentimiento y la necesidad de tener un padre espiritual.


Sobre el juicio justo: "Digamos que un criminal se presiona a sí mismo y en lugar de cometer tres crímenes, solo comete uno. En el Juicio, él estará mejor ante Dios que nosotros, que deberíamos haber hecho tres milagros y no hemos hecho ni uno solo.


Sobre la exaltación de la humildad: “Por muy alto que te encuentres, si caes, la humildad se convertirá para ti en la mano de Dios que te dejará caer con seguridad para que no seas aplastado”.


Sobre la diferencia entre el remordimiento y el arrepentimiento: “El arrepentimiento posee humildad. Pedro se arrepintió. Judas sintió remordimiento. Cuando un vicio persiste, hay o un egoísmo oculto, o cosas ocultas que no se han confesado (pensamientos o incluso pecados aparentemente pequeños).


Sobre el valor de la mirada vigilante (dirigiéndose a siete jóvenes): “No debemos mirar directamente a los demás. La mirada vigilante se vuelve como la ceniza que no deja que el carbón encendido queme la mano que lo sostiene”. (Los ojos son la puerta por la que entran en el alma las tentaciones carnales).

Todos estaban contentos. Sus preguntas generales habían sido respondidas de antemano. Cinco de nosotros pedimos hablar con el Gérontas en privado.

Yo fui el último, y cuando llegó mi turno, mi corazón latía aceleradamente. Estaba completamente en el momento. Entonces se acabó el tiempo. “Vamos, váyanse ahora. Es demasiado tarde, cerrarán la puerta en Kutlumusion”.

Recibimos su bendición. Sentí algo así como un poder oculto pasar a mi cabeza por la manera suave en que nos dio dos palmaditas con la mano izquierda a cada uno de nosotros. Tenía un nudo en la garganta. En el remoto camino de regreso a Kutlumusion, me estaba tragando las lágrimas.

Continuando el legado de la teología capadocia, él lo conocía, el Dios que huye antes de ser agarrado y escapa antes de ser comprendido. La riqueza de la más alta teología experiencial se convirtió, en sus labios, en una palabra simple pero vivificante que podía resonar en los mismos órganos del alma. Pescador de hombres, echó a las aguas la red salvadora de una teología “popularizada” pero, en el fondo, muy alta. Amable, bueno, honesto, genuino, santo, de mirada valiente, pacífico, bienaventurado, difundía certeza espiritual. No decía nada cuando merecíamos más bien ser golpeados. Era excesivamente noble y amoroso con el prójimo herido por sus propios errores. Equilibraba terapéuticamente la amabilidad con una austeridad silenciosa. Su cuidado pastoral no se limitaba a los que vivían en la vida ascética [monástica], también sabía cómo lidiar con los errores de los que viven en el mundo; era un consolador inimitable. A menudo lo vi conmovido por la emoción ante el drama de la raza humana.

Su linaje capadocio hacía que sus palabras adquirieran una fuerza diferente. A menudo se detenía, permanecía en silencio por un rato y levantaba ligeramente la barbilla. Aparte de esto, no había palabras innecesarias. La Gracia de Dios caería como escarcha sobre ti. En los años transcurridos, he reconocido en los libros muchas de las cosas que le había oído decir en persona. “Para que nada se pierda”, escribo algunas de las muchas cosas que se me han quedado grabadas profundamente:

“No mantengo a nadie junto a mí. Puedes verme tantas veces como quieras”.

“Quien conserva su mente pura es quien da fruto”.

Una respuesta a una pregunta nunca completamente formulada: “¿Permaneceré fiel o me apartaré?”, en la que también predijo mi futura profesión (entonces era maestro): “El diente podrido es el que se cae. Esto es también lo que sucede en la vida espiritual”. [Quien hace la voluntad del Padre permanecerá fiel, es decir, quien vive según Dios. Así lo entendí yo.]

“Llegará un tiempo en que, para encontrar a un buscador honesto de la verdad, tendrás que recorrer más de 500 km. para compartir el consuelo”.

“Nos dirigimos hacia los extremos. Por un lado, fiestas y diversión, por el otro, vigilias nocturnas y responsos”.

Si progresabas en la vida espiritual, el Gérontas resplandecería de alegría. No te quitaría mucho tiempo. Absolutamente lleno de alegría, te bendeciría. Era como si Cristo mismo te mirara con beneplácito a través de los ojos del Gérontas.

Cuanto más agobiado por las dificultades estuvieras, agobiado por la culpa o el sufrimiento, más revelador, familiar y cercano se volvería para ti.

Era sumamente misericordioso, no solo literalmente. A menudo cumplía sus órdenes. Me enviaba a transportar unas pesadas bolsas con todo tipo de suministros, ropa o dinero para monjes que sabía que lo perseguían y calumniaban maliciosamente. Esas personas son nuestros verdaderos benefactores. Dejad estas cosas delante de su puerta. Después, salid corriendo. No digáis ni una palabra a nadie.

He tenido la suerte de estar cerca de él en innumerables ocasiones. Una sola vez, en el invierno de 1992, me hizo entrar en su Kelí. Primero fuimos a la capilla. Después, a su casa de huéspedes y a su taller. Me dejó ver por primera vez el espacio donde vivía. Era intensamente ascético. Las paredes estaban ennegrecidas por el humo de las velas de cera pura de abejas que utilizaba. No había nada superfluo. Sabía vivir con lo mínimo. Todo gritaba ensordecedoramente su inmenso desagrado por todas nuestras comodidades que, en realidad, sólo aumentan nuestras preocupaciones sin sentido.

Todo olía a austeridad, abnegación, a sentido práctico, a conciencia tebana. Era como si creyera que no tuviera ningún derecho en esta vida. Estaba dispuesto a despegar de esta tierra y emprender el camino celestial. Me dijo: “Tengo cáncer y hemorragias frecuentes. Me ruegan que me opere. Lo dejé en manos de Dios”. Me dejó sentarme en su cama de la casa de huéspedes. Estaba hecha de tablones de madera y era dura, con solo una manta gruesa de lana como colchón. Se sentó en un taburete. Era particularmente perspicaz, lo sabía todo, con amor, cuidado y paciencia. Hablábamos como padre e hijo. Me dio valor. Demostró un nivel incomprensible de respeto. Como un hábil cirujano, desde el taburete en el que estaba sentado, abrió las entrañas del alma con destreza y precisión. Su santidad, junto con sus excepcionales cualidades personales –su agudeza mental, su inteligencia emocional y su cortesía– se unían en una forma de hablar sumamente alegre. Inducía una risa que venía directamente del alma, otra medicina utilizada en su régimen pastoral de sanación.

Con alegría, era capaz de calmar el dolor. Con precisión mecánica, apretaba los tornillos sueltos de un alma, sellaba las fugas y luego dejaba que la esperanza y la Vida Divina fluyeran dentro de ti.

Después, permaneció en silencio. Inclinó la cabeza. Luego pronunció palabras reveladoras. Me dejó escucharlo de una manera que solo él conocía.

Y así, nos separamos en silencio. El santo se había superado a sí mismo. Había brindado la ayuda más excelente y perfecta que podía. ¡Estaba tan agradecido con él!

La alegría de esa despedida fue como la alegría de la Resurrección. Experimenté la misma alegría el 13 de enero de 2015, con su canonización como santo. Mi mente se inundó de luz. ¡Él es mi anto! En cuanto a sus visiones del futuro y sus milagros, son un gran abismo. Su vida fue milagrosa. Fue un gran Padre de la Iglesia. Nunca me sorprendió nada de él. Todo era posible para él, si así lo deseaba Dios Padre. Mencionaré sólo algunos ejemplos:

Era Domingo de Ramos de 1984. Llovía y llegué a su celda. No llamé a la puerta. Simplemente esperé. Hacía dos años que tenía un eczema intenso que recientemente había empezado a supurar por el lado izquierdo de la zona de la ingle. Pero ¿dónde podía encontrar un médico? En aquel momento, era imposible siquiera pensar en ello.

— ¿Qué pasa, jovencito?

— Ya lo sabes, Gérontas.

No es nada, hijo mío—. Me dio una palmadita en la cabeza con una ramita de laurel mojada.


Está lloviendo. Te vas a resfriar. No estás vestido adecuadamente para este tiempo. Ven aquí y coge este abrigo. ¡Vamos, vete rápido!

Con su calor y su fragancia todavía en el abrigo, salí corriendo. En Tesalónica, cuando me di una ducha, me di cuenta de que mi eczema había desaparecido por completo.

En octubre de 1990, visité al Αnciano con mi futuro padrino de uno de mis hijos (koumbaros), Athanasios Z. y su hijo de cinco años, Panayiotis. Panayiotis acababa de ser operado por el neurocirujano Kapsalakis para extirparle un tumor cerebral cerca de la glándula pituitaria. Llevaba una gorra roja oscura para que no se viera la amplia incisión. En cuanto el Gérontas lo vio, puso su mano justo en la parte del cráneo que le habían operado. (No habíamos dicho ni una palabra sobre la operación antes).

En septiembre de 1984, el Gérontas le pidió a Eleftherios Ts. que le diera los medicamentos recetados que llevaba en el bolsillo y que estaban afectando su comportamiento. El santo los tomó en su mano, echó el brazo hacia atrás y los arrojó lejos. “Ya no los necesitas”. Eleftherios hizo tantos progresos espirituales después que permitió que su única hija se convirtiera en monja.

En enero de 1983, el Gérontas se le apareció a mi compañero de clase Vasilis Am., de Oraiokastro (Tesalónica), cerca del arroyo que hay debajo de Panaguda. El Gérontas no le dijo quién era (y Vasilis no lo conocía). Respondió a todas las preguntas que tenía, sin que Vasilis se las hiciera nunca. Le aconsejó, ya que era un conductor joven, que tuviera cuidado primero con los demás mientras conducía y luego consigo mismo.

A mi compañero de habitación, Alkiviadis Gk., a quien en 1983 le diagnosticaron un trastorno maníaco-depresivo, el santo le preguntó: “Alkiviadis, ¿recuerdas qué pensamiento te volvió loco?”. Alkiviadis no podía recordar nada. El santo le dijo cuál era el pensamiento. (Había estado pensando algo negativo sobre una chica a la que amaba). “La chica es buena. Deberías casarte con ella. Cuando el mal pensamiento te gane, debes tomar tu medicina. Pero cuando no te gane el pensamiento, no lo hagas”. Alkiviadis se casó con la chica a la que amaba. Hoy es un feliz padre de muchos hijos en la región de Magnesia.

A mi compañero de habitación Nikolaos, le predijo el giro en su vida y su llamado al sacerdocio. Sin haber tenido ninguna comunicación telefónica con san Porfirio, le aconsejó que implementara de inmediato el consejo del santo sin demora. En 1984, gracias a un milagro que realizó el día de la Fuente Vivificante, mi prima hermana Lukia Kl. concibió a su único hijo Panayiotis.

En septiembre de 1986 viajé con mi padre a Capadocia y a nuestra patria, Tiana. En el viaje de regreso a pie desde Farasa a Yahyali (mi padre estaba en Prokopi), mi chófer y yo fuimos amenazados por una manada de chacales salvajes. La presencia de san Arsenios los ahuyentó. Fui a ver a san Paísio tan pronto como regresé de Capadocia. “¡San Arsenios te sacó de un buen lío!”, me dijo. “¡Loco, esos chacales te habrían devorado! ¡Ah, y no olvides lo otro! El santo te iluminó y no te llevaste contigo la palangana de mármol que él utilizó. Te habrían considerado un traficante ilegal de antigüedades”.

Vi con mis propios ojos el milagro de la resurrección de Angelos Ch., clínicamente muerto, en junio de 1986. El 60 % de la superficie de su piel había sufrido quemaduras de tercer grado (había sido atacado por anarquistas que habían lanzado tres cócteles molotov a su coche). El Gérontas lo conocía bien. Había sido informado de lo sucedido y había estado encendiendo velas y rezando por él.

Al tercer día después del ataque, como resultado de un espasmo laríngeo debido al edema de las quemaduras, la línea del monitor cardíaco de Angelos se paró. Angelos había fallecido. Su alma atravesó un túnel donde vio a san Paísio que le decía: "Date la vuelta. No es tu hora. ¡Vuelve con tus cinco hijos!" En ese momento, Angelos estaba recibiendo reanimación cardiopulmonar. Volvió en sí después de una traqueotomía y tres descargas eléctricas en su corazón parado. Múltiples injertos de piel lo mantuvieron con vida. La visión que había perdido le fue devuelta por san Juan Crisóstomo y san Nectario (tenía fragmentos de sus reliquias en un pequeño recipiente ovalado cerca de su almohada). Era como un Lázaro moderno.

Otro milagro del santo que también le ocurrió a Angelos es el siguiente:

Recuerdo que era agosto y el calor era insoportable (42º C en el centro de la ciudad). Estaba rezando en un pequeño bosque justo encima del hospital Papanikolaou. De repente, empezaron a caer granizos y todo se volvió blanco. Esto sólo ocurrió en la zona que rodeaba el hospital. La temperatura bajó para que Angelos pudiera soportar la deshidratación que sufría. Su cuerpo era como una cesta de mimbre: no podía contener ningún líquido. Sin embargo, de alguna manera, lo logró. Estuve con él cuando fue por primera vez al M. Atos después de haberse recuperado por completo. No puedo describir el momento en que se encontró con el Gérontas. No hay palabras. En octubre de 1985, con una palmadita aparentemente insignificante en la cabeza de María Ch., desaparecieron los bultos de su cuero cabelludo (eran nódulos hiperplásicos). Le molestaban cada vez que intentaba cepillarse el pelo.

En enero de 2004, perdí un hijo al nacer. Realizamos el bautizo en el aire con el nombre de Nikolaos. En sueños, san Paísio me mostró dónde estaba mi hijo. Estábamos en un lugar celestial. Había una luz azul claro y las cúpulas de las iglesias. Mi hijo me dijo: "¿No ves, padre, lo bien que estoy?".

En septiembre de 2007, la noche antes de la exhumación de las reliquias de mi hijo Nikolaos (que normalmente se hace tres años después del entierro), en el Monasterio de Kalamiou Argolidos, vi al santo en sueños incorrupto, sobre una losa de mármol. Me asombró cómo después de trece años, todavía parecía tan vivo.





1.33. Humilde declaración de agradecimiento.


Introducción

“No es tarea fácil escribir sobre un santo, porque si el autor no se parece al menos un poco a él, se teme que no sepa hacerle justicia y, sin quererlo, pueda perjudicar a sus lectores. Vemos que las mejores biografías de santos son siempre las escritas por otros santos.

Por eso, en el pasado había evitado escribir o hablar sobre san Paísio, porque no me sentía la persona adecuada para ello. Al final, sin embargo, cedí a la petición de mis queridos hermanos y compañeros sacerdotes de poner por escrito algo de lo que Dios me consideró digno de vivir y escuchar a lo largo de tres décadas cerca del santo. Encontré alivio en el pensamiento de que mis pobres palabras sobre san Paísio podían considerarse una especie de humilde expresión de gratitud por todo lo que me ofreció con su gran amor.

Mientras pensaba en cuál fue la contribución de san Paísio a nuestra Santa Iglesia, me di cuenta, entre otras cosas, de que su presencia fue decisiva. Su aparición se produjo en un momento de gran importancia histórica para la vida eclesiástica de Grecia.

Al final de los años cincuenta, concretamente en 1959-1960, se produjo una escisión en el seno de la hermandad de teólogos ZOE (Vida). Se trató de un verdadero cisma en el seno de una de las organizaciones religiosas más dinámicas que habían existido en Grecia. El cisma se convirtió en ocasión de escándalo para muchos cristianos implicados en la organización, muchos de los cuales acabaron distanciándose completamente de la Iglesia.

En aquellos años, en la Montaña Santa vivían muchos monjes y hesicastas de gran estatura espiritual. Sin embargo, quien dio un apoyo particular a muchos cristianos y apoyó a muchos jóvenes teólogos en un momento crucial, cuando sus visiones habían sido aplastadas, fue san Paísio. Es notable que, aunque en ese momento el santo buscaba una vida de completo aislamiento en el desierto, la Madre de Dios usó señales sobrenaturales y lo envió lejos del M. Atos al mundo. Y después de buscar el consejo de su propio padre espiritual, el santo se sometió humildemente a la voluntad de Dios y se estableció en el Santo Monasterio de la Natividad de la Theotokos en Stomio de Konitsa en 1958. Su labor allí fue inestimable: restauró el monasterio incendiado y, además, se esforzó por traer de regreso a la Ortodoxia a casi ochenta familias que se habían extraviado en el protestantismo, sirviendo como un ejemplo luminoso de santidad y genuino monacato. En 1959, un joven teólogo, que estaba sirviendo en Konitsa como oficial de reserva, también formaba parte del movimiento ZOE. Estaba conectado a través de lazos fraternales con un grupo de jóvenes teólogos al que yo también pertenecía. Este oficial fue el primero en conocer al santo y, a través de él, el santo entró silenciosamente en la vida de aquellos teólogos.

En ese momento, de manera discreta, la gran ofrenda de san Paísio comenzó a expandirse más allá de los confines del Monte Atos, hacia toda la Iglesia.



1. Primer encuentro con san Paísio


Mi primer encuentro con san Paísio tuvo lugar en Atenas el domingo 4 de febrero de 1962. Había venido a Atenas, acompañando al alcalde de Konitsa, para pedir a los antiguos residentes de Konitsa que colaboraran en la reconstrucción del Santo Monasterio de Stomio. Aprovechó la oportunidad para reunirse con el grupo de teólogos antes mencionado en el edificio local de la Hermandad ZOE donde yo trabajaba. Ya había oído hablar mucho del Gérontas a mi amigo, el oficial de reserva que ya he mencionado. Así que el 6, 8 y 9 de febrero tuve mis primeras conversaciones con el Gérontas Paísio. Mi primera impresión fue que había encontrado lo que siempre había estado buscando: un ser humano genuina y completamente dedicado a Dios.

Mi siguiente encuentro con el santo Gérontas tuvo lugar en el Santo Monasterio de Stomio el mismo año, el 8 de mayo. Fui allí para tomar una decisión definitiva sobre el camino que debía seguir en mi vida. Estuve cerca de él hasta el 19 de junio, cuando se conmemora a san Paísio el Grande, cuarenta días en total. Durante mi estancia allí, el Gérontas compartió con mi indignidad muchas de las visitas que recibió de la gracia de Dios a lo largo de su vida monástica, para ayudarme y alentarme en la vida espiritual. Pero lo más importante es que me mostró cuál era la voluntad de Dios para mi vida, de tal manera que no quedó lugar a dudas.



2. Lo que debo al santo


Hablando de la infinitud de bienes que recibimos de Dios, san Juan Crisóstomo enfatiza que no sólo son más de lo que merecemos, sino que “nos fueron dados con todas las comodidades. No teníamos que cansarnos, ni siquiera sudar… Simplemente éramos amados por Dios y recibimos todo lo que recibimos” (Comentario sobre Mateo 1, 2 PG 57, 16.) Incluso diría que esto es cierto en mi relación con el Gérontas: él simplemente me amaba y yo recibía sus innumerables bendiciones.

Ahora me gustaría intentar, lo más brevemente posible, esbozar el efecto beneficioso de san Paísio en mi vida.


a. El primer y más importante regalo fue mi decisión de establecerme en el Jardín de Nuestra Señora Theotokos. El Gérontas Paísio fue el imán espiritual que atrajo mis pasos hacia ese lugar bendito y santificado.

