SAN JACOBO EL TEOFORO* DE EVIA. (NARRACIONES - ENSEÑANZAS - TESTIMONIOS)

 

SAN JACOBO EL TEOFORO* DE EVIA 




Narraciones - Enseñanzas - Testimonios









Copyright: https://enromiosini.gr/  (Imágenes sólo en el libro original)


Traducido al español por Nectario: https://laortodoxiaeslaverdad.blogspot.com/













INDICE




INTRODUCCION


1. NARRACIONES

1.1. La devoción de los habitantes de Asia Menor

1.2. Desarraigo

1.3. Ascesis juveniles.

1.4. De pequeño era devoto.

1.5. Pedagogía maternal

1.6. Tenía vocación por lo sagrado.

1.7. “Mi madre me enseñó a hacer prosternaciones”

1.8. Sencillez y devoción.

1.9. Le salvó Santa Paraskeví.

1.10. Pruebas en el ejército.

1.11. Respeto y reverencia hacia los consagrados.

1.12. Mi comandante.

1.13. Bienaventurada sencillez.

1.14. El Santo le dio una rica barba.

1.15. Alejamiento.

1.16. Veía el Paraíso espiritual.

1.17. Consejos del obispo.

1.18. «Yo soy “polvo y cenizas”»

1.19. “No voy a los médicos”

1.20. “Me daba rubor ir al médico”

1.21. “Dios me envió pruebas”

1.22. Bautismo y fragancia.

1.23. “No como comida”

1.24. “Dios no ha sido injusto conmigo”

1.25. Ayunos estando enfermo.

1.26. Luchas por las propiedades del Monasterio.

1.27. «La preocupación es la mayor enfermedad.»

1.28. “No deseo el mal a nadie”.

1.29. Almas hambrientas de los difuntos

1.30. “Me quema la humildad”.

1.31. “Ofrezco lo que puedo”

1.32. “El diablo me rompió la mano”

1.33. “¿Aguanto tantos palos?”

1.34. “El Crucificado con el cuerpo vivo.”

1.35. “San David, muy milagroso.”

1.36. “¡Cuántas veces he visto al santo David!”

1.37. El santo David enfrente de la Santa Mesa.

1.38. Vi a san Nectario.

1.39. Aparición de san Juan el Ruso.

1.40. Comunicación con santos.

1.41. Oficiaba junto con ángeles

1.42. “Me ayuda la Gracia de Dios”

1.43. Me da coraje el santo

1.44. “Tuve una visión”.

1.45. Sanación de una endemoniada.

1.46. Revelaciones de una endemoniada.

1.47. Una mujer vio a Cristo.

1.48. No quiere confesión el diablo.

1.49. “Comulgamos, pero no comulgamos”

1.50. Revelaciones de endemoniados y hechizados

1.51. Drogadictos, heréticos, vanidosos.

1.52. “¿Esos no son santos?”

1.53. “Dios me lo ha dado todo”

1.54. “Aparición del abogado difunto”

1.55. “Encontraréis agua de río”


2. ENSEÑANZAS

2.1. A los Consagrados

2.2. A los monjes

2.3. A los laicos

2.4. Varias.

2.5. Opiniones y posiciones del Gérontas*.


3. TESTIMONIOS

3.1. Garabatos del Gérontas.

3.2. Revivió a un embrión

3.3. Consuela a una preocupada.

3.4. El venerable David curó al Gérontas

3.5. Ayudó a una confundida por un Gurú.

3.6. Transición sobrenatural

3.7. Revela su pensamiento.

3.8. Veía demonio

3.9. Indescriptible fragancia del Gérontas.

3.10. Ayunador

3.11. Predice la salud del primer ministro

3.12. Lo sabía todo.

3.13. “Pasarás por grandes tentaciones”

3.14. Recomendaciones al ministro

3.15. Discreta recomendación a un matrimonio

3.16. «Irá al coro de los mártires»

3.17. Sencillez y devoción del Gérontas.

3.18. Desde lejos sabía los pensamientos.

3.19. Reveló su pensamiento a monjas.

3.20. Comunicación espiritual con el Gérontas Paísio

3.21. Padre Espiritual con mucha experiencia

3.22. Revelaciones de san David

3.23. Vio el Cuerpo y la Sangre de Cristo

3.24. Comunicación con san David

3.25. Hacía Liturgias de 40 días

3.26. “Veo a Cristo el Soberano”

3.27. Misericordioso en extremo

3.28. Amor por todos

3.29. Gran Gérontas Iakovos

3.30. Devoción por la Santísima Madre de Dios

3.31. Conversaba con san Juan el Ruso

3.32. Quería los sacerdotes con barba y pelo largos

3.33. Ayudó con su clarividencia

3.34. Salvó a alguien que estaba cercano a la muerte

3.35. Ayuda paradójica

3.36. "Tendrás hijos"

3.37. Vio a un hombre en América

3.38. Gran y prolongada ayuda

3.39. "¿No ves al santo David?"

3.40. Intercede ante el juez

3.41. Leyó su pensamiento

3.42. Todo lo veía

3.43. Resolvió su dilema

3.44. «Oyó una voz del cielo»

3.45. Ayuda a un nuevo monje.

3.46. Le protegió de la magia

3.47. Un niñito, fruto de las oraciones

3.48. La salvó de una muerte segura

3.49. Le salvó de un matrimonio fallido

3.50. Paralítico fue curado

3.51. Veía las almas de las personas

3.52. Revelaciones

3.53. Recuerdos de un joven

3.54. Abuelo, corre”

3.55. "Humildad hacia todos"

3.56. "Yo así le hablo al abuelo"

3.57. Respeto por la tradición

3.58. La pureza del Gérontas

3.59. "Vimos una bendición"

3.60. "Santo, con gran carisma de clarividencia"

3.61. Lo salvó con su carisma

3.62. Ayuda a los niños

3.63. Consuela a una mujer de luto afligida

3.64. Revelaciones litúrgicas y consejos

3.65. Consuela y revela

3.66. Ayuda para un candidato a sacerdote

3.67. Excelente p. Espiritual

3.68. Diagnóstico mejor que el de las máquinas

3.69. Resurrección de muertos

3.70. "Lo sabía antes de que se lo dijera"

3.71. Previó el peligro.

3.72. Liberó a una con difícil alumbramiento.

3.73. Consulta al Metropolitano

3.74. “Recibirás el sacerdocio”

3.75. Su gran amor paternal

3.76. “No temas. Todo irá bien”

3.77. Sabía lo que seguiría

3.78. “Que tenga mucho cuidado”

3.79. El primer encuentro con el Gérontas

3.80. Teofania en el Monasterio

3.81. Características del Gérontas

3.82. Pruebas y tentaciones.

3.83. Luchas del Gérontas.

3.84. Acontecimientos milagrosos

3.85. Predicción

3.86. “Me recibió y me bendijo”.

3.87. Confiesa muy enfermo

3.88. Colaboradores suyos los santos.

3.89. «Imágenes imborrables de un Gérontas santificado»

3.90. Recuerdos del Gérontas

3.91. «Roguemos al santo David»

3.92. Visita al Gérontas

3.93. “Hombre Iluminado”

3.94. Encuentro inesperado y revelador

3.95. Transparente y alegre

3.96. Despedidas antes de su dormición

3.97. Despedidas antes de su dormición

3.98. En el funeral del Gérontas Iakovos

3.99. Fragancia en su funeral



4. MILAGROS DESPUES DE SU DORMICION

4.1. Ayuda a un juez

4.2. Da la solución

4.3. Aparición del Gérontas

4.4. Ayuda material

4.5. A un imberbe le salió barba.

4.6. Ayudó a un drogadicto

4.7. Terapia

4.8. Concordia en la pareja

4.9. Curación de cáncer

4.10. Su foto obra maravillas

4.11. “Un doble milagro”

4.12. “¿Qué santo tienes”

4.13. Sucedió tal como lo dijo el Gérontas *



Notas del traductor:


* Teoforo: del gr. “θεοφόρος”, [theofóros]: aquel que es inspirado por Dios, que lo lleva dentro de sí y se convierte en un instrumento de la economía divina, un "recipiente" de la Gracia divina. (Diccionario G. Babiniotis de la lengua griega moderna 2ª ed.)

* Geron-Gérontas: monje anciano con experiencia, guía espiritual de los demás (ing. “élder”, rus. “stáretz”). Este libro fue escrito y traducido antes de su clasificación entre los santos, por eso se utilizan aquí dichos términos. Sin embargo, el término más apropiado actualmente es “santo”, San Jacobo.



INTRODUCCION


En nuestra época espiritualmente árida, la Gracia de Dios no nos ha abandonado. Ha establecido Gérontas teóforos o portadores del Espíritu de Dios, para ayudar a la gente con sus excelentes carismas. Uno de ellos es el bienaventurado Geron Iakovos (Iakovos), Higúmeno del Monasterio de Osios David en Evia. Hoy en día es muy conocido, no sólo en Grecia, sino también en todo el mundo ortodoxo. Ya antes de su dormición. era considerado como santo en la conciencia del pueblo.



Nació en 1920 en Livisi de Asia Menor. Conoció desde pequeño qué significa vivir como refugiado, con todo lo que ello supone, pobreza, carencias, fatigas y tribulaciones. Pero formado por una familia devota y teniendo entusiasmo y amor por Cristo, luchó desde pequeño con oración, ayuno y modo ascético de vida. Ayudaba a sus padres pobres, hacia los cuales tenía mucho amor, respeto, obediencia. Desde pequeño se cuidó mucho a sí mismo y también tenía cuidado de las compañías. Sacrificó sus estudios, para no ser dañado espiritualmente. Vivió en el pueblo de Farakla de Evia hasta el servicio militar. Una vez finalizado, ayudó a su hermana y se dedicó a Dios, haciéndose monje en el Monasterio de su región, del Venerable David. Durmió en santidad el 21 de Noviembre de 1991.

Estos ejemplos son inusuales y los hombres son conmovidos y llevados al cambio, al arrepentimiento y a la lucha, ante estas vivencias de actuales Gérontas santificados y no ante teologías abstractas.

Uno de ellos fue el Geron Iakovos. Para él “el Evangelio no llegó a vosotros en palabras solamente, sino también en poder, en el Espíritu Santo y en plena certidumbre” (1 Tes. 1,5).



Llevó el Evangelio a la práctica, lo hizo vivencia, porque su vida era obediencia y cumplimiento de los mandamientos de Dios. Luchó de modo sobrehumano. Combatió contra su viejo hombre y contra el diablo príncipe del mal, por quien fue sometido a martirio por condescendencia de Dios. Su sencillez, su devoción, su sed por Dios, su ininterrumpida memoria de Dios, le establecieron como recipiente de la Gracia y amigo íntimo de Dios.

Por sus luchas, los acontecimientos milagrosos que vivió y su ofrecimiento a la gente, fue elevado a la altura de un gran santo, emulando a los antiguos.

Sus experiencias litúrgicas y las apariciones de santos, la frecuente presencia del venerable David, de san Juan el Ruso y de otros santos, le establecieron como conciudadano de los santos, como uno más de ellos. Les veía y hablaba a menudo con ellos. Toda su vida era un milagro continuo y en sus narraciones con gran naturalidad hacía referencia a multitud de milagros. El conocimiento de la voluntad divina, la predicción de acontecimientos futuros, la clarividencia de los nombres de los peregrinos y de sus problemas, pero también la curación de tantos enfermos mediante sus oraciones y sus bendiciones sacerdotales, le declaran profeta en nuestra generación y milagroso. Su dulce y melosa enseñanza, con sus finos consejos espirituales, claramente le delatan como maestro y confortador. Apoyó y alivió a muchos con sus cartas breves pero llenas de amor. Y finalmente como Padre Espiritual y confesor hizo renacer a innumerables personas mediante el Sacramento (Misterio) del arrepentimiento, confesión y cambio (metania).

Además, renovó el Monasterio de su metania, reunió una hermandad espiritual, la cual preparó espiritualmente para que continuaran su obra y, lo más importante, su Gracia inextinguible continúa, tras su dormición, actuando y realizando milagros sobre todos los que le invocan con fe y reverencian con devoción y respeto su sepulcro.

Los libros que ha publicado el Monasterio sobre el bienaventurado Gérontas Iakovos transmiten plenamente la altura de sus ascensos espirituales y muestran sus luchas y su ofrecimiento hacia el hombre actual, decaído por el peso de sus muchos problemas. Pero debido sin embargo a que existen también muchos datos desconocidos, son publicados para gloria de Dios, para honra y memoria del venerable Gérontas y para beneficio espiritual.

Los datos sobre el Gérontas Iakovos provienen de homilías suyas grabadas, de cartas suyas y sobre todo de testimonios de hijos espirituales suyos y de otros fieles que le conocieron.


Han sido clasificados en cuatro unidades:


1. Narraciones, las cuales hacen referencia a la piedad de los antepasados del Gérontas, su edad infantil, sus luchas como monje y sus experiencias divinas. Cuenta el mismo Gérontas, con su agraciado modo, experiencias personales sobrenaturales y hazañas, con naturalidad, con sencillez y con humildad.


2. Enseñanzas, en las cuales se incluyen breves enseñanzas suyas sobre consagrados al sacerdocio, monjes y laicos, y se hace referencia a algunos puntos de vista suyos sobre distintos temas candentes. Su discurso práctico, que sale de una mente* santificado, toca los corazones, ajusta como una norma la vida y constituye una luz guiadora.


* Mente: traducción ambigua del término griego “νους”, [nus]: capacidades espirituales del hombre que le ayudan a percibir la realidad y procesar sus datos. En ocasiones también aparece traducido como “entendimiento”.




Debido a que lo escrito es distinto a lo hablado, en sus discursos grabados se han adaptado los discursos del Gérontas, obviando sobre todo repeticiones y otras palabras intermedias, sin que sea alterado su significado. Donde era necesario, para facilidad del lector en cuanto a la comprensión del significado, es añadida entre paréntesis alguna palabra o frase que no fue dicha por el Gérontas, porque considera que la supone su interlocutor.


3. Testimonios. Son declaraciones responsables de hijos suyos espirituales, sobre acontecimientos que vivieron, escucharon y vieron junto a él, junto a un santo, cuya vida era todo enseñanzas y ofrecimiento, sacrificio y adoración a Dios.



4. Milagros tras su dormición. Algunos de los muchos testimonios que continuamente tienen lugar en su sepulcro y sobre quienes con fe invocan su nombre.


Que tengamos sus intercesiones y que envíe su bendición a los lectores, y sobre todo a los testigos de sus palabras y de sus revelaciones, las cuales son publicadas para gloria de Dios, y les agradecemos su colaboración y su confianza.


Sus testimonios son la mejor conmemoración del santo Gérontas y un agradecimiento ininterrumpido. Mediante sus testimonios realizados con seriedad y responsabilidad, la figura del Gérontas se recrea y emerge vívidamente, de un modo accesible, práctico y didáctico a través de sus santas vivencias. El conocimiento de su vida ascética, martírica y apostólica, se convierte en cónsul de beneficio y motivación para seguir sus pasos, con la certeza de que Cristo, nuestra esperanza, en cada época levanta santos y da Su Gracia a los dignos, invitando a todos a que luchemos para vivir con Él en Su Reino. A Él sea la gloria por los siglos. Amén






1. NARRACIONES


1.1. La piedad de los habitantes de Asia Menor


Los habitantes de Asia Menor, para que los iconos fuesen salvados (cuando veían que peligraban de ser atrapados por los turcos musulmanes) los echaban al mar y hacían oraciones pidiendo: “Salgan a tierra firme, vayan a Monasterios, sean incensados, sean reverenciados y que por vosotros sea glorificado siempre el nombre de Dios”. El sacerdote en Asia Menor, decía mi madre, cuando se peinaba él, ponía una toalla, y los pelos los recogía y los ponía en su almohada como amuleto hasta su defunción, mientras que nosotros hoy en día los tiramos.





1.2. Desarraigo


Teníamos en Asia Menor terrenos, herencias, Iglesias metropolitanas… todo esto lo dejamos. Catorce archimandritas teníamos en nuestro linaje, obispos y mucho más… Nuestras casas fueron cerradas, dieron las llaves a los turcos y nos echaron. Yo tenía entonces un año y medio. Mi madre me ocultó bajo su vestido. Me cubría muy bien para que no me matasen los turcos. Nos fuimos en medio de una matanza y con muchas dificultades. Había cogido mi madre una bolsa con algo de sésamo y algo de rakí: “darles a mis hijos algo para que coman”, ¿qué mas podría coger? Porque era un exilio, murieron nuestros abuelos en Ancira, y eran lugares santificados. Unos murieron en Ancira y otros en otras ciudades de Asia Menor.





1.3. Ascesis juveniles


Mi madre hacía prosternaciones, súplicas, oraciones, ayunos. Así éramos sanados entonces. Desde pequeño me enseñó mi madre a seguir el orden de la Iglesia, ayunos, prosternaciones. Siendo niño pequeño, abría la puerta, sin que se enterasen, y me iba al campo de doce a la una de la noche. Otras veces hacía “liturgias” con los otros niños. Me llamaban “el padre Iakovos”. Qué alegría era para mí decir “Cristo ha resucitado” y que se escuchase en los alrededores. Iba a ermitas, las cuidaba, encendía los candiles, barría. Vi a la santa Paraskeví. Era un niño sencillo. Ni siquiera bebía agua sin la bendición de mi madre. Antes de comulgar, besaba la mano de mi padre, de mi madre, y cuando era soldado, de mi comandante. “Honra a tu padre y a tu madre”.

Cuando era joven hacía muchas prosternaciones…nunca las contaba. Ahora que he envejecido padezco del corazón, me dan mareos, tengo dolores en los pies y en las manos, pero digo: “que me muera ahí, en la lucha”





1.4. De pequeño era devoto


Cuando vivía en el mundo, era devoto. Ahora que soy monje, no lo soy. Cuando era niño me llamaban y hacía la señal de la Cruz sobre los enfermos y sobre las embarazadas que estaban a punto de dar a luz y tenían alguna dificultad.

Durante muchos años pensaba que los sacerdotes no tenían carne bajo sus sotanas y que eran alimentados directamente desde el cielo.





1.5. Pedagogía maternal


Una vez, encontré en el camino tirada una soga de algún asno, estaba desgastada, inservible, y la cogí para jugar, ¡y mi santa madre me riñó mucho!

— Deja esa soga donde la has cogido.

— Madre, estaba tirada.

— Y qué, no es tuya, déjala allí.

Y la llevé. Así era mi madre, así nos enseñaba.





1.6. Tenía vocación por lo sagrado




Yo, me perdonaréis, cuando inicié este camino desde pequeño, no daba importancia cuando me llamaban los niños “monje Iakovos”, o “este chico es de los antiguos”, o “Iakovos para eso es incapaz, por eso irá a un Monasterio”. Yo tenía vocación por lo sagrado.











1.7. “Mi madre me enseñó a hacer prosternaciones”


Mi madre así nos enseñó a rezar y así aprendí, haciendo prosternaciones. Y desde niño hasta ahora que me vine a hacerme monje en el Monasterio, esperar al cura debajo del avellano, sujetando la cuerda de la campana. Y decía (para mí mismo): “que me ponga el cura a tocar la campana, que me ponga como ayudante suyo, que me ponga sotana. Quién se presentará, alguien formado que me lleve al obispo y que le diga que yo quiero ser monje y que me ponga la sotana, aunque sea me la pongo por la noche.” Y yo hacía prosternaciones y siempre me gustó la Iglesia y me veía el cura y me decía: “Iakovos, ahora no hacemos prosternaciones, porque el Señor ha resucitado”. “Padre”, le digo, “mi madre me enseñó a hacer prosternaciones y ayuno”.




1.8. Sencillez y devoción


Fui al colegio, aprendí las letras. En una capilla de santa Paraskeví, allí estaba nuestra escuela, allí aprendíamos las letras y después, cuando empezaba la Primavera, Abril, sobre el pino teníamos el encerado y dentro de una cajita poníamos las tizas. Limpiábamos, nos sentábamos en el suelo.Y así aprendíamos las letras. Recuerdo que estaba malo, aunque no sabíamos nosotros de enfermedades entonces. Y ningún resfriado cogíamos entonces, ninguna aspirina nos daba mi madre. Debido a que estaba malo e indispuesto todo el día, mi madre fue a la escuela, hizo una inclinación ante el maestro (ved qué respeto tenían), le besó su mano y le dijo: “Maestro, mi hijo hoy no irá al colegio. Está malo, y ahora que iréis de excursión a una fuente que está a una hora de distancia de aquí,no sea que se canse el niño y le entre fiebre y tenga que estar tumbado. Por eso he venido a informarle de que el niño no irá a la excursión”. “Escuche, señora Teodora”, le dice. “La excursión es también como una lección”.

Venía el cura de otro pueblo que estaba a dos horas de distancia, venía cada 15 días, hacía la Liturgia y se iba. No sabíamos lo que eran las Salutaciones a la Madre de Dios.

Mi pueblo estaba lleno de ríos alrededor. Estábamos entre cinco ríos.

una vez, me dice el cura: “¿No vienes, Iakovos, a ayudarme en los servicios de las iglesias de algunos pueblos vecinos?” Tenía que hacer algunos responsorios. “Respetadísimo”, le digo, “preguntaré a mi madre” (mujer santa). “Sí, vete”, me dice. Al final fuimos a otros pueblos, oficiamos. Por el camino veíamos algunos perales y las peras caídas abajo se las comían los animales. Tal educación teníamos de nuestros padres, no cojíamos las peras, aunque estuviesen caídas abajo. “¿Sabéis lo que dirán?”, nos decían, “el niño mal alimentado”. Si coges una pera, dirán: “este chico ha cogido un canasto, una banasta”. Pasábamos y, niño entonces yo, quería mucho una pera, pasaban los animales y la comían, pero luego yo pensaba: “sí, pero ¿qué me han dicho padre y madre?”, y luego decía, “pues me aguanto sin ella”. Íbamos a pie bastante tiempo y soplaba el aire y levantó al cura la sotana y se le vio el pantalón. “Pero”, digo, “¿el cura pantalones? ¿no es un santo el cura?” (pensaba que los curas eran santos y que no comían).

Cuando estaba al lado del Altar, mientras oficiaba el cura, escuchaba aleteos durante el himno Querubínico y temblaba. Cuando volví a casa, me dice mi madre:

— ¿Qué has visto, mi Iakovos, allí donde has ido con el cura? ¿Has visto a alguna persona conocida? ¿Has cogido alguna fruta del suelo?

— No, madre, no he cogido.

— ¿Qué has visto?

— Mientras íbamos, madre, sopló el viento y vi que el cura lleva pantalones.

— Claro, hombre es, ¿no va a llevar pantalones?

— Madre, ¿no es un hombre de Dios que lleva vestimentas sagradas y oficia? Yo lo veo allí, prepara los Inmaculados Misterios, y dice “ Los Querubines en misterio representados…”, escucho unos aleteos… “fra-fra-fra” alrededor del cura en el Altar.

— Sí, hijo mío, allí están los ángeles y todos los santos.

— ¿Y por qué lleva pantalón?

— Sí, hijito, es sacerdote de Dios, pero también es hombre.