En aquellos años, el estamento eclesiástico, y especialmente aquellos en las organizaciones eclesiásticas, creían que el monacato era una forma de vida equivocada y hablaban en contra de él, aunque de manera diplomática, por supuesto. La Montaña Sagrada era considerada un refugio para aquellos que habían fracasado en la vida o no podían manejar la vida en el mundo. Estas eran las opiniones expresadas durante mis años como estudiante. Pero en la persona del Gérontas Paísio vimos algo vivo que nuestras almas anhelaban: la tradición genuina de nuestra Iglesia. Esta tradición no la enseñaba ni la teología académica de la época ni las personas que representaban a las organizaciones religiosas. Era la primera vez en nuestras vidas que nos encontrábamos, incluso como personas con títulos en teología, con la teología viva que realiza el dicho patrístico: “Si eres teólogo orarás con verdad, y si oras con verdad, eres teólogo”. (San Nilo, Sobre la oración, 60, PG 79, 1180B)

Entonces dejamos todo atrás para ir en pos de lo único necesario (según las palabras de nuestro Señor, en Lucas 10:42) para que un hombre viva: lo que vimos vivo en el iluminado rostro del Gérontas. Su vida llena de Gracia nos atrajo al Jardín de la más llena de Gracia Madre de Dios.


b. La segunda gran bendición que me brindó san Paísio fue que actuó como mi maestro espiritual y guía en la vida monástica. Y esto sucedió no sólo a través de sus enseñanzas iluminadas que cualquier oyente podía entender, sino mucho más a través de su forma de vida impregnada de luz divina.

El Gérontas, con su conocido amor por cada persona, me inició en el amor de Dios y la glorificación perpetua de Su santo nombre. Dijo que el monje que intenta aprender la vida monástica sólo por medio de libros puede compararse con los africanos obligados a trabajar en las minas de oro: el oro pasa por sus manos, pero no se les permite conservar nada ni usarlo ellos mismos. En la vida monástica, la guía de un monje experimentado es absolutamente necesaria. Para mí, ese monje fue el Gérontas Paísio. Con infinita paciencia y amor me mostró los caminos de la vida monástica, y especialmente aquellos puntos que requerían una atención particular. A menudo, me confiaba cosas que le habían sucedido por la gracia de Dios, en un intento de inspirarme a hacer algo por amor a Cristo.

En este punto, me gustaría dar testimonio de la experiencia de alguien que vivió cerca de un santo. Quien observa este evento desde fuera, exalta a quien tuvo esta bendición e idealiza las experiencias que pudo haber tenido en tal relación espiritual. Sin embargo, quien lo vive en persona, a menudo es incapaz de comprender las razones de la conducta del santo, ya que no está a la altura de sus medidas espirituales. Puede pensar en algún momento que el santo es demasiado estricto con él, o que no lo entiende, o que no siente compasión por su lucha personal contra sus vicios y malas pasiones. Por supuesto, es posible que alguien en obediencia sienta cosas similares por su Gérontas.

San Paísio nos contó una vez una historia relacionada con este tema: “Digamos que hay un hombre con una gran herida en la palma de la mano y un grano en el codo. Me ocuparé primero del grano porque veo que es el comienzo del cáncer. Pero el enfermo piensa que ignoro la herida y, por lo tanto, malinterpreta lo que estoy haciendo”. De la misma manera, mientras un hombre que vivía cerca del Gérontas recibía ayuda de su intervención iluminada, no siempre podía comprender el tipo de curación espiritual que estaba empleando. Por supuesto, algo similar sucede cuando no logramos comprender las intervenciones pedagógicas de Dios en nuestras vidas.


c. El siguiente gran regalo está relacionado con mi ministerio sacerdotal. Tres años antes de atreverme a acercarme al temido Altar de Dios (el 8 de enero de 1963), me envió una carta desde el Sinaí, “lugar caminado por Dios”, una carta que considero una especie de brújula espiritual para la vida de un hieromonje. He aquí algunas de las cosas que el santo Gérontas me escribió:

«Hermano en Cristo… estad siempre alegres y gozosos en el Señor.

Ruego a nuestro Señor Jesucristo, bautizado por Juan, que os conceda siempre salud de alma y cuerpo y os ilumine y os guíe con su estrella luminosa por el camino de la perfección espiritual…

Si uno quiere ser capitán, primero debe ser marinero. Por amor de Cristo, no os digo estas cosas para demostrar que tengo experiencia... Os las digo porque os quiero ver progresar espiritualmente y, por este motivo, no dejo de recordaros en mis humildes oraciones.

Si queréis actuar de manera organizada, es algo técnico y no natural, porque los que empiezan una obra así acuden primero a un artesano profesional para que ellos mismos se reparen primero y, después, se ponen a trabajar en otros. Primero la viven y sólo después enseñan a los demás esta vida. Así obraban todos los Santos Padres. No conviene tener solamente la espada de la razón, porque muchas cosas no se pueden cortar con la espada de la razón, sino solamente con la espada del Espíritu. Cuando los teólogos se reúnen y blanden la espada de la razón para avanzar, pronto son derribados sin saber de dónde vino el golpe. Como nuestro enemigo, el diablo, no es visible sino invisible, es necesaria la espada invisible del Espíritu. Y para obtenerla se requiere lucha. Hay que dar sangre para recibir Espíritu.

Más o menos, todos, hermano mío, estamos esclavizados por el enemigo, ya que no nos hemos quitado de una vez por todas el hombre viejo. Para liberarnos, primero debemos comenzar este trabajo secreto dentro de nosotros mismos. Segundo, debemos entablar amistad con el Rey Fuerte. Tercero, debemos hacer la revolución interior contra el enemigo, reforzados, por supuesto, por el Rey Poderoso, Cristo. En cuarto lugar, una vez que seamos libres, debemos poner a Cristo como gobernador del gobierno, y debemos proteger al país de la propaganda extranjera -“pensamientos”- y luego reforzar a otros países para que también ellos puedan recibir esta bendita libertad de los vicios. Si uno quiere proceder correctamente, hermano mío, creo que debe hacerlo.

Hay una buena posibilidad de que, si quieres venir aquí al Sinaí, puedas quedarte dos o tres años, para que los años de la juventud transcurran en una lucha espiritual “según tus fuerzas”. Incluso puedes recibir el sacerdocio aquí si lo deseas, y luego salir al mundo para ser de beneficio a los demás; esto también se puede hacer. La manera más correcta es que uno reciba una señal de lo alto, pero uno puede ser aceptado en el sacerdocio incluso sin una señal; el Señor examina las motivaciones que actúan dentro de cada persona. Te dejo también esta aclaración: al principio, necesitas tener fe y un espíritu de abnegación. Di en tu mente que, incluso si Dios nos hace dignos de recibir el bendito final de los masacrados en el Sinaí y en Raithu, que Su Santísimo Nombre sea glorificado, glorificado mil veces...

En un abrazo fraternal, Paísio. »


Después de mi ordenación, me enseñó con sus palabras y hechos cómo actuar como confesor y padre espiritual de mis hermanos en Cristo heridos por las flechas de fuego del Maligno. Vienen a confesarse buscando la misericordia divina y el consuelo. El Gérontas decía, como siempre, “los santos nos ayudan a entender cuál debe ser nuestra actitud hacia aquellos que han caído en el pecado. Debemos tener el dolor de los que aman. Debemos ayudarlos a sentir el amor de Dios por ellos. Han bebido el amargo veneno del pecado... ahora, que prueben la dulzura de la misericordia divina”.

Él mismo sintió el dolor de cada persona herida y ayudó a cada una de ellas a través de su amor a encontrar esperanza en Cristo. Creo que incluso el mayor pecador dejó al Gérontas con esperanza en la misericordia de Cristo. Esto es lo que sentimos viviendo cerca de él, y esta fue su gran lección para nosotros sobre la curación espiritual del hombre contemporáneo.


d. Otra gran enseñanza de la vida del Gérontas se refería a su participación en el culto de la Iglesia y, especialmente, en la Divina Liturgia.

Cantaba con su característica voz sutil, a su manera especial, con todo el corazón y el alma. Quien lo escuchaba sentía que todo el cuerpo del Gérontas temblaba cuando cantaba, como si “tuviera sus brazos alrededor de los pies de Cristo”, según un testigo ocular.

A menudo, lo escuchábamos desde nuestra celda cantando en el patio el himno a la Madre de Dios, “Gozo de los afligidos, protección de los oprimidos, de los hambrientos sostén, consuelo de los exiliados, y del ciego Bastón, el asilo del huérfano, abrigo y amparo de los doloridos, y tierna Visitación. Madre del Altísimo Dios, te rogamos, oh Intachable: Apresúrate y rescata a tus siervos”. Entonces teníamos la sensación de estar escuchando a un santo que glorificaba y suplicaba a la Santísima Madre de Dios, completamente conmovido, en cuerpo y alma, por el amor hacia Aquella a quien alababa. Su canto mostraba a la vez la familiaridad y la cercanía que tenía con la Madre de Dios.

Quien oía cantar al Gérontas lo comparaba con un ruiseñor que, cuando canta, se hincha y le vibra el pecho. Y uno sentía que el corazón del Gérontas se iba a romper de amor por la persona divina glorificada de Cristo, o la Santísima Theotokos, o sus amados santos.

En aquellas ocasiones en que tuve la bendición de poder celebrar la Liturgia en su celda, ya fuera en la Santa Cruz o en Panaguda, y solo el Gérontas participaba en la Divina Liturgia, sentí una presencia angelical dentro de la capilla. Sus movimientos mientras ayudaba al sacerdote, su canto, y todo su comportamiento daban testimonio de que realmente estaba viviendo la presencia del Dios invisible.

En cada Liturgia, el Gérontas no era simplemente uno de los fieles que "tiene una semejanza mística con los Querubines" y glorifica al Dios Trino, sino un Ángel en la tierra que cantaba himnos a nuestro Padre celestial. Durante el canto de la Comunión, entraba en el Altar Mayor para ofrecer al celebrante el agua caliente y luego pedía que se leyera sobre él la oración de perdón con la confesión de sus pensamientos. Además, la manera en que se acercaba para recibir la Comunión y toda su actitud mostraban cuán grande era su sentido del maravilloso Misterio de la Sagrada Comunión. El celebrante experimentaba el encuentro de un santo con su amado Señor.

En una palabra, cuando san Paísio participaba en la Liturgia, uno tenía una experiencia de primera mano de lo que todos decimos y creemos: la Divina Liturgia transforma la tierra en cielo. Toda su disposición no tenía nada de hipócrita o artificial. No buscaba causar buena impresión ante los presentes. Esta era su manera natural de actuar ante Cristo Rey. Así era como servía al Señor y como recibía los dones de su amor.



3. La contribución del santo al monacato


San Paísio aportó muchas cosas al monacato con la santidad de su vida, la belleza de sus palabras y sus escritos divinamente iluminados. Aquí daremos un breve relato de las tres.

En primer lugar, con su ejemplo y su vida milagrosa, ayudó y apoyó a muchos jóvenes en sus luchas espirituales. Vieron en él un ejemplo vivo de lo que habían leído en el Santoral acerca de los primeros grandes ascetas. De esta manera, no pocos decidieron abrazar la vida monástica y con celo intentaron imitarlo según sus capacidades. San Paísio fue uno de los monjes de los que dijo san Juan de la Escalera: «Los ángeles son la luz de los monjes, y la vida de los monjes es la luz de todos los hombres» (“La escalera del ascenso divino”, L. 26, 23 Oropos Attikis 1984, pág. 289)

Sus palabras iluminadas, prácticas y llenas de gracia ayudaron a muchos otros: jóvenes que estaban considerando el camino del monacato, así como otros que ya se habían decidido pero buscaban un Gérontas guía espiritual adecuado. A estos últimos, sin dirigirlos a personas específicas, los ayudó a encontrar Gérontas con la mentalidad y la vida monásticas adecuadas y que pudieran consolar sus almas. Además, muchos monjes, de todas las edades y rangos, se refugiaron en el Gérontas en busca de ayuda contra sus tentaciones, para aclarar sus incertidumbres y para la curación de sus pensamientos. Todos se marcharon de su tiempo con un sentido de esperanza, una renovada resolución de comenzar de nuevo y librar una guerra espiritual más intensa. Su sola presencia era un consuelo. Sus palabras iluminadas restauraron las almas heridas por el pecado porque transmitían la gracia de Dios. De manera silenciosa pero eficaz, ayudó a obispos, higúmenos de monasterios y padres espirituales que acudían a él en busca de ayuda para resolver diversos problemas que habían surgido en sus dominios.

Igualmente importante fue la forma en que ayudó a muchos monjes a través de sus cartas y libros. En particular, su libro “Epístolas”, el primero que se publicó después de su muerte, es uno de sus textos más bellos. Describe el auténtico monacato tradicional tal como él lo vivió. Constituye una ayuda inestimable para todo monje o candidato a la vida monástica.

Los libros del santo siguen ayudando, incluso después de su dormición, a monjes y laicos de todo el mundo ortodoxo. La difusión de sus libros ha sido notable, así como el beneficio espiritual que han aportado. La Gracia de Dios ha guiado a muchos al verdadero arrepentimiento a través de las palabras del santo.



4. El arrepentimiento y la oración


El arrepentimiento, acompañado de un profundo examen de conciencia, es el comienzo de la obra de la oración. Cuando uno le preguntaba a san Paísio qué ayuda a recitar la oración de Jesús, él respondía: “Ser consciente de nuestra pecaminosidad”. “La obra del monje”, decía, “es el arrepentimiento, pero, para arrepentirse, uno debe conocerse a sí mismo y sus debilidades. Hay que pensar: ¿Qué me ha dado Dios y cómo le he pagado por sus dones? ¿Cómo ha actuado Dios conmigo y cómo he actuado yo en relación con su amor?”. Los pensamientos del monje deben girar constantemente en torno a esta pregunta. Entonces, gradualmente, se da cuenta de que todo es un don de Dios. Sólo nuestros pecados son nuestros. Por eso uno debe estar verdaderamente contrito interiormente”.

El estudio de sí mismo “trae humildad y la necesidad de la oración, de la misericordia de Dios. Por eso, antes de empezar a contar cuántas cuerdas de oración hemos hecho, es bueno contar primero cuántos pecados hemos cometido y cuántos beneficios nos ha otorgado Dios (Epístolas, pág. 112. Gérontas Paísio del Monte Atos, Epístolas, Surotí Tesalónica, 2001.) Debemos pensar: “¿Qué beneficios nos ha otorgado Dios y cómo respondimos a ellos? El sentido de las bendiciones de Dios nos ayuda a decir la oración desde el corazón en lugar de hacerlo mecánicamente. Cuando nos damos cuenta de la generosidad del amor de Dios y de nuestra propia ingratitud, entonces estaremos determinados a decir la oración con fervor”.

El verdadero arrepentimiento nos guía a la verdadera humildad y la oración siempre comienza desde la humildad. Abba Isaac dice: “Cuando estés ante Dios en oración, piensa en ti mismo que eres como una hormiga, una sanguijuela, un reptil en el suelo o un niño que llora. No hables a Dios como un erudito o un sabio, sino acércate a Él con la mentalidad de un niño, para que seas digno de la providencia paternal de Dios, como un padre cuida de sus hijos pequeños (“Logos” 19, Tratados ascéticos, pág. 67, san Isaac el Sirio, editado por el hieromonje Ioakeim Spetseiri, Atenas 1895.


De la misma manera, san Paísio nos aconsejaba que le dijéramos a Cristo antes de comenzar la oración: «Cristo mío, soy culpable, perdóname. Soy un ingrato y te he causado dolor». Si no sentimos esto cuando comenzamos la oración, es como si le dijéramos a Cristo: “¿Qué tal? ¿Qué pasa?” (Cf. Oración, pág. 42. Gérontas Paísio del M. Atos, “Logoi”, vol. 6, Sobre la oración, Surotí Tesalónica 2012). San Paísio hacía especial hincapié en el arrepentimiento, incluso con sus visitantes laicos. Les preguntaba si se confesaban. Si le respondían negativamente, los enviaba a buscar un padre espiritual. Lo hacía no sólo por la salvación de sus almas, sino como condición para tener una conversación con él. “Antes de la confesión, la mente está nublada”, solía decir, “y no podemos entendernos”. (16 Vida, pág. 404. Hieromonje Isaac, Vida del Gérontas Paísio del M. Atos, Monte Atos 2004).

El propio Gérontas comenzaba sus oraciones con «Dios, ten piedad de mí, pecador». (Lucas 18:13) Lo decía muchas veces y sólo después comenzaba la oración de Jesús. Incluso antes de leer el Pequeño Canon Suplicatorio a la Santísima Theotokos, leía algunos himnos del Gran Canon (de san Andrés de Creta), como una especie de canto purificador porque creía que no tenía tanta valentía de palabra ante la Panayía para cantar sus alabanzas.

El Gérontas solía decir: “A veces he sentido en la oración el poder que la humildad esconde en sí. Cuando oro con humildad, veo la gracia de la humildad: ablanda el corazón”. “Cuando sientes tu pecaminosidad y cuán grandes son las bendiciones de Dios hacia ti, entonces tu corazón, por duro que sea como una roca, se rompe y las lágrimas comienzan a fluir incontrolablemente”. También decía: “Cuanto más se entristece un hombre por su pecaminosidad y por su ingratitud hacia Dios, de modo que llora porque ha entristecido a Dios su Padre con sus pecados, tanto más lo recompensa Dios con regocijo divino y una especie de dulzura interior… El consuelo divino viene del arrepentimiento” (Cfr. Epístolas, pág. 62 – “Logoi” 3, Lucha espiritual, Surotí Tesalónica 2001, p. 171).

El Gérontas solía decir que muchas veces “en la oración, un suspiro de arrepentimiento vale mucho más que dos baldes de lágrimas”. “Dios difunde su amor por todas partes. Mientras haya humildad, eso es lo que atrae la gracia de Dios”.

El santo Gérontas decía que para orar es necesario hacer la preparación espiritual adecuada. Así como cuando vamos a recibir la Comunión, hacemos todos los preparativos pertinentes (ayuno, oración, confesión), de la misma manera que debemos prepararnos cuando deseamos orar. La primera, solía decir, es la Sagrada Comunión, mientras que la segunda es la santa comunicación porque nos comunicamos con Cristo mismo. Hablamos con Él.

Al estudiar las obras de los Padres, el santo Gérontas solía decir: "es muy útil, ya que los santos Padres nos interpretan el Evangelio a través de sus vidas moldeadas por el Evangelio, así como es útil estudiarnos a nosotros mismos a partir de nuestra pecaminosidad, nuestra ingratitud y las numerosas bendiciones de Dios... La lectura espiritual calienta el alma y la empuja suavemente hacia la oración" (Epístolas, p. 112.) Y para despertar nuestro celo por la oración, solía recordarnos que ningún momento de nuestra vida que pasa volverá.

El Gérontas vivía la oración y conocía su valor y los dones que otorga al hombre. Por eso también decía: "Pongan la mayor parte de su lucha en la oración. La oración es nuestro barómetro espiritual. Haced de vuestra vida una gran oración a Dios”.

El santo también decía: “La oración es conversación con Dios. A veces consideramos bienaventurados a quienes vivieron en tiempos de Cristo porque vieron y oyeron al mismo Cristo y pudieron hablar con Él. Pero creo que nosotros estamos en mejor posición porque ellos no pudieron ocupar demasiado a Cristo, mientras que nosotros podemos a través de la oración hablar con Él continuamente”. (Oración, pág. 24.)

San Paísio, aunque siempre pedía arrepentimiento, ya había adquirido un amor ardiente por Dios, que expresaba mediante la oración ininterrumpida del corazón. Decía: “La oración es poner a Cristo en nuestro corazón, amarlo con todo nuestro ser… Cuando el hombre ama a Dios y tiene comunicación con Él, nada terrenal puede conmoverlo. Se vuelve como un loco… Dios es nuestro Padre afectuoso y nos ama. Por eso debemos anhelar siempre que llegue el momento de la oración y nunca sentirnos como si ya nos hubiéramos cansado de hablar con Él”. (Oración, págs. 24‒6.)

La oración debe ser la alegría del monje y no una tarea. El Gérontas, por muy cansado que estuviera, nunca descuidó los servicios ni su regla de oración. Una vez dijo: "Para mí, la oración es descanso. Y he visto que sólo la oración da verdadero descanso al hombre. Cuando la oración viene del corazón, aleja todo cansancio, sueño y hambre porque el alma siente calor y, después, no desea ni dormir ni comer.

Vivís una condición sobrenatural y os alimentáis de otra manera: os alimentáis de las bendiciones del espíritu (La oración, pág. 56)



5. La oración de Jesús


Ahora quisiera hablar más concretamente de la oración de Jesús. Leemos en san Juan de la Escalera: “Con el nombre de Jesús azotad al enemigo, porque no hay arma más poderosa ni en el cielo ni en la tierra”. Siguiendo la misma línea y a partir de sus propias experiencias, san Paísio decía: “La oración de Jesús es un arma terrible contra el demonio, porque el nombre de Jesús es todopoderoso. Antes de empezar a orar, debemos confesarnos con Dios –lo cual sigue a la confesión que tuvimos con nuestro padre espiritual– y luego la oración sale del corazón… debemos decir la oración con nuestra “mente” (nous ³⁰) y no con nuestra voz. Por eso se llama oración noética. No debemos apresurarnos cuando decimos la oración porque no sentimos las palabras”. (La Escalera, “Logos” 20, 6, p. 235, y Vida, p. 497).

El santo subrayaba: “El objetivo no es obtener una oración incesante, sino despojarnos del hombre viejo, conocernos a nosotros mismos y purificarnos de los vicios. Cuando vemos nuestros vicios, buscamos la misericordia de Dios. De esta manera, el hábito de la oración incesante permanece con nosotros después. Y la purificación del alma se produce a través de pensamientos puros (aceptamos todo de manera positiva), lectura espiritual, la Oración de Jesús y obediencia.

También decía: “En vuestra oración, no pidáis nada más que el arrepentimiento, ni luces ni dones espirituales, sólo el arrepentimiento. El arrepentimiento os traerá humildad, y la humildad os traerá la gracia de Dios… De esta manera, sentiremos la oración como algo necesario para nosotros y no nos cansaremos. Nuestro corazón sentirá un dulce dolor al decir la Oración, y Cristo mismo esparcirá su dulce consuelo dentro de nuestros corazones. La oración no cansa, sino que da descanso. Cuando comprendemos nuestra pecaminosidad, sentimos la necesidad de la misericordia de Dios, y sin forzarnos a orar, la necesidad y el hambre de oración nos harán abrir la boca como un niño que quiere mamar. (“Epístolas” págs. 60-61).

Cuando el santo rezaba ante los iconos, solía venerarlos muchas veces. En los iconos que utilizaba durante la oración, eran claramente visibles las huellas dejadas por su veneración. A través de esta práctica, se podía ver cuán grande era su amor por Cristo, Panayía y los santos.



6. Su amor por Cristo y por el prójimo


a. Su amor por Cristo

Si tuviéramos que resumir la figura espiritual del Gérontas Paísio, de bendita memoria, diríamos que su vida fue una fiel aplicación del mandamiento principal: El primero de los mandamientos es éste: amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzasꓼ éste es el primero. El segundo es semejante: amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay mandamiento mayor que éstos (Mc. 12, 29-31)

Los Padres portadores de Dios (del Espíritu de Dios) nos enseñan que estos dos mandamientos de Dios, el amor a Él y al prójimo “tienen el mismo poder, aunque el amor a Dios sea el primero en orden, mientras que el amor al prójimo sea el segundo”. San Juan Crisóstomo dice: “El amor al prójimo entra en nuestra vida junto con el amor a Dios” (san Nicodemo del M. Atos, Interpretación de las Epístolas Católicas, Tesalónica, pág. 598–Sobre Génesis 55, 3, PG 54, 483) Desde muy joven, el Gérontas amó a Cristo con todo su corazón y de este amor nació también el amor a sus hermanos en Cristo.

El santo dijo una vez: “Si a san Antonio el Grande se le hubiera dado una calificación de 7/10 por su labor ascética, en su época, muchos otros ascetas habrían obtenido 10, la calificación más alta. Pero Dios le concedió a san Antonio la gracia de obrar milagros porque también tenía un amor puro (por Dios), aunque los trabajos de otros fueran mayores; esos trabajos fueron, en cierto sentido, en vano”.

Los santos dejan en claro que “debemos amar a Dios por amor a Dios, y no por las cosas buenas que Él promete y por Su Reino (san Basilio el Grande, en: Interpretación de las Epístolas Católicas, v. nota anterior, p.597, nota al pie). Así era exactamente como actuaba el Gérontas. Decía: “Le pido a Dios que me haga digno de vivir como Él desea, como expresión de gratitud por todas las cosas que me ha dado desde que era un niño pequeño. Después, Él puede enviarme al Infierno. Porque eso es lo que merezco. En el Infierno, déjame estar en la oscuridad, con todo el dolor que conlleva, sólo déjame ser capaz de dar gloria a Dios”. Más aún, decía: “No le pido a Dios que me deje entrar al Paraíso. Le pido que me ayude a no afligirle con mi comportamiento”.

Estas experiencias de amor muestran que el Gérontas mismo poseía lo que él llamaba “amor noble”. Este es el amor que el Dios Noble tiene hacia todos: se ofrece sin esperar nada a cambio. Se ofrece, no porque seamos dignos de su amor, sino solo porque Él nos ama.

Las palabras de san Juan Crisóstomo sobre el apóstol Pablo se aplican igualmente a san Paísio: "No amó a Cristo para disfrutar de las cosas buenas [de Dios], sino que por amor a Cristo amó todo lo que pertenece a Cristo. Solo miraba a Cristo y temía una cosa: alejarse del amor de Cristo". (Sobre Romanos 15, 5, PG 60, 546.)

Espoleado por un noble amor a Dios, san Paísio siempre Le daba gloria. Muchas veces decía: "Muévete dentro del reino de la doxología". "Nunca dejes que 'Gloria a Ti, oh Dios' esté lejos de tus labios. Siempre que tengo un dolor, esta frase “Gloria a Ti, oh Dios” es la medicina para mi dolor... ninguna otra cosa me funciona” (Oración, p.235). El padre Tikhon, de bendita memoria, el Gérontas de san Paísio, decía: «Si “Señor Jesucristo”… vale cien dracmas, “Gloria a Dios” vale mil» (Oración, p.235). Quería decir que el hombre pide misericordia a Dios por necesidad, mientras que Le glorifica por gratitud, y esto tiene mayor valor. La primera es una necesidad que el hombre siente, y ya sea que quiera o no, Él lo pide. El segundo es una práctica ascética: aunque sufre, glorifica a Dios.

San Paísio nos enseñó que “no debemos quejarnos de lo que sucede en nuestras vidas como resultado de nuestros pecados o del tratamiento pedagógico de Dios, sino que debemos decir siempre “Gloria a Ti, oh Dios”.

El corazón, explicaba, se ablanda a través de la doxología continua. En esta entrega de gloria, “también hay arrepentimiento… este “Gloria a Ti, oh Dios”, también significa “Perdóname mis pecados, Dios mío, para que pueda glorificarte, como te glorifican los ángeles” (Oración, p.231)

Una vez nos confió: “Puedo pasar todo el día haciendo mis trabajos manuales y diciendo “Gloria a Ti, oh Dios”. “Gloria a Ti, oh Dios” porque estoy vivo. “Gloria a Ti, oh Dios” porque moriré e iré a estar cerca de Dios. “¡Gloria a Ti, oh Dios!” ¡Aunque me ponga en el Infierno y se lleve a un condenado al Paraíso!’ (Oración, p. 235). Las palabras del Gérontas no eran, por supuesto, una figura retórica, sino el tema de su vida: provenían de su amor desbordante a Dios y a todos los hijos de Dios.



b. Amor al prójimo


El gran amor del Gérontas por Dios dio origen a un amor sin límites por sus hermanos: porque el hombre que ama a Dios también ama a todos los hijos de Dios que están hechos a su imagen. Como escribe san Juan de la Escalera: «Quien ama al Señor debe amar primero a su hermano. Esto último es prueba de lo primero» (La Escalera, “Logos” 30, 15, p. 377.)

El Gérontas, porque amaba a Cristo y a Panayía tan intensamente, amaba también a todos los hombres. No importaba lo cansado que estuviera, se sacrificaba por los demás... era completamente indiferente a sus propias necesidades, su descanso o su salud. Participaba tan intensamente del dolor de los demás que incluso sentía su dolor en su propio cuerpo. Él decía: “La gente viene y me cuenta sus sufrimientos, y mi boca se llena de amargura, de veneno… Cuando una persona sufre de verdad, yo hasta moriría si eso pudiera ayudarle”. (Cf. Vida, p. 524.)

Fue muy revelador de él que, por su gran amor hacia Dios, “rogaba que lo dejaran ir más adentro del desierto, mientras al mismo tiempo pedía a un juez que era conocido suyo que encontrara la manera de meterlo en prisión para que pudiera ayudar a los presos”. (San Paísio del Monte Santo, Sagrado Hesicasterio de san Juan Teólogo Evangelista, Tesalónica 2015, p. 302.)

En sus últimos años, aunque estaba muy enfermo de cáncer, vería al menos a cien personas cada día, y el cáncer no se manifestó en el último momento. Sufrió durante seis años hemorragias, dolores y fatiga. Y esto, una vez más, lo soportó por amor, porque había pedido a Dios que liberara a otra persona que tenía cáncer y que ese cáncer viniera a él, y esto es lo que sucedió.

Desde las siete de la mañana hasta las nueve de la noche, durante el verano, estaba de pie hablando con la gente. Descansaba un par de horas y luego se levantaba a rezar. Descansaba de nuevo durante una hora aproximadamente al amanecer. ¿De dónde sacaba tanta fuerza su cuerpo, débil y devastado por la enfermedad? Ni siquiera podemos llegar a estar en vigilia un día, mientras que esta era su vida diaria durante el período de su enfermedad. Una vez, durante la Divina Liturgia, se desplomó y se desmayó después de tambalearse durante diez o quince minutos, tratando de ponerse de pie derecho (porque nunca quería sentarse durante la Divina Liturgia). Y tan pronto como se recuperó, después de la Liturgia, lo primero que dijo en la casa de huéspedes fue: "¡Toma un poco de lukumia, date un capricho!". Toda su vida fue un camino de abnegación. Nunca pensó en sí mismo, siempre pensó en las necesidades de los demás.

Por amor a sus semejantes, el santo se privó de su precioso tiempo de silencio para la oración. En los últimos días de su vida, en su lecho de dolor, el santo confesaba: «Amor, amor, amor... si no fuera por el amor, ¡quién sabe en qué cueva estaría yo vagando!»36

El Gérontas decía que para tener contacto con Cristo a través de la oración, «Cristo debe estar en paz, contento, con toda tu vida. Y Cristo está en paz cuando llevas alivio y paz a tu prójimo. Por eso enfatizo tanto la nobleza espiritual y el sacrificio. Si uno solo cumple una regla de oración, pero no presta atención a nada más, entonces todas las oraciones que dice son en vano».37

El Gérontas decía que cuando tenemos un problema y nos estresamos, eso es poca fe. El dolor por el otro, sin embargo, es el dolor del amor. «Dios da mucho consuelo a quienes sienten dolor espiritual y sufren por el bien de los demás porque, de lo contrario, les sería imposible soportarlo. ¿Sabes cuánto me amargan todas las cartas que recibo de gente con sus montones de problemas? Es como una medicina amarga en mi boca, y después, no quiero comer nada. Pero de este dolor surge la verdadera alegría. Dios la recompensa con un consuelo proporcional al dolor... Es como si nuestro buen Dios dijera: “No te preocupes, hijo mío, he escuchado tu súplica” (La oración, pág. 139-140). Después de una vigilia que duró toda la noche, el Gérontas dijo: “Siento un gran dolor dentro de mí por todo lo que está sucediendo hoy, pero también siento un dulce consuelo”.

El gran amor del santo también se manifestaba en cuántas personas se sentían sus favoritas. Amaba a todas las personas, pero se entregaba particularmente a los que sufrían y a los despreciados. Decía, como era característico de él: “No me preocupa adónde iré cuando muera. He desechado mi sentido del yo. Mi objetivo no es hacer el bien para poder ir al Paraíso. Prefería que “los pobres que viven lejos de Dios fueran en su lugar al Cielo, para que ellos también pudieran probar un poco del Paraíso”. Pidió a Dios “que sacara a un condenado del Infierno para que pudiera ocupar su lugar” (La vida, págs. 528-529). Nuestro Gérontas de bendita memoria diría: “Cuando no nos apartamos de nuestro amor, nuestro amor no es puro. Es rancio. Pero cuando nos dejamos de lado, brilla en su pureza. Cuando todavía hay ese elemento de “yo” en nuestro amor, significa que nuestro amor está mezclado con egoísmo. Pero el egoísmo y el amor no pueden coexistir. El amor y la humildad son hermanos gemelos que están encerrados en un abrazo inseparable”. “La manera más fácil de ser salvados es el amor y la humildad: éstas son las medidas por la que seremos juzgados. Estas dos virtudes mueven y convencen a Dios y elevan a su criatura hasta el Cielo. Estas dos señales –humildad y amor– son las que usan los santos Ángeles para distinguir a los hijos de Dios. Los llevan amorosamente y sin miedo más allá de las casas de peaje aéreas (telonia) y los elevan hacia su amado Dios y Padre (Gérontas Paísio del M. Atos, “Logoi”, vol. 5, Vicios y Virtudes, Surotí 2012, pág. 210.)

Alguien me dijo una vez cuando conoció al Gérontas: “La majestad del p. Paísio está en sus ojos. Son dos cisternas rebosantes de compasión y bondad para todo el mundo. Son ojos llenos de luz. Brillan y dan consuelo. No reprenden al pecador. Se siente su amor sincero por todos y cada uno de los hombres”.



Epílogo


San Paísio hablaba siempre desde la experiencia. Todo lo que decía lo había experimentado él mismo en su vida y sólo después lo transmitía con sus palabras. Precisamente por eso sus palabras eran un «tesoro de esperanza» (san Isaac, “Logos” 1, Tratados Ascéticos, p. 7.) Llevaba consuelo a las almas y llenaba de esperanza a los que luchaban. Pienso que es una bendición particular de nuestro tiempo el tener un ejemplo vivo de santidad en la persona del bienaventurado Gérontas Paísio. Esta bendición es un estímulo para que todos sigamos caminando por el camino del amor de Cristo, tal como nos lo mostraron su vida y sus palabras. Amén.»





1.34. Sobre la música Bizantina.


Testimonio de El testimonio de una monja anónima: «Cuando éramos estudiantes, san Paísio venía a Surotí y todas le contábamos nuestro deseo oculto… que queríamos ser monjas. Nuestro propio Gérontas nos decía que no le molestáramos con esto porque necesitaba ver a gente que tenía grandes necesidades.

Un mes después de haber entrado en el Monasterio, san Paísio vino a visitarnos y la Geróntisa le dijo que había una nueva novicia que había empezado a estudiar música europea (yo me había involucrado un poco y participaba sólo en coros cristianos). Esto inquietó a san Paísio, pensando que al cantar música europea podría alterar el sonido bizantino. Pidió verme y me dijo que cantara para él el Himno Querúbico en primer modo (el compuesto por Fokaeos). Se sentó a mi lado y como yo no conocía bien la música bizantina, lo cantó todo conmigo. Me dijo que olvidara todo lo que había aprendido de la música europea. A partir de ese momento, es como que una esponja pasó por mi cerebro y lo borró todo. Por más que intento recordar, no recuerdo nada sobre cómo funciona la música europea.

Hacía un gran hincapié en mantener el estilo tradicional del canto bizantino. Al final de nuestro encuentro, me dijo que la música europea ayuda a aprender música bizantina de forma rápida y correcta.

Me aconsejó que prestara atención a respirar profundamente al empezar a cantar para no dañar mis pulmones ni mi voz. Y que, como principiante, tuviera cuidado de no apresurar al coro. Dijo que es mejor ir un poco por detrás del líder del coro.

Recuerdo todo esto como si fuera ayer, y cuanto más pasa el tiempo, más me maravillo de la firmeza y de la sabiduría de sus palabras y de su amor que lo llevó a pasar tiempo conmigo, una nueva novicia, en un esfuerzo por ayudarme a continuar la tradición del canto bizantino.

Que nunca nos olvide, especialmente ahora que lo necesitamos más que nunca.»





BREVES ACONTECIMIENTOS


Un compañero de clase del Gérontas nos contó que cuando los demás estudiantes pisaban hormigueros, el Gérontas, que entonces era un niño pequeño, les decía que tuvieran cuidado de no hacerlo.


Las mujeres piadosas de Konitsa lo llevaban a sus casas, cuando todavía era un niño, para que pudiera orar por sus enfermos, y los enfermos sanaban.


En el Monasterio de Stomio, el Gérontas tenía un asistente, Pantelis Dzinieris, un hombre joven en aquel entonces. Solía ​​dejar a Pantelis en el monasterio cuando se iba al bosque a orar en silencio. Le había dado instrucciones a Pantelis de no permitir la entrada al monasterio a personas vestidas de manera inapropiada (mujeres con pantalones, hombres con pantalones cortos, etc.). Pantelis, sin embargo, como era joven, era demasiado tímido para enfrentarse a ellos, y les decía: “Entren rápido, enciendan una vela y váyanse antes de que regrese el Gérontas”. Cuando el geontas regresaba, le decía que no había seguido sus instrucciones, ya que era muy estricto en lo que se refiere a la vestimenta. Y Pantelis se preguntaba cómo el Gérontas lo sabía, ya que había estado en medio del bosque, donde ni siquiera se podía ver el monasterio. Era una prueba más de que ya siendo un monje joven el Gérontas había obtenido el don de la clarividencia.


Un piadoso peregrino de Konitsa recuerda: «Una vez, mi madre, junto con otras personas de Konitsa, habían subido al monasterio de Stomio para venerar. Cuando quisieron regresar, comenzaron a caer las primeras gotas de lluvia. Habían subido sin paraguas y, ahora, tenían un problema. Mientras los acompañaba, el Gérontas les dijo con seguridad: “Vayan, que la lluvia no los molestará”. De hecho, aunque llovía por todas partes en el camino, no llovió sobre ellos. Recordaron las palabras del Gérontas y dieron gloria a Dios y a la Panayía».


La hermana del Gérontas, Christina, describe: «Una vez, fui a Stomio para ver al Gérontas, y le llevé dos gatos porque tenía un problema con los ratones, una plaga regular. “Padre Paísio”, le dije, “le he traído unos gatos para que le ayuden con los ratones”. La vez siguiente que visité el Monasterio, entré en la cocina y vi a los gatos y los ratones comiendo del mismo plato. Le dije: “Gérontas, le traje los gatos para que se comiesen a los ratones, ¿y los está alimentando a todos juntos?” Él respondió: “No te preocupes bendita… pobrecillos también los ratones, todos los cazan y los matan… también son criaturas de Dios”.