1.9. Le salvó Santa Paraskeví


Unos alemanes del pueblo me llevaron al bosque de allí para matarme y también llevaron a mi hermano, estábamos (entonces) en nuestro viñedo y pasábamos por una capilla de santa Paraskeví que tenemos allí en nuestro pueblo, e hice la señal de la Cruz y digo: “Santa Paraskeví, yo desde pequeño venía y te veneraba mucho”, por la noche pasaba a las 2:00 y decía, “santa Paraskeví, soy Iakovos”. Tenía tanta devoción, perdónenme, que una hora me sentaba en la Iglesia, no me cansaba, me llegaba para encender los candiles, para rezar, para incensar y para ver a santa Paraskeví. Muchas veces su gracia estaba viva, claro yo tenía miedo y decía: “No te presente ante mí como mujer tal como eres, sino que vea sólo tu sombra”. Muchas veces sin embargo, estaba viva su Gracia. Faltaba de su icono cuando pasábamos con los alemanes, y yo el pobre pensaba que estaba allí fuera y la veía, entonces, una mujer vestida de negro, mañana y mediodía, y decía: “Parece que santa Paraskeví por la noche olvidó limpiar el plato que comió, y su bombilla, me perdonen, y su candil, y ahora lo limpia allí”, cómo iba a saber yo que los santos no comen y no lavan vasos y platos, y enseguida me levanté y me fui, reverencié y dije: “Santa Paraskeví, me voy ahora porque me llevan los alemanes, ven conmigo para que me ayudes”.

Fuimos dentro en un coche. Yo, ni siquiera sabía muy bien qué era un coche, el coche con 27 años lo ví. Cuando nos llevaron allí ayudó la Gracia de santa Paraskeví con la oración. La oración tiene gran fuerza y me ayudó la santa y me libré de los alemanes, y de los italianos, y de los rebeldes me libré, y de los turcos… ahora estoy en el pequeño Monasterio del Venerable David. Ahora me hagan lo que me hagan, que me maten, iré con Cristo. Sólo que nos ilumine Dios para que tengamos nuestra fe, para que tengamos nuestra confesión en Cristo y que siempre nos ayude su Gracia.



1.10. Pruebas en el ejército


En el ejército, me probaban continuamente. Un Viernes intentaron hacerme comer cabrito asado, beber vino. Me propusieron casarme en Atenas, otra vez hacerme hieromonje en Atenas. Pero yo desde pequeño tenía mi predilección por el desierto. No honores, cargos y puestos con autoridad, como ahora. Quería sólo estar junto con Dios con mi oración y de hacer su voluntad. Ni a las casas iba, ni conversaciones con compañías con chicos y chicas. Me raparon la cabeza “al cero” y me pusieron pantalones cortos para ridiculizarme. Entonces me vinieron unas palabras, sin haber leído libros, y les digo: “No temáis a los que matan el cuerpo, mas el alma no pueden matar. Temed más bien a aquel que puede destruir el alma y el cuerpo en el infierno”.



1.11. Respeto y reverencia hacia los consagrados

Cuando era soldado en Atenas, a quien veía en el camino, le decía “buenos días”, “buenas tardes”, pero ellos no hablaban. Me molestaba, porque pensaba “nosotros en nuestro pueblo decimos buenos días, buenas tardes, ¿cómo estás?, hola, ¿qué tal?... ¿aquí?”

Se lo dije, entonces, mi coronel, —éste era un santo hombre—, y me dice: “Escucha lo que te voy a decir, hijo mío: Aquí, hijo mío, no dicen “buenos días, qué tal está”…excepto si es algún conocido, como somos nosotros conocidos, algún sacerdote, algún hombre conocido nuestro.

Una vez, allí en la Santa Trinidad del Pireo, enfrente, veo de lejos un sacerdote y le hago una inclinación, él me hace señal, “ven aquí, ven aquí”. “Padre, ¿cómo voy? Esto es una avenida, me atropellarán los coches —venían desde San Basilio arriba, venían desde Terpsithea el tranvía y los coches—, me pillarán los coches. “No tengas miedo”, dice, “ven”. Finalmente con dificultad crucé, estuvieron a punto de pillarme, uno pasó sobre mi zapato. Fui, entonces, me prosterné, le besé la mano. Me dice:

—Cuando veas un cura, bésale la mano, para recibir la bendición. —Le digo:

—Padre, nosotros somos también una familia espiritual, y entre mis ascendentes muchos eran hieromonjes en Asia Menor.

Una vez, venía de la Administración Militar Superior, había ido para unos documentos, y abajo en el tranvía en Monastiraki veo al bienaventurado, al memorable, obispo de Kalávrita Georgios. Yo le conocía, tenía el medallón por dentro, pero yo le conocí, porque iba al Santuario de la Iglesia y le conocí cuando estaba en el Pireo, antes de ser obispo. Digo, voy a entrar yo también en el tranvía para guardar sitio, para dárselo al obispo”, aunque me daba vergüenza empujar a la gente para entrar al tranvía. Finalmente entré, encontré un puesto, me senté, el obispo fue a agarrarse de un asidero que había allí y estuvo a punto de caerse sobre la gente, y dice el encargado de los billetes: “Un puesto para el obispo”. Una señora tenía dos niños pequeños, uno a la izquierda y uno a la derecha. Dice de nuevo el encargado:

—Señora, señora, por favor, un asiento para el obispo.

—Lo pago yo, el puesto, señor encargado, —respondió—.

—Ponga si quiere un niño sobre sus piernas, para que se siente el obispo.

—No importa, no importa, dijo el obispo.

—Por favor, —digo entonces yo—, Respetadísimo, siéntese.

Fijó él su mirada en mí, y me dice:

—Pero bueno, soldado, tú eres delgado, y pareces cansado, siéntate tú, mi soldado.

—Respetadísimo, he guardado el puesto para usted. Con su bendición, siéntese, por favor. Le hice una prosternación, le besé la mano y se sentó el obispo.

Así lo aprendí de mis padres. Así lo pasé en Atenas, con los sacerdotes y con la Iglesia, nada más, y con mi servicio en el ejército. Pero no me abandonó Dios, 36 meses me protegió la mano de Dios.



1.12. Mi comandante


Conservo hasta hoy el dedo meñique de mi comandante y lo incienso, porque escribía mis permisos de salida, para ir a la Iglesia a comulgar y a confesarme. El comandante me decía: “Te ayudo por interés, para que me recuerdes cuando muera”. Ayudaba a chicas pobres, las ponía dinero en el banco, las enseñaba a trabajar, las ofrecía comida en condiciones, las buscaba un esposo, las reestablecía. Estas cosas hacía.



1.13. Bienaventurada sencillez

Os hablaré ahora de la sencillez que teníamos en aquellos años. Os reiréis. Me dice una vez mi comandante (era comandante-coronel): “Dime Iakovos, hijo mío, ¿qué hora es?”. Ahora yo, que no sabía qué hora era, ¿qué podía decirle? Para no decirle que no la sabía, pensé en decirle una hora y que él mirase el reloj. Miro, veo dos agujas. La grande que dice la hora y la pequeña los minutos.

—Son las 4.

—Llama a la chica, me dice, para que nos diga la hora.

—Con chicas yo no hablo, señor coronel. Tengo un objetivo, iré a un Monasterio, yo desde niño con chicas no hablo.

—Bueno —me dice—, llama al 14 por teléfono (este era el número para la hora).

Llamo y una fina voz de chica dice “veinte”. Cuelgo enseguida.

—¿Qué ha dicho la chiquilla? —me dice el comandante—.

—Disculpe, señor comandante, una chica ha dicho “veinte”.

Entendió él que eran las 8:00… y muchos otros acontecimientos.

En aquellos años puede que fuésemos chicos sencillos y pobres, pero teníamos teníamos honor y moral. Lo que nos decían nuestros padres, lo hacíamos.



1.14. El Santo le dio una rica barba


Una vez, vino aquí al Monasterio un joven que quería hacerse monje, dedicarse y servir en el Monasterio del Venerable (Osio David), pero era imberbe, no tenía nada de barba. ¿Cómo iba a hacerse monje? Esto le preocupaba, pero rezó al santo y le dio una barba que no le daba tiempo a afeitársela. Es muy milagroso el santo David; lo que tengo necesidad y se lo pido, todo me lo da a manos abiertas. (Este joven era el mismo Gérontas, según el testimonio del padre Pablo Tsouknida).



1.15. Alejamiento


Ayudé a mi hermana con su boda y me fui al Monasterio. No volví a verla. Mi ahora bienaventurada hermana murió a los 25 años por una inyección. Se la puso una de un pueblo, tenía oxidada la aguja, le pinchó en la cadera y le afectó al riñón, así me dijeron. Y murió mi hermana y no fui ni a su funeral. Mi hermana y mi madre y mis padres sois vosotros, hijos míos. A pesar de que enviaron 50 telegramas desde Atenas, diciendo “¿tan radical y severo es este sacerdote, que no viene?” Hijos míos, me perdonaréis, pero ¿perder mi beneficio espiritual? Yo abandoné todo lo terrenal desde niño. Porque entenderéis que vine con seriedad (con programa, con orden) a hacerme monje.



1.16. Veía el Paraíso espiritual


Quiero el Paraíso, este es mi destino, encontrar un rinconcito para reposar y sosegarme, no ser torturado en aquel fuego eterno del infierno, y no quiero nada más.

Leí un poco (una vez), recé y me acosté, sin dormir. Y después empecé a ver estas cosas. Comenzó mi alma a subir a los cielos noéticamente y veía el Paraíso espiritual. De repente veo, no fantasmas y esas cosas demoniacas, veo que me encuentro en un lugar. Y veo un Géronta al que llamaban Elías, con un bastón, y caminaba por un camino ancho, que estaba lleno de violetas de todo tipo y claveles sembrados como el trigo. Y digo:

—Padre, ¿cómo pasaremos por todas estas flores? Las pisaremos…

—No, padre, este es nuestro camino, pase padre, pase. No les pasará nada a estas flores.

Y habiendo mirado a derecha e izquierda para no pisar las flores, veo unas pequeñas casas blancas con hermosas flores.

—En esas casas, ¿viven personas? —Le pregunté—.

—¡Ay, padre mío! —dice—, esas son de los hombres. Ellos las preparan desde la tierra, desde el mundo.

Veo un camino ancho de tierra y le digo:

—Bueno, padre, y cuando pasan los coches, ¿no estropean las flores?

—Por aquí no pasan, padre, ni coches ni (otros) hombres pasan, sólo aquellos que Dios elige para que pasen por este camino.

Nunca olvidaré aquellas flores, porque desde por la noche pensaba y decía, “¿cómo será ese mundo allí arriba? La gracia de Dios nos ilumina y vemos, no imaginaciones ni cosas demoniacas, sino, me disculpen, “en la casa de mi Padre hay muchas moradas”. Y cada hombre se prepara según sus obras lo de allí arriba.



1.17. Consejos del obispo


Cuando me ordenó sacerdote, el obispo de Halkida en 1952 me dijo: “Hijo mío, eres un hombrecito sencillo. Pero ten cuidado allí arriba, en el monasterio donde estarás. Reza mucho, porque nosotros las tentaciones las tenemos siempre ante nosotros. Dondequiera que miramos, vemos tentaciones y nos protegemos. Pero tú, hijo mío, allá arriba donde vas a estar, en el desierto —entonces había sólo camino, sólo podía ir alguien a pie— allí donde vas a estar tú, las tentaciones son menos frecuentes, pero muy fuertes”.


1.18. «Yo soy “polvo y cenizas”»

Vienen muchos obispos aquí a verme. Unos por curiosidad, otros para confesarse y otros para aconsejarme. A todos les admito y les digo: —¿Qué le voy a decir? Yo soy “polvo y cenizas”. Un hombre enfermo y lisiado. Aquellos, padre, obispos “prominentes”, pueden mover montañas con sus oraciones, pero no lo hacen y vienen a mí el pecador, unos con malicia (quiero decir con curiosidad)para ver quién soy, otros a preguntarme que les diga cómo administrar distintos temas de sus diócesis, otros para confesarse”


1.19. “No voy a los médicos”

Padezco del corazón y por la mañana temo marearme… padezco también de las cervicales y no voy a los médicos, para que no me desnuden; por eso no voy. Y prefiero no ir.



1.20. “Me daba rubor ir al médico”

Una vez en 1979 estaba indispuesto y me daba rubor ir al médico, no había ido nunca, tenía 59 años. Tan travieso era desde pequeño. Mis padres me cogían de pequeño y me ataban los pies y las manos con la cuerda, me tapaban la nariz, me abrían con la cuchara la boca y me echaban la aspirina. Tan travieso era y por eso Dios me ha puesto el correctivo y ahora tomo 7-8 pastillas al día. “Glora a Dios”, ¿qué le vamos a hacer? “Bendito sea el nombre del Señor”. Y dijeron los médicos que tenía el 99% de cáncer en un sitio de mi cuerpo. Y yo fui tres veces a Atenas. Dije que me vea el médico, pero a mí me daba vergüenza, no quería que me viese y volví atrás. 14.000 dracmas al día pagué. Y me decía a mí mismo: “Estoy en un monasterio y hago ascesis y, cuando vengo aquí, ¿voy a exponer mi cuerpo desnudo?”.

—Yo soy sacerdote, discúlpeme, me desnuda y me palpa el cuerpo, verme desnudo. Siento que peco.

—Padre, —dice el médico—, no es pecado.

—Discúlpeme, yo tenía principios desde pequeño, principios espirituales, y ahora ¿cómo voy a desnudarme?

Me dice el médico:

—Quítate el hábito.

—¿Cómo voy a quitarme el hábito, doctor?

Me lo quito y me quedo con la sotana (raso interior)

— ¿Cómo me voy a quitar la sotana? Me hace sentirme que soy un laico y que hago malas acciones. No las he hecho, pero le pido perdón por mi frase.

Me sube la presión hasta 25. Me dió medicinas para la presión el médico, me dan mareos y la presión cae hasta 8 y, cuando estoy oficiando, tengo la vista borrosa y me siento entumecido. Me entran sudores fríos. “Doctor, si le digo la verdad no tengo presión, yo por la vergüenza, ya me ve, discúlpeme, una vez tengo 9, otra 10, 11, 12, 13, no tiene límites la mía”. Dice, “no tomes más medicamentos”. No tome más si estoy mejor, sin los medicamentos que tomaba.


1.21. “Dios me envió pruebas”


Entonces, hijos míos, incluso ahora me da vergüenza ir al médico. Me decía mi bienaventurado gérontas: “Padre Iakovos, te castigará Dios por ese egoísmo que tienes. Que te vean los médicos”. Entonces esto me pasaba. Teníamos al padre Nicodemo, el bienaventurado era de Kymi en Evia y era hermano espiritual de Iakovos Schizas, el anterior obispo de Larisa, antes de Theologos (Paschalides). Entonces, era de la región de Kymis, y dice: “Hijo mío te castigará Dios, por lo que dices ahora. «Mujer, no me ha visto, hijo, no me ha visto”. Desde pequeño estaba en mi casa que era como un monasterio y decía, que no me vea ninguna persona. Cuando muera en el desierto, entonces que me vean allí, que me recojan, que abran un hoyo, que me echen allí». Hijos míos, pensaba que iba a quedarme yo solo en el desierto como asceta. Algo más arriba había escarbado una galería, para entrar allí dentro, a hacer oraciones y prosternaciones. Después me reprendió el Gérontas y me dijo: “Pero padre, todo un Monasterio (allí), no hay nadie aquí, ven aquí, hijo mío, tiene aquí dos pequeñas celdas. A los tres meses me hicieron sacerdote. Me adjudicaron seis o siete pueblos, los recorría con la mula confesando a la gente, bajo Gregorio, el memorable…y otros muchos acontecimientos. Gloria a Dios.

¿Y qué haremos ahora? Me quedé en el Monasterio.Tengo 38 años. Y en el monasterio, con toda mi alma. Pero me dio Dios pruebas. Cada 3 meses voy a a Atenas y expongo mi cuerpo a los médicos y vuelvo. Esto hago, hijos míos. Voy y me miran los médicos, los pido perdón, hijos míos… Y me ve el médico, me examina el corazón (tengo marcapasos, no funciona bien), y con el cansancio que tengo de la gente…

Pasa mucha gente por el monasterio, miles de personas. Quiero verles a todos, pero no da tiempo. Ayer pasaron unas 40 personas, eran de Argos. Uno, llorando, me decía: Padre su bendición tengamos al menos.

Muchos avisan que van a venir al Monasterio.Pero yo les digo, no puedo, no puedo. Sin embargo, luego les atiendo. ¿Qué voy a hacer? Hago mi cruz, me pongo la estola sacerdotal, ayuda el santo David. También nos da fuerza la Gracia.

¿Ahora me molesta el diablo y me dice, toda tu vida vas a estar tomando medicamentos? Si estuviese en algún sitio desierto, no los tomaría, eigual tampoco enfermería con los temas de corazón y padecimientos que tengo. Pero ahora que lo ha dado Dios, qué le vamos a hacer, gloria a Dios. No debemos tenerlo todo bueno. Yo ahora voy y tomo 7- 8 medicamentos al día. O por mis pecados o a por su bondad, Dios me prueba, pero digo, “que sea bendecido el nombre del Señor”.


1.22. Bautismo y fragancia


Vino un farmacéutico, Nicolás, con su mujer. Me dijo su mujer: “No tenemos hijos, pero mi marido da los medicamentos sin pedir dinero. Le digo que tendremos que cerrar la farmacia. “Bendice, Dios” me dice. Lo único, padre Iakovos, que no se ha bautizado.

Le dije que tiene que bautizarse sea como sea, lo dice el Evangelio: “Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos… si no no tendremos vida eterna. Y me dice:

“¿Qué me impide bautizarme? ¡Agua tenéis, preparad una pila bautismal, decid las oraciones!

Le envié con un piadoso conocido mío al obispo de su región, para asignarle con un predicador, padre de la Iglesia, para que le haga catecismo y después, si quiere el hombre bautizarse, le bautizamos.

Fueron al obispo, le envió a un predicador Y después de poco tiempo me envió el obispo un documento con el permiso suyo para bautizarle.

Le bautizaríamos en el periodo de Pentecostés. Durante el oficio litúrgico vino un niño de unos 10 años y me dice que Nicolás se había ido. Dejó a su mujer en el Monasterio donde estaba y había llegado ya a Camposanto.

(Al momento recé): ¡Panayía mía! Cómo me alegré cuando supe que iba a bautizarse y hacerse cristiano. ¡Panayía mía! Pon tu mano. Protégele con tu santo manto, tu santo velo, y hazle regresar. ¡ David, santo mío!, nosotros hemos hecho tanto por este hombre…”

“De repente, en un cuarto de hora, le veo en el santuario, dentro, y hace una prosternación.

— ¡Te pido perdón, padre mío. Levanta mi estijario y me besa los pies…!

— ¿¡Qué haces ahora que me besas los pies!? ¡Se van a escandalizar los demás!

— Le pido perdón por haberme marchado. Me tentó el malvado. Me decía: “Te pondrán en medio de la Iglesia, te van a desnudar, te verá la gente desnudo. ¡300 personas te verán desnudo!

— ¿Quién, hijo mío, te ha dicho que te veremos desnudo?

— ¡El diablo!... Cuando fui a Camposanto, vi una sombra ante mí, un obstáculo y digo: ¡Dios mío! hay ningún cura, no hay ninguna iglesia para entrar dentro y que me ayuden, ¿regresaré a san David? ¡Aunque sea un laico que me diga para que vuelva! ¡Dónde estoy!...”. De repente, escucho una voz que me dice: “Nicolás, vuelve pronto al Venerable David, vete a bautizarte”. Veo una sombra como un monje. (Pensé): “¿Cómo voy a encontrarme con el p. Iakovos después de esto que he hecho?” (Finalmente regresé).

Le tranquilicé diciéndole que no le bautizaremos en la gran Iglesia y tampoco estaría completamente desnudo. Y así sucedió, éramos tres sacerdotes, su esposa y el padrino. En la capilla de san Jarálambos.


1.23. “No como comida”

Tengo muchas enfermedades, pero rogué a san David, Que tenga estas pruebas, pero que me dé paciencia y que no sea algo grave. Que no tenga algo relacionado con el azúcar.Que pueda comer dos rebanadas de pan al día, porque comida normal no como, perdonadme por mi frase, pero un poco de pan sí que lo quiero. Desde niño pequeño siempre me comía el pan. Comer al menos dos rebanadas y un poco de agua y no quiero nada más.

Me ayudó el santo y no tengo nada grave, sólo la bradicardia. Pero no me desespero y digo, “Gloria a Dios”. Cuando termine mi plazo, me iré de esta vida. Al menos que estemos cerca de Dios y que nos encuentre como quiere.


1.24. “Dios no ha sido injusto conmigo”

Tengo 66 años, Dios nunca ha sido injusto conmigo. Me dice uno, “Dios te ha dado enfermedades, ¿por qué debería dártelas, si crees en Él?”

¿Qué le vamos a hacer? El derramó su santísima sangre en la Cruz, allí le clavamos. Dijo, “tengo sed” y le dimos vinagre mezclada con hiel. Yo voy a algún médico, tomo algún medicamento, pero gracias a Dios, estoy muy bien en mi Monasterio, en mi casa aquí dentro. Él, ¿qué pasó por nosotros? Y nuestros santos, ¡Cuánto padecieron! Dios envía pruebas.


1.25. Ayunos estando enfermo

Una vez en la Gran Cuaresma, me perdonen por mi frase, ayunaba también sin aceite; y tomé 480 pastillas en 1980, me dieron los médicos de Atenas, y no me pasó nada. Nunca ha sido injusto conmigo Dios. Nunca me han herido los ayunos, ni los padecimientos, nada. Me he acostumbrado desde pequeño.Gracias a Dios. Glorifico a Dios, me perdonen. Me agrada que vengan estos santos días de la Gran Cuaresma. Mayor lucha hacen los cristianos en el mundo.Yo no hago nada.Ahora últimamente miro por mi salud.Antes no iba a los médicos.






1.26. Luchas por las propiedades del Monasterio


Me puse enfermo por las preocupaciones por el Monasterio —no por los padres—, nosotros tenemos también nuestras cosas. Muchas veces cuando trabajan los padres.Existe también.Las tentaciones, los escándalos.Teníamos alguna pequeña propiedad aquí y otra por allí, y decía yo al sr. Tzouma (por los años 1932-1938 se cumplían los 400 y se realizaban expropiaciones, y tomaban las propiedades los terratenientes; alrededor de unas 2 o 3 hectáreas se llevaron los laicos. Y los bosques claro se convirtieron en bosque público. (Claro que) también tenemos a la gente, ayuda toda la gente en el Monasterio. No tenemos necesidad de propiedades.Tampoco de fortunas. Mientras exista un pequeño olivo, algunos pequeños huertos, que nos den un poco de trigo, un poco de pan. Hoy está el p. Iakovos, viene la gente ayuda en el Monasterio. Mañana moriré. Son seis padres en el Monasterio, pueden venir todavía 2 o 3 más, que sean 5 o 10. Y claro, ¿cómo vivirán, si no tienen un poco de pan en el Monasterio? No creo que suceda algo como para que no tengan un poco aceite, para coger algunas aceitunas… Dios no abandona a nadie, si cuida de las aves del cielo, cuánto más de nosotros, pero como hombres, y si existían ya en el Monasterio estas hectáreas, ¿por qué no va a tener el Monasterio, algunos pequeños huertos, lo justo para tener algo de pan, y un olivo?

Entonces vino un irreverente y nos cortó 33 olivos recién plantados, y echó tierra por encima, las enterró. Viene uno y me dice, “padre, han cortado los olivos recién plantados y los han convertido en carbón. “Mira, hijo mío, yo tenía haciendas y las dejé, tenía mis padres, mis hermanos. Pero, ¿qué puedo hacer ahora? ¿Me voy del Monasterio al terreno a esperar para que no lo pisoteen y corten los olivos? ¿qué le voy a hacer? Yo vine por san David aquí dentro. Le veo vivo al santo. Porque san David aquí dentro hizo su ascesis, aquí dentro se santificó. Dice, “pero padre, ¿quién ha cortado los olivos?”. Fui ante el santo, hago una prosternación y le digo: “Santo David, pon tu mano, mira, dime quién ha cortado las raíces, hasta esta noche, tráeme a este hombre, no le haré nada malo”. Nunca ha hecho amar a nadie, ni siquiera a una hormiga. Tomate, a una hormiga la pisé.Cuando era niño pequeño me riñó mi madre y me dijo: “pisas una hormiga, pero ella tiene vida”. Desde entonces, temo incluso pisar una hormiga.