Vasilios Kitsios, esposo de una de las sobrinas del Gérontas, recuerda: «Yo solía ir con frecuencia a Stomio para ayudar en diferentes cosas que había que hacer y también para llevarle su correo. A menudo, encontraba al Gérontas acostado en unas habitaciones improvisadas y húmedas en el sótano, a pesar de que había una bonita habitación adecuada tipo celda monástica. Una vez, cuando lo encontré así, le dije: “¿Por qué no te vas a dormir a tu cama como un ser humano normal, bendito hombre?”. Él respondió: “Vasilis, la carne necesita privaciones porque se vuelve como un león voraz si la mimas demasiado”.


Pavlos Serras de Konitsa recuerda: “Nunca olvidaré que, cuando era pequeño, me encontré con el Gérontas una de las veces que bajó de Stomio a Konitsa y, consciente del nivel de pobreza, me dio una moneda de cinco dracmas diciéndome: “Esto es para comprar un poco de aceite para tu casa”. Su compasión nos calentó el corazón más que el aceite. Esto lo hacía con muchos de sus hermanos necesitados de los alrededores de Konitsa, tanto cristianos como musulmanes, tal como muchos de ellos pueden testificarlo.»


Recuerdos de Eirini Karamourati–Mourelatou, sobrina de san Paísio, hija de su hermana Zoe: «Se podría decir que san Paisio fue elegido por Dios desde su juventud. Cuando todavía éramos pequeñas (Stamatia e Eirini, las dos hijas de su hermana Zoe), íbamos con él al Monasterio de Stomio por un pequeño sendero, una caminata de aproximadamente dos horas. En el camino, nos encontramos con un oso con dos cachorros... estaban en medio de nuestro camino. El Gérontas les dijo: "¿Por qué estáis bloqueando el camino? Id por vuestro propio camino, y nosotros iremos por el nuestro". Y los osos se fueron. Continuamos por el camino. Durante todo el tiempo, el Gérontas iba rezando con su cuerda de oración.


En otra ocasión, mi hermana mayor Stamatia recuerda que había ido al Monasterio con él. Mientras dormía, se despertó durante la noche. Fue a ver dónde estaba su tío. Cuando llegó a la iglesia al lado de su celda, abrió la puerta y escuchó los salmos que su tío leía desde la zona del Altar Mayor. No tuvo miedo porque supuso que estaba allí dentro. Se sentó en la iglesia. Después de un tiempo, vio al Gérontas que regresaba de Konitsa, donde había ido a comprar algo de gasoil. Le dijo que no la había llevado con él para no cansarla. Entonces ella le preguntó: “¿Entonces quién estaba cantando en el santuario? Pensé que estabas dentro todo el tiempo, así que me senté y esperé”.


En otra ocasión, estábamos en el Monasterio y nuestro tío estaba cantando. Alguien llamó a la puerta. El Gérontas abrió la puerta, pero no había nadie allí. Nos dijo que no nos preocupáramos por eso y continuó rezando.


Cuando mi hermana Stamatia fue mordida por una serpiente, el Gérontas hizo la señal de la cruz sobre el lugar de la mordedura y le dijo: “No necesitas ir al médico, estarás bien”. Y así fue como sucedió.


“También recuerdo muy bien, porque lo vi con mis propios ojos, el siguiente evento: En nuestra casa, teníamos un caballo porque mis padres eran granjeros. En un momento dado, se cayó, no podía moverse y tenía la lengua colgando. Mi madre Zoe estaba bastante molesta porque usábamos ese caballo para transportar toda nuestra comida, pienso y otras cosas. Nuestro tío (san Paísio) vino a recoger un poco de pan que mi madre había horneado para él. Le preguntó: “Hermana, ¿por qué lloras?” Y ella le respondió: “Nuestro caballo se está muriendo y no puedo llegar hasta mi marido en los campos donde me está esperando”. El Gérontas le dijo: “No te preocupes, Zoe. El caballo se recuperará”. Entró en el establo y cerró la puerta. Al poco rato, abrió la puerta y el caballo salió dando brincos. Mi madre le preguntó: “Hermano, ¿qué le hiciste al caballo?”. Él solo dijo: “No fui yo. Fue el poder del Señor”.


En otra ocasión, había bajado del Monasterio a nuestra casa para descansar un poco y vernos, y pedir algo de pan y comida para llevar. Él y mi padre, Nikolaos, hablaban en privado, pero yo podía oírlos porque estaba en una habitación contigua a ellos. El Gérontas le estaba contando que mientras estaba en el monasterio, había sentido un poder maligno que intentaba empujarlo y arrojarlo por el acantilado. (El Monasterio de Stomio está muy alto y hay un profundo barranco debajo por donde pasa el río Aoos. Ni siquiera se puede ver hasta abajo a simple vista. En ese punto donde esto ocurrió, todavía hoy se alza una gran cruz.) Sintió un poder –supuso que era la Panayía– que lo protegía. Le dijo a mi padre: «No le cuentes esto a nadie o asustarás a la gente».


Recuerdo de Vasilis Mourehidis de Konitsa: «De 1960 a 1962, cuando era niño, solía ir al Monasterio de Stomio durante el verano, para la Pascua y los fines de semana. Podía ver a san Paísio, porque yo era su niño favorito de la parte baja de Konitsa.


Recuerdo que a veces, por la noche, cuando estaba rezando en su celda, la noche se hacía como de día y yo le preguntaba: “¿Qué es esta luz intensa?”. Él me respondía: “Vuélvete hacia la pared, cúbrete con tu manta y no te preocupes”. Esta luz aparecía de nuevo en la iglesia, cuando estábamos allí con el Gérontas.


A menudo, lo oía hablar durante la oración con alguien que tenía voz de mujer y cuando le preguntaba quién era, siempre decía: “Lo entenderás cuando seas mayor”. Ahora que he crecido, me he dado cuenta de que el Gérontas hablaba con la Panayía.


Una vez, treinta y cinco personas vinieron a rezar a la iglesia del Monasterio. El Gérontas llamó a una mujer por su nombre, Evangelia, y le dijo: “Tu marido se curará (tenía un cáncer terminal), pero debes tener cuidado con tu corazón si no quieres dejar a tus hijos huérfanos”.


A veces, él salía del Monasterio y yo no sabía dónde estaba. Yo iba a buscarlo y él estaba en los acantilados justo al otro lado del Monasterio, caminando como una cabra. Al poco rato regresaba.


Le dije: “Quiero hacerme monje” (utiliza aquí la palabra “Kalógueros” lit. “buen anciano”). Él me respondió: “No vas a hacerte monje, pero te convertirás en un buen hombre”.


Una vez, dos hombres indios vinieron hablando en griego. Uno era un gurú y trató de molestar al padre Paísio. El Gérontas le ordenó que no se moviera en absoluto. El gurú se quedó allí inmóvil; luego, salió corriendo.

El otro indio, que lo llamaba para que volviera, entonces besó la mano del Gérontas y se fue también.


Cuando llegaron unos estudiantes chipriotas él les habló, previendo la invasión turca en 1964 y en 1974.»


El Gérontas recuerda que una vez, cuando estaba empezando su vida como monje, se encontró con una tentación del Malvado; dijo con decisión: «Diablo, prefiero morir antes que hacer lo que quieres». De la misma manera, durante toda su vida nunca se rindió ante el enemigo y siempre enfrentó valientemente la tentación sin ceder.”


Cuando le operaron de pulmón, su hermana Christina fue a ayudarlo. Iba todas las mañanas y se iba a primera hora de la tarde. Se aseguraba de no escandalizar a nadie. Él le dijo que no se mantuviera de pié en la habitación porque alguien podría verla por la ventana y escandalizarse al no darse cuenta de que era su hermana.


El Gérontas caminaba por un sendero con uno de sus discípulos. Un leñador había arrojado ramas al camino. El Gérontas las juntó y limpió el camino diciendo: "Alguien que pase por allí podría tropezar y blasfemar contra Dios en su frustración".


Un hieromonje, Stephanos Rinos, fue con uno de sus hijos espirituales a visitar al Gérontas Paísio en su celda de la Santa Cruz y a preguntarle por el joven que había expresado el deseo de hacerse monje. En aquellos días, el Gérontas aún no era muy conocido y el padre Stephanos iba a conocerlo por primera vez. Una vez que el padre Stephanos se presentó, dijo su nombre y que servía en la Metrópoli de Gortyna y Arcadia en Creta, el Gérontas le preguntó: "¿No es Giorgos de Kozani?" El joven que quería ser monje era de hecho de Kozani y se llamaba Giorgos. Después de que Giorgos tuvo la oportunidad de hablar con el Gérontas en privado, se fue molesto y preocupado. Cuando le preguntaron qué había sucedido, le dijo al padre Stephanos que el Gérontas le había dicho que no se haría monje, sino que tendría una familia. Añadió: "¿Cómo puede la gente decir que es un santo?" Pero la forma en que se desarrollaron los acontecimientos solo demostró que las palabras del Gérontas eran correctas.


Mientras el Gérontas vivía en Panaguda, dos padres bajaron a verlo a su Kalivi. Era invierno y lo encontraron sólo fuera de su Kelí. Estaba debajo de una pequeña terraza y había reunido un pequeño montón de troncos de gran tamaño. Estaba arrojando los pedazos hacia arriba, al balcón. (Había dejado un pequeño hueco en la barandilla y lanzaba la madera por la abertura.) Los padres vieron que los trozos de madera eran bastante grandes, así que le ofrecieron ayuda para que el Gérontas no tuviera que cansarse. “No”, dijo, “lo haré yo mismo, pero deben saber que si tengo un solo pensamiento orgulloso, los troncos no pasarán por la abertura”. Se sentaron y lo observaron. Uno por uno, todos los trozos de madera fueron pasando por la abertura. Nunca falló ni uno. Y así entendieron que el Gérontas no tenía ningún pensamiento orgulloso.


Un peregrino anónimo relata: «Mi padre era cazador. Yo también empecé a cazar. Para mí se había convertido en un vicio. Mi madre trató de disuadirme, pero como tenía permiso de mi padre espiritual, seguí haciéndolo. Así que ella me animó a que se lo pidiera al Gérontas Paísio.

Cuando fui a Panaguda, había una gran multitud allí para ver al Gérontas. Me senté a un lado y me pregunté cómo podía pedir, con tanta gente alrededor, algo que me parecía tan trivial. En un momento dado, el Gérontas se alejó de los demás y vino hacia mí. Antes de que pudiera decir nada, dijo: "Cuando era niño, la primera vez que usé una honda, le di a un petirrojo y lo maté. Pero después, me remordió la conciencia, así que cogí la honda y la destrocé.»



Otro peregrino anónimo recuerda: «Había ido a ver al Gérontas junto con un sacerdote de Quíos (el sacerdote, aunque llevaba seis años casado, todavía no tenía hijos. Más tarde, su mujer se convirtió en madrina de uno de mis hijos). Había bastante gente en el patio. Cuando los demás se marcharon, nos quedamos los dos. Al final, cuando nos íbamos, yo ya había pasado la alambrada cuando oí al Gérontas y al sacerdote hablar unos metros detrás de mí. El Gérontas dijo:

Padre, ¿no tienes hijos, verdad?


No, Gérontas.


No te preocupes. Los tendrás pronto.

Recibimos su bendición y nos fuimos. En cuanto nos alejamos un poco, el sacerdote me preguntó:

— ¿Has oído lo que dijo el Gérontas? ¿Quizás no lo he oído bien?

Le confirmé que yo también había oído lo mismo. Al año siguiente nació su primer hijo.


El Gérontas Gabriel recuerda: «Alguien fue a ver al p. Paísio y le dijo:

Gérontas, tengo cáncer y voy a morir. Reza por mí.

El p. Paísio le respondió:

Si tuvieras cáncer, entonces no morirías. ¿Quizás tengas SIDA? Pero, aun así, los milagros ocurren.

Esta persona de hecho tenía SIDA. Se arrepintió e hizo muchas limosnas. Vive hasta el día de hoy.»


Yannis de Creta había venido con otros para ver al Gérontas por primera vez. Estaba usando una caña como bastón.

“Yannis, dame tu caña.” El Gérontas la tomó y continuó:

“Tengo un campo”, y delineó un espacio de cuatro lados con el palo, “y mi vecino invade una parte de él. ¿Qué piensas? ¿Debería llevarlo a juicio o dejarlo a la misericordia de Dios? Personalmente creo que es mejor dejarlo en la misericordia de Dios.”

Yannis, que se encontraba en medio de este problema, recibió la respuesta del Gérontas y encontró la paz.


Cuando Ignacio, ahora obispo de Madagascar, era todavía hieromonje, expresó al Gérontas su deseo de ser misionero en la India. El Gérontas le respondió: “¿Por qué no vas a Albania, donde pronto abrirán las fronteras?” Después de tres o cuatro meses, las fronteras se abrieron y se permitió la entrada.


El 18 de diciembre de 1981, el padre Mijail, de Chipre, fue a visitar al p. Paísio acompañado de un monje del M. Atos. En el camino se encontraron con el Gérontas y, después de saludarse, le dijo inmediatamente al padre Mijail: “Fulano es novicio del Gérontas fulano”. Lo curioso es que el p. Paísio no conocía al padre Mijail ni sabía que era un conocido del novicio que había ido a hacerse monje con el otro Gérontas que acababa de mencionar. Al día siguiente, visitó la celda del Gérontas fulano, vio a su conocido y le contó lo que había sucedido.


Un monje del M. Atos, cuando todavía era laico, amaba a los niños y cantar y bailar. Cuando se hizo monje, tuvo la tentación de pensar que se estaba privando de todas esas cosas. Después, se dijo a sí mismo: “Los monjes son niños, tengan ochenta o veinte años. En lo que respecta al canto, la Iglesia tiene su canto”. Pero no pudo encontrar nada en la Iglesia que correspondiera al baile, así que fue a preguntarle al Gérontas. Antes de que pudiera decir nada, el Gérontas le dijo: “La Iglesia también tiene baile. ¿No hablamos del coro de la izquierda y del coro de la derecha?” De esta manera, trajo tranquilidad a los pensamientos del monje con su bendita y sabia respuesta.


Un monje visitante le preguntó una vez al Gérontas cómo pasaba su tiempo, y este último respondió: “¿Qué hago, padre? La gente tiene tantos problemas en estos días, y no hay suficientes horas en el día para orar por todos ellos”. El monje nunca antes había conocido a alguien que mirara las cosas desde esta perspectiva.


Otro monje sentía un miedo intenso cada vez que le pedían que cantara en la Iglesia. Pensó que tenía un problema, pero el Gérontas le dijo que, al principio, uno debe tener miedo (temor), una especie de timidez, que, con el tiempo, se transforma en piedad y libertad interior. Si alguien canta con demasiada osadía al principio, más tarde puede convertirse en una forma de presunción.


Un peregrino, un conocido del Gérontas, lo visitó un día en que el clima estaba nublado y lloviznaba. Lo recibió y hablaron durante aproximadamente dos horas. El rostro del Gérontas estaba hosco. En un momento, el Gérontas dijo:

—Me duele la cabeza. ¿Qué debo hacer?

—Gérontas, ¿quiere que le diga qué hacer?

—Sí, —respondió.

—Coma un poco de pan y tómese una aspirina.

Entonces el Gérontas sonrió y dijo: —Eso es lo que haré entonces.


¡Tenía tanto amor que a pesar de su intenso dolor de cabeza, que habló con su visitante durante dos horas! Al salir, el peregrino pensó: “¿Será que la gracia divina ha abandonado al Gérontas y por eso está malhumorado?”. Pero el Gérontas lo miró a los ojos, su rostro resplandeció y le dijo: “Todo está bien, querido, no te preocupes”.


Un peregrino visitó al Gérontas por primera vez y le contó sus problemas. Hablaron de pie durante tres horas. El Gérontas estuvo a punto de desmayarse tres veces y el peregrino tuvo que sostenerlo. El amor que le demostró convenció al peregrino de que era un santo. Después, vendría a visitarlo y el Gérontas lo ayudaría ya que conocía los detalles de lo que había sucedido en su vida familiar. Su esposa no podía creer que el Gérontas pudiera saber tales cosas. Pensaba que su marido era el que le contaba todo.


Tres amigos de Arta fueron a ver al Gérontas. Tocaron la campanilla de la puerta, se sentaron y esperaron. El Gérontas salió, les abrió la puerta, les invitó a una lukumia y le dijo a uno de ellos que quería hablar con él en privado. Éste se negó a la petición del Gérontas, y se excusó diciendo que no tenía ningún problema que discutir. El Gérontas insistió en que había salido para hablar con él específicamente. Así que hablaron en privado y, a partir de ese momento, esta persona se convirtió de incrédulo en un cristiano ferviente, hablando siempre con reverencia del Gérontas. Cada vez que san Paísio salía del M. Atos para quedarse en el Monasterio de Surotí, iba a verlo.


Un ingeniero, encargado de uno de los edificios del Centro Sismológico de Uranópolis, recibió la petición del presidente del pueblo de llevar consigo en su coche a dos monjes que se dirigían a Tesalónica. Uno era un poco mayor (san Paísio), bajo y delgado, e iba sentado en el asiento delantero. Desde el principio, el ingeniero tuvo la sensación de que este monje era alguien especial. No era un simple hombre, era como una persona divina. Así le parecía. No sabía cómo expresarlo. El Gérontas era alguien completamente absorbido en Dios. Además, le ayudó a resolver un serio problema en su vida sin que el ingeniero le mencionara nada de antemano. En su siguiente visita al sitio que estaba supervisando en Uranópolis, le preguntó al presidente quién era el monje mayor que había llevado en su automóvil, agregando que este hombre no era un simple hombre. El presidente solo dijo: "De verdad, ¿no conoce al padre Paísio?"


Un matrimonio fue a ver al Gérontas en Surotí. Después de haber hablado un rato, al final de su conversación, le dijo a la esposa: "Si Dios llama a tu esposo, no dejes que eso te moleste". Ella pensó que esto significaba que su esposo iba a morir. Después de algún tiempo, visitaron un monasterio dependencia del M. Atos fuera, en el mundo y su esposo sintió un llamado hacia la vida monástica. Terminó convirtiéndose en un monje en el M. Atos y, así, la predicción del Gérontas se cumplió.


Una vez, un joven profesor de teología le pidió al Gérontas su bendición para convertirse en misionero. Sin embargo, no se la dio. En tono amable, le dijo:

—No, querido hijo, no debes ir. Quédate aquí y haz tu trabajo.

El joven sin embargo insistió: —Tengo que ir, Gérontas, deme su bendición.

—No, querido hijo, quédate aquí y haz tu trabajo.

—Tengo este gran deseo, Gérontas, de contribuir a los esfuerzos misioneros de la Iglesia.

—Mi querido hijo, no lo entiendes: si vas allí, traerás vergüenza a la Iglesia. Haz lo que se te ha dicho.

Quién sabe lo que el bienaventurado Gérontas vio en el futuro de este profesor de Teología.


Una mujer, anónima, recuerda: «Estaba muy triste por no haber tenido un hijo. Cuando oí hablar de san Paísio, fui a preguntarle por qué me había quedado sin hijos. Yo ya era de edad relativamente avanzada. Me dijo: “Ibas a quedarte con uno y matar al resto. Dios te protegió de la culpa de estos asesinatos al no darte hijos”. Debo confesar que esa era nuestra intención.»


En una de las visitas del Gérontas a un monasterio femenino, trajeron a una mujer poseída por demonios. Alrededor de las nueve de la noche, el demonio comenzó a molestarla, y ella gritaba: “¡Estoy ardiendo, necesito agua!”. Fue el p. Paísio. En cuanto le vio, gritó: “¡Apártenlo de mí, la sangre que gotea me quema!”.