Me dirijo entonces a san David y le digo:” Santo mío, yo he dado lo mío, mis herencias he dejado, murieron mis padres, no fui a verles. ¿Tú fuiste a verles cuando murieron tus padres?”, dije a san David. Hablaba con él como ahora, frente a su icono. “Te he ajustado el Monasterio, haces muy bien, te jactas. Dime ahora, ¿voy al terreno a esperar abajo o cuido el Monasterio? Yo vine aquí para rezar, de eso no quería venir al Monasterio del Santo aquí. Yo tenía intención de ir a un lugar desierto y de estar yo solo.Yo no tenía compañías, ni con chicos hablaba, ni con mujeres. Sólo con los curas. Les quería mucho a los sacerdotes del Altísimo. Escucha, mi santo. David, que lo sepas, si hasta la noche no lo traes una hora antes de Vísperas, que lo sepas, te encerraré aquí dentro, ni siquiera el candil te encenderé, tampoco te enseñaré, ni oficiaré para ti. Mi santo, le digo, padezco del corazón, padezco por las preocupaciones, tanto padezco y me levanto con esfuerzo y hago la Liturgia. O sea, espero, santo mío David, perdóname por esto que te he dicho, yo te incensaré, pero tráelo para que lo vea. Si no lo traes, Geron, atiende. ¿Cómo sabré yo quién ha cortado los árboles?

Por la noche, hijos míos, 1 hora antes de las vísperas, estando enfrente del icono del santo, le digo: “Geron, no ha parecido el que ha cortado los árboles”. De repente entra a uno, se santigua de modo extraño. Entonces digo, este es. Entonces, digo, éste es. Mira, brillaban los ojos del santo porque su icono se movía. Y el incensador se movía y su icono golpea cuando tenemos preocupaciones en el Monasterio y golpea el icono alterado dentro del templo. Y en su sagrada reliquia se escucha un chasquido dentro. Les veo, entonces, que viene directamente hacia mí.

— Buenas tardes, padre.

—Buenas tardes.

—Padre, yo he cortado los árboles… los olivos.

—¿Qué olivos? ¿Qué árboles, hijo mío? —digo— (hacñia como que no sabía).

— Aquí, os árboles de san David, los olivos.

—Hijo mío,—le digo—, ¿por qué has cortado los olivos de san David? Si cada persona cortase una raíz de olivo cada año —este Monasterio tiene 450 años y este pequeño terreno 400—, no existirían. ¿Quieres, hijo mío, que se ocupen los demás de tus olivos?

—No.

—¿Y tú, por qué?

— Bueno, vale, ¿me llevarás a los juzgados? tú padre Iakovos eres un hombre santo.

—No, hombre, no te llevaré yo a los juzgados, pero te llevará el agrónomo. Porque cuando vas y corta los árboles del Monasterio, no piensas que alguien los ha plantado, αlgún πadre de familia santo, o sacerdote, o laico. No lo has pensado, con 2 o con 5…¿por qué has cortado los 33 olivos? ¿Y ahora qué quieres?

— ¿No me perdonará san David?

— Claro que te perdonará san David, pero que también nos dé un poco de cerebro san David. Nosotros queremos salvar nuestra propiedad. ¿Por qué, hijo mío, los has cortado? Sí, hijo mío, vais cada día allí, y os paráis allí al lado y decís: “ahora con los partidos y con la situación actual, ¿nos llevaremos este pequeño terreno?” Y mirad el Monasterio ha dado ya 300 hectáreas a 15 pueblos, toda la región de aquí tiene los terrenos del Monasterio. Y han dejado alrededor de una hectárea en una ladera, la cultivan tres familias. Y ahora ellos nos dan un poco de trigo, pero nosotros no tenemos necesidad de terrenos. Pero dado que es del santo, para mantenimiento, las hemos dejado.

Y ahora, debido a que se ha hecho un camino a Lutró, ve valoriza esta pequeña propiedad. Y ahora quieren invadirlo. Y ahora han hecho muchas construcciones allí abajo. Vaya fatigas que he pasado. Después, me dice:

— ¿Me llevarás a los Tribunales? —Y yo le dije:—

— Hijo mío, a los tribunales no te voy a llevar a los tribunales. Mis padres nunca han ido a los tribunales. Pero está el agrónomo que te denunciará.

Me pongo las vestimentas sagradas.Y fue llevado al caso a los tribunales, en pocas palabras.. Y por 33 olivos que nos cortaron, nos dieron 1.500 dracmas (340 euros). El Monasterio tiene necesidad de su pequeña propiedad. Nosotros, hijo mío, tenemos necesidad de Cristo y de (cuidar el) alma, no tenemos necesidad de propiedades, pero mientras exista esta pequeña propiedad, debemos mantenerla. Dije: “Mi santo David, si es tuya la propiedad, haz tu milagro”.

Veis, hijos, sin embargo, tampoco es que sea mío. La responsabilidad que tengo dentro del Monasterio es muy grande. Y yo había venido con programa de estar en un asceterio y de hacer prosternaciones y ayunos, como me había enseñado mi madre desde niño pequeño. No quería de pequeño venir al Monasterio y que me viese la gente ni ver yo a la gente. Quería ser un hombre sencillo, soltero, pero lo que deseaba era ser santo. Ahora, en lugar de santo, estoy infernado, entre una cosa y la otra.

Y os diré, hijos míos, tomo el icono del santo, me pongo las vestimentas sagradas y voy a pie a la propiedad abajo y me pongo de rodillas.Y puse en un olivo, el icono del santo. Hice la cruz sobre los 4 puntos del terreno y digo: Santo mío David, si es tuyo, consérvalo, para que sea humillado el diablo, porque me estaba dando guerra. Y digo después, entonces, “Si son tuyas, David muestra un milagro para que lo tengamos.Para que no nos pisoteen la propiedad. Y para que se vayan estos hombres malos. Incensé, el icono del santo, incensé el terreno entero con el incensador, cogí el icono y di la vuelta a todo el terreno. E hice la señal de la Cruz sobre los cuantos puntos del horizonte. Me arrodillé y me puse a rezar: “Santo mío David, Dios todo bondadoso, riquezas terrenales tengo las tuyas y te las he dejado desiertas.Tenía grandes fortunas. Pero yo tengo necesidad de Cristo y de alma”. Salvar mi alma, No hacer como el rico de hoy, que quería derribar sus almacenes y construir unos mayores. ¿Pero has visto qué le dijo Dios? “Necio, esta noche vienen a pedirte tu alma”. No dijo que se la llevara a Dios, sino que le pedirán los demonios su alma. “Y lo que has provisto, ¿de quién será?”

Fui al “Areópago”*, que les vaya bien, nos ayudaron. El que se lo había apropiado daba terrenos gratis, daba aceite, terrenos, para que no se llevase el Monasterio una pequeña propiedad. Sin embargo estos terrenos llevaban en el Monasterio 400 años. Y así, hace años ya, ganamos estas propiedades.

* “Areópago”:Lugar en Atenas donde están los principales juzgados



1.27. “La preocupación es la mayor enfermedad”


Me quejaba al venerable David por los olivos que cortó aquel irreverente y decía: “Yo lo he dejado todo ¿y ahora vengo a mirar tus trabajos en todas estas propiedades?”. Y del iconostasio, hijos míos, se escuchó un ruido, por la mañana era, mediodía. Es decir. Se va del iconostasio. Me perdonen, se va de su santo icono y se pone un monje en la puerta sur del santuario, donde está el arcángel san Miguel, y dice: «Padre, no se preocupe. Porque la mayor enfermedad para el hombre es la preocupación». Y después de esto, de repente desapareció y volvió a su lugar (al iconostasio). Os lo digo, hijos míos, que lo sepáis. La mayor enfermedad para el hombre es la preocupación”.


1.28. “No deseo el mal a nadie”

Teníamos un árbol, un castaño de 300 años, y lo cortaron y se lo llevaron un irreverente guardabosques, e hicieron los marcos de su casa. Después de 15 días me enteré yo de que cortaron el castaño. Hijos míos, ahora la vigilia haría yo, la liturgia, o voy a vigilar el castaño. “Tú, santo mío, dije, castígales por lo que han hecho, pero que no les pase nada malo, ilumínales”. El que cortó el Castaño y se lo llevó en vez de 400 dracmas que se llevó por trasladar el castaño, se le rompió por la noche el tractor y pagó 60000. Hace años 60000 era caro. ¿Veis? Y después se emborrachó y dice: «padre, yo me llevé el castaño». De parte de “tal” hombre. Y el guardabosques “algo se llevó” y ahora éste está en la frontera. Yo me di cuenta de que éste fue el que cortó el árbol.Después encontramos el árbol.Cortó la madera y lo puso dentro de su casa. Vimos la madera.

Nostros mal lo hacemos a nadie, pero ¿por qué cortan este arbolito que llevaba aquí 300 años? No salen los árboles así, tan fácilmente. No soy ninguna mujercita de por el camino para blasfemar ni para maldecir a nadie. Nosotros somos padres de la Iglesia. Nosotros hacemos oración. Aunque alguna vez alguno puede quejarse. Pero dije, Dios mío, ilumínale para que se arrepienta, para que pida perdón a san David.

Es muy milagroso el santo. No pasa 1 hora, no pasa un día, sin que realice un milagro.


1.29. Almas de los difuntos hambrientas


Yo desde niño voy al cementerio cada día y pienso en la muerte.

Han muerto todos mis familiares. Entonces, hago memoria de una tía mía. Y ví a mi tía y me dice:

— ¡Ay, sobrino mío Iakovos, te doy las gracias por lo que me envías. Me envías mucho, pero también conoces allí a otros hombres que sufren y pasan hambre y no tienen a nadie en el mundo que piense y se interese por ellos.

Por eso hacemos los sábados de los difuntos, son para todos los cristianos.Y le digo:

—¿Cómo puedo saber yo quién tiene necesidad?

— Tú sabes, me dice, el hambre que pasan. Envíales, como me envías a mí, envía también a otros que tienen necesidad, y lo que les falte, porque tienen necesidad de oración y tienen necesidad de Divina Liturgia.

Todo está bien, las limosnas y los Servicios de Súplica, pero particularmente ayuda a la Divina Liturgia.





1.30. “Me quema la humildad”


Iba a ir al asceterio del venerable David, que está a media hora del monasterio. Y me decía el demonio: “¿Dónde vas, Iakovos, al asceterio del venerable David? Te voy a matar, no regresarás. Pero no puedo hacerte nada. Intento arrojarte sobre algún pecado grave, matarte, pero no puedo, porque tienes humildad. Y la humildad me quema. La humildad y la fe en Cristo”.

Después de Pasca, subí arriba a la montaña. Allí tenemos agua, y una Cruz, y decía lo de “Levántese Dios”, “Hoy es el día de la Resurrección”, “Cristo ha resucitado”. Y voceaba después: “¡Demonio, demonio, has dicho que cuando vaya al asceterio me ibas a matar, ven aquí cuando quieras, ven a matarme arriba en la roca donde estoy, en la montaña. Ven, —le digo—, si puedes, ven. Y decía, “Hoy es el día de la Resurrección, seamos revestidos de luz pueblos”. ¿¡Cómo podría acercarse!? Por eso, hijos míos, rezad siempre, sea que comáis, sea que bebáis, sea lo que sea que hagáis, rezad porque cuando rezamos no puede entrar el diablo. Me decía mi madre cuando era pequeño, “escucha, hijito mío, quien hace su cruz (se santigua), lanza tiene en su costado.


1.31. “Ofrezco lo que puedo”


No vine aquí al Monasterio para vanagloriarme. Nuestro mismo Cristo, que es Dios, se humilló por debajo incluso del último hombre. No conozco salmodias. Sólo hago oración dentro de mi corazón, espontáneamente y con fe. Ruego al santo (David): “Santo mío, a los que pongan su pie en el Monasterio, dales lo que piden”.

Estoy feliz de que Dios me haya establecido aquí, para ofrecer lo que pueda a mis hermanos. Unas palabras de refuerzo, lo espiritual, es decir oración, nuestra Liturgia, la misericordia, el servicio. El Señor me lo devuelve multiplicado por cien.


1.32. “El diablo me rompió la mano”


El diablo no quiere oración. A mí me rompió la mano, para no hacer mi cruz (santiguarme). La Cruz le quema. El demonio una vez voceó: “¡Quítate ese metal!” (Es decir, la Cruz). “¡Eso me quema!”. El diablo continuamente molesta. Ese es su trabajo. Y a los Ángeles molesta, cuánto y cuánto han soportado de él.



1.33. “¿Aguanto tantos palos?”


Padre, allí donde voy por la noche en mi celda para hacer mi canon o regla monástica, vienen los malvados. Qué paso cada noche, ¡no se explica con palabras! Son, padre, cinco o seis juntos, y me enganchan de las piernas, me dan puñetazos con unas manos como peludas, con rostros desagradables, con piernas como de cabra, y huelen muy mal. ¿Aguanto yo, padre, tantos palos como me dan cada noche? Yo soy como media persona, me han hecho tantas operaciones, ¡Tantas veces en el quirófano! Si alguien que no sabe, les ve por primera vez, ¡puede morirse, de lo malvados y horribles que son! Pero por el amor de nuestro Cristo lo soportamos todo.



1.34. “El Crucificado con el cuerpo vivo”


Un Viernes Santo, cuando descendían el Cuerpo del Señor de la Cruz, en cuanto lo bajaron, lloraba con gran emoción y temor. Y después dijo: “Padres, lo que hoy he bajado de la Cruz no era una representación del Cuerpo, sino que era un cuerpo con vida. Sus venas latían sobre mis venas. Su carne se apoyaba sobre mi carne. Sentía cómo la sangre corría por Sus venas”.


1.35. “San David, muy milagroso”

El santo, hijos míos, es muy milagroso. A un ciego le dio la vista, a otro le llevó al arrepentimiento, y otros milagros hace. Que tengáis la bendición del santo. A una mujer le dio la vista y le puso bien su pie, que tenía torcido y muy prieto. Se la apareció en su sueño, y sin saber el nombre de él, le invocó. Otra mujer, no tenía hijos. Puso sobre ella las reliquias del santo y dijo: “Santo mío, médico de almas y cuerpos, te ruego que me regales un hijo”. Un año después, tuvo un hijo.

Cuando en la Gran Cuaresma sale la reliquia de su sagrado cráneo, siempre llueve en el pueblo, aunque haya tenido durante todo el día un sol quemador. El santo obra milagros según la fe. Según el “tu fe te ha salvado”, realiza el milagro. Por eso, la gente continuamente hace Liturgias de agradecimiento.


1.36. “¡Cuántas veces he visto al santo David!”

¡Cuántas veces hemos visto vivo al santo David! Me diréis, “¿cómo lo ve, padre?” Como un monje. Toca el semantron (tocata) él solo, toca la campana y venimos y entramos en la Iglesia y vemos un gérontas, un monje, como el p. Serafín, —no sé si le conocéis, está ahora con el sagrado cráneo en un pueblo—. Le vemos que entra en el Santuario y se vuelve invisible. !Cuántas veces he hablado con él!

A menudo veo al santo David vivo como monje dentro de la Iglesia. Ruego al santo: “Tal como me proteges aquí, en tu Monasterio en la Tierra, santo mío, protégeme también en el Cielo”. Aquí al Monasterio vienen todos para ver al santo, raramente viene alguien para visitar el lugar. (Aunque mucha gente también iba a ver al Gérontas Iakovos). Muchas veces por la noche estoy enfermo. Pero por la mañana me levanto para ir a la Divina Liturgia. Pienso que tal vez sea la última Vez y ruego al santo, “santo mío David. Oficia tú. Y entonces me pongo bien y hago yo la Liturgia”.




1.37. El santo David enfrente de la Santa Mesa



Una vez, estábamos con un hermano aquí en el Monasterio, le llamaban p. Acacio, éste se fue del Monasterio y fue a Alonisos. Entonces, una noche alrededor del 8 de Noviembre de unos pocos años atrás, hicimos un Servicio de Súplica a san Nectario. Estábamos los dos padres en medio de la iglesia, allí en el iconostasio teníamos un pequeño icono de san Nectario y cantábamos el Servicio de Súplicas al santo. Dije, “¿no voy mejor detrás del Altar a leer el Evangelio para un jerarca desde allí desde el Altar? Y aquí, lo mismo es, pero voy al Altar para decir el Evangelio desde el Santuario el santo Evangelio”. En cuanto entré dentro por la puerta norte, veo a un Gérontas como el p. Serafín, con un bastón, con la capucha larga de tela, que llevamos nosotros los monjes. Le veo en la parte derecha de la Santa Mesa. Me sorprendí y le dije al p. Acacio: “Padre Acacio, nosotros somos dos padres y cantamos el Canon de Súplicas a san Nectario, el tercer padre, ¿de dónde ha venido?” Y pregunto al mismo: “Padre, ¿por dónde has entrado? ¿de dónde has venido? “. Eran las 22:00 de la noche. Sonrió, brilló su rostro como el sol, en el Santuario no teníamos luces ni nada, sólo un pequeño candil. “Escucha, padre, —le digo— si no te vas fuera del Santuario, yo no voy al Santo Altar, (a la Puerta Hermosa) a abrir, ni a la Santa Mesa a coger el Evangelio y a leerlo en el Santo Altar”. Despúes le digo, “venga padre, se lo ruego, salga ahora del Santuario. Padre, no puedo ir a prosternarme a la Santa Mesa, ha venido el momento”. Sonrió, y veo que sale del Santuario por la puerta norte. Dije: “Ahora que se ha ido, voy a decir el Evangelio”. Abrí la puerta del Altar. Cogí el Evangelio y lo miré. Me perdonen, no con maldad, pero por si volvía atrás. Decía el Evangelio y con mi ojo miraba, por si venía el santo. Fue delante de su icono y desapareció. Se fue del santuario —veis, son iconos vivos, milagrosos— y fue dentro del Santuario. Y después se ajustaba en su lugar, en el Santuario, como está el santo en su lugar. Dije el Evangelio, terminó el Canon de Súplicas y pregunté:

— Padre Acacio, ¿has escuchado algún golpe, has visto a algún sacerdote, nos ha oído lo que te decía?

— No, padre, no he escuchado nada, sólo un golpe, pero cómo saber qué era, tal vez alguna puerta por el viento.

— Había un cura dentro, en la Santa Mesa.

— No, no he visto nada.


1.38. Vi a san Nectario


Tenía el icono de san Nectario en el Santuario. Un icono brazo, dijo: “Pero bueno, la boca del santo está torcida, en el extremo.” Hice oración al santo, hicimos Liturgia conjunta y después vi a san Nectario sentado, diciéndome: “Diles que, ahora como estoy sentado en la silla soy exactamente como en el icono”. Los iconos tienen la Gracia de los Santos.


1.39. Aparición de san Juan el Ruso


El pasado agosto vi a san Juan el Ruso. Está viva la Gracia del santo. Le digo:

— Santo mío. Juan, mucha gente viene a sentir tu Gracia.

— Mucha gente viene por mi Gracia, pero pocos son hijos míos. Los creyentes son muy pocos. Creen que duermo en la urna. Yo estoy vivo. No me ven. Yo a todos los veo. Y me voy muchas veces de la santa urna.¿Ellos no me ven, no me oyen, pero yo les veo y les escucho qué dicen.

Van muchos, sacerdotes, laicos, y rezan. También estaba una conocida mía, que tenía lazos familiares con mi madre, que rogaba: “Santo mío, Juan, protege a mis hijos”. Salió el santo de la urna —a quien le llamaba levantaba la cabeza, cuando quería el santo Juan— y dice: “ ¿Quién? ¿Esta blasfema? ¿Esta que maldice?” Sabía también lo que había dicho, maldiciendo y blasfemando. Y no les iba nada bien en su casa. La maldición cosa mala es para el hombre, “bendecid y no maldigáis”. Volvió su cabeza el santo y se tumbó. No hizo caso el Santo Juan.

Rezaba por la noche: “Santo mío Juan, ¿qué situación es ésta?” (Muchos van a la santa urna y reverencian vestidos inadecuadamente). “Santo mío. Juan, ¿y no lo ves tú? Y aquí el milagro. Ni dormía, ni veía sueños, ni imaginaciones eran, ni cuentos eran lo que vi. Aquí el milagro, hijos míos, perdonadme. Veo a san Juan el Ruso, su Gracia estaba viva. Más allá, hijos míos. No analicéis como lo vi. Dice, “mucho pecado, padre, en el mundo, mucha falta de fe. A mí no me ven, pero yo les veo. Ahora tú me ves, porque eres hombre de los míos y eres creyente. Porque es mucho el pecado en el mundo, mucha irreverencia, por eso tiene que haber guerra. ¿Has escuchado lo que te he dicho?”, me dijo. “Tiene que haber guerra”.

Santo mío Juan, digo, que no haya guerra, porque en los 70 años que vivo en la Tierra, veo guerras. desde el día en que nací en Asia Menor, con los turcos, de nuevo en Evia, con el levantamiento entonces, con la ocupación, con los alemanes, italianos.”

“Tiene que haber guerra”. Tres veces lo dijo. ¿Tal vez ahora, no tenemos guerra? Mira las inundaciones, los incendios, las huelgas, perdonadme, han quemado coches, has quemado a personas, esto es ira de Dios. ¿No es esto, hijos míos, guerra? Y qué nos espera, sólo Dios lo sabe.

Rezamos para que nos ayude y refuerce la Gracia de Dios. De todos modos, san Juan el Ruso es muy milagroso.»



1.40. Comunicación con santos


«San Juan el Ρuso se cambia de lado en la urna y de vez en cuando desaparece. El icono de san Jaralambo se fue de su sitio y se puso de pie en otro sitio. De qué modo tan simple hablaban los hombres con los santos…A san Juan el Ruso y al venerable David les vi delante de mí en el Hospital. “Nosotros hemos hecho la operación”, me dijeron, “no tu médico”. Sacerdotes y otros, no me creyeron.»




1.41. Oficiaba junto con ángeles


Una vez oficié en el Monasterio hace años -llevo ahora 38 años en el Monasterio- y como oficiaba, tenía un monje Géronta; yo como sacerdote y él cantando. Su atril estaba en la mitad. Y cuando cantaba el Himno Querubínico, de repente escucho un aleteo dentro del Santuario, como muchos niños vestidos de blanco y movían las alas, los veía también frente a mí en el Altar Sagrado. Son órdenes de Santos Ángeles y Arcángeles, todos los Santos, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, la Señora Madre de Dios, están a la hora de la Divina Liturgia, las órdenes de los Serafines, Querubines, nosotros desde luego no somos dignos de ver esto. Sin embargo, en cuanto que hemos sido hechos dignos de oficiar los divinos Misterios, algo vemos y creemos. Entonces, haciendo las prosternaciones y diciendo “Nosotros que representamos místicamente a los Querubines y cantamos…” escucho un aleteo sobre mi hombro izquierdo, una gran ala, vi el ala cuando iba a levantar los Inmaculados Misterios, y digo: “El bendito, el gérontas, el padre Eutimio, parece que ha pasado por el Altar Sagrado por delante de la Santa Mesa, para tomar el incensario e incensar, con la sotana me indica que haga la salida, pero enseguida comprendí que no era el p. Eutimio, sino que era un ala, un gran ala, tan grande que llegaba a tocarme sobre mi hombro.