Cuando el p. Paísio vio cómo esta criatura de Dios sufría bajo la influencia del demonio, comenzó a llorar con grandes suspiros, diciendo: “Mi pobre niña, mi niña de oro”. Le dio una cruz con una pequeña pieza de la Venerada Cruz de Cristo, y ella logró recuperar la paz.





ENSEÑANZAS


La gente de hoy se está convirtiendo en robots. Ya nadie ejerce el juicio (discernimiento). Sólo aquellos que se dedican al estudio tendrán la capacidad de juzgar (discernir), todos los demás se convertirán en máquinas.


Como es humanamente imposible que la situación se rectifique, Dios intervendrá. Su intervención será obvia. Después, el mundo buscará aprender más sobre Dios. Vendrán días buenos. Entonces verán igualdad y democracia.


Dios en su bondad dispone las cosas para que siempre salga algo bueno, incluso de nuestros errores y nuestras miserias.


Hoy la gente no entiende (no se arrepiente, no cambia). El diablo tiene que pincharles con sus cuernos (es decir: tienen que sufrir mucho antes de “entrar en razón”).


No necesitamos un partido político cristiano, sino un partido político formado por cristianos.


No se debe dejar que el ejército se deteriore. Necesitamos salvaguardar nuestros principios.


La mayoría de las personas que terminan en la droga provienen de familias rotas y son muy sensibles. Al principio, se emborrachan tratando de olvidar, sienten tanta pena, los pobres. Después, si esto no les basta, pasan al hachís, luego a la heroína. Los problemas empiezan por los padres, y la culpa es principalmente de las madres.


No esperamos nada bueno de Occidente. Hace tantos años que el sol se está poniendo allí y, sin embargo, Occidente aún no se ha iluminado... cada vez está más oscuro.


Pase lo que pase, nunca debe existir agitación. Solo tenemos que orar y pedir perdón por nuestros pecados.


El amor no cansa. (Eso significa que cuando alguien hace un gran esfuerzo para ayudar a otra persona, no se siente cansado porque lo hace por amor.)


Aprovechen bien su tiempo mediante el estudio y la atención plena para que la tentación no los domine.


Mis caídas me instruyen mejor que las enseñanzas y las vidas de los santos. Es como cuando vemos un accidente de coche en el que hay personas heridas... esto nos enseña más que las señales de tráfico.


Hay un solo Dios, tres Personas. El Logos de Dios se encarnó, y ésta fue la economía salvadora de Dios. Como no podíamos verlo, Él descendió a nosotros como un hombre.


Hoy no tenemos ni fe ni fortaleza.


La oración de Jesús (Señor Jesucristo, ten piedad de mí) debe ser dicha con pequeñas y con grandes prosternaciones. Uno puede realizar una vigilia completa con pequeñas y con grandes prosternaciones. Nos arrodillamos un poco y luego continuamos con prosternaciones inclinándonos y oración.


Cuando uno no tiene una vida espiritual, sólo siente una contrición ante los iconos que obran milagros. Más tarde, cuando progresa en la vida espiritual, se cultiva espiritualmente, ve todo como una bendición de Dios. Ve una rama de árbol y la acaricia. Considera incluso esto como una bendición de Dios y tiene cuidado de no romperlo.


Cristo se conmueve incluso por el más pequeño de los sacrificios (que son en primer lugar para nuestro beneficio), y viene inmediatamente a ayudarnos.


Debemos decir: “Cristo, podría hacerlo peor, pero ciertamente no mejor si Tú no me ayudas”.


Nuestra oración debe venir del corazón para ser escuchada. Todo depende exactamente de esto: hacer funcionar ese pequeño motor (el corazón).


Hoy en día, apenas noto los ataques de pensamientos tentadores.


El sacerdote que está en la liturgia no debe cantar junto con los cantores, sino que debe estar completamente absorbido y concentrado en el Misterio que está celebrando.


Deberíamos romper el ayuno de Pascua comiendo un huevo rojo, así como terminamos el período de indulgencia antes de la Cuaresma comiendo un último huevo. Al final de la comida de la carne, mi madre siempre decía: “Ven aquí para que pueda bendecir tu boca con un huevo”.


Hablando con algunas monjas, dijo: “Cuando una hermana cae en un error, no debe castigarse por ello, llorando y sufriendo. Cuando una hermana cae, incluso muchas veces, debe decir al Señor: “Cristo mío, perdóname”. He caído voluntariamente y te he entristecido. Confieso mi falta. Dios mío, perdóname porque te he causado dolor. No quiero entristecerte y, sin embargo, siempre te molesto. Perdóname, Dios mío. Perdóname, Dios mío. Perdóname, Dios mío… Ella debería hablar así con plena conciencia y contrición.»


Conocer la música bizantina es bueno, pero si no cantamos con piedad y reverencia, no beneficia ni a los que cantan ni a los que escuchan. Nuestro trabajo es en vano.


No seas demasiado abierto en las grandes fiestas, haciendo numerosos conocidos y amistades. Tener muchos conocidos no es útil en nuestros días. No busques alojar gente en tu celda. Vive una vida tranquila sin muchas cosas que puedan ser ocasión de distracción. Cada cosa que tu alma considera necesaria, roba algo de tu amor a Dios. Vive una vida sencilla y disfruta del monacato al máximo.


La tecnología puede ayudarnos mucho en nuestras necesidades cotidianas, pero ¿cuáles son nuestras necesidades reales? Una cosa lleva a la otra, y no podemos encontrar límite al número de nuestras necesidades. No es apropiado que un monje conduzca un automóvil en el M. Atos. Simplifique sus necesidades y elimine las preocupaciones mundanas de tu vida diaria.


Nuestra celda debe ser sencilla como una cueva, limpia y propicia a la devoción como una iglesia. No debemos permitir que crezca moho en nosotros. Es decir, no debemos sentarnos sin hacer nada y luego llamar a nuestro aburrimiento virtud y ascetismo. No perdamos nuestro tiempo en cosas inútiles. Durante el día, mientras realizamos nuestras obediencias, debemos tener en nuestra celda un libro espiritual abierto y una pequeña cuerda de oración lista para que de vez en cuando, cada hora más o menos, podamos volver a nuestra celda, leer algo y orar por nosotros mismos, por los que están en peligro, por todos los huérfanos, por los que sufren. De esta manera mantenemos nuestra mente concentrada y no estamos simplemente trabajando como los laicos.


Como monjes, debemos esforzarnos por alejar todos los pensamientos de la carne. Si rezáramos la oración todo el tiempo, los pensamientos carnales no podrían hacernos daño. Un monje, incluso si no tiene otra virtud, al menos debe proteger su virginidad.


En los viejos tiempos, los monjes vivían con gran ascetismo, abnegación, en obediencia. El secreto de la vida monástica es cortar la voluntad, incluso con la persona más joven que se encuentre cerca, no solo mediante la obediencia externa, sino con una obediencia interna a la mentalidad del mayor, todo llevado a cabo con una disposición alegre, por amor a Dios.


Al comienzo de la vida monástica, debe haber un gran celo. El celo espiritual te ayuda a superar la trampa de la ociosidad.


No importa cuán larga sea la noche, nunca es suficiente para que el monje se ocupe plenamente de su vida espiritual. (En otras palabras, nunca se saciará de oración nocturna.)


Un monje debe luchar en su celda con exactitud, como si estuviera en una celda de cristal, visible para todos.


Cuantas menos cosas necesite un monje, más monje será.


Necesitamos ir disminuyendo nuestros vicios.


Cuando un monje siente paz espiritual cerca de un Gérontas, vivirá feliz en un barranco lleno de humedad o en una celda vieja... no le importará.


Cuando un monje no ve a nadie, ve a muchos. (De manera espiritual a través de la oración.)


Si tienes un problema con el ruido en un monasterio, tendrás el mismo problema en el desierto. Por eso es necesario que encontremos quietud en medio del ruido cultivando buenos pensamientos.


Si no podemos encontrar quietud en la inquietud externa, nunca la encontraremos, ni siquiera en el desierto más aislado.


La obra del monje es el arrepentimiento. Pero para arrepentirse, uno debe conocerse a sí mismo y sus debilidades. Hay que orar con el corazón, no sólo con los labios. Es mejor decir la oración menos veces, pero con el corazón. Hay que moverse en el ámbito de la doxología. Si un monje no se aferra a la oración, se someterá a muchos sufrimientos innecesarios.


No debemos aprender a recitar la oración mecánicamente (“tic-tac”, como un reloj) porque eso no ayuda. En lugar de eso, debemos pensar en nuestra pecaminosidad y en cuán grande es el amor de Dios por nosotros; esto por sí solo mueve al alma a la oración.


Tal vez haya habido dos o tres monjes que podían orar continuamente sin hacer ningún tipo de trabajo manual. Hoy, puede que no haya ni uno solo.


Incluso si Dios pusiera al gruñón en el paraíso, no encontraría descanso. Irá al infierno por sí solo, porque tendrá quejas incluso en el Cielo. La búsqueda de faltas es un gran mal, y quien la tiene no puede progresar en su vida espiritual.


Cuando estés triste, canta con voz tranquila himnos devocionales a la Panayía, por ejemplo: “A todos ellos acoge, oh Bondadosa”. Esto ayuda a convertir la tristeza en contrición.


Cuando alguien aprende realmente a orar, incluso si quiere tener un mal pensamiento, no puede. Los santos ven la tentación desde lejos y la combaten con la oración antes de que se acerque... mientras que nosotros esperamos que la tentación lo estropee todo y sólo después seguimos adelante en nuestra lucha.


Si un vicio nos combate continuamente y no desaparece por mucho que luchemos, entonces en nuestro interior hay egoísmo oculto o condenación de los demás.


Uno puede extraviarse creyendo en sus propios pensamientos.


Cuando alguien celebra su onomástico, debemos desearle: “Muchos años, benditos y agradables a Dios”.


Hay que rezar antes de hacer los iconos. Hay que disolver bien las pinturas y que no queden restos en el rostro del santo. No hay que poner la última capa de blanco purpurina inmediatamente, sino esperar hasta el día siguiente. Cuando hayas trabajado bastante en un icono, levántate, da un paseo y, después, vuelve y mira el icono de nuevo. De esta manera, encontrarás tus errores. Debes trabajar con piedad y atención. El icono es como una fotografía del santo. No te gustaría que alguien te regalara una fotografía tuya en la que aparecieras desfigurado, ¿verdad? Haz iconos de tal manera que quieras dárselos como regalo al santo retratado.


Es bueno prepararse un poco antes de rezar. Debemos pensar en todas las personas que están en peligro, en todos los enfermos que sufren, en todos los que están bajo el yugo de la esclavitud, en todos los presos de Albania en una celda de no más de un metro cuadrado. Debemos hacer nuestro el dolor de los demás. Entonces nuestro corazón se ablandará y rezaremos con más fervor.


No uses un bastón para caminar, porque hace que las piernas se debiliten.


Si reconoces tu error, solo estás a medio camino de mejorarte. Sin embargo, es muy bueno que alguien reconozca su debilidad y luego trate de corregirla también. Ya lo está haciendo mejor que la persona que lucha mucho pero no reconoce sus debilidades.


Los pensamientos de uno manifiestan su condición espiritual y el progreso que ha logrado en la vida espiritual. En la vida espiritual, los buenos pensamientos lo son todo.


Un peregrino preguntó una vez al Gérontas cómo debe proceder un cristiano en la vida si quiere tener una esperanza bien fundada de salvación. Él respondió: "Mira, viniste a visitarme. Has visto que estoy un poco sucio y desaliñado. Deberías tener el buen pensamiento de que este Gérontas lee y reza, y no tiene tiempo para arreglarse ni preocuparse por la limpieza. Iréis después adonde otro asceta y le veréis más cuidado. Diréis entonces, -mira, el Gérontas se encarga de lo espiritual, y le da tiempo también a limpiar y ordenar-. De esta manera, siempre tendrás buenos pensamientos sobre todos y sobre todo... si haces esto, no estarás lejos de la salvación”.


No debemos decir que queremos amar a Cristo, sino simplemente no preocuparle. Pedir en nuestra oración el amar Cristo es una especie de insolencia (cuando aún no hemos vencido nuestros vicios).


No retenemos lo que leemos porque nuestro corazón no participa también en ello, por eso olvidamos tan fácilmente. No ha sentido el dolor necesario todavía nuestro corazón. Es decir, si no siente dolor nuestro corazón por algo, no lo recordaremos.


Adquiere alguien sencillez cuando justifica a los demás y no los juzga.


¿Cómo podemos saber cuál es la voluntad de Dios para un tema determinado de nuestra vida? Oramos y luego preguntamos a nuestros padres.


Las virtudes forman una cadena. Si la cadena se rompe, la volvemos a unir con el arrepentimiento y seguimos adelante.


Cuando estoy enfermo, no quiero el consuelo humano, porque quiero poder experimentar el divino.


El M. Atos surgió porque existía Bizancio. Si el M. Atos no es dañado, dará a luz a un Bizancio aún mayor.


Que los malos pensamientos huyan lejos de nuestras mentes porque, mientras permanecen, arden como un carbón encendido en nuestras manos.


Cuando la gente te molesta, debes alegrarte porque parte de la deuda de tus pecados está siendo pagada.


Cuando te acusan, significa que probablemente acusaste a alguien más en el pasado, y por eso ahora estás pagando por tu pecado.


Cuando estés cerca de tu padre espiritual y haces lo que te pide, no te preocupes por tu vida.


Cuando un hombre peca contra su voluntad, la muerte lo encontrará en el arrepentimiento, pero si dice que se arrepentirá cuando sea viejo, no logrará arrepentirse. Morirá de muerte repentina.


Debemos pisotear constantemente nuestro egoísmo.


Si deseas sentir paz y alegría, nunca te justifiques ni te desesperes.


La oración debe ir acompañada de actos de bondad.


Sin trabajo ni dolor en el corazón, la oración no es diferente del nirvana budista.


La lucha espiritual requiere una atención especial. Siempre existe el gran peligro de pensar que luchamos por Cristo, pero en el camino cometemos errores y equivocaciones. Al final, nos encontraremos fuera de la cámara nupcial.


Cada persona debe ser tratada por separado y con discernimiento.


Es necesaria una vigilancia constante. Incluso si llegamos al punto en que podamos hacer milagros, si somos un poco descuidados, podemos volver fácilmente a nuestros viejos pecados y malos hábitos. Es demasiado fácil volver a los vicios.


Primero debes orar por tus enemigos, luego por los que sufren y, por último, por las personas cercanas. Si alguien lleva una vida pródiga, es duro de corazón, no tiene piedad con los pobres y con los que sufren, y muere (sin arrepentirse), es una situación bastante terrible. Debes dar limosna por él y decir "por el alma de –tal-".


Si alguien tiene una buena disposición, incluso si es extraviado (por herejes), no se sentirá tranquilo y los dejará pronto. Sólo los insensatos son dañados por los herejes. Sin embargo, si alguien ha sido extraviado y por egoísmo permanece como Testigo de Jehová, debes llorar por esa persona.


Cuando uno va a confesarse, recibe consuelo divino dentro de él y se pone en orden.


En los viejos tiempos, la gente ayunaba, practicaba el ascetismo, comía verduras hervidas y era fuerte tanto en cuerpo como en espíritu. Ahora la gente evita los alimentos hervidos y se ha vuelto blanda, hervida, insípida.


Para concentrarnos durante la oración, debemos ser conscientes de lo que estamos haciendo y con quién estamos hablando. Esta es la base de la oración.


El hombre ruega a Dios que le abra los ojos para poder ver (espiritualmente). En cuanto empieza a ver un poquito con un ojo, empieza a cansar a los que no ven. Si no ve, no puede soportarlo, pero cuando ve sólo un poquito, tortura a la gente que le rodea. ¿Qué puede hacer Dios?


El dolor y la sensibilidad excesivos hacen al hombre espiritualmente inútil, son armas del diablo. Por eso, las personas sensibles no deben pensar demasiado en las cosas.


La abstinencia hace al hombre fuerte tanto en cuerpo como en espíritu.


No malinterpretes lo que veas. Aunque sea algo malo, no dejes que tu mente se vaya a una explicación malvada. A eso se le llama progreso para un principiante.


Si te niegas a amarte a ti mismo por amor a Dios, tendrás el amor de Dios.


Cuando uno es bueno, tiene buenos pensamientos sobre todo.


Cuando una persona está espiritualmente en orden, tiene a Cristo dentro de sí, no necesita nada. De lo contrario, trata de llenarse de cosas materiales. Debemos dar gloria a Dios constantemente, día y noche. De esta manera, nos mantendremos vigilantes y también obtendremos oración incesante.


El orgullo se apoderó de alguien hasta tal punto que mató a un hombre. Era de noche y, para demostrar que tenía una puntería perfecta incluso de noche, disparó en la oscuridad e hirió a un hombre. Se necesita mucha atención.


No son los hombres malos los que hacen el mayor mal, sino los hombres buenos que actúan sin discernimiento.


Un monje preguntó una vez al Gérontas: “Gérontas, vienen laicos y me piden que rece por ellos. ¿Cómo puedo rezar por ellos si no tengo virtudes y ni siquiera puedo rezar correctamente por mí mismo?” “¡Oh, mi bendito hombre! ¿Por qué crees que Dios escuchará tu oración? ¿Por tu propia virtud o por la humildad del otro que inclinó la cabeza y humildemente te pidió oración?”


Cuando rezo desde el corazón, siento calor en la zona que rodea mi corazón y, después de un tiempo, este calor se extiende por todo mi cuerpo.


Lo mejor es que todos los miembros de una familia tengan el mismo padre espiritual y, si no es posible, al menos que el marido y la mujer tengan el mismo. El padre espiritual debe estar cerca para que el que se confiesa pueda verlo siempre que sea necesario.


Quien trabaja (ora) con el corazón, descansa, mientras que quien trabaja con la mente, se cansa.


Quien ama a Dios, al amar a Dios, ama también a su prójimo. Pero si alguien dice que ama a Dios y no ama a su prójimo, en realidad sólo se ama a sí mismo.


Nuestra vida y nuestro ejemplo cristianos ayudan a los demás más que cualquier otra cosa.


Quien cumple los mandamientos de Cristo tiene la Gracia de Dios, y Dios está “obligado” a ayudarlo.


Cualquier cosa que le suceda a un hombre, debe recibirla con alegría y sentirse culpable. Este es el camino más seguro: así lo hicieron los santos Padres. Dios permitió que muchos, sin haber cometido ningún error, sufrieran penalidades para que otros vieran las penalidades y encontraran consuelo.


Cuando vienen a mí con preguntas y no sé qué decirles, rezo y respondo con lo que Dios me ilumine.


Debemos tratar de ser consecuentes en nuestros deberes espirituales, pero cuando los factores externos nos lo impiden, debemos pensar que la Providencia divina está organizando hasta los detalles de nuestra vida y nos está dando lo que necesitamos.


Cuando Dios predice algo, hay que tener cuidado. Si el hombre se arrepiente y cambia, Dios cambia también. El resultado de lo que Dios predetermina depende también del hombre.


Hoy en día, lo único que la gente necesita es que la escuches.


Nuestro egoísmo nos aleja de Dios.


No importa dónde te encuentres, siempre que seas una buena persona. Job se hizo santo en un montón de estiércol. Judas estaba cerca de Cristo, pero fue al Infierno.


Pregunta: “¿Debemos pedirle a Dios que nos dé una experiencia de Gracia?” El Gérontas: “No, esa es una petición bastante pobre. Un niño ama a su padre no por los chocolates que le da, sino porque es su padre”.