Miro, entonces, y veo al gérontas en su sitio diciendo -no había ido a la escuela a aprender las letras, pero aprendió todos los himnos eclesiásticos, le iluminaba Dios- y decía él entonces: “Para que podamos recibir al Rey...Para que podamos recibir al Rey…” para que lo prepare yo, el sacerdote. Miré a la puerta, pero no había gente. Despús, habiendo finalizado la Liturgia, digo:

— Pero bueno, padre Eutimio, ¿has entrado al Santuario en el momento del Himno Querubínico?

— Yo, padre, ¿entrar al Santo Altar? No prohíben, padre, a nosotros los monjes que no tenemos el sacerdocio, ni en la puerta del Santo Altar podemos pisar, para encender los candiles delante del templo. Hay una norma de la Iglesia. — Le digo—:

— Padre, he oído un aleteo durante el Himno Querubínico, una gran ala que golpeó en mi hombro izquierdo. —Y me dice:—

— Padre, Liturgia se hace, santos serán.

Pues bien, entendí que órdenes de Santos Ángeles y Arcángeles están dentro de la Divina Liturgia.




1.42. «Me ayuda la Gracia de Dios»


«Digo por la mañana al Santo: “Santo mío David, tengo ahora los pies, la dificultad, mi corazón, si me ayudas oficiaré, si no me ayudas, sal sólo y oficia”. Me dicen: “Ten cuidado en la Liturgia, no te corte ningún sudor frío y te caigas, !ay pobre de tí!”. Pero yo hice sobre mí la señal de la Cruz y dije, “esperan ayuda estos doloridos hombres”. Cuando entré en la Liturgia, no sé, no sentía cansancio, nada, me ayuda la Gracia de Dios. La oración apoya al hombre. Hijo míos, no oficio yo, otro oficia.

Pero, hijos míos, vosotros también tenéis necesidad. Ayer vinieron unos chicos de Canadá, vinieron de Australia, vinieron de Londres, de Francia vinieron, gente, enfermos de cáncer, con otras distintas enfermedades, y cuando, hijos míos, !tienen tanta confianza y creencia…! Yo soy hombre de tierra , puedo morir hoy. El cuerpo irá a la tierra, pero dentro de él, habita un alma inmortal»





1.43. Me da coraje el santo

De verdad os digo que yo debería haber muerto en 1967. 47 años que tenía entonces, que me hicieron cuatro operaciones, debería entonces haber muerto. Se me rompió el apéndice, ocho días dentro del Monasterio y, cuando se rompe el apéndice, y otros padecimientos, ¿vive el hombre? Yo viví… No teníamos ni teléfono, ni médico ni a nadie. Tenía como principal médico al venerable David y al santo Juan el Ruso, ellos me ayudaron en 1967. Y ahora de nuevo con tantas y tantas molestias que tengo, me sigue ayudando la Gracia del santo. Cuando pienso que estoy acabado, muerto sin enterrar, me da coraje el santo y me mantengo en pié. Lo que pueda dos o tres palabrejas espirituales decir a un cristiano. Los milagros del santo, queridos padres y devotos cristianos, son muchos.

Tengo estos mareos desde hace años, pero no calculo los sufrimientos del tiempo presente. Hago paciencia.Perdonadme, tomo algunos medicamentos. Con los medicamentos que tomo baja la presión y me coge el sueño cada mañana allí en la Iglesia, pero siempre lucho. “Sea bendito el Nombre del Señor…”. “El Señor, al que ama, le educa”. “Prueba Dios”. “Gloria a Ti Señor”. Suceden aquí tantos milagros… Ahora en Enero ha hecho un milagro el santo en Londres. Un devoto hombre de oración tenía cáncer de hígado y rezaron al santo David, sin muchas palabras, vinieron al Monasterio para que les bendijese con su sagrada reliquia, y !se produjo el milagro!. Fue curado y ahora está muy bien de salud.

Hace cinco años, pasó por aquí uno que era de Lárisa, tenía una grave enfermedad en su estómago. Preguntó por mí, pero yo evito en general. Para no tener vanagloria y estas cosas y que me vea mucho la gente. Le dije al p. Cirilo que le bendijese con la sagrada cabeza. Volver a Lárisa, el hombre se puso del todo bien.Vino de nuevo al día siguiente y dice, “me has ayudado, padre, con la Gracia del santo y he venido a contarte el milagro del santo. He sido curado y me he puesto del todo bien y he venido a agradecértelo”.


1.44. “Tuve una visión”

Días antes de que sucediese, tuve una revelación. Era mediodía, no dormía. Oficiamos (aquel día) un obispo, el p. Cirilo y yo. En el esticario del obispo, por la parte de abajo, como viene el galón dorado alrededor, en una parte del gslón con letras doradas, decía: "Las obras tienen remuneración, sean buenas, sean malas".


1.45. Sanación de una endemoniada.

El pasado Domingo a las 2 del mediodía pasó por aquí una endemoniada por aquí. Era de Kirynthos y voceaba: "!Quiero a Iakovos!". Sé lo que hace el Satanás, conozco las trampas del diablo. "Quiero a Iakovos, el monje, que me lea (oraciones) el monje, y me pondré bien. Me expulsará, me expulsará Iakovos". Los padres se escondieron, se cerraron dentro para no escuchar. Provocaba miedo, terror. Pues bien no me importa a mí, conozco las trampas del diablo. La mañana siguiente en la Iglesia, con la Cruz en la mano hice sobre ella la señal de la Cruz, "en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo, Amén", pensé que iba a escuchar voces y gemidos, nada. Después tomé la sagrada reliquia del cráneo del santo, hice de nuevo la señal de la Cruz sobre ella, se calmó y se fue.



1.46. Revelaciones de una endemoniada

Perdonadme, hijos míos, no tiene la culpa Satanás, todos nosotros tenemos la culpa. EL trabajo de Satanás es éste, molestar a los hombres. Decía anteayer en la epístola del Apóstol, "el pecado, del demonio es". Entonces, cuando nosotros abandonamos a Dios y decimos "la oración no es nada" — perdonadme, pido perdón, nosotros no nos metemos en eso, estamos dedicados a Dios,- dicen "nuestros hijos, niños de 15 años, que se casen", y no saben qué es matrimonio y qué misterio, al poco tiempo acuden a los magos, a las cosas satánicas, por eso los hombres se endemonian, se disuelven (las familias) y viene en ellos Satanás. Como humo entra, como aprendí de una chica endemoniada. Pregunté, "¿cómo entras ahora en el hombre?", dice, "como humo entro, y como humo salgo", y decía muchas otras cosas Satanás. Y decía yo, "seas exorcizado, vete a las montañas, allí donde no habitan hombres, sólo Dios observa". "!Ay, Iakovos!, ¿qué voy a hacer en las montañas? Allí estaré yo sólo. Me voy de la chica, pero voy a otro hombre a entrar dentro", perdonadme, "ya que los hombres me admiten y me llaman, voy a ellos"

A nosotros nos mantiene la oración y el ayuno, la humildad y la divina Comunión.

Y el diablo dice: "no temo nada, sino sólo lo que comen los sacerdotes el Domingo en la Iglesia". No lo digo yo. Yo soy iletrado, perdonadme. Lo dicen hombres formados, pero también lo dice el mismo Dios, y también lo dicen, perdonadme, los endemoniados. "No le tengo miedo a nada, Iakovos. Lo que coméis en la Iglesia", la divina Comunión, el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Por eso dice: "El que come mi Carne y bebe mi Sangre, tiene vida eterna"




1.47. Una mujer vio a Cristo

Me dice una mujer una vez: “Fui a encender un candil en una capilla y a poner un poco de incienso”. Sabéis alguna vez tienen las mujeres también la curiosidad de entrar al Altar Sagrado, al Santuario. Y mira esta mujer desde el Altar y ve a un muchacho con pelo rubio, perdonadme, así aquí abierto y su barbas aquí separadas y le ve sobre la Santa Mesa.

—”Hijo mío, dice, ¿qué hacéis aquí en la Santa Mesa? ¿en el Santo Altar? Sal, hijo mío, fuera”. Y le él a ella:

— “La Santa Mesa es mía y yo la defino”.

De repente, mientras la mujer miraba al niño, le dijo:

—”Hijo mío, ¿quién te ha herido en las manos, que están agujereadas y sangran? Veo heridas en tus manos y en tus pies. Aquí en tu costilla, en tu hígado, en tu pulmón, quién te golpeó, y con el cuchillo más allá? ¿Quién te ha herido?”.

Era una mujer sencilla. Sin embargo, ella vio a Dios mismo vivo.

— Tú me has herido, —le dice—, y estoy herido.

La mujer hizo la señal de la Cruz y se fue, una mujer sencilla de un pequeño pueblo.

Después de un año, vino al Monasterio y me dijo: “Esto y lo otro, padre'. ¿Qué es esto de "tú me has herido”? ¿Puedes explicarme esto? Esto es grande, no me lo vas a poder explicar, iré a alguien grande”.

“Escucha, hija mía, déjame explicarte”, le digo. “Tú me has herido”, son tus pecados, los pecados del mundo, que con nuestros pecados le herimos y le subimos a la Cruz y derramó su Santísima sangre”»



“'Me has herido' son tus pecados, mis pecados, los pecados del mundo, por los cuales con nuestros pecados lo herimos y lo elevamos en la Cruz y Él derramó su Santísima Sangre.”




1.48. “No quiere confesión el diablo”

Una endemoniada confesaba: “Cuando tenía 13 años, pastaban nuestras vacas en un barranco, y allí blasfemé contra Cristo y contra el anticristo, y me endemonié, entró en mí el demonio. Desde entonces, no estoy bien. Me casé y me llevó mi marido a Inglaterra, a Alemania, a todos los médicos, pero no encontraron nada. No saben que tengo demonio. Ahora, me ha traído a ti”.

Les dije, “Confesión y Sagrada Comunión”, y voceó el demonio: “¡Tú no lo dices bien! Aquel otro cura (otro sacerdote soltero al que habían ido anteriormente) lo dice mejor, sólo Comunión, ¡no hacen falta oraciones (Confesión)!

Habéis visto, hermanos, cómo no quiere la confesión el diablo, y la Sagrada Comunión sin confesión no beneficia en nada.



1.49. Comulgamos, pero no comulgamos

Hace unos años una señora de un pueblo vino a verme. Me dijo que vino a Rovies para la fiesta y, según la tradición, comulgó. Sin embargo, mientras tragaba el vino-sangre del Señor, el pan-cuerpo del Señor permaneció debajo de su lengua y no pudo tragarlo.



Fueron a una casa, les ofrecieron café y galletas, las comieron, pero el trozo no bajaba. Se lo contó a la vecina y le pidió que lo empujase con la mano. Se fueron de Rovies. Tenían pan y queso y en el camino se detuvieron en una fuente y comieron. Sintió que la miga todavía estaba allí y pudo percibir que despedía aroma. Ella metió el dedo y lo empujó, y volvió a salir de nuevo sobre su lengua.

—“¿Qué era aquello padre Iakovos?” —me preguntó—.

— ¿Tal vez tenías algún pecado y fuiste a comulgar, pero no eras digna ni merecedora de ir a comulgar? ¿Tal vez tuviste alguna discusión con alguna vecina?

—¡Sí, padre! La gallina del vecino vino a mi patio y la eché diciéndole: "¡Vete! ¡Cómete a tu dueña, que se muera tu dueña!" Y después por la noche fue como si Dios me iluminó y me dijo: “¿No vas a pedir perdón a la vecina?” "Voy a ir", dije. Sin embargo, en el camino que iba, mi pensamiento me decía: "¡Venga, no es nada! Lo mío va a ella y lo suyo viene a mí".

¿Ves lo que le dijo el diablo? Y cuando fue a comulgar, no comulgó, porque había maldecido a su vecina.

Y en otra ocasión, vino un joven a recibir la comunión y dudé un poco en mi corazón en darle de comulgar. Parece que podría tener algún tipo de obstáculo o impedimento espiritual. Entonces, cuando estaba recibiendo la comunión, un monje presente, un hombre virtuoso, vio un resplandor dorado salir de la Sagrada Cuchara, pasar sobre mi cabeza y subir sobre la Santa Mesa y quedarse allí. Después del servicio, me lo contó el monje y dijo que vio (al joven) con la cara negra.

"¿Veis? ¡Comulgamos pero no nos comunicamos! "Por eso, los magos, y los herejes, recomiendan a veces la Sagrada Comunión, pero intentan que no pensemos en prepararnos adecuadamente.»



1.50. Revelaciones de endemoniados y hechizados

El demonio por boca de una mujer endemoniada, me dijo: “No tenemos nosotros la culpa. Ellos sí, porque cuando van a hacer magia en las tumbas a las 12:00 de la noche, cuando no creen, blasfeman contra lo divino, cuando hacen cosas que no se dicen, entonces, ¿qué culpa tenemos nosotros? Nos llaman y vamos». Le exorcicé para que se fuera.

—No, “papa-chivo”, no, raquítico, viejo escuálido, muérete, desaparece de aquí. Reúnes a la gente... Y yo quiero acabar con este Monasterio, pero no puedo porque tiene a este grande (al santo David)."

Por boca de otra mujer endemoniada, el diablo le dijo al p. Iakovos:

«Mi nombre es Belial. Yo impulso a la gente a las playas en verano. Puse mis instrumentos y ellos provocaron incendios en los bosques, para quemar el Monasterio de San Patapios (Atenas, sobre el 1985).

Todas las herejías son mías. Pentecostales, masones, milenaristas, etc.

Iakovos, me has atado delante de este David y te estoy diciendo estas cosas.

¿¡Qué hacen esos monjes en el Monte Atos, que giran la cuerda de oración y susurran!?" Pero a quien quiera ir allí a hacerse monje, yo le hago volver, lo intento. Le pongo malos pensamientos. Soy el demonio de la prostitución.

¿¡ Qué puedo hacerte, Iakovos!? No puedo derrumbarte. Tu humildad me quema y el Cristo que tienes dentro me quema... desde que eras niño te he estado atacando para derrumbarte.

Yo no hubiera entrado en ella, pero ella cometió el pecado.»


Anteayer, vino una mujer poseída. Se escondía allí en la columna y levantaba la mano intentando maldecirme, “toma, toma”. También asomaba la cabeza por detrás de la columna y “ftu,ftu” me escupía.

Yo la veía. Y decía, “Iakovos que te mueras, que te mates, te ha dado cáncer y te has puesto bien, tienes corazón”. Entonces después sacaba la lengua. Después de sacarla dos veces, la cojo yo de la lengua. Decía el demonio:

—¿Has visto? Nos vacila Iakovos.

—Sois el hazmereir, le digo, os vacilamos. Vosotros hacéis vuestras cosas, lucháis contra nosotros, nosotros sin embargo luchamos con la oración. Hice la señal de la Cruz. ¡Aj! hizo ella, era golpeada, giraba la cabeza como una peonza, sus pelos se levantaron. Vuelve a sacar la lengua, haz un poco así, la digo, haz un poco así

—Nos vacila Iakovos, dice, como un juguete nos hemos vuelto para los curas, dice, ¡estos curas, estos curas! Dijo otra palabra más. Lo primero que he hecho, dice, me perdonen, he afeitado a los curas.

—Bueno, no están todos afeitados todos los curas, digo, pueden ser otros jóvenes, diáconos.

—¡Aj! Vaya Iakovos, cómo lo calculas, qué bien lo calculas, no quieres criticar.

—¡Aj! Iakovos,mucho te ataco para derrumbarte, pero no puedo. Pero te ataco para derrumbarte, para infernarte. Pero vas corriendo a María (a la Santísima Virgen María), y al viejo ese, (a san David). Después continuó:

—Esquelético Iakovos que te mueras, que no existas, ¿sabes cómo entro? Entro como humo y me meto en el hombre, no me siente y como humo salgo, pero cuando se adelantan y hacen la señal de la Cruz sobre ellos, les digo, yo me voy, me expulsan, no aguanto.

—Por eso nosotros, le digo, cuando bostezamos hacemos la señal de la Cruz.

—Sí, dice, como las viejas hechiceras, cuando hacen sus hechizos mágicos y diabólicos y bostezan.»


«Las anteriores veces, mientras acompañaba al "Santo de Samos"* que venía por asuntos espirituales, una mujer entró en el monasterio con dos jóvenes, buenos chicos, que parecían como ángeles.

* Se refiere al obispo de Samos


Y dice la mujer: "El padre Iakovos es un santo, pero estos monjes que están aquí no lo creen". Tomad nota, el padre Iakovos es un santo y hace milagros, pero es humilde y se esconde”. Eso lo decía el demonio que tenía dentro de ella.

“Soberano mío, le digo, usted sabe que esta mujer tiene demonio, dice estas cosas para engañarme. Soy un ser humano terrenal y cuando muera en la tierra me pondrán, pero en esta carne habita un alma inmortal; por esta alma he vivido 70 años y sigo luchando”.

Sus hijos me dicen: “Es nuestra madre, pero tiene un demonio. Le enviamos (a usted) una carta y nos respondió; nuestra madre la tiene en el iconostasio. Esto le pasó el Lunes Limpio (comienzo de la Gran Cuaresma)». Vuelve de nuevo a decir:

—Padre Iakovos, usted es un santo.

—No lo creo, digo.

—Soberano mío, le dice al obispo, tú eres el Soberano.

—¿Ves, qué dice el demonio? El demonio lo sabe todo, digo.

—Eres un santo, padre Iakovos, la gente te honra como a un santo, pero aquí los monjes no te honran como a un santo.

Yo hice la señal de la Cruz sobre mí.

Al día siguiente estaba en la iglesia más tranquila. El p.Cirilo la había bendecido haciendo trazando con la sagrada cabeza de san David Cruz la señal de la Cruz sobre ella, y parece que el santo la ayudó. Cuando se iba la gente, comenzó de nuevo. “Padre Iakovos, eres santo.» Santo de Dios, intercede por nosotros."

—Padre, dice su hijo, tiene pecado mi madre, que diga su pecado (que se confiese) para que ponga bien.

—Mira, hija mía, le digo, está bien que confiese su pecado, pero veo que tiene sobre ella un demonio de promiscuidad.

Finalmente, vino a confesarse y me atacó, mordiéndome en la cara. Finalmente escapé de ella y fui a abrir la puerta. "¿Adónde vas?", me dice, "¿creías que he venido a confesarme?" Le digo a su hija: "Llévate a tu madre, tiene un demonio de fornicación y de promiscuidad". Al salir dice:

—Volveremos, te traeremos (cosas y comida).

—No, no necesitamos nada, le digo.

También había dejado una bolsa con chocolates y galletas y dice, ¡come tú también y verás qué bien lo pasarás!". Les digo a los padres: "Tirad eso al río, no se los den a nadie para comer. Son cosas diabólicas".

De todos modos el demonio muchas cosas hace, nos llama santos, nos dice muchas cosas para engañarnos, despierta nuestro egoísmo y orgullo.” Y su hijo me dijo: “Padre, fue por la oración que mi madre decía día y noche: “Señor Jesucristo, ten misericordia de nosotros”, debido a esto lo sufrió”. No nos pasa nada con la oración, le digo, ¿tal vez se enorgulleció dentro de ella? ¿o quizás cometió algún pecado grave?

Vino un joven (otra vez) con una joven. Vivían juntos y tenían obstáculos por satanás (probablemente para tener hijos). Les dije: "Id a los padres de la Iglesia, no a los magos, vayan a los sacerdotes". ¡Qué valor tienen los sacerdotes y la Iglesia!... Cualquier cosa que queramos, debemos recurrir a la Iglesia." Se confesaron honestamente, hicimos un Canon de Súplicas, les bendije con la Sagrada Cabeza y por la mañana celebramos la Liturgia. Y les digo: "Id al cura de vuestro pueblo, ayunad tres días de todo, todo, llamad al cura al sacerdote para que haga una Bendición del Óleo en vuestra casa y abrid tres iglesias: la de San Jorge, la de San Demetrio y la de Santa Paraskeva; si no podéis tres, abrid una. Id a la Liturgia en ellas y esto se resolverá, solo que no vayáis a los magos. "No vamos, padre Iakovos."

En aquella ocasión dieron 3.000 dracmas (a los magos), mucho dinero en aquella época. Solo por las palabras que les dije, los niños se arrepintieron, y hasta que llegaron a su pueblo, se resolvió esta atadura que tenían, este obstáculo que tenían de satanás se rompió y viven una vida bendecida. Tuvieron 5-6 hijos, son personas pobres y están (ahora) cerca de Dios.

"Hay tantas enfermedades en el mundo, y con demonios y con cosas satánicas, con brujería... la gente abandona a Dios y acude a los hechiceros, a los satanistas." Hace un mes, una muchacha que llegó aquí me dijo: “Padre, usted sabe, como yo no me iba a casar, tenía 20 años, una muchacha modesta, y mi hermano también tenía 20 años, mis padres nos llevaron a los magos”. Fueron a ver al mago y le dieron 100.000 dracmas.

—¿Qué te hizo el mago, hijo mío? ¿Por qué dejasteis a Dios y fuiste al mago?

—Padre, el mago me tomó y me dijo: quiero que estés solo en la habitación, para leerte allí.

Bueno, después de que el mago cerró la puerta, le dijo (a ella): "Abre la boca". La niña abrió la boca y él acercó su boca sobre la boca de la niña, le susurró palabras, y puso al diablo en la boca de la niña, a los demonios, y, os pido perdón, el vientre de la niña se hinchó y se volvió como el de una vaca. La niña abría la boca y bostezaba, cosas diabólicas, y le pidió que hiciera cosas que no se dicen. Después de que le dieron los 100.000, la niña, en vez de para bien, empeoró. Bueno, va también el joven ahora, le volvió inservible e incapaz al joven, y eso también debido a la magia. ¡Qué triste es esto! Que dejemos a Dios y vayamos a las puertas del satanás. En la iglesia encontramos consuelo, la salvación de nuestra alma y la esperanza. Entonces, dice ahora la niña: "Padre, ¿quiere que le haga lo que me hizo ese mago que me sopló?". Estábamos allí en el aparador de la entrada y mi corazón latía con fuerza. No tengo miedo, pero sufro porque veo a las criaturas de Dios siendo torturadas. De repente, la niña abre la boca y se hincha. Me disculpo de nuevo. La barriga de la niña se puso como la de una vaca. Hizo "¡Ja, ja, ja!" y se le hinchaba la barriga.

—¿Qué hacemos, padre? —dice—.

—Bien, con tu madre, hija mía, fuiste a la puerta del diablo, debisteis ir a la iglesia.

—Ahora —dice—, vamos (a la Iglesia).

—No es tarde ahora que vais, pero deberíais haberte ido antes. Primero fuisteis al diablo, no preguntasteis, hizo el mago sus hazañas y sus trabajos y además se llevó 200.000 dracmas.

Tengamos siempre cuidado, evitemos las magias, los hechizos y las cosas diabólicas". Sólo a la Iglesia de nuestro Cristo id»


1.51. Drogadictos, herejes, vanagloriosos

Hace unos días vinieron dos chavales de unos 23 años y me dijeron que estaban consumiendo hachís.

—¿Qué es eso? —Les pregunté—.

—Bueno, tomamos pastillas de la farmacia, pero también hay hierba que convertimos en cigarrillos y los fumamos.

—¿Cuánto pagas por este cigarrillo?

— 2.000 dracmas, padre. (Alrededor de 1985).

— ¿Cómo juntas ese dinero?

— Mire, padre, pues con mentiras y verdades...

— ¿Por qué mientes, hijo mío? "Dios amó la justicia." ¿Por qué no trabajar justamente, que Cristo bendiga tus bienes, tener algo de comer, un poco de ropa?... Y si te sobra, hacer alguna limosna, alguna Liturgia por tu alma, en vez de darlo por esa droga…? ¿Qué haces ahora?

— Ahora, me duele todo el cuerpo.

— Cuando tomas esta pastilla, ¿qué sientes?