A menudo le pedimos a Dios un milagro: la curación del alma o del cuerpo, etc. Afirmamos tener fe, pero Dios no nos escucha. Puede que tengas la fe necesaria para obrar un milagro, pero ¿tienes la humildad necesaria para recibirlo? Cuando Dios ve que no tenemos la humildad necesaria, no obra el milagro para que no nos volvamos arrogantes y suframos una pérdida espiritual.


Dios no nos pide nada, sólo que seamos humildes. La humildad no es simplemente decir palabras humildes, ni es contradecir a quienes nos alaban. Insultarse a uno mismo es el primer paso de la auténtica humildad. El segundo es alegrarse cuando los demás nos maldicen.


Dios no es injusto, por lo que no puedo privar de su misericordia a las personas por las que rezo, porque yo mismo soy un pecador e indigno de ser escuchado. Dios escucha mi oración por el bien de los demás, por su amor a mis hermanos y no por mi “virtud”.


Una monja preguntó una vez a san Paísio cómo se podía lograr la unidad dentro de una hermandad monástica. Él respondió que antes de que una monja pueda sentir a las otras hermanas como sus hermanas, primero debe sentir a la Geróntisa como su madre.


Nosotros llegamos al monasterio por amor divino (eros). La unión con otro ser humano no es pecado, pero es un obstáculo para el amor divino. Dejamos atrás a padres, hermanos, amigos, para poder escapar de ese pequeño círculo y entrar en la gran familia de Dios y sentir al mundo entero como nuestros hermanos y hermanas. Una unión con un individuo puede ser un obstáculo. Quien tenga una amistad particular, debe empezar a hablar con otros de la hermandad y tratar de salir a caminar con otros, aunque no de repente para que la transición sea más fácil. Una amistad así comienza desde la gratitud y la nobleza porque uno de los hermanos nos ha demostrado amor y bondad.





MILAGROS TRAS SU DORMICION



1. Curación de un paciente con cáncer

De los registros de Maria Vavouliotou–Karaiskou: «En agosto de 1999, en el Hospital Militar de Tesalónica, un soldado estaba siendo tratado por cáncer de testículo. Era pariente de una familia que conocíamos. Había sido operado en Chipre, donde había estado haciendo el servicio militar, y había venido a Tesalónica para observación y tratamiento postoperatorio. (Era originario de Soufli, en la provincia de Evros). Cuando fui a visitarlo, estaba en estado crítico. Tenía dolores insoportables, no podía moverse en absoluto y su piel tenía un tono naranja cobrizo. Casualmente, yo estaba presente cuando el médico informó a su madre sobre su estado. El médico había introducido una tomografía axial en el proyector de luz y le dijo textualmente: “Lo siento, señora… pero no podemos hacer nada por él en esta etapa”. Su abdomen –y mientras decía esto señaló la tomografía– está lleno de líquido en dos tercios. No podemos administrar más quimioterapia porque tiene un recuento bajo de glóbulos blancos y no podemos realizar una cirugía para volver a darlo de alta sin dolor porque está en estado crítico y puede morir. Su madre escuchó estoicamente, sin reaccionar en absoluto. Le sugerí que sería de ayuda si tomaba un trozo de la ropa de su hijo y hacía una peregrinación a la tumba de san Paísio y a la Iglesia de san Arsenio (donde se encuentran las reliquias de san Arsenio), en el monasterio de Surotí. De camino al Monasterio, la señora me sorprendió con su profunda fe en Dios. Me dijo que ella no era más digna que yo de haber sido madre de dos hijos –yo no podía tener hijos– y que sus hijos, como todas las demás posesiones de la vida, son regalos de Dios y que nada es realmente nuestro. Ella consideraba todo como un regalo de lo Alto. El Señor da y el Señor retira. Ella ya había perdido a su otro hijo cuando tenía catorce años en un accidente con arma de fuego, y, aun en esto, vio la bendición de Dios. En su opinión, Dios se lo había llevado en el momento justo para estar cerca de Él, porque tenía diabetes juveniles, y si hubiera crecido y su diabetes hubiera seguido empeorando, podría haber llegado a resentirse con Dios, incluso perdiendo su alma.

Me dijo que no sabía por qué Dios estaba permitiendo que su otro hijo estuviera al borde de la muerte en el hospital. Quizás era la falta de fe e indiferencia de su marido (hablaba de la naturaleza y compartía fotografías del bosque de Dadia como si nada estuviera pasando), o quizás era la forma en que su hijo solía alardear de su fuerza y ​​robustez. Y terminó diciendo: “Sea cual sea la razón por la que Dios permitió esto, que se haga Su voluntad. Estoy angustiada, por supuesto, y me duele el alma verlo sufrir y estar sufriendo.”

Cuando llegamos al monasterio, ella literalmente cayó sobre la tumba del padre Paísio y lloró durante un buen rato. Dejamos un trozo de la ropa de su hijo sobre la tumba y luego fue a hablar con las hermanas. Quedaron impresionadas por su confianza en Dios y le dieron algunos pequeños regalos como bendición. Asistimos a las vísperas y luego nos fuimos. Llegamos de nuevo al hospital alrededor de las 9:00 p.m.; los dos estábamos muy felices y nuestras almas estaban llenas de alegría. Ella me dijo que nunca olvidaría ese día, sintió un gran consuelo. Al día siguiente, me fui de Tesalónica debido a un cambio de trabajo. Después de veinte días más o menos, me llamó para decirme: “María, ¡ha ocurrido un milagro! El médico dijo que ya no hay nada malo con Vangelis. Los médicos no pueden creer lo que ven sus propios ojos. Me dijeron que debe ser un milagro. Lo sé, se lo dije. Es un milagro.»

Su profunda fe en Dios le devolvió a su hijo, quien, por intercesión de san Paísio, vive y trabaja en Suflí hasta el día de hoy sin ningún problema.»




Comunicación con niños autistas


Elias Voutsinas de Patra recuerda: «Entre 2009 y 2010 trabajé como profesor suplente en la Escuela de Educación Especial de Nafpaktos. Se trata de una escuela para niños y jóvenes de entre 13 y 28 años. Los alumnos tienen diversos problemas de salud y mentales, como síndrome de Down, distintos grados de deficiencia mental, autismo, ceguera, así como otros problemas psicológicos y psiquiátricos que van desde los más leves hasta casos de esquizofrenia. Algunos de estos niños, debido a sus enfermedades, no pueden comunicarse con los demás, se expresan con gritos inarticulados o dan respuestas de una sola palabra.

En una de mis clases hay dos niños autistas. Uno de ellos es D., que sólo puede decir algunas palabras, y otro es P., que habla tan bajo que incluso si la sala está en completo silencio, no se puede oír lo que está diciendo. Al principio del año escolar les leí algunos cuentos cortos, pero no mostraron mucho interés. Miraban a su alrededor, se levantaban, hacían ruido y, en general, no encontraba la manera de que me prestaran atención ni siquiera por unos minutos. Después de dos o tres meses, pensé en leerles el libro sobre la vida del padre Paísio. P., que normalmente estaba absorto en su pequeño mundo, comenzó a seguirme con interés. Se ponía las manos debajo de la barbilla y me miraba mientras leía. Como dicen los expertos, si logras que un niño autista te mire a los ojos, lo has conquistado porque eso significa que te está dejando entrar en su mundo. Por supuesto, no fui yo quien lo conquistó, sino el padre Paísio; yo simplemente estaba leyendo sus palabras. Un colega pasó por mi clase y vio a P. sentado como acabo de describir, y me comentó: “¿Qué les haces, Elías, para que te presten tanta atención?” “¿Yo? «Es el Gérontas», pensé.

Una segunda situación similar ocurrió con E. Ella sufre de retraso mental severo y tiene antecedentes de esquizofrenia. Todos los días toma fuertes medicamentos psiquiátricos y se comunica mediante señales con las manos y gritos inarticulados, según la situación, para decir «sí» o «no». Un día, mientras yo leía La vida del Gérontas, ella estaba sentada y escuchando en silencio. En un momento, dejé de leer durante un par de minutos para poder enviar un mensaje a mi teléfono celular. E. se levantó, vino a mi lado y comenzó a señalar con el dedo el libro abierto. No entendí, así que le pregunté: “¿Qué quieres?”. Ella siguió haciendo lo mismo. Se lo pregunté dos o tres veces más y finalmente le dije: “¿Quieres que siga leyendo?”. E. asintió afirmativamente, haciendo el sonido que habíamos llegado a entender que significaba «sí», y volvió a sentarse en su lugar.»




El aroma de sus libros


Christina Galanopoulou recuerda: «Mi hija de tres años tenía un grave problema de salud. Estaba leyendo el libro sobre el Gérontas Paísio. Una noche, toda la habitación donde estaba leyendo se llenó de un hermoso aroma. El aroma permaneció hasta la tarde siguiente. Incluso hizo que mi ropa oliera bien».


Un peregrino de Serres relata: «Fui a una vigilia con un amigo mío que era muy culto y a quien la Metrópoli había hecho responsable de los discursos antiheréticos. Al final de la vigilia, nos dieron un regalo. Mi amigo se sentó con los sacerdotes, mientras que yo estaba con los otros laicos. Al final, el párroco de la parroquia, que me conocía, me pidió que llevara a casa a dos señoras mayores (la iglesia estaba lejos). En el camino, comenzaron a hablar de un libro sobre el Gérontas Paísio. Reduje la velocidad del coche por curiosidad, para poder escuchar lo que decían. Una de ellas dijo: "Me pasó algo extraño". Estaba leyendo el libro y lo dejé abierto sobre la mesa y me levanté un rato para hacer otra cosa. Cuando volví para seguir leyendo, sentí un olor que venía del libro, como a incienso.


Al cabo de unos días me encontré con un amigo que me dijo: “No me encuentro bien, siento una ansiedad intensa. ¿Qué debo hacer?”.

“Te diré lo que debes hacer. Debes ir a la iglesia de san –tal- y preguntar por el padre Nektarios Vittis. Ve a confesarte con él y, después de que lea la oración de absolución sobre ti, estarás bien”.

Al cabo de un tiempo, nos volvimos a encontrar y me dijo: “¿Sabes qué? Hice lo que me dijiste, pero ¿puedo decirte algo? Por supuesto, podrías pensar que estoy loco”.

“No, no, dímelo”, le aseguré. «Fui a la iglesia que usted dijo, me confesé con el sacerdote y él leyó la oración de absolución sobre mí. Cuando me iba, me dijo que comprara un libro sobre el Gérontas Paísio. Al salir de Irakleia, me detuve en una librería y compré el libro que me había mencionado. Mientras conducía de regreso a mi casa, tenía el libro en el asiento del pasajero. Se me ocurrió pasar las páginas con una mano mientras conducía. Después de pasar las páginas un par de veces, noté que del libro salía un aroma agradable, como a incienso.»




¡Su fotografía se movía!


Philippos Tzekos recuerda: «Cuando fui a Kerkyra (Corfú) el 25 de febrero de 1997, de permiso del ejército, mi padre (el padre Arsenios, que había estado en el ejército con san Paísio) me contó un milagro que había tenido lugar un par de semanas antes en el que estaba involucrado el Gérontas. Me dijo: “Era al anochecer y yo estaba leyendo Vísperas, cuando, de repente, vi la fotografía del padre Paísio que nos había regalado el señor Demetris Karaiskos flotar en el aire dos o tres pulgadas de alto y luego volver a su lugar. Pensé que había perdido la cabeza. Entonces llamé a mi nuera, Erasmia, que se quedó estupefacta al ver que la fotografía se movía. Inmediatamente, llamamos a su marido, que vio, junto con nosotros, el nuevo movimiento de la imagen: hacia adentro y hacia afuera, como si estuviera respirando, mientras que su esquina izquierda se doblaba sola. Este acontecimiento nos ha conmovido y nos ha hecho creer que el padre Paísio está cerca de nosotros e intercede por todos nosotros».




Su tumba está viva y realiza sanaciones


Testimonio de D.S.: «Conocí al Gérontas Paísio por primera vez hace casi treinta y cinco años. Estaba con un amigo mío, K.K.. Fue después de un período de exámenes universitarios. Decidimos hacer una pausa y visitar la Montaña Sagrada. Una tarde, salimos del monasterio de Kutlumusion hacia la celda del Gérontas, en lo profundo del verde bosque. El portero del Monasterio nos advirtió que sería difícil verlo porque era la hora en la que el Gérontas suele descansar. Nos encontramos con otro peregrino en el camino, y él tenía la misma opinión: es decir, que la hora que habíamos elegido no era la mejor para ver al Gérontas. Cuando llegamos a la celda, realmente no había nadie allí, y la puerta del patio estaba cerrada. Tiramos de la cuerda para tocar el timbre de la celda, y nos sorprendió cuando el Gérontas se asomó y, con una dulce sonrisa, nos abrió la puerta.

Nos sentamos en los troncos del patio y el Gérontas sacó una caja de lukumia para agasajarnos. Habló un rato con nosotros, hizo algunos chistes y luego le preguntamos sobre algunas cosas que se habían oído sobre él.

“Gérontas, ¿es cierto que hay una serpiente que viene a hacerte compañía?”

“Es un gato callejero viejo que viene cuando tiene hambre porque quiere comida”, dijo el Gérontas con una amplia sonrisa.

Y cuando vio que no teníamos intención de irnos, nos ofreció un poco más de lukumia, comentando que no tenemos diabetes, así que está bien que comamos un poco más. Luego nos dijo: “Es hora de irnos”. Y comprendimos que había llegado el momento de que lo dejáramos, ya que definitivamente tenía cosas más serias de las que ocuparse.

Me reencontré con el Gérontas varios años después, en su celda, con otros tres amigos y, en otra ocasión, en Dafni, mientras esperaba para tomar el barco a Uranópolis. Pasaron los años y la bendición de Dios siempre fue abundante, incluso cuando yo no me daba cuenta. Conocí a mi futura esposa, Z.T., nos casamos y tuvimos dos hijas.

Sabía que el Gérontas Paísio se quedó en el monasterio de Surotí cuando salió al mundo, y allí fue donde reposó y fue enterrado. Durante todos esos años nunca habíamos estado en Surotí, a pesar de que estaba a solo veinte minutos en auto de nuestra casa.

Después de febrero de 2012, Z. comenzó a tener algunos síntomas peculiares que la inquietaban. Aparecieron dos o tres bultos en su piel. Exámenes médicos, visitas al médico, más exámenes médicos y aún más visitas al médico, y dijeron que todo estaba normal. Finalmente fuimos a un cirujano para deshacernos de los extraños bultos. El cirujano estaba completamente tranquilo, "hay un 99% de posibilidades de que no sea nada", pero después de la operación, cambió de opinión y dijo que teníamos que mirar la biopsia.

Mientras esperaba el resultado de la biopsia, nuestra hija menor, A., que entonces tenía diez años, fue operada para extirparle el apéndice, por lo que mi esposa tuvo que quedarse dos noches con ella en la Clínica. Desgraciadamente, sus síntomas fueron empeorando progresivamente y ella comprendió que algo no iba bien. Yo estaba tranquil yo seguro, por las palabras tranquilizadoras del médico y porque pensaba que el mal se mantiene alejado de nosotros y no puede tocarnos.

Al pedir información sobre los resultados de la biopsia por teléfono, el laboratorio me remitió al cirujano, pero él tampoco me dijo nada. Entonces fue cuando empecé a darme cuenta de que algo estaba pasando, pero seguí siendo optimista. Después de rogarle al cirujano que me dijera por teléfono qué estaba pasando, finalmente me lo contó (sólo después de que le aseguré que no le diría nada a Z. ya que él quería explicarle el caso él mismo). El diagnóstico fue linfoma de células B.

Esa noche, mientras Z. todavía estaba en la Clínica con nuestra hija menor, como soy una persona moderna, me refugié en el omnisciente Google. Cuando empecé a entender lo que implicaba este tipo de cáncer, sentí que la tierra se abría bajo mis pies. De repente, todo parecía derrumbarse. El mañana no significa nada, o mejor dicho, nada tiene ya ningún significado.

Durante los dos o tres días siguientes, que eran fines de semana, traté de averiguar qué debíamos hacer preguntando a amigos que habían pasado por crisis similares. Le mostramos los resultados a un amigo nuestro, que era un buen oncólogo, y él nos dirigió con calma a la Clínica de Hematología Especializada del Hospital Papanikolaou.

También envié los resultados a una amiga médica nuestra en Estados Unidos. Ella respondió que se trataba de una forma muy agresiva de cáncer y que deberíamos haber comenzado ya con la quimioterapia, es decir, ayer, no mañana. Finalmente, concertamos una cita en la Clínica Especializada del Hospital Papanikolaou para el lunes siguiente.

Por supuesto, a estas alturas, Z. ya sabía lo que tenía y que necesitaba recibir quimioterapia. Me preguntó si podíamos ir al Monasterio de Surotí el domingo por la tarde para venerar la tumba del Gérontas Paísio. En todos estos años, nunca lo habíamos visitado. Como siempre, había una fila de personas esperando para rezar ante la tumba del Gérontas. Nos pusimos en fila y esperamos con reverencia. Cuando fue nuestro turno, Z. se inclinó, veneró la tumba y apoyó su cabeza en ella.

Cuando nos llegó el turno, Z. se inclinó, veneró la tumba y apoyó la cabeza un rato sobre la placa de mármol grabada con el poema.

Se levantó con lágrimas en los ojos y dijo: “Él respira, puedes oírlo. La tumba está viva. Ven a verlo tú mismo”. Fui a venerarla y, por supuesto, no oí nada que viniera de la tumba.

Fuimos a la iglesia de san Arsenio y, una vez que Z. se calmó, le pregunté qué había sucedido. “Fue como si un aliento dulce y cálido quitara todo el miedo de mi corazón, una mano me quitó todo el tumulto del pecho. Me sentí en paz y escuché una voz que me decía: “Vámonos ahora”. Lo que inmediatamente me vino a la mente fue la vez en que nos había instado gentilmente a salir de su patio diciendo: “Vámonos ahora”.

Z. sintió una sensación ilimitada de paz y alegría por todas las personas que la rodeaban, sintió que la gracia la inundaba. A partir de ese momento, Z. se sintió tranquila y quizás en ese momento sus síntomas empezaron a remitir. Ese lunes fuimos a su cita en el hospital. El médico le explicó a Z. lo que tendría que hacer, qué efectos secundarios podría tener, etc.

Pero antes de comenzar el tratamiento, necesitaba hacerse una tomografía computarizada para ver dónde más podía haber focos de cáncerꓽ y el hospital necesitaba una segunda biopsia para confirmar los resultados de la primera. La segunda biopsia arrojó los mismos resultados que la primera y confirmó que efectivamente se trataba de un linfoma. Z. se hizo la tomografía computarizada y esperamos los resultados.

Una tarde fuimos juntos a buscar los resultados. Ella me pidió que fuera solo a buscar los resultados porque no podía esperar. Pedí los resultados en el mostrador de recepción porque se suponía que estaban listos.

La chica buscó, no los encontró y en voz baja le preguntó algo a la otra chica que trabajaba allí. Ellas susurraron algo y finalmente me preguntaron: "¿Quién eres?" El médico tiene los resultados y le gustaría verte.

Yo ya había pasado por lo mismo con la primera biopsia y con el cirujano. Todo el mundo quiere decirte de una manera que transmita la gravedad de la situación. Así que fui al consultorio del médico que había examinado la tomografía computarizada y había escrito el informe.

“Me gustaría obtener los resultados de Z.T.”, dije.

“Ah, muy bien.” El médico me miró. “Dígame, por favor, ¿qué síntomas tiene? ¿Por qué le hicieron la tomografía computarizada?” La sangre comenzó a subir a mi cabeza. “¿Qué está pasando? ¿Qué quiere saber?”

Continuó: “Veo que tiene un diagnóstico y una derivación del hospital Papanikolaou. Su clínica es un centro de derivaciones para este tipo de enfermedades pero…” No pude soportarlo más.

“Doctor, dígame qué vio en el examen, por favor. Si el cáncer está en todas partes o si no pudo encontrarlo en absoluto. ¿Por qué me hace estas preguntas?”

“Bueno, he examinado la tomografía computarizada con mucho cuidado, pero no había nada”.

“Espere un momento, por favor. Tengo que ir a buscar a Z. al coche. Debe decírselo usted mismo”.

Z. le explicó al médico su historial médico y el médico solo pudo decir: “Ojalá todos mis pacientes tuvieran este tipo de resultados”. Esto fue la confirmación para nosotros de que el Gérontas había dado la solución.

Le mostramos los resultados también a nuestro amigo oncólogo y le pareció muy curioso que no hubiera nada.

Z. siguió con la quimioterapia como le habían prescrito los responsables de su tratamiento. Ningún médico se responsabilizaría de decir que el tratamiento no era necesario después de que se hubiera confirmado dos veces en biopsias que se trataba de una forma muy agresiva de cáncer.

Han pasado tres años desde entonces y Z. está sana. Sólo que nuestras vidas ya no son las mismas. El Gérontas Paísio siempre está con nosotros. El mundo entero que nos rodea es más hermoso. Estamos inundados de las bendiciones de Dios... todo lo que tenemos que hacer es pedir.

Como dice nuestro amigo Kostas: “Si un milagro deja un sello en tu vida, no hay vuelta atrás”. Sabes que no sólo existen los cinco sentidos, sino que todo sucede a la luz de la fe.

He escrito estas cosas que vivimos, para poder compartir nuestra experiencia con otras personas que puedan entender el mensaje detrás de los acontecimientos. No estoy tratando de convencer a nadie de que lo crea. (La tomografía computarizada no es una prueba del milagro... esto también le puede haber sucedido a otras personas). Sin embargo, estoy seguro de que el Gérontas Paísio habló con Z. y le quitó su problema de salud porque le habló de la misma manera que nos había hablado a nosotros cuando lo conocimos en su celda durante su vida terrenal: de esta manera única, estaba dando fuerza y ​​asistencia durante toda su vida a las personas que le pedían ayuda.




Impresionado por el libro del Gérontas


Un joven de Grecia central vivía en la ignorancia y el pecado. No sólo no tenía ninguna relación con la Iglesia, sino que durante años había estado viviendo con su novia extranjera sin casarse nunca con ella. Terminó con un ejemplar de las Epístolas del Gérontas por pura casualidad. Se sorprendió cuando lo leyó. “Me golpeó como una tonelada de ladrillos”, confió. No sólo decidió cambiar de vida, sino que incluso creó dentro de él un intenso deseo de convertirse en monje. Con gran entusiasmo, fue a buscar un padre espiritual: después de una confesión contrita y honesta, expresó su anhelo divino. Pero el padre espiritual perspicaz, después de leer la oración de absolución y darle algunos consejos, le explicó que eso no estaba bien porque su novia había concebido. “No puedes abandonarla ahora. Vas a tener una familia cristiana. Esta es la voluntad de Dios para ti”, le aconsejó con cuidado paternal. Él fue obediente. Sin embargo, intenta que su vida familiar se parezca lo más posible a la de un monje. Se esfuerza por ayunar, asistir a los servicios religiosos, rezar la oración del corazón y cultivar la vigilancia, algo que, en su juventud, no sabía nada de estas cosas. Da gloria a Dios y agradece al Gérontas su ayuda, la que sigue invocando y que ha recibido repetidamente de forma vívida e incluso maravillosa, como él mismo ha atestiguado.

Quizá se considere redundante, pero hay que destacar el modo completamente espiritual, y no lógico o emocional, en que trabaja el Gérontas.

Se podría pensar que el libro mencionado anteriormente, debido a su profundidad espiritual y su enfoque teórico, habría sido repulsivo para alguien sin vida espiritual. Otros libros del anciano, por ejemplo, la Vida de san Arsenio o los Padres del M. Atos, o una colección de testimonios y milagros del Gérontas con fotografías añadidas, habrían sido más atractivos para alguien con ignorancia espiritual. Pero en casos como el mencionado, ni los factores humanos externos ni las palabras amables del Gérontas son las fuerzas impulsoras; lo que hace que todo sea posible es el crédito espiritual que las intercesiones del Gérontas tienen ante Dios.




“¡Deja de ver televisión!”


Había pasado algún tiempo desde el bendito reposo del Gérontas Paísio. H., a quien el Gérontas conocía bien, tenía una gran debilidad por ver televisión. Perdía horas todos los días viendo diferentes programas. Un día, el Gérontas se le apareció de repente y le dijo con severidad: “¡H., deja de ver televisión!” y luego desapareció.




8. “¡Estaba aquí!”


Este milagro ocurrió en el quirófano del hospital de Agrinio. Un paciente de veinte años, de nombre M., deportista, tenía que ser operado de una rotura en el tendón de Aquiles.

Después de una operación exitosa que duró muchas horas, el joven se despertó y, en cuanto pudo hablar de nuevo, gritó: “¡Estaba aquí! ¡Estaba aquí! ¡Lo vi!”

El personal del servicio de cirugía, sorprendido, le preguntó a quién había visto. Él respondió que había visto al padre Paísio dentro del quirófano donde se había realizado la operación y mientras estaba bajo los efectos de la anestesia. El personal también quedó impresionado por la rapidez y la destreza sin precedentes del cirujano.




9. “¡No tengas miedo! ¡No estás solo!”


“Dios puede actuar incluso a través de las coincidencias”.

Spyros Christides recuerda: “Nunca me interesé demasiado por la religión, principalmente porque mis padres, por lo demás cariñosos, me educaron con una actitud humanista y atea ante la vida, actitud que también compartía nuestro amplio círculo social. Siempre había sospechas y dudas ante cualquier cosa relacionada con la religión. Así, en la escuela primaria, yo era uno de los pocos niños entre mis compañeros (creo que tal vez el único) que nunca iba a la escuela dominical, mientras que en la escuela secundaria y preparatoria, era el oponente constante de mi profesor de teología.

En septiembre de 2004 cumplí treinta y siete años. Estaba casado, tenía dos hijos (mi hija tenía nueve años y mi hijo cuatro) y estaba tratando de recuperar mi vida profesional. Apenas unas semanas antes, me habían anunciado que me iban a despedir inesperadamente de la escuela privada en la que trabajaba desde 2002. Toda mi energía estaba centrada en mi vida profesional porque mi esposa no trabajaba, así que era urgente que encontrara trabajo. Al mismo tiempo, me enfrentaba a un problema de salud al que, sin embargo, no le prestaba la atención que merecía. Había notado, alrededor de la Navidad de 2003, un pequeño bulto en mi testículo izquierdo sin ningún otro síntoma. Supuse que se debía a que iba en motocicleta todos los días, mi principal medio de transporte, y por eso no le presté la atención que debía. Además, no me molestaba en absoluto... En septiembre de 2004, en medio de la tormenta que azotaba mi vida profesional, descubrí, en algún momento, que el bulto había aumentado visiblemente de tamaño. Por insistencia de mi esposa, fui a ver al urólogo militar K.P., ahora un buen amigo nuestro. Me hizo una serie de pruebas repetidas, y el martes por la mañana, 19 de octubre de 2004, fui al Hospital Militar 424 (que entonces estaba ubicado al lado de la Universidad de Macedonia) para poder mostrarle los resultados finales de las pruebas que me habían realizado. El urólogo me reveló que tenía un tipo de cáncer que requería una intervención quirúrgica inmediata. Llamó al Hospital Interbalcánico en ese mismo momento y fijó la fecha de la operación para el martes siguiente, 26 de octubre de 2004. Se eligió esa fecha porque yo ya estaba trabajando en un centro de enseñanza y el 26 de octubre era el comienzo de un descanso de tres días en las escuelas y centros de enseñanza de Tesalónica, de modo que tendría un tiempo relativamente amplio para recuperarme. Sin embargo, el diagnóstico fue un tremendo shock para mí. Hasta entonces, nunca se me había pasado por la cabeza que pudiera tener cáncer y, hasta el último minuto, seguí creyendo que sólo tenía una forma de varicocele. Recuerdo que salí del Hospital 424 en un estado de ensoñación. Sin haber asumido del todo mi situación, empecé a vagar sin rumbo por el campus universitario. Ni siquiera se me ocurrió llamar a mi mujer para informarle de lo que estaba pasando. Lo único en lo que podía pensar era en que había llegado mi hora de morir. Estaba seguro de que iba a morir, pero sin el menor sentimiento de miedo o desesperación. Recuerdo también bien cómo me invadió la decepción, de lo fácil y repentino que puede acabar una vida. Es la misma sensación que se tiene cuando en medio de una gran fiesta alguien apaga de repente las luces o se desata una tormenta y todos tienen que marcharse. Esta sensación dominaba mi mente. No era miedo ni desesperación, era la constatación de la vanidad de la vida y de la propia desolación, un auténtico “recuerdo de la muerte”…

Con estos pensamientos dando vueltas constantemente en mi cabeza, de repente me di cuenta de que ya había salido del campus universitario y me dirigía mecánicamente (quizás inconscientemente) hacia la ciudad alta, donde estaba la casa de mis padres. En ese momento me encontré frente a la iglesia de Panayía Laodigitria*, mi parroquia de la infancia.


* Laodigitria es una variante del icono clásico Odigitria, cuyo nombre suele traducirse como “la que señala el camino” o “la directora”. En este caso, la Iglesia mencionada está dedicada a la Madre de Dios como directora del pueblo o “laos” en griego.


Había ido muchas veces con mi familia a la misa de Resurrección, por seguir la costumbre, no porque fuéramos creyentes en esencia. De manera totalmente espontánea, se me ocurrió hacer algo que nunca había hecho en mi vida y de lo que siempre me había burlado: ir a confesarme. Volví a pensarlo: “¿Por qué no? De todos modos estoy perdido. Bien podría hacerlo. Con todo lo que he hecho en mi vida, no me va a hacer daño si ahora hago algo que en el fondo no está mal, y ya no importa si lo hago o no”. Apagué el móvil, bajé las escaleras y entré en la iglesia. Estaba seguro de que allí encontraría a alguien que aceptara confesiones... Encontré la iglesia oscura y vacía. Había dos o tres señoras allí (probablemente limpiando). Sumido en mis pensamientos y sin prestar mucha atención, encendí mecánicamente una vela y me senté solo en el nártex. En ese momento, un sacerdote joven, bajito y flacucho salió alegremente de su pequeño despacho (algunos días después me enteraría de que se trataba del hieromonje G. V.):

— ¿Necesitas algo?’, —preguntó.

—Me gustaría confesarme, —le dije.

—Lo siento, pero no puedo ahora. Si quieres, puedes concertar una cita para otro día porque tengo que irme en breve.

—Ah, vale, gracias, —le dije y me levanté para irme. Pensé: “¿Quién pide una cita cuando uno no sabe si estará vivo o muerto hasta la próxima vez?”

—Pues sí, así es… en un minuto, si quieres, ven conmigo—. Me dijo justo cuando estaba a punto de irme. Entramos en una pequeña capilla.

— ¿Cómo te llamas?’

—Spyros.

—Bueno, dime, Spyros, ¿qué te preocupa?

Casi una hora después, volvía a casa. Traté de recordar y contarle al sacerdote todo lo que me preocupaba. Sin embargo, no dije nada sobre mi problema de salud, que fue, más o menos, lo que me llevó a confesarme en primer lugar. Todavía no entiendo por qué. Es como si se me hubiera ido por completo de la cabeza durante la confesión. ¡Lo único que me había estado molestando obsesivamente durante horas era también lo único que no me acordé de mencionar al sacerdote! ¡Como si nunca hubiera existido! La verdad es que, de camino a casa, me sentí muy diferente. Había encontrado la paz por completo. Mi problema de salud ya no me molestaba y, por primera vez, sentí un optimismo inconcebible y una sensación de consuelo notable. Le conté a mi esposa el diagnóstico y la operación que sería necesaria, pero no mencioné nada sobre mi confesión. Me daba un poco de vergüenza mencionarlo, ya que era algo completamente ajeno a nuestras creencias y estilo de vida. Continué con mi vida diaria esperando la operación del martes.

Tres días después, temprano en la mañana del viernes 22 de octubre, me desperté alrededor de las tres de la mañana con el intenso deseo de ir a un monasterio en particular en un pueblo a las afueras de Tesalónica, en Surotí. Nunca había estado en Surotí antes. Había pasado por allí a menudo en el camino a Halkidiki, y había oído que había un monasterio allí fundado por el Gérontas Paísio. Había escuchado algunas historias impresionantes sobre el Gérontas Paísio de los padres de mis estudiantes que lo habían conocido, pero nunca las había tomado en serio ni les había dado una segunda consideración. Traté de deshacerme de este deseo intenso e irracional de visitar el Monasterio a una hora tan temprana, antes del amanecer. Me revolvía en la cama como un cordero en el asador... iba y venía de la cocina al dormitorio... encendía y apagaba la televisión para intentar relajarme... nada me ayudaba. En cuanto me acostaba, algo me mantenía los ojos abiertos y el intenso deseo de ir a Surotí dominaba mis pensamientos. Mientras las horas de la noche transcurrían tortuosamente en esta tensión, sin poder dormir, finalmente empezó a amanecer. Me levanté de la cama y comencé a prepararme para irme. Era la madrugada del viernes 22 de octubre de 2004. Mi mujer, todavía medio dormida, me preguntó:

— ¿Adónde vas tan temprano?

— Tengo trabajo en el centro de tutorías.

Pero tú no tienes trabajo el viernes por la mañana en el centro de tutorías.


Está empezando una nueva clase de estudiantes que se gradúan y necesito ir temprano para que podamos fijar el horario.

En menos de una hora, me encontraba frente a la iglesia parroquial de Surotí. Cometí el error de venir en moto en lugar de coger el coche y tenía un poco de frío. Eran casi las ocho y no había ni un alma a la vista. No sabía dónde ir para encontrar el Monasterio. Quizá había visto un cartel con las palabras “Monasterio de san Juan el Teólogo”, pero ni se me pasó por la cabeza que ese era el monasterio al que quería ir, ¡era increíblemente ignorante! Afortunadamente, después de esperar un rato, un par de mujeres vinieron a coger el autobús. Les pedí ayuda y me indicaron dónde tenía que ir. A eso de las ocho de la mañana estaba frente a las puertas del Monasterio. Las puertas estaban cerradas. Leí el cartel de la entrada que explicaba el horario de visitas: todos los días, mañana y tarde, excepto los viernes, que estaban cerradas todo el día (¡hoy, en 2015, permanecen cerradas los lunes, miércoles y viernes!). ¡Qué decepción! Me pregunté por qué la persona que me había traído hasta aquí, si es que alguien lo había hecho, había decidido hacerlo el único día de la semana en que no se permitía la entrada. Miré a mi alrededor para ver si podía colarme, pero era imposible. La valla era alta y desalentadora. Me puse el casco de nuevo, di marcha atrás con la moto y encendí el motor, listo para salir. En ese mismo momento, un coche pequeño se detuvo frente a la puerta. Solo había una conductora y, al acercarse, bajó la ventanilla del lado del pasajero que estaba frente a mí. Entendí que ella quería decirme algo, así que me quedé donde estaba con el casco puesto y el motor en marcha. La conductora era una mujer vestida casi de negro aunque no era monja. Desde ese día, he repetido en mi mente mil veces la conversación que sigue:

¿Estás aquí para venerar al Gérontas?

—Sí (después de pensar por un momento que probablemente se refiería a p. Paísio). El monasterio está cerrado los viernes y no puedes hacerlo.

—Sí, acabo de leer eso.

— ¿Vienes de muy lejos?— En ese momento, una “oportunidad” pasa por mi mente. Es la tentación de decir “sí” para que ella se compadezca de mí y me ayude a encontrar una manera de entrar. El pensamiento se repite en mi mente por unos segundos, pero parece casi un sacrilegio. Es como si estuviera forzando con una mentira algo que quiero que se haga, así que lo rechazo.

—No, yo vengo de Tesalónica, cerca de aquí, —y añado, para que no se sienta mal ni obligada—, no sabía el horario, pero ahora que lo sé, volveré la semana que viene (sin quererlo, por supuesto, ya que entonces me operarían). Ella me responde:

—Escucha, vengo de vez en cuando para ayudar con diferentes cosas en el Monasterio, y las hermanas me abrirán la puerta. Puedes seguirme si quieres.

En un par de minutos estábamos en el Monasterio. Una hermana me recibió con una sonrisa y, después de saludarme, me llevó sin decir una palabra directamente a la tumba del Gérontas. Incluso me dio una vela para encender. (Luego encendí la vela en un lugar específico frente a la tumba). Examiné la tumba. Me pareció bastante simple en comparación con lo que esperaba, pero estaba muy bien cuidada. Sin saber qué hacer ni qué decir, me arrodillé y dije: “Padre nuestro que estás en los cielos”… Después, la hermana me acompañó hasta la salida, me dio un pequeño icono del Gérontas y me preguntó si lo había conocido cuando estaba vivo. Le respondí que no, se despidió y me fui. Nuestra conversación fue mínima y durante todo el proceso estuve completamente tranquilo, como si fuera protagonista y observador a la vez, como si el curso de los acontecimientos fuera relevante para mí y, al mismo tiempo, no tuviera nada que ver conmigo. Tan pronto como comencé a bajar hacia las puertas del Monasterio, comencé a sentir un extraño entumecimiento en mi cuerpo. Era agradable más que doloroso. El entumecimiento comenzaba desde mi cabeza y se extendía hacia abajo. Las lágrimas comenzaron a fluir incontrolablemente de mis ojos... Sentí que mi corazón no podía contenerse dentro de mi cuerpo, como si quisiera catapultarse desde mi pecho. Sentí que mi alma literalmente estallaba y se estiraba como una lámina de goma hasta los límites del horizonte, ¡volviéndose uno con el universo entero! ¡Fue increíble! No pude seguir conduciendo. Me detuve a un lado de la carretera desolada y, entre lágrimas y sollozos intensos y una sensación absolutamente vívida de protección, consuelo y esperanza, intentaba, yo el medroso, averiguar qué me estaba pasando, por qué y durante cuánto tiempo me sentiría así, y cómo debería afrontarlo. Tenía plena conciencia de mí mismo y de lo que estaba pasando, aunque me sentía completamente entregado a lo que me estaba sucediendo. Y deseaba que nunca terminara. Si pudiera describir con una sola frase las increíbles emociones de una intensidad sin precedentes que me abrumaron en esos cinco o diez minutos únicos, no podría decirlo exactamente, simplemente diría: “No temas, no estás solo”. Cuando regresé a mi casa, era un hombre cambiado. Yo sabía en mi interior que todo iba a salir bien, pero lo más importante era que sabía, por fin, que la tradición Ortodoxa no es mitología, ni mera historia, ni mucho menos un estilo de vida. Es la verdadera forma de vida que vigoriza y supera todo. Es el verdadero espacio-tiempo que trasciende y vitaliza nuestro espacio-tiempo individual.