— Estoy mareado y me duele la cabeza. Y ahora, no me siento bien.

Veis, hermanos, cristianos piadosos (a los presentes, a quienes les cuenta la historia), ¿qué malas consecuencias tienen las drogas? ¿Estas cosas diabólicas? Y se pasan la noche en vela haciendo cosas que no se dicen."

«¡Cuidado con los herejes! Nosotros, hijos míos, debemos acatar lo que hemos recibido, sea por tradición, sea por palabra, sea por carta, como dice el apóstol Pablo. Hace años, pasó por allí un joven estudiante de Tesalónica, y este muchacho iba a un gran salón con otros estudiantes y les decían cosas heréticas. Y la cara del niño estaba negra y de su boca salían llamas. Me decía:

—¡Padre mío, escupo fuego por la boca!

—Pero, ya que has negado a Dios, hijo mío…

—Padre mío, nos engañaron. Éramos hijos de la Iglesia... ¿Qué debo hacer ahora, padre, para ser salvado?

—Arrepiéntete, hijo mío, y nunca más entres por esas puertas ni estés en esa compañía. Y ve a la iglesia. En la Iglesia está la salvación de nuestra alma. En la iglesia encontramos salud, consuelo y salvación del alma”.

— El otro día pasó un joven que era como el fariseo. Me dice:

— ¡Padre, mira qué brazos tengo! ¡Qué juventud tengo!

— ¡Qué te voy a mirar, hijo mío!

— Mírame, ¿de qué te avergüenzas?

Le eché una ojeada.

— Tengo, padre, 5-6 títulos. Tengo riquezas, tierras, dinero, casas. Una sola cosa no tengo. No creo en tu Cristo.

Le digo, entonces, también yo:

— Escucha, hijo mío, mientras no creas en Cristo, no tienes nada. Lo que tienes te lo dio Dios. No te lo dio sólo para ti. Lo dio para los pobres, por la gente que sufre. ¡Cuántos pobres, cuántos niños


huérfanos hay...! Esto (que tenéis) te sigue hasta la tumba. ¡Después de la tumba, comienza una nueva vida! Y le conté el siguiente suceso: "Había una mujer de un sacerdote aquí en nuestra zona que también era maestra. Falleció y nos llamaron al funeral. Fuimos allí y vi que tenía un trozo de papel doblado en sus manos. Preguntó:

— ¿Qué es esto?

— ¡Era maestra! —Me dicen—.

— Y si era profesora, ¿qué es este papel?

— ¡Su título! Me dijeron con admiración.

— Escúchenme, —les digo—. Los títulos, los cargos, los honores, hasta la tumba te siguen. Este trozo de papel entrará en la tierra, se pudrirá, y ya está. "Nuestras obras examinará Dios."


1.52. «¿No son santos esos?»

El otro día vino una persona consagrada y me contó que un hombre (un conocido suyo) estaba postrado en cama y no podía hablar, ni oír, ni ver. Y le dio en su mano 250 libras de oro para la iglesia que están construyendo en su pueblo. En un papel, escribió: «Este dinero es mío. Lo he ahorrado desde joven y quiero donarlo a la iglesia, por el bien del mundo. Confío en ti y lo pongo en tus manos, sin necesidad de pruebas. Solo quiero que nadie sepa nada. Doy las libras por mi alma. Tengo otros fondos y seguiré ayudando».

"Y digo, ¿no son santos estos hombres?"




1.53. «Dios me lo ha dado todo»

Ahora tengo 70 años, 40 años llevo en el Monasterio, Dios nunca ha sido injusto conmigo. Dios ha permitido que tenga problemas de corazón, aparatos en el corazón, operaciones de corazón y por todo mi cuerpo, pero tengo a Cristo dentro de mí y Cristo me fortalece. Digo: "¿Cómo aguanto? Si me ayudas, Cristo mío, oficiaré". Todas las mañanas durante todo el año oficio, atiendo a las personas que vienen (y tienen) problemas espirituales, y digo que Dios me ilumina. (Te ruego): "Cristo mío, dijiste que te daría en la boca sabiduría. Así que, dame en la boca sabiduría para hablar y si me equivoco, porque soy hombre analfabeto, no me juzgues en aquel día...". Porque un día partiremos, hay vida eterna y por eso cuidamos nuestra alma. Con nuestra oración, con nuestra fe en Dios, con humildad, con paciencia pasamos los días. No debemos desesperarnos por nuestra salvación sino poner nuestra esperanza en Cristo. "Todo lo que le he pedido, en 70 años, me lo ha dado todo, me ha dado todo lo bueno, me ha dado todos los carismas, me ha dado todos los puestos. No tengo nada (mío), estas cosas me siguen hasta la tumba, después de la tumba comienza una nueva vida."



1.54. Aparición del abogado fallecido

Había fallecido un abogado de nuestra diócesis que se hacía cargo de casos en nombre de nuestro Monasterio. Ahora nos perdió también los libros, todo en el Monasterio se perdió, y yo oré. Celebramos un servicio de cuarenta días. Ahora que estamos vivos oramos por los demás y luego cuando muramos, si alguien nos recuerda... pero de aquí en adelante, preparémonos con nuestras obras. Entonces, yo quería ver, aunque fuese en mi sueño, a este abogado que se llevaba los libros del Monasterio, tantos casos, tanto dinero… Aquí el Monasterio es pobre, no tiene dinero, no tiene recursos, la gente y san David ayudan al Monasterio, que es suyo. No sueño despierto, ni creo en los sueños y en las fantasías. (Lo vi y) el abogado me dice: "Escuche, higúmeno (abad), por el Monasterio de Galataki hice una terrible defesa, pero por vuestro Monasterio aún no se ha hecho ninguna inspección...". Como abogados, a menudo tienen sus cosas, dicen algunas mentiras. Por tanto, hay que tener cuidado de la propia vida y trabajar fiel y bien, porque en aquel día no habrá acepción de personas, ni abogados, ni nada... y Dios juzgará a cada uno según sus obras."



1.55. «Encontraréis agua de río»

Me dice Dimitris: “Padre, no hay agua en nuestra propiedad y queremos cavar un pozo”.

—Bueno, ¿y qué quieres de mí, Dimitri?

—Padre, me dice, reza una oración al Santo y dinos si encontraremos agua en esa gran finca. Somos siete hermanos y nuestros olivos se secarán.

—Demetrio mío, te digo, ten fe en Dios, no os preocupéis. Encontrarás agua en un río.

— Padre, ¿cómo lo encontraremos?

— Toma, poned el icono de san David que os he dado, en cualquier lugar que queráis de vuestra propiedad, donde sea adecuado para abrir el pozo, coloca allí el icono de san David, echa un poco de agua bendecida, haced la señal de la Cruz, decid el "Padre Nuestro" y el tropario de san David y golpead (cavad). Tan pronto como empecéis a cavar, hijo mío, perdóname, el agua está sobre la superficie de la tierra. Así lo hicieron y encontraron un río de agua.

—Ahora, padre, me dice, con tanto agua (como encontramos), damos a otras personas aquí en Corinto y ellos riegan sus huertos y sus campos.

«Cuando tenemos fe y le pedimos algo a Dios, Él nos lo dará." “Todo lo que le he pedido desde niño, Dios me lo ha dado”.



2 ENSEÑANZAS


2.1. A los consagrados



Refiriéndose a un nuevo clérigo, le dijo: «Una vez, el malvado demonio trajo a una joven al Monasterio para confesarse y, cosa extraña, me hizo una propuesta inmoral. La regañé y la eché con rudeza. Tantos jóvenes, padre, en el mundo como el agua fría, y el maligno me la trajo aquí, que no puedo mantenerme en pie y he tenido siete cirugías, exhausto e inútil. ¿Sabes cuántas de estas mujeres vienen al Monasterio y traen consigo el demonio de la prostitución? Les trae el tentador para seducir a los monjes.

«Y tú, padre, ahora que eres un joven clérigo, ten cuidado, y a las jovencitas que quieran besarte la mano, ten cuidado, no se la des a cualquiera, y especialmente a las que son más jóvenes en edad. Ten cuidado que no te toquen con la suya, puede que tengan el demonio de la prostitución y te lo pasen, y entonces tendrás una guerra carnal terrible, ten mucho cuidado. Yo, con la ayuda de Dios, sé quiénes son éstas, el santo David me informa desde antes, estoy atento."


«Padre, me alegro mucho de que tengas pelo y barba (largos)." Nunca, padre mío, te los cortes. El Sacerdote y Oficiante del Altísimo debe ser respetuoso, digno del sacerdocio, que inspire a los fieles a acercarse a él, pero también a confiar en él, a confesarle sus pecados y a contarle su dolor. Mira, padre, muchos sacerdotes vienen aquí al monasterio del santo con el pelo corto; ¡Qué triste es para mí verlos como laicos! ¿Pero qué debo hacer? Ellos son Oficiantes del Altísimo, los dejo servir para no entristecernos, que Dios los ilumine. Y tus uñas, padre mío, no las tires; recogelas. "Y todo lo que tengáis que sea santificado, quemadlo en el crisol”.»


«No te juntes con sacerdotes que tienen un espíritu secular.


El sacerdote debe realizar sus servicios diarios mañana y tarde, leer las oraciones para la Sagrada Comunión, y las oraciones de agradecimiento (cuando oficia), confesarse con frecuencia y mantener el estado espiritual. Es algo diferente, algo que no todos tienen, tiene el Sacerdocio. Tiene al Cristo mismo a diario.»


«Cuando, hijos míos, unο se hace obispo, y al final acaba con los Monasterios, entonces es mejor no se haga, porque los sagrados Monasterios son puertos espirituales."


«Es pecado acusar a los Obispos y Sacerdotes del Altísimo. Estemos atentos»


«Las Liturgias de cuarenta días tienen un gran valor para las almas de las personas. Para los vivos y los muertos».


«La oración es una cosa y la limosna es otra." La limosna ayuda al alma del hombre. Pero otra cosa es memorial, la oración. Porque así fue como los encontramos. Así es. Y desde los tiempos apostólicos. Éstos, hijos míos, son desde tiempos inmemoriales. Nadie puede detener estas cosas».


Nos levantamos por la noche para hacer el memorial de estos nombres. Tenemos miles de nombres, entre 20.000 y 30.000. Son benefactores del Monasterio, desde hace 38 años, cuando llegué. Alguien me dio este vaso, otro esta taza, este nailon, otro la lámpara, otro un icono, otro un marco de fotos, otro ese aparador, otro un reloj, y tengo sus nombres desde 1952, cuando fui ordenado sacerdote del Altísimo, y hago memoria de ellos. La mayoría han fallecido».


«Las Liturgias de cuarenta días ayudan mucho. La parte que extrae el sacerdote cuando leemos estos nombres tiene gran valor. Un Ángel del Señor los recoge cada mañana, porque a la hora que empieza la Liturgia de Preparación, (o Proscomedia, o Próthesis), descienden Ángeles del Señor. San Juan Crisóstomo veía en el momento en que se iniciaba la Preparación, a unos jóvenes con vestiduras blancas, Ángeles del Señor, volando desde el tejado de la Iglesia. Y con cada cristiano había un Ángel del Señor, el guardián del hombre, de su vida. Y dentro el Lugar Santo o Sagrario lleno de Ángeles que recogían esta ofrenda y la llevaban al trono de Dios. Esto, hijos míos, lo decía un Patriarca.»


«Todos los servicios conmemorativos son necesarios para el descanso de las almas". La mayoría de las personas celebran lujosos servicios conmemorativos y generan gastos innecesarios. El alma pide cosas sencillas. Hervamos un puñado de trigo y seamos puros, y preparemos el pan de la ofrenda con oración. Llevémoslo a la Iglesia, en la Divina Liturgia que se conmemoren los nombres de los difuntos y se canten servicios memoriales.


Estos memoriales son lo que las almas desean, y los muertos también encuentran consuelo donde están, porque los cuerpos mueren, pero espiritualmente estos espíritus siguen vivos”.


Un demonio con voz de endemoniado me dijo: «Jacob, prefiero (arrojar al pecado) a uno de ustedes, monjes, sacerdotes, que a quinientos seculares. Tenemos a quinientos seculares en nuestras manos. Pero a ti, a ti. Preferimos a uno de ustedes».


«Si alguien supiese sobre la Divina Liturgia, ¡qué es la Divina Liturgia! Un turco que presenció la Divina Liturgia vio a un joven ángel vestido de blanco de pie junto a cada cristiano; y junto a los sacerdotes, entraban órdenes enteras de ángeles vestidos de blanco, cada uno con una copa de vino y un plato de Pan santo. Y fueron los sacerdotes y los pusieron sobre el santo altar; y fueron también estos jóvenes, y se llenó el santo altar. Estos ángeles ayudan a los cristianos a orar con fe, pero a veces el diablo distrae nuestra mente y nuestros pensamientos vagan por la tierra. “En la medida de lo posible, alejemos el pensamiento (demoníaco) y oremos: “Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ayúdanos”, y con la ayuda de Dios oremos continuamente, para que este mal pensamiento se aleje de nosotros.”

«Quienes se hacen sacerdotes lo hacen para ser santos, como nos dice nuestro Cristo en el Evangelio. Pero luego el honor, el egoísmo, el orgullo, las glorias temporales, nos engañan, no nos preocupamos por santificarnos y también perdemos nuestra alma muchas veces.”

El metropolitano Gregorio de Calcis, quien me ordenó hace 38 años, me dijo: «Hijo mío, en este momento en que celebras la Liturgia, eres superior al Rey, porque cuando el Rey venga a la Liturgia, tomará un don de tu mano, te besará la mano».

Todo clérigo, todo sacerdote y todo cristiano debe dedicarse al Misterio de la Divina Liturgia y a todos los Misterios de nuestra Iglesia. Es bueno que tanto los teólogos como los sacerdotes del Altísimo cuiden sus vidas, tengan fe en Dios, pero también que practiquen buenas obras, como dijo el divino Santiago, el hermano del Señor. Que soporten las tentaciones y las pruebas, que enseñen la palabra de verdad, como decimos, "manejando correctamente la palabra de verdad". Espero que (los jóvenes) se conviertan en Sacerdotes del Altísimo y que sean ejemplos para la salvación de sus almas, pero también para las almas de las personas.

Nuestra fe es una, nuestra ortodoxia. Creemos en una sola Iglesia, santa, católica y apostólica. Tenemos nuestra propia Iglesia de Cristo. Cuando el sacerdote se arrodilla para orar, puede hacer descender el cielo y hacer todo bien con su oración si tiene fe, como el profeta Elías y aquel hombre de la misma mente, dice el divino Santiago, hermano de Dios, pero mediante su oración y ayuno hizo el cielo y llovió.»



2.2. A los monjes



Un monje debe pensar que no tiene nada propio, que no es nada. El monje es como un perro. Si tienes un cacho de pan duro y se lo das, está bien. Si no tienes y le das una patada, mejor aún."


"La gente (los peregrinos) no quiere nada más. Una sonrisa, un vaso de agua y una palabra amable. Una vez le preguntaron al Gérontas cómo podemos nosotros los monjes dar limosna, ya que sabemos que en el monasterio es el higúmeno el que da llas limosnas. Y el Gérontas dijo: «Lo hacemos mediante la oración. Pueden darnos un nombre y podemos hacer oraciones y komposkini o cuerda de oración por ellos. La oración es una gran misericordia».


“Nosotros, los monjes, debemos tener humildad y amor entre nosotros; nuestro principal objetivo es alcanzar la santidad, convertirnos en santos y no reclamar posiciones y primacías.” Observemos los ayunos, cumplamos nuestros deberes espirituales, la regla monástica, nuestros rosarios, porque un día los encontraremos ante nosotros. Por mucho que queramos justificarnos, la ley espiritual actuará».


Cuando los padres de su monasterio tenían muchos ministerios y estaban cansados, el Gérontas les decía: “Padres míos, decid el Padre Nuestro e id a descansar”, y así los economizaba con discernimiento, para que madrugaran para observar su regla.


Quiero, padres amados, que hagáis vuestro ministerio y las cosas espirituales con moderación y discernimiento, sin agotaros en el trabajo y sin poder decir después ni un solo: “Señor, ten piedad”.


«Si tienes intención de abandonar el Monasterio, no te vayas, siéntate y no hagas nada, simplemente vigila los muros.»





Cuando los padres realizaban algún servicio, fuera en el jardín, ο en la cocina o en la iglesia, y no lo habían hecho bien, el Gérontas pasaba, los bendecía, les daba un dulce o un trozo de pan, si tenía uno en el bolsillo, y decía discretamente: «¡Ah!, padre mío, cuando era joven, lo hacía y todo en la iglesia relucía; no había ni una sola araña (si es que veía arañas). Recogía toda la leña seca del jardín con cuidado y orden; no la dejaba tirada, un poco aquí y otro poco allá. En la cocina, todo estaba limpio y los platos en su lugar; todo estaba terminado. Ahora soy viejo y no puedo hacer nada; soy un trasto inútil; como la comida del Santo gratis». Decía estas cosas y hacía que se volviesen más entusiastas y atentos en su ministerio. Era un personaje delicado, lleno de amor y discernimiento.


«¡Qué bendición ofrecer tu hijo a Dios y convertirlo en monje!»


«No ocultes un pensamiento a tu Gérontas, no sea que encuentres el paraíso cerrado.»


«Tengamos reverencia y temor de Dios cuando entremos en el Santo Altar. Hagamos tres prosternaciones, besemos el icono y luego entremos; no como si estuviéramos entrando en un coche.»


«Alguien me dijo que algunos dicen que los monjes no hacen nada, solo se acuestan, comen, beben y duermen. Que vengan al Monasterio una semana y se levanten a la una para ver cómo son los monjes. Que ayunen y recen. Y nosotros aunque estamos doloridos (enfermos), sin embargo luchamos».


«Arrepintamonos y no desesperemos. Y pensemos que "Vive el Señor de los ejércitos"».


«Si tenéis humildad, si tenéis amor, si elimináis vuestra voluntad, entonces os convertiréis en monjes y progresaréis en la vida, heredaréis los bienes eternos y nuestro Cristo os contará entre sus elegidos.»














2.3. A los laicos



«No te fíes de la gente. Cuidado con tus compañías...

Nunca escuches lo que dice la gente. Vienen tentaciones. Somos humanos. El diablo tiene muchos pies, astucias y trampas. Todo en el matrimonio debe afrontarse con amor, calma y paciencia. Fe en Dios y oración y todo irá según la voluntad de Dios. Entre vosotros (con el cónyuge) debe haber un clima de absoluta confianza y honestidad. No dejes nada dentro de ti, porque después te asfixiará. No dejes que los pensamientos aniden dentro de ti, son serpientes. El amor lo cubre todo. Con atención, discernimiento y delicadeza, tanto ante la gente como entre vosotros. Si tenéis algo entre vosotros no se lo digáis a terceros. La atención y la oración todo lo corrigen, todo lo hacen bueno. Vivamos con sobriedad, ayuno y abstinencia de los deseos carnales».

Una hija de un sacerdote, tenía la tentación habitual de las adolescentes por usar pantalones. Sus padres le dijeron mucho, lo hablaron, ambos la aconsejaron, pero ella no hacía caso. Entonces le dijeron: «No tenemos nada más que añadir. Si lo deseas, habla del asunto con el Gérontas y obedezcamos todos a lo que él nos diga». Así que se fue, y al salir, estaba completamente tranquila. El Gérontas le dijo: «Querida hija, esto no es lo que Dios quiere para las mujeres. ¿No crees, si eres hija de un sacerdote y que lo haces, todas las demás niñas te imitarán? ¿No piensas en tu padre? ¿Cómo hablará sobre este tema con las mujeres?" Sus palabras tenían el calor y la fragancia de un corazón que ora, por eso transformaban a las personas.»

«Muchas veces se acusa a los sacerdotes. Pero los sacerdotes también son personas. Una persona puede haber cometido un error en su vida, pero no todos tienen la culpa. (Υ un sacerdote puede equivocarse, no todos tienen la culpa). Pero «no juzguéis», dice Cristo, «para que no seáis juzgados», porque con la medida con que juzguemos, seremos un día juzgados. ¿Quiénes somos nosotros para juzgar? Oremos para que Dios ilumine a cada persona. Perdonemos todo lo que podamos».


«Orad siempre y tened siempre la esperanza en Dios. La Gracia de la Madre de Dios y Siempre Virgen María, de san David y de san Juan el Ruso os ayudarán. Oremos por el mundo entero, las oraciones refuerzan espiritualmente.»

Podemos ganarnos el pan donde queramos (basta con que trabajemos). Los hijos de los primeros en ser creados, uno era labrador y el otro pastor. Todas las profesiones son buenas, siempre que estemos cerca de Dios. Y el apóstol Pablo, para no comer, perdón, pan gratis de ningún hombre, trabajaba con sus manos. Fabricaba tiendas. Entonces, estos grandes santos de nuestra Iglesia también trabajaban. Nuestro propio Cristo también trabajaba en la carpintería. Y era Dios y hombre, pero también trabajaba. El trabajo es siempre una virtud para el hombre».

«Digo que el ayuno beneficia al hombre tanto en alma como en cuerpo. También debes ayunar, si gozas de buena salud, en la medida de lo posible con el permiso del médico, pero también por orden del Padre Espiritual. Todo debe hacerse con mucho discernimiento y oración. Orad en particular, luchad la buena batalla, porque el diablo anda como león rugiente».

«No sabemos ni el día ni la hora. Por eso, ya que somos personas temporales, cuidemos de nuestro alma, que es inmortal. La gente muere, pero ¿cómo muere? Morimos, pero estamos cerca de Cristo. Luchemos con oración, con amor».

«Hijos míos, hoy los tiempos son difíciles, los días son malos. Por eso debemos luchar. Si no luchamos, ¿cómo nos salvaremos?»

«Lucha, oración, fe. Tengamos humildad, modestia, honestidad».

«Εl poder de Dios es muy grande. La oración siempre hace bien.»

«Todo lo que hagamos, hagámoslo para Dios y no por vanagloria.»

«Dios acepta el pequeño ayuno que se hace con humildad».

«Pon tu esperanza en Dios. “El que desde arriba se inclina, ve desde arriba”. Nosotros haremos lo humano, el esfuerzo.»

«Cuando confieso, pido conservar lo bueno y echar fuera lo malo. Si oímos algo malo, debemos rechazarlo inmediatamente; dejar que entre por un oído y salga por el otro.»

«Hagamos una vida espiritual, obedezcamos al Padre Espiritual, confesemos, comulguemos regularmente y, lo más importante, evitemos el juzgar y criticar. Estudiemos libros espirituales, la Santa Biblia, el Salterio, y escuchemos siempre discusiones beneficiosas y espirituales”.

«Hace falta mucha atención porque nuestros días son difíciles. Permanezcamos en la oración y en la obediencia. Luchemos.»

«Cada molestia o tentación que te perturbe psicológicamente, échalo fuera". (E hizo el gesto correspondiente). "Que nuestros días fluyan con paz y dulzura.»

«Tú no te preocupes, no lo guardes dentro de ti haciendo que te preocupe. Las preocupaciones carcomen a la persona. A mí las preocupaciones me consumían, enfermé del corazón y otras cosas".

«Une tu alma a la roca de la fe. No importa cuántas olas vengan, romperán allí en la roca de la fe y todos los obstáculos serán superados».

«Ten mucha paciencia y no te preocupes, porque eres una persona sensible y por eso tienes problemas de salud. Haz de tu corazón una roca para resistir. Dios no te dejará, te fortalecerá y te bendecirá. Me alegra que pienses en tu alma y te preocupes por la vida eterna. Haré todo lo que pueda por ti y tu familia, con oraciones, divinas Liturgias y oraciones". (Extracto de su carta).

«Dios también da pruebas. El amor de Cristo prueba a las personas.»

«Tengan oración, paciencia y perseverancia en todo. Comulguen regularmente. Leed continuamente el Salterio, Servicios de Súplica y Salutaciones a la Madre de Dios.

«Ten cuidado con tus pensamientos, porque el diablo constantemente nos presiona con diversos pensamientos pecaminosos».

«Cuando estemos presionados por un pensamiento, no nos angustiemos. Sepamos que es una tentación y oremos: “Apresúrate, oh Dios, a socorrerme…”.

«Nosotros somos los culpables, porque no tenemos un alma bondadosa. Corrijamos nuestras pasiones y debilidades a través de la oración, el ayuno, la confesión, la sagrada Comunión, la asistencia a la iglesia y la participación en los servicios. Adquiramos virtudes. Uno va al cielo con sus buenas obras.»

«¿Qué me importa lo que hagan los demás? ¡Υο, qué hago! Y si hace algo, yo le cubriré. No habléis en contra de nadie. No critiquemos a nadie, porque se va la humildad.»


«Los maestros siempre deben enseñar religión, porque sin religión no tenemos vida eterna, sin Cristo. Tenemos necesidad de Cristo y del alma. Maestros, decid a los niños que vayan a la Iglesia, porque habéis dado juramento en nombre de la Santísima Trinidad. Enséñeles las cosas de la Iglesia, nuestra fe y la vida ética. No es correcto decirles a nuestros hijos que no existe Dios, que no existe Iglesia y otras cosas inapropiadas y feas. Enseñad a los niños los Diez Mandamientos y decidles que se cuiden de las malas compañías, porque (con malas compañías) lo más seguro es que se alejen lejos."

«Todos los estudios son buenos, pero sobre todo lo es la piedad, ser personas piadosas y temerosas de Dios».

«A nosotros nuestros padres nos enseñaron la Iglesia, el ayuno y la oración. Durante cincuenta días de Cuaresma (ayunábamos). No teníamos nada para comer en ese entonces; era un poco difícil aquella época».

«Fui a la escuela primaria siete años. Allí aprendí las letras. ¿Dónde estaba la secundaria (entonces)? Ahora vienen y los llevan gratis para la preparatoria y en lugar de aprender las letras, me perdonen, aprenden otras cosas».

«Los médicos dicen sus cosas. Que nuestro médico sea Cristo para ayudar a los enfermos. Ayudará la Gracia de Dios y se pasará. Espero que se pase».

Hijos míos, hagamos todas las buenas obras que podamos, vivamos en arrepentimiento y mejorandolos, y ofrezcamos nuestras oraciones a Dios, porque el Señor dice: "Velad y orad para que no caigáis en tentación". Hijos míos, la oración sostiene al hombre. Y una vez, cuando vine al monasterio hace 35 años, dije: "San David, he venido a ti para que me ilumines, para que Dios me dé también a mí iluminación, para que no haga acciones malas ni pecados, solo buenas obras". Bien, y ahí que estaba rezando, dije, “que me de fe”. He creído desde niño, pero quiero que me dé fe. Mientras rezaba, ¿qué me pasó? (atendiendo a lo que dice el Evangelio): "Cuando ores, di: Señor, aumenta tu fe". Me perdonen, hijos míos, yo no lo leí en nuestros apuntes, en aquellos años no teníamos nada, solo tenía una Recopilación, dejamos todo lo que teníamos en mi tierra natal en Asia Menor y aquí no teníamos nada, no había padres teólogos en aquella época. Había un predicador en Calcis y el obispo.»

Confesad vuestros pensamientos a Padres Espirituales experimentados, como decía un santo padre. Porque cuando confesáis vuestros pensamientos, los demonios no moran en ti, sino que se van. Cuando no los confiesas, anidan en ti. Cuando tienes un mal pensamiento y lo aceptas, pecamos, y el Señor llamó al deseo adulterio. Por eso, en la medida de lo posible, rechacemos pensamientos e ideas y oremos para que la Gracia de Dios nos sostenga siempre».

«Os deseo salud, alegría y bendiciones celestiales". (Una oración habitual del gérontas Iakovos a los peregrinos). Oramos por vosotros aquí, pero haced vosotros también. Cuidad vuestro alma. Tenemos un cuerpo, pero el alma es inmortal. No os veo como humanos, sino como hijos espirituales que venís a san David”».

«Hay muchas tentaciones, muchos peligros en el mundo, pero todo se disuelve con la Gracia de Dios; cuando oramos, todo mal se disuelve.»

«Un aldeano pensó que había sido hechizado y acudió a un mago para resolver el problema. Apagó la luz y le preguntó: "¿Tal vez llevas una cruz encima?" Después de que él dijo "no", comenzó a hacerle el "amuleto". Pero le dijo que no hiciera la señal de la Cruz ni invocara a ningún santo ni a la Madre de Dios... (porque) no pasaría nada. Sin embargo, cada cierto tiempo se santiguaba y susurraba alguna oración, y el mago se agitaba. Le llamó y le dijo que no se santiguara. Pero pasó esto tres veces más y el mago enojado le echó y le dijo que no estaba pasando nada, y que era culpa suya (del aldeano).

Vino aquí y me lo contó y yo le aconsejé que hiciese ayuno y que en su casa se hiciese un Sacramento de unción de aceites, de Bendición del agua, y aparte alguna Liturgia. Ni cosas satánicas ni nada de eso quedarán luego.»

«Os agradezco mucho que me escuchéis, yo soy un hombre iletrado, vosotros σabéis letras sois hombres formados, tenéis una formación, pero nosotros tenemos a Cristo, que nos enseña, y cuando tenemos a Cristo, no queremos nada más. Nosotros tenemos necesidad de Cristo y de alma y las letras están bien, y otras cosas también están bien, pero, me perdonareis, el que sabe muchas letras pero no cumple las leyes de Dios, “recibirá muchos azotes” (de Dios), “da muchos azotes”. Y a mí que no sé mucho, también me azotará, daré cuenta de mis acciones.»

«Cuando os pidan algo, mendigando, dad algo. Un cacho de pan tenéis, dad un cacho de pan, sea quien sea. San David también daba a turcos. Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia.»

«Tras el sepulcro comienza una nueva vida. Hasta el sepulcro llegan las condecoraciones, las cruces, las glorias, los honores. Todo, hijos míos, es efímero. Por eso cuidemos de nuestras almas, que son eternas.»

«Τengamos hospitalidad y misericordia. San David era muy meserιcordioso, daba mucha limosna. Acogía hasta a los turcos. Yo, no he hecho nada. El santo lo ha hecho todo, el santo lo ha preparado todo. Yo soy una persona estúpida, soy antojadizo y veleidoso…»

«Estamos siempre preparados porque no sabemos cuándo nos iremos de esta vida. Νo digamos “no importa mañana me arrepentiré”. ¿Quién conoce el mañana? El mañana es de Dios. Tampoco la hora sabemos. Amanece y no sabemos si llegaremos al anochecer. “Cuidad el alma cariñosa, algo inmortal”»

«Veis, hoy hay muchas enfermedades, muchos males en el mundo... Todo es por los pecados de los hombres»

«Por el esfuerzo que hacéis en venir a reverenciar al santo, recibís de él mucha bendición».

«Me perdonaréis, pero soy un hombre iletrado, no sé qué contaros, lo único que tengo fe en Dios y humildad, hijos míos».

«Una señora rica fue el Domingo a la Iglesia pero no estaba prestando atención en absoluto y su mente divagaba. Confesó: "Mi mente daba vueltas desde el momento en que entré a la iglesia. Tenía una bolsa y pensaba que sería bueno ofrecer el azúcar como caridad para los pobres. Con esta bolsita pasé toda la Liturgia sin entender una sola palabra, nada, ¡oh!... Tomé una pieza de pan bendecido o prósforo y me fui."

«Mientas que su asistenta doméstica, que era mi tía y llevaba diez años trabajando como empleada del hogar, era muy piadosa, aunque no asistía a la Iglesia por su trabajo, sabía qué lecturas de los apóstoles y del Evangelio leían, porque mientras trabajaba oraba y estaba espiritualmente en la iglesia».

«Ven, hijos míos, donde esté nuestro tesoro, allí estará también nuestro corazón», dice Cristo. «Centrémonos en lo divino, oremos».

Oramos y suplicamos que Dios ponga siempre su mano sobre nuestra Iglesia, sobre el Estado y sobre el mundo, porque estos son días muy malos y años muy difíciles. Que Dios ilumine al mundo entero. Afortunadamente también hay buenos cristianos. Si (en el pasado) hubiera habido diez, Sodoma y Gomorra no habrían sido destruidas, las ciudades, pero no existían. ¡Oh! Ahora hay muchos cristianos fieles, piadosos, cercanos a Dios... Veo multitudes de personas pasar cada día por el Monasterio. La semana pasada pasaron por allí siete autocares. Mucha gente, cada persona tenía su cruz, otro tenía un corazón, otro tenía un cáncer, otro tenía una mano, otro tenía un pie, otro tenía, perdónenme, la cabeza, muchas enfermedades en el mundo, muchísimas enfermedades, pero con la ayuda de Dios, con nuestra oración, las vamos a salir adelante con mucha paciencia. Y cuando vemos tantos milagros que Dios realiza, debemos acercarnos más a Dios. Yo, que vivo hasta hoy, vivo por los santos, porque los santos tienen crédito ante Dios, interceden como San David, San Juan el Ruso, todos los santos de nuestra Iglesia. Los honramos, los reverenciamos, por eso han venido a este santo destino, y con la Divina Liturgia que celebramos, honramos a Dios y a los Santos. Un hieromonje, un muy piadoso Gérontas, me dijo: «Padre, dice, cuando se celebra la Divina Liturgia en un lugar, todo el mundo aquí es santificado, toda la región es santificada por la Divina Liturgia».

«Anteayer pasó mucha gente. Les pregunto a algunas personas:

—¿Vas a la iglesia?

—No vamos..., —dijeron—.

— ¿Por qué, hijos míos, no vais a la Iglesia? Desde el día que nacemos hasta el día que partimos (nuestra vida) pasa por la Iglesia.

— ¡Oh! Vamos, cura, a Pascua y Navidad, ¿qué más quiere que le contemos?

— Me perdonen, no es sólo en Pascua y Navidad. Cuando un cristiano no va a la Iglesia durante tres domingos, ¡es apartado! A menos que haya una necesidad tan grande, me perdonen, puede estar enfermo, puede estar incendiándosele la casa y él puede levantarse a apagarlo, entonces Dios perdona...

—En Navidad y en Pascua vamos a la Iglesia y nada más... Buenos días, buenas tardes...

«Y no dijeron nada más, para no escuchar sobre la Iglesia no escuchara." En la Iglesia, sin embargo, encontramos consuelo, encontramos salud, encontramos la salvación de nuestra alma».


«Μuchas cosas en el mundo: enfermedades, pruebas, penas, preocupaciones, y todo esto debe ser siempre afrontado con oración. Cristo, que era Dios y hombre, también oraba y ayunaba, y ahora decimos que no existe ayuno. ¿Cómo que no hay ayuno? ¡El ayuno existe! Es un mandamiento de Dios, el primer mandamiento que dio Dios fue el ayuno... a Adán y a Eva. Y él mismo ayunó. Viene una mujer y me dice que su yerno le dijo que los monjes ayunan, que para eso están los monjes, que no hay pecado si no ayunas, y viene la mujer y me lo dice. Dile a tu yerno, digo, que hay ayuno. ¿Cómo es que no existe? En el Evangelio Cristo nos dice: "sólo con oración y ayuno...". En primer lugar, Cristo ayunó por nosotros, y no ayunó como ayunamos nosotros hoy. Él, que era Dios y hombre, ayunó cuarenta días, ¿y nosotros hoy no debemos ayunar, siendo por nuestros propios pecados?"

«Hace unos días me llamó una señora de Atenas y me dijo: “Padre, me duele la cintura, no sé si es del maligno o de Dios”. Le dije: “Hija mía, ahora o es culpa del diablo, Dios lo permite, tienes que tener paciencia como Job. ¿Viste lo que soportó Job? Mira, hijo mío. No importa lo enfermo que esté alguien, perdona, y no te enojes y digas ¡oh! ¿qué me ha pasado?. ¿Por qué tomo la medicina y me quiero morir? No haces nada, te pones peor... Con calma, con tranquilidad, sobre todo con la oración, la Gracia de Dios te ayudará».



2.4. Varios

Acepto todo lo triste que viene con gratitud y disposición, hago mi cruz y digo: “Bendito sea el nombre del Señor por siempre. Amén”.

«Necesitamos fe en Dios y la Gracia de Dios no nos abandonará, nos ayudará».

«¡Cuán grande es el poder de la oración y cuán grande es el valor de la fe! Tengamos fe en Dios como un grano de mostaza, y si es para nuestro bien, todo lo que pidamos a Dios nos lo concederá».

«Tengo un hábito o raso nuevo en mi baúl. Os digo que ni siquiera lo he abierto para verlo, no me llenan de esas cosas. Tengo la oración, el Salterio. Tengo mi corazón en Cristo; estas cosas no me llenan. He tenido y tengo una vida espiritual. Y a vosotros que no os atraigan las buenas ropas, en otro sitio está la alegría.»

«Yo, por encima de todo, amο a Cristo. Hijo mío, ¿quién esperó en Cristo y fue avergonzado? Digamos continuamente: “Acuérdate de mí, Señor, en tu Reino”».

«El Dios que ilumina a los perros para que vengan debidamente a nuestro Monasterio, ¡cuánto más nos iluminará a nosotros los humanos, si le somos fieles a Él!»

«Somos gente de paso aquí. Cuidemos nuestra alma, que es inmortal, porque en la otra vida no habrá excusa.»

El Gérontas celebraba la liturgia casi a diario y solía decir: «Vivo y oficio junto con con la Santísima Trinidad. Vive el Señor Dios».

«La Divina Liturgia es el centro de la vida del hombre.»

«La Gracia de Dios ha guarda de las trampas de satanás." Gracias a Dios, me protege. No me ha abandonado.»

«Enfermé, hijos míos, me perdonen, me daban vértigos a mediados de Febrero, padezco… las cervicales, no me ha provocado tanto dolor esto como me lo ha provocado la gente. No es que me queje de la gente, sino de lo que oigo con ellos. Parejas casadas divorciarse en veinte días y caer en otros pecados, fornicaciones y libertinaje, en de mágia y diabólicas. Cuando nos apartamos del camino de Dios y vamos a médiums, a magos, o llamamos a la puerta del mago o a la puerta del diablo, es lo mismo. Me duele el alma cuando oigo estas cosas; ¿y qué podemos hacer, hijos míos? Una oración hacemos».

«Es egoísta decir: “Esto es todo y nada más”.(La inflexibilidad).

«Llegará el día en que nos quitarán hasta el yeso de las paredes». (Es decir, pagaremos impuestos por los muros, los edificios).

El Gérontas recordaba constantemente la muerte. Por la noche después de las Completas, hacía como que estaba en su lecho de muerte, cantaba el servicio fúnebre y decía: "Padres, he leído todo el servicio tanto para un laico como para un sacerdote y para un monje".

Cuando le comunicaron que su hermana había fallecido, él estaba en el jardín, hizo la señal de la Cruz e inmediatamente dijo: “El Señor ha dado, el Señor se ha llevado”.


El Gérontas conmemoraba miles de nombres de vivos y difuntos e incluso veía en qué estado se encontraba el alma de cada persona conmemorada.

«Las medicinas de nuestra Iglesia son: Los Misterios o Sacramentos, el cumplimiento de los mandamientos de Dios, las buenas obras.»

«La Iglesia ilumina a la gente, no la vuelve loca. No están locos quienes se hacen monjes y clérigos.»

«Haced todo el bien que podáis, especialmente orad, confesaos y rechazad los pensamientos, porque si guardamos pensamientos dentro de nosotros, los demonios nos atormentan, así que debemos tener buenos pensamientos. Tened amor los unos con los otros, perdonaos antes que se vaya el sol, porque no sabemos, dice nuestro Cristo, si nos levantaremos mañana, quizá nuestro lecho se convierta en nuestro sepulcro.»




2.5. Opiniones y posiciones del Gérontas


Testimonios del p.Georgios Avthinou: «Le preguntaron al Gérontas: "¿Por qué no va al Monte Santo Athos, ?". Él respondió: "Aquí también está el Monte Santo, hijo mío". Según su espíritu, no solo se refería a la belleza natural de la zona de san David, sino principalmente a que es el modo de vida lo que salva, no el lugar.»


«El Gérontas dijo: “Cuando el Sacerdote esté oficiando, no debe tocar la Mesa Sagrada”

El Gérontas me hablaba de los Ordenados que no quieren barba, pelo largo, ni el raso o hábito, o que quieren reducirlas y modificarlas. “Todo esto, hijo mía, no es la esencia. Pero ¿qué valor tiene la cáscara del huevo? Pero mira que dentro de ella tiene toda la esencia (la clara, la yema), y sin esa cosa inútil, no es posible.»


«Sobre la unión con los heterodoxos, dijo: «Nuestra Iglesia reza constantemente, pero tienen que quererlo ellos también. ¿Qué clase de unión es esta con un Cristo distinto? ¿Qué clase de unión puede haber sin la Santísima (Madre de Dios) y sin los santos?» (refiriéndose a los protestantes).

«Cuando un papista pernoctaba en el Monasterio, el Gérontas lo trataba con cariño. El visitante tenía buenas intenciones y tenía muchas preguntas. El Gérontas le explicaba con amabilidad y mansedumbre. Εntonces el Monasterio no contaba con el amplio comedor que tiene ahora, y todos comían juntos (monjes, clérigos y laicos) en un pequeño comedor (refectorio) en la planta baja, junto a la fuente. Todos los demás se habían adelantado. Se sentaron a la mesa y esperaron al Gérontas. Cuando éste entró, todos se pusieron de pie por respeto, pero también para poder rezar la oración habitual en la mesa. El Gérontas se sentó, les pidió a los demás que se sentaran también, hizo la señal de la cruz y comenzó a comer. El papista era creyente. Tomó la palabra y le dijo al Gérontas: “Gérontas, ¿no rezamos?”. Y el Gérontas calmado le respondió: “Es mejor guardar silencio”. Y continuó comiendo. Que quienes insisten en rezar junto con personas heterodoxas comprendan el espíritu del santo Gérontas».

«Sobre la Divina Liturgia decía que "es la fiesta del sacerdote. No hay nada más importante para el Sacerdote que estar a solas con Dios, libre de todas las preocupaciones, y degustar el Cuerpo y la Sangre del Señor”».


«Α una joven que ayunaba mucho, sin bendición, el Gérontas diagnosticó orgullo. Quiso educarla. Aunque era tan gentil y sumiso, la obligó a comer el viernes, comida del jueves que había quedado en la cocina y por supuesto no era comida de ayuno».


Testimonio del p. Pavlos Tsoucnidas: «Una vez le comenté al Gérontas que a veces conduzco demasiado rápido; y el Gérontas dijo:

—¿Tú conduces, padre?

—¿Quién conduce, Gérontas? Le digo con duda. Y él me responde:

— Los que tienes dentro —y empezó a decirme uno por uno los santos cuyos iconos tenía en mi coche— dice que me guían.

—Cuando volví a ver al Gérontas para confesarme del mismo pecado y le dije corría con el coche, él me dijo con gran amor: "Sabes, padre, nosotros, los Oficiantes del Altísimo, no debemos conducir, pero no corras de nuevo. Una vez me llamaron a un pueblo cerca de aquí para el funeral de un sacerdote que iba corriendo con su coche y tuvo un accidente mortal. Que Dios dé consuelo al padre.»


Narración del Metropolitano de Etolia, Sr. Kosmas: «Una mujer vino a confesarse. Utilizaba precauciones para no quedarse embarazada, y le dije que pospusiera la Sagrada Comunión, que aceptara la norma que le puse, y después, cuando realmente se arrepintiera y corrigiera su error, diríamos cuándo recibiría la comunión.

Esta mujer se fue, probablemente como reacción, fue a ver a un p. Espiritual joven y formado, le mencionó el incidente del correctorio, y aquel joven p. Espiritual le dijo: “¡Vamos, por qué escuchas al analfabeto Iakovos! Ve y comulga. No escuches lo que te dijo.”

“Ella estaba encantada y fue a la Divina Liturgia para comulgar. Sin embargo, su desobediencia tuvo respuesta. El sacerdote oficiante tomó con la sagrada cuchara el Cuerpo y la Sangre de Cristo, vio la mujer el Santísimo Cuerpo y la Sangre, pero cuando la sagrada cuchara llegó a su boca, estaba vacía. No tenía nada dentro. Entonces se quedó asombrada y aterrorizada. Y después de la Divina Liturgia, vino temblando al Monasterio y me lo contó. Y le dije: “Sí, yo, Iakovos, soy analfabeto. Sin embargo, lucho por tener a Cristo aquí en mi corazón y por escucharlo».


Historia anónima: "Una vez fuimos al Monasterio con un sacerdote casado, pero el pobre probablemente tenía impedimento". Pidió oficiar también él en la liturgia del día siguiente, pero no había traído ninguna vestimenta. “Diácono, perdóname, pero no tenemos vestimentas de diácono”, le dijo discretamente el p. Iakovos. Y el mismo diácono comprendió que no quería el p. Iakovos que oficiasen juntos.»


Historia anónima: «Un sacerdote casado, al ser ordenado, se cortó el pelo y la barba. Sin embargo, se sentía culpable. Así que fue a ver al p. Iakovos y le preguntó:

—¿Importa, Gérontas, que me corte la barba y el pelo?

—No importa, hijo mío, respondió el Gérontas, pero con gran amargura.

El sacerdote tomó el "no importa" como "importa mil veces" y lo cultivó en su interior. Así que se dejó la barba y el pelo largos. De hecho, llevaba el pelo bien recogido con una cinta negra. Aproximadamente un año después, regresó con su familia al monasterio. Ve al padre Iakovos fuera de la puerta del monasterio, tan pronto como bajaron del coche, escucha al Gérontas:

—Bienvenido, padre, te estaba esperando.

Hace una prosternación hasta el suelo el Gérontas y le besa la mano. El sacerdote se quedó pasmado.

—Ahora, padre mío, eres un verdadero sacerdote del Señor, ahora que te has dejado pelo largo y barba.

—Pero, Gérontas, ¿tan importante es esto…?

—Perdóname, padre, la Iglesia tiene lo Sagrado y lo Santo. Un gran mal los modernismos; seremos destruidos sin entenderlo. Se requiere mucha oración, mucha humildad. Pasad a reverenciar, que el santo sea vuestra ayuda.»


Historia anónima: «Un Padre Espiritual,, con fama de ser santo, pero muy indulgente con el tema de la Sagrada Comunión, me inquietó, y le pregunté al Gérontas: “Escucha, hijo mío. Una vez un joven cometió un gran pecado y se confesó al sacerdote, quien le permitió comulgar. ¡Al final el niño murió y fue al infierno! Y un día se presenta ante el sacerdote y le dice: “Por tu culpa fui al infierno, por eso he venido a llevarte también a ti”. Y el sacerdote murió y fue al infierno también. Por eso os digo, hijo mío, que debemos tener cuidado a qué Padres Espirituales vamos. Y un niño me contó hace unos días que le confesó unos pecados graves a un sacerdote y éste no le dio ninguna regla como penitencia; y le dice:

—Padre, ¿no me pondrás una regla?

—Ah, sí, lo olvidé.

¿Se olvida, hijo mío, la regla? A partir de esto lo entenderás.


«¡Qué moda es ésta!" Construir muchos edificios en los Monasterios. Nadie se ha santificado con edificios, sino que los padres se santificaron con ayunos, vigilias, oraciones y penitencia, se santificaron los padres.»