La biopsia después de la operación confirmó que el tumor era maligno, pero, debido a mi negligencia, no recibí tratamiento (mi carga de trabajo no me permitió recibir radioterapia en el plazo especificado por los médicos). Sin embargo, mi cáncer no ha vuelto a aparecer, al menos hasta ahora. Aceptar esta experiencia requirió mucho tiempo y, aún hoy, todavía estoy asimilando lo que me ocurrió. Cuando pienso en todos los detalles increíbles y los eventos "casuales" que tuvieron lugar, me siento al borde de un abismo, sin embargo, lleno de sabiduría y sufrimiento. Cuando pienso en cómo el más mínimo detalle (desde el momento en que me até los cordones de los zapatos aquel viernes por la mañana, pasando por la conversación que tuve con mi mujer, las variaciones de velocidad de mi moto, el hecho de pararme en las señales de tráfico y la conversación de segundos con las mujeres en la parada de autobús del pueblo) y cómo cada uno de estos detalles por sí solo (y más aún si se suman todos) podría haberme retrasado fácilmente unos instantes, de modo que no hubiera podido encontrarme con la mujer del coche (si hubiera llegado más tarde, la mujer ya habría entrado por la puerta, y si hubiera llegado antes, ya me habría ido antes de que ella llegara), me siento diminuto y totalmente impotente. Todas estas “coincidencias” que viví tienen un significado que no se puede expresar con palabras. Hablé con mi mujer unos días después de todo lo que había sucedido. Éste fue el comienzo de mi viaje por el camino de la Ortodoxia. Espero que Cristo me haga digno de permanecer en este camino hasta el final.»




10. Él mismo realizó la operación


Nikolaos Koulouris, profesor de Derecho en la Universidad Europea de Chipre, recuerda: «Era el año 2012. En la Facultad de Derecho de la Universidad Europea de Chipre, a mi alumno Stelios Kreouzos, periodista del RIK (Fundación Radiofónica de Chipre), le diagnosticaron líquido en el corazón y los pulmones. Su estado le obligó a permanecer hospitalizado durante largos periodos de tiempo a lo largo de dieciocho meses. Finalmente, el médico encargado de su tratamiento recomendó que se sometiera a una intervención quirúrgica para extraer el líquido y poner fin a su calvario. La operación entrañaba bastante riesgo, como le informó el cirujano a mi alumno. La víspera del día previsto para la operación, Stelios fue ingresado en el hospital. Como es lógico, estaba consumido por la angustia por el resultado de la operación. Por la tarde, un primo suyo vino a visitarlo y le trajo un libro sobre el Gérontas Paísio del M. Atos, que ya ha sido canonizado como santo. Le dijo que leerlo lo ayudaría a calmarse. (Ha de tenerse en cuenta que Stelios hasta este punto solo tenía una relación muy superficial y exterior con Dios y la fe Ortodoxa, como la mayoría de los griegos, por desgracia). Entonces, comenzó a leer el libro. Finalmente, llegó al punto en que, según el biógrafo del santo, el santo le pidió a Dios que "le enviara cáncer para ponerlo a prueba". Esto realmente le llamó la atención a Stelios, sin embargo, fue lo que el santo dijo lo que le llegó al alma: "¡Dios mío, cada día de mi vida está en Tus manos!" Comenzó a repetir esta frase una y otra vez y las lágrimas comenzaron a caer de sus ojos. Conmovido y llorando constantemente, siguió exclamando: "¡Dios mío, cada día de mi vida está en Tus manos!" En esencia, esta era una forma de oración indirecta pero sólida a Dios por el éxito de la operación. Cuando su esposa lo escuchó, entró en la habitación y le preguntó por qué estaba llorando. Trató de calmarlo diciendo que todo estaría bien con la operación. Le pidió que lo dejara solo en la habitación, que fuera a casa a cuidar de sus dos hijos pequeños y que ella pudiera dormir un poco. Le prometió que se calmaría. Pero Stelios siguió llorando y repitiendo las palabras del santo solo en su habitación. En un momento dado, tarde en la noche, se dio cuenta de que podía ver a un hombre vestido con sotana presente a su lado. Instintivamente, sin entender completamente lo que estaba diciendo, se dirigió al hombre de la sotana diciendo: “Gérontas Paísio, si ha venido por mí, le ruego que ore para que mi cirugía salga bien”. Y continuó llorando y repitiendo las palabras del santo: “¡Dios mío, cada día de mi vida está en Tus manos!” Esto duró hasta las 5:45 a.m. del día de la operación, cuando finalmente se quedó dormido. Recuerda la hora porque miró su reloj justo antes de quedarse dormido. A las 7:00 a.m., la enfermera vino a despertarlo para que pudiera prepararlo para la operación. El enfermero se sorprendió al ver que la ropa y las sábanas de mi alumno estaban todas mojadas. Le preguntó si se había derramado agua encima, cosa que Stelios, por supuesto, negó. El enfermero le ayudó a ponerse ropa seca y le trasladó a una habitación contigua para que pudieran medir el lugar exacto y la cantidad de líquido en su corazón y pulmones, para darle al cirujano una guía para usar durante la operación. El hombre que operaba la máquina, una vez que tomó la medida, le dijo al enfermero que llevara a Stelios a otra máquina de medición, ya que la que usaba a menudo se estropeaba y no mostraba nada. Entonces el enfermero lo llevó a otra máquina que nunca había tenido problemas y era particularmente confiable. Asombrado, el manejador de la máquina encontró nuevamente que no había líquido en ninguna parte del cuerpo de mi alumno. Inmediatamente, llamó al cirujano para contarle lo que había sucedido. Téngase en cuenta que este cirujano está cerca de Dios y que había escuchado de Stelios los eventos que tuvieron lugar en su habitación durante la noche. Entonces, el cirujano le dijo al operador de la máquina: “Mi mente inmediatamente se va a lo que pasó, pero para estar completamente seguro, envíe al paciente a una tomografía computarizada con una remisión explicando la necesidad de medir la ubicación y la cantidad de líquido en su cuerpo”. Una vez que se completó la tomografía computarizada, el médico que examinó los resultados llamó al cirujano de mi estudiante para decirle que había un error en la remisión, y que debía haber enviado al paciente para que lo examinaran por una razón diferente. El radiólogo llegó a esta conclusión porque la tomografía reveló que “no hay rastro de líquido en el cuerpo del paciente”. El cirujano luego dio la orden a la enfermera de llevar al paciente de regreso a su habitación. Inmediatamente, fue a verlo. Le dijo que se quitara la bata del hospital, se pusiera su propia ropa y se fuera a casa. Comprensiblemente confundido, mi estudiante preguntó: “Pero, doctor, ¿qué pasa con la operación?”. El cirujano respondió: “¡El Gérontas Paísio realizó la cirugía él mismo, esta mañana temprano!”.

El mismo Stelios me contó todo lo anterior. Desde entonces, da gloria a Dios todos los días y recuerda con profunda gratitud al ya canonizado san Paísio.





LEXICO

¹ “Romanidad Unida” (del gr. “Ενωμένη Ρωμηοσύνη”). Es una asociación formada “por miembros unidos por el amor a los valores, sin los cuales no es posible que existamos, como individuos libres y como nación. Creencia en el poder de la unidad y la consideración de que estos valores son el alma de la Nación. […] La incomparable lengua griega, en la que por divina providencia fueron escritos el Evangelio de la Verdad revelada y la educación cristiana griega. Y santa tradición ortodoxa griega, que es la memoria del pueblo”. (Fuente: http://romiosyne.blogspot.com/2012/05/por-que-llamarla-romiosyne.html)

M. C. Howatson, en su Diccionario de la literatura clásica, dice de ella que se remonta al siglo IV, cuando los griegos del Imperio Romano de Oriente se llamaban a sí mismos romaioi, es decir, romanos, y no “griegos”, que por entonces era sinónimo de pagano. Leer más sobre “Romiosini”. (Fuente: http://romiosyne.blogspot.com/2012/05/por-que-llamarla-romiosyne.html)


² Venerable. Traducción de “όσιος” [ósios].


³ “Papulis” (del gr. “Παππούλης” [Pappoúlis]). Traducido es “Abuelito”. Tiene sin embargo en griego connotación de respeto y devoción, pues por lo general va dirigido a curas y/o monjes ancianos con experiencia en la vida espiritual, los cuales muchas veces son guías espirituales de los demás (ver Gérontas ⁴). Como equivalentes del término aquí se utiliza tanto “Papulis” como “padre”.

La monja Mirofora aquí se refiere al p. Paísio como “Papulis” en algunas ocasiones, y en otras como “Gérontas”. Cuando aparece a la vez que el otro “Gérontas” del Monasterio (es decir junto al hieromonje o monje-sacerdote, realizador de los Oficios eclesiásticos, Confesor…del Monasterio), entonces se hace referencia al p. Paísio como “Papulis”, para diferenciarlos.


⁴ Gérontas (del gr. “Γέροντας” [Yérontas]), fem. Geróntisa (“Γερόντισσα” [Yeróntisa]), Higúmeno (“Ηγούμενος” [Igúmenos]), fem. Higumeni “Ηγουμένη” [Iguméni]. Gérontas literalmente significa Anciano. Es el monje, normalmente también sacerdote (hieromonje), con experiencia en la vida espiritual, que ha llegado a un nivel desde el que puede ayudar y encaminar a otros monjes menos expertos en el camino de la salvación y de la santificación. Se suele encontrar también como “Geronta”, “Geron”, “Yérontas”, “Elder”, “Staretz”… Su femenino es Geróntisa.

Higúmeno, aparte del guía espiritual, es el superior administrativo de un Monasterio, pudiendo ser desde un monje hasta un patriarca.


⁵ “La oración”. Se refiere a la oración de Jesús u oración del corazón: “Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí, pecador”, o más abreviada, “Señor Jesucristo, ten piedad de mí”. En griego, “Κύριε Ιησού Χριστέ ελέησον με, τον αμαρτωλό”, [Kýrie Iisú Jristé eléison me, ton amartoló]



⁶ 1. “Άξιον Εστί” [Axion Εstí] / It is Truly Meet/ Digno es.

2. “Άγιος ο Θεός” [Ayios o Theos] / God is Holy/ Santo Dios

3. “Πάντων προστατεύεις Αγαθή” [Panton Prostatevis Agathi] / All those Do you shelter, O Good One / Bondadosa, que a todos proteges.

4. “Ἐκ νεότητός μου” [Ek neotitos mou] / Since my youth / Desde mi juventud

Lento: en el canto bizantino existen los modos lento (“argó”), lento-ligero (“argosíntomo”), y ligero (“síntomo”)



⁷ (Santo) Monte Atos. En griego se puede encontrar como “Άγιον Όρος”, [Ayion Oros], literalmente “Santo Monte”, o simplemente como “Αθος”, [Azos]”. Suele traducirse al inglés como “Mount Athos”. Es el área montañosa que conforma la península más oriental de las tres que se extienden hacia el sur desde la península Calcídica, situada en Macedonia Central, al norte de Grecia.. Aquí será traducido principalmente como M. Atos, aunque también puede aparecer término Montaña Sagrada.


⁸ Cuerda de oración, en gr. “Κομποσκοίνι” [komposkini]. De “κόμπο”: nudo. Y “σχοινί” [sjiní, o skiní], cuerda. Es decir, cuerda con nudos. La cuerda está formada por 3 hilos de lana o de seda y está elaborada de modo que cada nudo está formado por 9 cruces, hechas mediante el trazado de dichos hilos. Por lo general suelen tener 33, 50 o 100 nudos. Según la Santa Τradición, san Pacomio (+320), con la ayuda de san Antonio, fundó el primer monasterio en Tebaida, Egipto. Comenzó a buscar una manera que ayudara a los monjes a concentrarse en la oración y a contar las oraciones. El Arcángel Gabriel visitó a san Pacomio mientras dormía y le mostró cómo fabricar la herramienta que serviría para las necesidades de la oración. Esta herramienta fue la “cuerda de oración”. La oración más utilizada con la “cuerda de oración” es, en español, “Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí, pecador”, o más abreviada “Señor Jesucristo, ten piedad de mí. La siguiente oración más utilizada es “Santísima Madre de Dios, sálvanos”. La “cuerda de oración” es más conocido en el mundo oriental. Una traducción al español existente es “rosarillo” (Libro “Conversaciones con un ermitaño del Monte Athos”, Sr. Don Hierotheos Vlajos, Metrop. de Lepanto y san Blasio). En la Ortodoxia rusa es llamado “tchotki”.


⁹ “Την τιμιωτέραν των Χερουβίμ”, [Tin Timiotéran ton Cherubim]: A la más Venerada que los Querubines. Se refiere a la Santísima Madre de Dios y Siempre Virgen María


¹⁰ Los grados del monacato ortodoxo-bizantino son tres: A- Rasoforo (portador del raso), B- Stavroforo (portador de la Cruz) y C- Megaloskemos (o skema monje/a, portador del gran “skema” o señal, distinción).


¹¹ “Lukumades”, en gr. “λουκουμάδες” es un dulce muy popular en Grecia, Turquía y en Medio Oriente. Está compuesto de una masa de pan frita a la que se le recubre de almíbar, o miel y se agrega canela, y a veces se cubre su superficie con semillas de sésamo. No confundir con “loukoumia”, en gr. “λουκουμια” [lukumia], que son unos dulces tipo caramelo blando que se suelen ofrecer a los visitantes de los monasterios.


¹² “La imagen de Dios…”. Tropario de despedida o apolytikion general a monjes (tono 8 o plagal del 4º). “En ti fue conservada la imagen de Dios fielmente, oh justo/a (nombre), pues tomando la cruz seguiste a Cristo y, practicando, enseñaste a despreocuparse de la carne que es efímera y a cuidar, en cambio, el alma inmortal. Por eso hoy tu espíritu se alegra junto con los ángeles”



¹³ “Panayía”. Del gr. “Παναγία”, literalmente “Toda-Santa”. Así es como habitual y coloquialmente se conoce en idioma griego a la Madre de Dios o Theotokos (término éste último aprobado por el III Concilio Ecuménico) y Siempre Virgen María. También es utilizado, entre otros, el término “Υπεραγία”, [Yperayía], en la traducción “Más que Santa”, “Santísima”. En inglés, Panayía se encuentra escrito como “Panagia”.


¹⁴ Manto Protector de la Madre de Dios: “Αγία Σκέπη”, [Ayía Skepi] (28 de Octubre en Grecia)


¹⁵ “Sinaxario”, del gr. “Συναξάριον” [Sinaxárion], y éste del verbo “συνάπτω” [sinápto]: adjuntar, contraer, juntar, unir. Es una compilación de Vidas de Santos, escritas en general de modo breve para ser leídas en la Iglesia.


¹⁶ Kathisma (Asiento). Traducción del gr. “κάθισμα” [kázisma], plural “καθίσματα” [kazísmata]: Asientos, de mayor tamaño que las sillas, en una iglesia. Atendiendo a su tamaño e importancia, las hay tipo trono para los superiores en jerarquía, en el coro para los salmistas (“analoguion”), y para el pueblo en general, fijadas a la pared mirando al interior de la iglesia; también en ocasiones, distribuidas por todo el interior de la iglesia, de un tamaño ligeramente superior al de las sillas.


¹⁷ “Paramana”, del gr. “παραμάνα”. Imperdible. Juego de palabras. “Mana” es madre, de modo cariñoso, es decir, mamá. Es decir, le dice el p. Paísio a la monja que le pide el imperdible; “¿Tienes mamá, —referiéndose a la hermana Mirofora—, y también quieres un imperdible?”


¹⁸ Iconógrafo: pintor de iconos o imágenes sagradas. En griego es “αγιογράφος” [ayiografos]. Se ha acabado aplicando sin embargo dicho término en español (hagiógrafo) con el significado de escritor de vidas de santos.


¹⁹ Academia del M. Atos es la Academia o Escuela de Atoniada o Athoniada del gr. “Αθωνιάδα”.


²⁰ “Surotí”, del gr. “Σουρωτή” [Surotí]. Monasterio femenino dedicado a san Juan el Teólogo en el pueblo del mismo nombre, en Grecia.



²¹ a) “KELÍ” (del gr. “κελί” [kelí]) es una institución monástica que está subordinada a un Monasterio dominante. Las más sencillas son celdas monásticas de un solo monje, con una capilla en su interior. Otras mayores son más espaciosas, similares a casas rurales con una pequeña capilla (naídrio) integrada o incluso una iglesia mayor. A las Santas “Kelias” se les ha concedido algún área territorial del Monasterio dominante dependiendo de su tamaño e historia. Por lo general, se conceden a muy pocos grupos de 2 o 3 monjes que se dedican a trabajos agrícolas, ganaderos, de construcción… además de sus deberes religiosos.

Existen también las Santas “Kelias” en las peregrinaciones que se conceden específicamente para cubrir las necesidades de los peregrinos. Estos se alinean principalmente como edificios de uno o dos pisos, alrededor del perímetro de las peregrinaciones, o solo en el lateral. La mayoría de las KÉLIAS (pl. de KELÍ) monásticas de Grecia se encuentran en el Monte Atos, Meteora y la Roca de Monemvasia.


b) “KALIVI” (del gr. [καλύβια]) El nombre original es “KALIVIA” pl. del gr. [καλύβια]: celdas tipo cabañas monásticas, que son viviendas pequeñas y aisladas para uno, dos o tres monjes, las cuales les entrega el monasterio al que pertenece la zona. Los monjes de estas cabañas son autosuficientes con sus labores, como artesanías. Se diferencia de la SKETE en que la KALIVIA no es una comunidad, sino que suele encontrarse aislada, y que la SKETE tiene además una iglesia central o Kyriakón. En ocasiones también consta de otras pequeñas iglesias (pareklisia).



²² A un sacerdote o a un monje, se le pide su bendición, diciendo: “Την ευχή σας” [Tin efjí sas], (con) su bendición, o “Ευλογείτε” [Ebloguíte], bendígame, éste último más usual en el M. Atos. Y la respuesta suele ser “que el Señor te bendiga”, o “del Señor”


²³ Typikón. Es el Oficio o Secuencia (del gr.”Ακολουθία” [Akolouthía], lit. Seguimiento) que se lleva a cabo entre las horas 6a y 9a, (durante la Gran Cuaresma inmediatamente después del final de la hora 9ª), que se celebra sólo en los días que, según el Typikon Sabaíta (del Monasterio fundado por san Sabas el Santificado), no se celebra la Divina Liturgia. Cuando se celebra la Divina Liturgia, la secuencia del Typikon se suprime (no se realiza en absoluto) o se integran en ella como la primera, segunda y tercera antífonas de la Divina Liturgia (Típicas - Bienaventuranzas).


²⁴ Sala de recepción de invitados: En gr. “αρχονταρίκι” [arkontaríki]


²⁵ Padre espiritual. En gr. “Πνευματικός” [Pnefmatikós], lit. espiritual. Es el sacerdote (pudiendo también ser monje o no), ante el cual nos confesamos y él mediante sus pautas y sus oraciones nos guía por el camino de la salvación.


²⁶ “Αναλογιον” [Analoguion]. Lugar del coro en la Iglesia, uno a cada lado, donde se encuentran los libros necesarios para el desarrollo de los Servicios y el atril para apoyarlos


²⁷ Publicado por primera vez en Ero, número 15, págs. 15-25 (griego).


²⁸ “Protatón”. En este templo de Karyes se encuentra el icono de la Madre de Dios llamado “Axion Estin”, “Es verdaderamente digno”. Fue ante este icono que el Arcángelk Gabriel reveló este himno al mundo.


²⁹ Entusiasmo desinteresado: traducción de la palabra “φιλότιμο” [filótimo], muy usada por san Paísio


³⁰ “Νους” [Nus]: capacidades espirituales del hombre que le ayudan a percibir la realidad y procesar sus datos.


³¹ Paísios: en griego, al contrario que en español, existen los casos gramaticales (Paísios cuando es sujeto, Paisíou cuando es genitivo, Paísio cuando es complemento directo, etc.) El nombre de Paísio en griego es Paísios, pero aquí, dado que se utiliza continuamente, se ha adaptado al idioma español, Paísio.













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