«Entonces estábamos unidos con los papistas, pero ahora son herejes».


«Alguien vino y me dijo que un sacerdote le dijo que el ayuno no existe”. Le dije que le dijera al sacerdote que abriera el libro y mirase dónde había ayuno... "sino con oración y ayuno..." (Mt. 17-21). Y los demonios y las enfermedades se expulsan con el ayuno y la oración. Todos los santos ayunaban. "Ayuno, vigilia y oración, dones celestiales recibiréis"*. Ayunad. No escuchéis lo que dicen de que “eso lo dicen los monjes"... Dios lo dijo.»

* Del Himno de despedida común para los Venerables (monjes, ascetas), “Ciudadano del desierto”, tono 1º.



«Es mejor que vuestros hijos se conviertan en sacerdotes, monjes y monjas. Una mujer de Atenas “perdió la cabeza” porque tenía un hijo único de diecinueve años y el niño acudió al Monasterio tres veces en el frío invierno.

—Padre, querría verle.

—Hijo mío, le digo, tú tienes padres espirituales. ¿Qué quieres de mí? Yo soy iletrado. ¿Qué te puedo decir?

Tres veces vino de Atenas para estar conmigo dos minutos, me dice:

— Padre, mi madre toma tranquilizantes, porque me dice: “Hijo mío, no vayas a los Monasterios. ¿Por qué vas al Monasterio de Petraki? ¿Qué escuchas allí, que vas a los Monasterios? ¿Qué escuchas de los sacerdotes? ¿Qué entiendes? ¿Por qué vas a hacer oraciones, prosternaciones y ayunos? Pues, hijo mío, me volveré loca y tú tendrás pecado (la culpa)...».

—Hijo mío, no tienes ningún pecado. Ella debe guiarte por el camino de Dios, no tú guiarla a ella... Ve, hijo mío, por el camino de Dios, ten fe en Dios hijo mío, oración y (Dios) pagará a cada uno según sus obras».


«Orad siempre. No os alejeis de la Iglesia porque en la Iglesia encontramos salud, consuelo y salvación de nuestras almas. Lejos de la Iglesia no hay salvación. La Iglesia nunca nos ha hecho daño, llevamos tantos años trabajando para Cristo, me perdonen, Dios nunca nos ha hecho daño, veamos siempre el bien y siempre la ayuda de Dios (tengamos). Y en las pruebas y tribulaciones, en las enfermedades, en los dolores, en todo, siempre cerca de la Iglesia (que estemos).»




3. TESTIMONIOS


3.1. Figura del Gérontas

Testimonio de la señora Maria Fouka-Roumbani: «De una gran emoción estoy llena, pues hoy, en la festividad de mi bienaventurado gérontas Iákovos Tsalikis, quisiera dar mi testimonio personal sobre este venerable levita (sacerdote) de Cristo.

Aunque era Higúmeno (Abad) del Sagrado Monasterio de San David, ¡era tan sencillo! Tenía un corazón muy grande, del cual una parte había entregado voluntariamente a Dios y la otra al hombre. Tenía un gran amor por el mundo entero, tenía una gran compasión por todos, especialmente por los que sufrían.

Él era la personificación del amor, la imagen de la mansedumbre, la predicación de la bondad, la enseñanza más vívida de la verdadera misión del clérigo moderno. Nunca guardaba nada para sí mismo, todo lo repartía a los demás. Se había consagrado voluntariamente al servicio del prójimo, sin importarle jamás quién era ese prójimo. Los marginados de la vida, los despreciados y los cansados, los sedientos y los hambrientos de fe y de virtud, recurrían a él para dirigir sus pies por caminos de paz. Llenaba de alegría y de luz el mundo que había en ellos, de regocijo cristiano y humana, les calmaba con su sonrisa de niño las pasiones traicioneras que llevaban dentro y les subía “al monte del Señor, como quien tiene manos limpias y corazón puro, como quien camina con integridad y obra la justicia, como quien habla verdad en su corazón”, “que no ha engañado con su lengua, ni ha hecho mal a su prójimo, ni ha tolerado reproche contra sus cercanos, ni ha aceptado soborno contra el inocente”. Elevó su pobre ministerio levítico desde su juventud a apostolado, a regla de vida, una obra en vida. Fue un verdadero Misionero de nuestro siglo que siguió las huellas del primer Apóstol de las Naciones. No era un clérigo común y corriente. Ella era la Virtud misma, bautizada en el nombre del Amor.

Este amor se convirtió en una fuerza creativa dentro del Gérontas y le iluminaba. El Gérontas amaba sin intereses, sin pretensiones, sin cálculos, sin reservas. Amaba a todos los hombres, incluso a sus enemigos, de forma sencilla, humilde y sin límites. Aunque enemigos, en lo que de él dependía, el Gérontas no tenía. Nació y vivió, sin exagerar, para amar.

Y este era su gran secreto, que lo eleva en nuestras almas y lo distingue entre nosotros. Era quizás inferior en formación, en conocimientos, pero nos superaba a todos en el amor. Él era el santo atleta corredor del amor. Había tanta gente que sufría y buscaba su ayuda cada día, y él corría a encontrarse con todos ellos.

Saludaba a todos los peregrinos del Sagrado Monasterio con gracia y dulceza. Adultos y niños acudían a él con anhelo, para escuchar una palabra de amor y recibir fuerza y ​​alegría, porque sentían que era padre, hermano y protector, lleno de compasión y bondad. Y los bendecía a todos, con la alegría dibujada en su rostro. Tenía una respuesta o una palabras de consolación para cada uno. Atendía al desconocido con la misma espontaneidad con que atendía al familiar. ¡Qué humano que era en su amor! Se cuidaba mucho, sin embargo, de ocultar con toda diligencia sus virtudes, por lo que evitaba por todos los medios cualquier proyección de sí mismo al mundo exterior, pero también a las personas que le rodeaban. Prefería ocultar sus experiencias. A nosotros, sus hijos espirituales, nos abría su corazón en ocasiones muy excepcionales, y principalmente en el Misterio de la confesión. Pero por mucho que se ocultase, los ricos frutos de su resurrección espiritual eran obvios e innegables. Muchas veces, la influencia divina era evidente en su imagen. Porque el Gérontas era “visionario de Dios” (tuve la bendición de que me contara algunas de sus notables experiencias). ¡Vió, habló, vivió, sintió a Dios tan cerca de él, dentro de él! Inflamaba Él su ser, caldeaba su existencia con la llama Divina que siempre busca iluminar y guiar nuestras almas.

Poseía "conocimiento de lo alto". Recitaba los textos de la Divina Liturgia con perfección, a pesar de estar escritos en griego antiguo. Todos se alegraban de escucharlo. De hecho, él mismo contó que, cuando el tentador se le apareció y le dijo: "¡Qué bien has cantado, Iakovos!" (obviamente para enorgullecerlo), el Gérontas respondió con humildad: "¡Aunque bien haya cantado, para demostrar mi amor a Cristo lo he hecho!". Era tan humilde que se había convertido en la morada del Espíritu Santo. Tenía la presencia viva de Cristo en su interior y por eso ayudaba espiritualmente a los demás.

Recalcaba el gran valor que tiene la oración para la salvación del hombre. “Ninguna oración es en vano”, decía. Todas las oraciones son sagradas, pero la oración noética es la más importante de todas. Señor, Jesús Cristo, ten misericordia de mí. De esta pequeña, pero todopoderosa oración, comenzaron todos los santos padres. Di, hijo mío, continuamente esta oración, día y noche. La oración lo traerá todo. La oración todo lo contiene. Petición, súplica, fe, confesión, teología, etc. Decir continuamente la oración. La oración traerá la paz, la dulzura, la alegría y las lágrimas. La paz y la dulzura traerán más oración, y la oración traerá después más dulceza y paz. Primero encontrarás con la oración dulzura, paz y alegría, y después en la medida en que Dios quiera, puedes vivir también otros estados de Gracia”.

«Cuando una conocida mía pidió al p. Iakovos sus oraciones por un serio problema que estaba afrontando, el Gérontas le dijo que su oración no es suficiente, que debía rezar también ella. Si no, no recibiría la ayuda de Dios. El Señor escucha las súplicas de los Gérontas, pero también espera la buena disposición y oración de las otras personas. Sólo entonces actuará la Gracia de Dios. ¡Y entonces sucederá el milagro!

Toda la vida del gérontas Iakovos era una continua oración. Recuerdo que cuando iba al Monasterio de San David, le veía siempre rezando con la cuerda de oración. Mientras me hablaba, rezaba con su pequeña cuerda de oración. Cada vez que iba al Monasterio, le veía que iba el primero de todos a rezar a la Iglesia. algunas personas de corazón limpio veían al padre Iakovos a la hora de la Divina Liturgia Elevarse desde el suelo y oficiar junto con los santos ángeles.

Cuando no oficiaba el mismo, durante la divina Liturgia, le veía arrodillarse ante el Altar, hacer continuas prosternaciones y, con lágrimas, rezar con su cuerda de oración. También a la hora de la salida de los Santos Dones (en la Gran Salida), le veía arrodillado con el rostro en el suelo ante el icono de Cristo (en el Templo). Este icono se había grabado profundamente en mi alma y me emociona cada vez que la recuerdo ¡pienso cuánto sentía y vivía la santidad de aquel momento! Pero cuando oficiaba el mismo Gérontas, Confesaba que en aquel momento en que se preparaba para salir, todo el santuario se había llenado de Ángeles, que aleteaban, y el Gérontas les decía: «iHacedme sitio para que pase!». El mismo Estaba frente al Santo Sacrificiatorio con gran temor (de Dios). En el momento de hacer la Proscomidia, tal como decía característicamente el mismo Gérontas, veía a las almas que pasaban delante de él y le rogaban que las conmemorase. Con esto vemos, tal como recalcaba el Gérontas, el valor que tiene que sea conmemorado alguien en la Santa Ofrenda. En aquel momento, un Ángel del Señor recibe esta conmemoración y la lleva, junto con las oraciones por todos los conmemorados, ante el mismo Cristo.

Un gran milagro que vivió el Gérontas, el cual de hecho lo escribió en un cuaderno suyo, con fecha 22-11-1975, fue: en la mañana de aquel día, en la Santa Proscomidia, tras la conmemoración de nombres y en el momento en que iba a cubrir los Santos Dones, vio una parte de sangre aún caliente y la tocó, y se quedó sobre su quedo la sangre. Y el Gérontas se prosternó, iporque sabía que el mismo Dios estaba presente!

Además digno de admiración es que en el momento en que daba de comulgar a las personas, cuando alguna vez su pensamiento le decía que mirase el rostro de los que iban a comulgar, veía a los que indignamente allí se dirigían* , con rostros de diferentes animales, mientras que los rostros de los que iban a comulgar y se habían preparado debidamente, ibrillaban como el sol!

* Sin la debida preparación


Por eso recalcaba que es necesaria la frecuente divina Confesión. El alma del hombre ha de estar limpia, si no, no recibe ningún beneficio de la divina Comunión.

El Gérontas será un excelente Padre Espiritual. Aplicaba el principio de la personalización y aconsejaba según cómo era cada uno que se confesaba. Tenía el carisma de la clarividencia y cuando veía al otro, conocía su problema y el pecado que había hecho, sin que al otro le diese cuenta ni siquiera de hablarle sobre ello. Hacía al otro entrar en razón con un modo muy discreto y con frecuencia hacía referencia a algún acontecimiento de la vida de sus familiares, o suya, o de otras personas, de tal manera que el que escuchaba la historia, entendía el mensaje que quería darle el Gérontas, sin que los que estaban alrededor entendiesen nada.

Cada día, muchos hombres iban al Sagrado Monasterio de San David a confesarse al Gérontas Iakovos. El Gérontas sufría ante los dolores de los demás, y lloraba, y rezaba, y pedía por la salvación de sus almas inmortales.

Como Padre Espiritual, no imponía normas severas. cuántos hombres iban allí amargados y desesperados y se iban con el rostro brillante, con un alma realmente aliviada y renovada. Muchas almas eran sanadas y salvadas y llevadas al arrepentimiento y cambio de vida, a un regreso sincero hacia el Señor. El discernimiento, la mansedumbre y la calma que tenía el Gérontas, sin nunca ser pesado ni presionar a nadie, ofrecía tal comodidad al que se confesaba, que muy fácilmente abría su corazón y decía sus pecados. Y a los que dudaban o le estaba vergüenza y confesar algún pecado grave suyo, tal como hemos dicho antes, el Gérontas, que debido a su carisma de clarividencia, lo veía, y de esta manera les ayudaba a confesarse correctamente.

El gérontas Iakovos recalcaba que el hombre ha de salir de la Iglesia sanado. También había pedido a san David, olvidar después de la confesión todo lo que no era necesario, recordar sólo necesario para rezar. Y les esperaba que regresasen para confesarse. A los que veía que no se arrepentían, decía que no tenía el derecho de leerles la oración del perdón. Y así desarrollaba el Gérontas, con tanto cuidado y tanta discreción, una enorme obra espiritual.

Toda la vida del gérontas Iakovos era un vívido testimonio del Jesús viviente. Tenía grandes carismas espirituales. Tenía siempre un correcto juicio. Conseguía siempre adentrarse en el fondo de las cosas, de los acontecimientos y de las situaciones y de acercarse con firmeza a lo superior.

Tenía una gran bondad y nobleza. Tenía una gran brillo y honradez. Era un Ángel terrenal. El modo con que se movía, con que caminaba, era agraciado. Me causaba impresión que se dirigía a los demás con sus nombres familiares. Existía así una familiaridad y una ternura entre el Gérontas y los peregrinos. Todos se alegraban por escucharle. Sentían seguridad junto a él. Tenía palabras de amor y de consuelo para todos. Sus palabras eran agradables y nunca cansaba a nadie. Decía a cada visitante lo que debía escuchar para solucionar algún problema que le preocupaba, o para ayudarle a salvar su alma. El Gérontas, dado que era un recipiente del Espíritu Santo, transfería a los otros la luz que había vivido él mismo. Tenía un carácter directo, sincero y sin hipocresía.

Era fino y elegante con todos los hombres, incluso con los que le afligían. Él mismo sufría sin crear problemas a los demás. Se llevaba con él la amargura de los demás, sin nunca querer mostrar a los demás que le amargaban. Se comportaba amablemente también con ellos. Por otro lado, no podemos no debemos olvidar que en su vida recibió muchas pruebas y amarguras. Las levantaba con absoluta confianza en Dios. Su finura era muestra de un gran desarrollo psíquico y de su estado espiritual.

Mientras hablaba, cada poco tiempo siempre decía: “me perdonen”. Continuamente pedía este perdón de los hombres, Debido a que tenía una gran humildad. Con esta humildad invitaba al mismo Cristo.

Otra muestra de la humildad que tenía el Gérontas era cuando, cualquiera buena obra que se hacía en el Monasterio de San David, decía que no era obra suya, sino del venerable David. Decía característicamente que higúmeno del Monasterio no era él, sino el venerable David.

Otra muestra de su gran espiritualidad era el agradecimiento y el reconocimiento hacia los demás. La palabra “gracias” nunca faltaba en sus labios. Agradecía continuamente a Dios por sus beneficios y consideraba a cualquier hombre benefactor suyo.

El Gérontas Iakovos tenía carismas espirituales que le refrescaban con la dulce aura de la Gracia y le llenaban de los frutos del Espíritu Santo. Era generoso y desprendido, no era amigo del dinero y era pobre. Mucho dinero pasó por sus manos todos estos años que servía en el Sagrado Monasterio del venerable David. Sin embargo no mantenía nada para él. Todo el dinero que le daban lo repartía siempre entre los hombres que tenían necesidad. Él mismo llevaba un raso rasgado pero siempre limpio. Tenía una gran sencillez.

También era muy trabajador. Cuando fue al Monasterio, sufría por los calores y los fríos, por la pobreza y por las carencias. Vivía en una celda medio en ruinas, con el tejado estropeado y la puerta rota. Mucho trabajó el novicio Iakovos para limpiar su celda y las de alrededor. Intentó corregir también las señales que habían dejado los alemanes que habían llegado hasta allí en la época de la ocupación.

El novicio Iakovos cultivaba distintos productos para alimentarse, pero también para vender por los pueblos de alrededor. Y así con este dinero compraba ropa, zapatos, o cualquier otra cosa que tuviese necesidad.

Durante todos estos años que estuvo en el Monasterio (unos cuarenta años) aproximadamente hasta el final de su vida trabajó mucho. Estaba en todas partes. En el recinto, en los campos, con los animales, en la cisterna, en todos los trabajos. Pero no descuidaba la ascesis. Imitaba a la vida de los santos. Dormía lo mínimo y además en el suelo, como también hacía los ascetas. Durante un período por la noche iba a rezar a una cueva, arriba en la montaña, donde moraba antiguamente el venerable David. Regresaba al Monasterio e iba el primero a la divina Liturgia en la Iglesia.

Los Domingos por la mañana también iba a los pueblos de alrededor a oficiar. Iba antes de que amaneciese, con nieves, con lluvias y con mucho frío.


El Gérontas Iakovos tenía una gran reverencia por el venerable David. Le veía con mucha facilidad. Cuando fue por primera vez al monasterio le abrió el mismo santo David. Le reconoció por el icono. Tal como decía el Gérontas, a menudo se le aparecía san David con la forma de otro monje. lo había pedido el mismo Gérontas para que no temiese.


El Gérontas fue atacado muchas veces por satanás y en el año 1954 una multitud de demonios le golpearon duramente. También en el año 1958, después de muchos golpes, le dejaron medio inconsciente. Otras veces se presentaban delante de él demonios con forma de perro, de mujeres indecentes, de viejas, etc.

Aparte de al santo David, el Gérontas Iakovos también tenía una gran reverencia hacia san Juan el Ruso, cuyas sagradas reliquias están en Prokopi de Eubea. Cada vez que iba a Prokopi, ya desde joven, años después también cuando oficiaba, y cuando debido a sus enfermedades iba y volvía de Atenas, y entraba en los hospitales y pasaba por Prokopi, iba a reverenciar a san Juan el Ruso. iLe veía vivo dentro de su féretro* y conversaban!

* Es una urna especial adecuada para recibir las numerosas visitas que tiene.


Muchas veces estaba enfermo el Gérontas Iakovos, y pedía al venerable David o a san Juan el Ruso que viniesen a ayudarle. iY ellos siempre se aparecían y le ayudaban!

También el Gérontas Iakovos sentía un gran amor y reverencia hacia san Jaralambo. Realmente tenía una vida angelical, vivía junto con los ángeles, conversaba con ellos, les veía, sentía casi de modo material su presencia.


Al Monte Atos no fue nunca. Sin embargo el mismo Gérontas confesó que la Madre de Dios le llevó “de un modo espiritual” al Monte Atos y vio todos los Monasterios.

Sentía una gran devoción y amor hacia la Santísima Madre de Dios. Cualquier problema que se presentase, iba a ella y rogaba cálidamente por su ayuda.

Conoció de antemano el día y la hora exacta de su dormición. En las vísperas de la Fiesta de la Presentación al Templo de la Madre de Dios, 21 de Noviembre de 1991, tras la vigilia de toda la noche, en la que estuvo salmodiando arrodillado, fue a confesar a unas personas que esperaban. Confesó al diácono Genadio, a quien le dijo que no se fuese, que esperase para cambiarle. El diácono replicó, cuando escuchó al Gérontas decirle que ese día se iría, pero el Gérontas insistió.

Tomó al diácono y recorrieron el Monasterio por dentro, bendiciendo él a todos los monjes, y después salieron fuera. Subieron a lo alto y observó por última vez el Monasterio. iLo encontró en ruinas y ahora estaba reconstruido, con muy buenos monjes! iAgradeció grandemente a Dios!

El Gérontas y el diácono Genadio regresaron de nuevo a su celda, para que descansase. Cuando llegó el p. Arsenio para recibir indicaciones (sobre el oficio fúnebre al que iba a ir el p. Arsenio), el Gérontas le dio indicaciones y cantaron todo el oficio fúnebre. iEl Gérontas lo cantaba con alegría!

Después confesaría a Gerásima, y durante la confesión le dijo a ella que debía levantarse, porque en ese momento entró a la celda la Madre de Dios junto con san David, san Iakovos y san Juan el Ruso. Habían venido a llevársele al Reino de Dios. Y a continuación, como un pajarito, entregó su espíritu. Eran las 16:17 de la tarde del 21 de Noviembre de 1991.»




3.2. Revivificó a un embrión


Testimonio anónimo: «A finales del séptimo mes de embarazo, me hicieron la ecografía habitual. Entonces, para gran sorpresa de todos nosotros, los médicos determinaron que el feto se había quedado “atrás” en su desarrollo, lo que correspondía a un mes antes. Esto significaba que el feto no estaba siendo bien alimentado y que, con el tiempo, moriría. Nos acogimos a Dios, quien da la vida y vivifica a los bebés en el vientre materno. Buscamos la oración del Gérontas Iakovos, quien nos dijo: "Oración, y todo saldrá bien". De hecho, con su oración y la infinita misericordia de Dios, el feto recobró vida, comenzó a desarrollarse y, cuando alcanzó el (tiempo y el) peso deseado, el médico procedió con el alumbramiento . En agradecimiento al Gérontas, le pusimos el nombre de "Iakovos". ¡El Gérontas estaba muy feliz y expresaba su alegría como un niño pequeño! Una vez (poco antes de su dormición), mientras sostenía al bebé en brazos, nos dijo con alegría: "Este se convertirá en un gran hombre, un hombre de valor". ¿Se hará sacerdote?... ¿Se hará higúmeno?... ¿Se hará monje?..."».



3.3. Consuela a una afligida


Testigo anónimo: “Visité el Sagrado Monasterio de San David. Como era verano, llevaba un vestido de mangas muy cortas. El bienaventurado monje p. Serafín me dijo: “No puedes entrar al Monasterio así”. Me puse algo encima y entré. Sin embargo, sentí una preocupación, como si me hubieran insultado.

Poco después de Vísperas, el Gérontas Iakovos, que estaba entre los peregrinos, se me acercó. Sin conocerme y sin que yo le hubiera hablado, me dijo: “Eres una mujer muy piadosa”. Y así, me consoló.»



3.4. El Gérontas es sanado por san David

Testimonio de la Sra. Annie, esposa de Demetrio Chantzaras, médico: "Visité el Sagrado Monasterio de San David con mi esposo Demetrio. En un momento dado, el Gérontas nos contó que durante ese tiempo le dolía mucho la espalda, hasta el punto de no poder mantenerse en pie. Entonces le rogó a san David y le dijo: "Ven, santo, bendíceme para que pueda servir en tu Monasterio. Y efectivamente el santo vino, me bendijo y me puse bien". Demetrio entonces le preguntó: "Gérontas, ¿cómo vino San David? ¿durmiendo o despierto?". Y el Gérontas respondió (sin saber el nombre de mi esposo): "Sí, mi Demetrio. Nuestros santos están vivos. Nuestra fe está viva".




3.5. Ayudó a una engañada por un Gurú

Testimonio de la Sra. Anne D. Chantzara, médica: «Una compañera mía, médico, estaba "confusa". Se había enredado en los temas de un Gurú, pero al mismo tiempo expresó su deseo de conocer a los Gérontas de nuestra Iglesia. Le hablé del santo Gérontas Iakovos, pero ella continuamente posponía el conocerle. En una ocasión, tras un grave suceso en su vida, decidió visitarlo junto con otra persona. Era el primer fin de semana del comienzo de la Cuaresma del año 1990. Tres autobuses con peregrinos habían llegado al Monasterio. Cuando expresó su deseo de ver al Gérontas en su celda, el ahora bienaventurado p.Cirilo, su subordinado, los disuadió: “Pero, ¿qué dicen ahora? El Gérontas está enfermo. Hoy se ha agotado con la gente...». Se disponían a marcharse, cuando de repente el Gérontas Iakovos abrió la puerta de su celda y, sin reconocerlos, dijo: «Dejadlos pasar». La conversación con él duró tres horas y media. Después de eso, la joven fue liberada del Gurú, tras su importante encuentro con el Gérontas...»



3.6. Transición sobrenatural

Testimonio del P. Pavlos Tsoucnidas: “Conocí al Gérontas Iakovos Tsalikis a través de un hieromonje en 1987. Lo tuvo como Padre Espiritual y, como laico que era en ese momento, iba en mi coche desde Karditsa al Monasterio de San David, porque me sentía muy relajado al confesarme con el bienaventurado Gérontas.

"Un día, cuando fui con el hieromonje al Sagrado Monasterio para quedarme unos días y confesarme, de camino, antes de llegar a Rovies, después del lago Eubea, el hieromonje, que iba de copiloto, me dijo: "El higúmeno, el padre Iakovos, me he enterado de que “vuela”. Conozco un acontecimiento y es cierto; lo escuché de personas espirituales, pero también otras cosas similares de los monjes del Monasterio. Un día, el Gérontas Iakovos iba a pie hacia el Monasterio, y en el camino, un taxi se detuvo para recogerlo; llevaba a una familia al Monasterio para reverenciar allí. Le dijeron al Gérontas si quería que lo llevaran al Monasterio, pero él les dijo: «Vayan ustedes, yo iré a pie poco a poco». El taxista y la familia le pidieron al Gérontas muchas veces llevarle hasta el Monasterio, pero él, a pesar de estar a unos 12 kilómetros de distancia, les repitió: «Vayan ustedes, también yo iré». Todos se marcharon, entristecidos por no haber logrado convencer al Gérontas Iakovos de llevarlo con ellos al Monasterio. Para su sorpresa, al llegar a las puertas del Monasterio, ¡el Gérontas estaba allí esperándolos! El taxista y la familia se quedaron sin palabras al verlo. «¿Has visto a qué alturas nos lleva el Señor, hijo mío Pablo, me dice el hieromonje, para que recibamos su bendición y nos confesemos?».

Yo, sin embargo, tenía dudas dentro de mí y no creía lo que me decía el hieromonje, y me dije: “¿Cómo es posible que haya volado desde tan lejos? ¿Eh? ¿Acaso el Gérontas es un pájaro?».

Esa noche hablaba con un monje, el padre Nicodemo, quien me aseguró que él personalmente, y también otros hermanos del monasterio, vieron al Gérontas Iakovos a un codo del suelo mientras oficiaba. Yo de nuevo, con mi falta de fe, me dije: “Bueno, desde tan cerca los monjes ven al Gérontas dentro de la iglesia, quien no pisa el suelo, pero desde Rovies, ¿cómo pudo volar tan lejos? ¿Quizás exageran?». Sin embargo, esta duda mía se resolvió con el siguiente incidente: «Un día, después de haber oficiado en la Iglesia, cuando terminó la divina Liturgia, hablaba el Gérontas Iakovos en el patio del Monasterio con 4 o 5 visitantes. Yo, con buena disposición, me senté allí al lado para escuchar qué decían, para ser beneficiado espiritualmente. En aquel momento, un hombre le dice: «¿Te ag. Revela su razonamiento

Testimonio del P. Pavlos Tsoucnidas: «Una vez fui a pasar unos días de nuevo en el Monasterio de San David para confesarme y recibir el sacramento. En ese momento, me atormentaba algo relacionado con las confesiones anteriores. El Director Espiritual que había tenido había sido puesto en licencia por el Metropolitano de esa casa. Ya no podía confesar. Pensaba: "¿Quizás no le perdonaron lo que le confesé?". El élder Iakovos, después de haber confesado a un clérigo y a un laico antes que a mí, cuando llegó mi turno y pasé al Santo Altar, llevaba toda su vestimenta sacerdotal —recuerdo que era roja— y me dijo:

— Ven, hijo mío Pablo, recémoslas.

— Tu oración, élder, le digo. Y él a su vez:

— De Nuestro Señor.

“Después de hacer una súplica, antes de comenzar el Sacramento, me dijo:

— Ven, hijo mío, dime tus pecados.

— Bendito seas, élder, le responderé.

—Quieres, hijo mío, contarme todo desde el principio, ¿verdad? —me dice.

—Sí, padre —le digo—. Sabes, las confesiones que hiciste en tu anterior Espiritual fueron aceptadas y tus pecados perdonados, pero, como tienes este pensamiento y te atormenta, ¡ven y cuéntamelo todo desde el principio!


Así fue. Recuerdo estar arrodillado junto al Santo Altar y en el momento en que comencé a confesar todos mis pecados desde el principio, el Anciano se arrodilló junto a mí con su túnica y me dijo:


—Ven, hijo mío Pablo, digámoslo aquí abajo, con un poco de humildad.


Cuando vi al Anciano arrodillado, con la cabeza apoyada en el suelo del Santo Altar, me arrodillé de la misma manera y le conté todos mis pecados, con gran detalle desde el principio. Así me sentí aliviado y admiré al bendito Anciano, que sabía lo que quería y lo que me atormentaba, ¡y también por su inmenso amor y humildad!cuerdas, p.Iakovos, la anterior vez que vine al Monasterio con el taxi, que te vimos que venías caminando y te dijimos si te traíamos desde allí, desde Rovies? ¿Y que no viniste con nosotros, pero que cuando llegamos al Monasterio, te encontramos fuera en la puerta esperándonos?» Y aquel bienaventurado Gérontas puso la palma de su mano en su boca y le dice: «Por favor no lo digas, no lo digas hijo mío, tengamos un poco de humildad». Cuando escuché este acontecimiento, ime+ aparté un poco más allá y lloré por mi poca fe!».


3.7. Revela su pensamiento

Testimonio del p. Pavlos Tsoucnidas: «Una vez fui a pasar unos días de nuevo en el Monasterio de San David para confesarme y para oficiar. En aquel tiempo, me atormentaba algo relacionado con las confesiones anteriores. El Padre Espiritual que tenía, había sido temporalmente suspendido por el Metropolitano local. No tenía ya permiso para confesar. Yo pensaba: "¿Quizás no me fue perdonado lo que le confesé?". El Gérontas Iakovos, después de haber confesado a un clérigo y a un laico antes que a mí, cuando llegó mi turno y pasé al Santo Altar, él llevaba toda su vestimenta sacerdotal —recuerdo que era roja— y me dijo:

— Ven, hijo mío Pablo, hablemos.

—Con su bendición, Gérontas, le digo. Y él a su vez:

— De nuestro Señor.

“Después de hacer una súplica, antes de comenzar el Sacramento, me dice:

— “Ven, hijo mío, dime tus pecados”.

— “Bendito seas, Gérontas, le respondo.

—Quieres, hijo mío, contarme todo desde el principio, ¿verdad? —ime dice!—

—Sí, padre —le digo yo—.

— Que sepas, que las confesiones que hiciste con tu anterior P. Espiritual fueron aceptadas y tus pecados fueron perdonados, pero, como tienes este pensamiento y te atormenta, ¡ven y cuéntamelo todo desde el principio!

Y así fue. Recuerdo estar arrodillado junto al Santo Altar y en el momento en que comencé a confesar todos mis pecados desde el principio, el Gérontas se arrodilló junto a mí con su estola y me dice:

—Ven, hijo mío Pablo, digámoslo aquí abajo en el suelo, tengamos un poco de humildad.

Cuando vi al Gérontas arrodillado, con la cabeza apoyada en el suelo del Santo Altar, me arrodillé de la misma manera y le conté todos mis pecados, muy detalladamente, desde el principio. Así me sentí aliviado y admiré al bendito Gérontas, que sabía lo que quería y lo que me atormentaba, ¡y también por su inmenso amor y su humildad!


3.8. Veía a un demonio

Testimonio del p. Pavlos Tsuknidas: “En una divina Liturgia, no oficiaba el Gérontas, sino el p. Alexios. Yo quise cantar con los monjes, pero no pude; algo parecía ahogarme por el cuello. El Gérontas Iakovos estaba arrodillado con gran compunción ante el icono de san Juan el Bautista y Precursor que se encuentra en el Templo, y solo en los momentos más sagrados se ponía de pie con reverencia. Al terminar la Liturgia, el fui al Santuario para que me confesase el Gérontas. Después de que se pusiera su estola y dijera el "Bendito nuestro Dios…" y lo relacionado, ambos nos arrodillamos y, antes de comenzar la confesión, el Gérontas me dice:

— Hijo mío, Pablo, querías cantar hoy también tú, pero no has podido.

—Sí,Gérontas, le respondo, ¿acaso he querido cantar con vanagloria y no he podido?

— No, hijo mío, me respondió. Que sepas que durante la liturgia un espíritu maligno te enganchaba por el cuello, iyo lo veía desde donde estaba! No soporta que vengas al Monasterio con regularidad. Y ahora que hablamos, te quema la cara, ¿verdad?

—Sí, Gérontas —le respondo—, está quemando—.

—Dame la Cruz de la Bendición del Santo Altar, por favor —me dice—, porque no puedo levantarme para bendecirte, para que me digas cómo te sientes. Cuando bendijo con la Cruz, me volvió a preguntar:

—¿Cómo estás ahora que te he bendecido con la Cruz, Pablo, hijo mío? ¿Cómo te sientes? —Y le respondo:—


— Me siento como un niño de tres años, Gérontas —le digo—, ¡nunca me he sentido así en mi vida! —Y él me responde—:

— Era el malvado; ahora que se ha ido, ¿has visto qué bien te encuentras? ¿Has visto el poder que tiene la Cruz?

—Sí, Gérontas —le digo—, y después de confesarme, iba volando de alegría.


3.9. Indescriptible fragancia del Gérontas

«En otra ocasión, cuando fui a alojarme en el Monasterio de San David», relata el p. Pablo Tsuknidas, «después de terminar la divina Liturgia, y ese día ofició el propio Gérontas Iakovos, esperé hasta la tarde para verlo en particular, porque al hablar con él te sentías como otra persona, como si volaras, te transmitía la Gracia de Dios, pero también la fragancia celestial que emanaba de su cuerpo. Al menos yo, el pecador, con la ayuda de Dios y la intercesión de san David, sentía la fragancia indescriptible cuando estaba a su lado, pero no se lo decía, porque entendía que le molestaría. De hecho, siempre quería retrasarlo en las conversaciones espirituales que tenía con él, para poder sentir estas fragancias celestiales por más tiempo.

Un día, estábamos discutiendo hablando de asuntos espirituales con el Gérontas Iakovos detrás del Santo Altar, en un balcón de madera del Monasterio. Lo escuchaba y me regocijaba como un niño pequeño escuchando a su abuelo contarle historias. Sin embargo, mientras hablábamos, una fragancia indescriptible emanaba de su cuerpo y de su cabeza que te inundaba y no querías separarte de su lado. Por un momento le dije:

—Gérontas, tu cabeza emana una fragancia muy fuerte. —Y él—:

— ¡No, no, padre mío, la fragancia viene del Santo!

— Pero, Gérontas, le digo, ¡viene de tu cabeza! Y el Gérontas:

— ¡No, no, padre mío, viene de san David! No digas esas cosas, padre Pablo, ¡tengamos un poco de humildad!



3.10. Ayunador

Llegada del p. Pablo Tsuknidas: «Un día, en el comedor del Monasterio, después de que el Gérontas bendijo y comenzamos a comer, fingía estar comiendo, pero no comía nada; sólo movía la comida en su plato. En esencia, tal como lo observé hasta el final, cuando bendijo lo sobrante, era cuando puede que tomase dos o tres bocados. Esto ocurrió tantas veces como lo vi comer. Estaba muy delgado; solo su raso y su barba denotaban que bajo ellos se encontraba el Gérontas”.




3.11. Predice la salud del primer ministro


Testimonio del p. Pavlos Tsoucnidas: “Una mañana, alrededor de las diez, llegaron dos autobuses de peregrinos y, para agradecerlos, el Gérontas rezó y los bendijo crucificó con la Sagrada Cabeza de san David, y reverenciaron las Reliquias sagradas del Monasterio. Luego les invitó a tomar algo y entabló una conversación espiritual con ellos. Una señora le dijo:

—Gérontas, ¿morirá Andreas Papandreou?

—No, no morirá, respondió el Gérontas, porque le necesitará el país para un asunto nacional; también se lo dije a su hijo George.

El entonces primer ministro Andreas Papandreou estaba enfermo del corazón y el Gérontas continuó relatando delante de todos el siguiente suceso que él mismo experimentó: "Hace un tiempo yo también estaba muy enfermo del corazón. Supliqué a mis santos, san David y san Juan el Ruso, que no fuera a los hospitales, que me ayudaran a mejorar mi salud y no tener que ir a los médicos. Sin embargo, los santos insistieron en que fuera. ¿Qué debía hacer? Obedecí a los santos y me llevaron al Hospital General en Atenas, me metieron en una habitación y comenzó el tratamiento. A los dos o tres días trajeron a Andreas Papandreou, el primer ministro, y, como había sitio (en la unidad de cuidados intensivos), me llevaron a mí en una camilla en el pasillo, colocándole a él en mi lugar. Allí, su esposa Dimitra, y su hijo Giorgos, se acercaron a mí y les dije que no tuvieran miedo, que Andreas viviría, tal como sucedió».



3.12. Lo sabía todo.

Testimonio del p. Pavlos Tsuknidas: «En una confesión en la capilla de san Jaralambo, el Gérontas Iakovos me aconsejaba al mismo tiempo sobre muchos asuntos espirituales y sobre el discernimiento y el trato con los fieles, ya que era un sacerdote nuevo. Estuvimos alrededor de una hora. En un momento dado, me dice: “Oh, padre... te espera afuera ahora que estás a punto de salir regañarte con la excusa de que me estás cansando. Tú, padre Pavlos, di que el Gérontas me retiene tanto tiempo y que no es culpa tuya”. De hecho, cuando salí de confesarme y bajé las escaleras de madera, el padre... me estaba esperando y me regañó mucho porque estaba canso al Gérontas. Le conté lo que me había dicho el Gérontas y, al cabo de un rato, se disculpó por su comportamiento. El Gérontas todo lo sabía todo con su ojos espirituales, ¡nada se le escapaba!


3.13. “Pasarás por grandes tentaciones”

Testimonio del p. Pavlos Tsoucnidas: “Muchas veces fui al monasterio con mi padre para confesarnos y pasar la noche. Por la mañana, después de la divina Liturgia, ambos nos confesamos con el Gérontas, primero yo y luego mi padre. Cuando mi padre terminó y salió, me dijo: "¿Sabes, hijo mío, lo que me ha dicho el Gérontas? Me dijo que pasarías por grandes tentaciones en tu sacerdocio y me pidió que te apoyara en todas las tentaciones y pruebas que permitiese el Señor, porque me recalcó que también eres sensible". Realmente, soy sensible, pasé por el fuego y el hierro, y mi padre, con su oración (porque reza mucho), junto con mi esposa y mis hijos, me han apoyado mucho, y hasta el día de hoy están a mi lado y se lo agradezco. Estoy especialmente agradecido al bienaventurado Gérontas Iakovos, quien sabía de antemano lo que me esperaba en el futuro. ¡Que tengamos su bendición!"



3.14. Recomendaciones al ministro

Testimonio anónimo: «Una vez, el Gérontas Iakovos estaba en el comedor del Sagrado Monasterio de San David y hablaba con los peregrinos. En ese momento, un ministro entró para hablar con el Gérontas Iakovos. Pensó que el Gérontas lo recibiría con gloria y honor, pues en ese momento ocupaba un alto cargo en el gobierno. EL Gérontas sin embargo, al verlo, le habló con severidad y le dijo: «Tengan cuidado, ustedes y los demás, porque no están gobernando correctamente y destruirán nuestra Grecia».




3.15. Discreta recomendación a un matrimonio

Testimonio anónimo: «Había una pareja piadosa que tenía nueve hijos. El esposo era muy respetuoso, pero también muy entusiasta en asuntos espirituales. Literalmente quería hacerlo todo, como un monje. La esposa se quejó al Gérontas de que se cansaba y necesitaba ayuda. Cuando llegaban al Monasterio por la noche con los niños, éstos lloraban y voceaban, y la esposa también lloraba porque estaba cansada. El esposo iba a la capilla de los Santos No Mercenarios (Anárguiros), hacía prosternaciones, rezaba con la cuerda de oración y velaba. La esposa lloró y se quejó al Gérontas, y en parte tenía razón.

Una vez que vinieron y se quedaron en el Monasterio y volvió a ocurrir lo mismo, por la mañana el Gérontas, en cuanto los vio juntos en el patio, se dio cuenta de que se habían peleado. El Gérontas habló con palabras dulces y discernimiento para consolar a la madre dolorida y cansada, y discretamente, con una sonrisa, le dijo al esposo: «Me alegré mucho contigo esta noche. Cantaste y rezaste toda la noche. ¡Hiciste bien!» Pero habrías tenido mayor bendición y recompensa si hubieras estado media hora —y no tres— y el resto del tiempo hubieras estado con tu esposa, ayudándola a que los niños comieran y durmieran. Porque para vosotros los casados, cuerda de oración y prosternaciones son vuestros hijos. Cuando crezcan, tendréis tiempo de hacer… (cuerda de oración y prosternaciones), y el hermano ayudará al hermano. Que siempre tenga todo lugar de común acuerdo».



3.16. «Irá al coro de los mártires»

Testimonio anónimo: «Visitaba a menudo el Monasterio una señora con su hijo enfermo. Un día, ella hacía trabajos y él daba vueltas por el patio. Unas señoras que se habían juntado allí en el patio hablaban de esta dolorida madre y de su hijo. Decían, cómo podía aguantar tal prueba y no llevaba a su hijo a una Fundación, para tranquilizarse. Decían también varias otras cosas sobre la madre del chico.

De repente, el Gérontas Iakovos salió de su celda y se dirigiño al comedor. Con el carisma que tenía, parece que sabían de lo que estaban hablando aquellas señoras. Éstas, cuando vieron que se acercaban, pararon de hablar. El Gérontas Iakovos pasó a su lado y les dijo: ¿véis, hijas, esta dolorida madre? (e indicaba a la madre del chico que estaba más allá). Esta madre, debido a que tiene gran fe en Cristo y soporta el problema de su hijo, esta madre, i irá al coro de los mártires y se regocijará eternamente !».





3.17. Sencillez y devoción del Gérontas

Testimonio del hieromonje Iakovos: «El Gérontas Iakovos era simple, sencillo, manso, dulce, ángel terrenal y hombre celestial. Caminaba como un soberano, a paso lento y con la mirada siempre baja, diciendo continuamente la oración.

Leía continuamente oraciones para cada alma dolorida. Con dolor en su alma lloraba por todos los enfermos que sufrían. En las confesiones veía qué tenía cada uno antes de que hablase y lo sabía todo el Gérontas.

Era poco comedor, comía como si fuese un pajarito. No tenía oficina ni despacho como higúmeno. Una simple celda, arrodillado se sentaba, y una banquillo lo tenía como mesa. Hasta sus últimos momentos, se lavaba la ropa y limpiaba la celda él mismo. También cuando planchaba las cintas de tela señalizadoras de los libros, llevaba siempre la estola.

El Gérontas cambiaba la Santa Mesa del Altar Sagrado llevando siempre estola sacerdotal, empezando con “Bendito nuestro Dios…” y finalizando con “Por las oraciones de Nuestros Santos Padres…”. A Oficiaba siempre con entusiasmo, con temor de Dios y con lágrimas.

Pasaba noches enteras en vigilia y rezaba por todos y por todo. Leía arrodillado todo el Salterio. Decía la oración continuamente y hacía Cánones de Súplica.





3.18. Desde lejos sabía los pensamientos

Testimonio del hieromonje Iakovos: «Vino alguien desde lejos al Monasterio a reverenciar la Sagrada Cabeza del santo. Durante todo el camino estuvo discutiendo con su mujer, porque pensaba que tardaron en salir y no les daría tiempo a reverenciar la reliquia, porque la llevarían desde el Monasterio a otro sitio para veneración. Nada más llegar, les dio tiempo a reverenciar la Sagrada Cabeza, se prosternó, y en cuanto le vio el Gérontas Iakovos, le dice: «¿Qué tal, hijo mío, ves qué vivo está el santo David? Has visto qué aroma despide la sagrada Cabeza? El santo te esperaba con amor, como a todos, pero tú, hijo mío, has escuchado los pensamientos que te ponía el diablo y durante todo el viaje estabas intranquilo y nervioso con tu mujer». Él se prosternó y dice, “¿cómo lo sabe esto usted, Gérontas?. Así es»







3.19. Reveló su pensamiento a monjas

Testimonio del hieromonje Iakovos: «Una vez vino al Gérontas una monja. Nada más verla él, la llamó por su nombre y la reveló el pensamiento que tenía, y que había venido a escondidas y sin bendición de su Higumeni».

«Visitó al Gérontas una Higumeni que debido a tentaciones se fue de su Monasterio y se estableció en otro que estaba en ruinas. Tenía la duda de si había hecho bien en irse, porque como Geróntisa, tenía responsabilidades espirituales. El Gérontas sin conocerla, tras saludarla, la dijo: “Geróntisa (dijo su nombre) en el Monasterio (dijo el nombre del nuevo Monasterio) se cansará, pero espiritualmente se aliviará. Y en cuanto a lo otro que piensa (que se había marchado del Monasterio), hizo bien).»




3.20. Comunicación espiritual con el Gérontas Paísio

Testimonio del hieromonje Iakovos: «Era todavía secular, estudiante del seminario eclesiástico en Lamía, en 1986, con el nombre de Ioannis. Subí al Monte Atos y visité, con la bendición que tenía de mi gérontas el p. Iakovos Tsalíki, al gérontas Paísio, para pedirle consejo sobre si debía hacerme monje o no.

El gérontas Iakovos tenía mucha reverencia por el gero-Paísio (monje anciano) y cuando fui, me dio unas cosas, para que se las diese, como bendición, diciéndome: “Dile al gero-Paísio, que cuando salga de Tesalónica, venga a vernos. Para mí, querido Ioannis, es difícil ir a verle, porque he de pasar por montañas, barrancos, mar, y mi salud no me lo permite, aparte de que el gero-Paísio es santo, y yo pecador e indigno”. Me dio entonces 5.000 dracmas para ponerlas en su capilla, encendiendo una vela.

Cuando fui al Monte Atos, me encontré con el Gérontas justo en la puerta de su Kelí (celda). En cuanto nos vio, —iba con otro hieromonje— nos dice: “iHombre, bienvenidos! iHombre, bienvenidos!». Recibimos su bendición y me dice a mí:

—¿Qué dices hombre, te hacemos monje?

—Géronta, le digo, tengo problema con mis padres.

—Escucha lo que te voy a decir, deja a los padres que lloren uno o dos meses, para no llorar tú eternamente, y vete antes de perder el tesoro (se refería al gérontas Iakovos, sin decirle dónde había pensado ir como monje).

—Géronta, tiene saludos y bendiciones del p. Iakovos del Monasterio de San David.

—Ay, hijo mío, esos son hoy los santos que luchan y rezan teniendo humildad y amor. Yo no soy digno de ver a este gigante de la Ortodoxia, aparte de que está muy lejos para ir a verle, hace falta lucha y mucho cansancio. Pero Dios nos ha dado agapi (amor cristiano desinteresado) y nos comunicamos espiritualmente entre nosotros.

Tras hablarnos un rato sobre temas espirituales y darnos consejos, al final le digo:

—Géronta, ¿tengo su bendición para reverenciar en su capilla?. —Y el Gérontas me dice—:

—No, no hace falta.

—Gérontas, muestre agapi, para bendición.

—No, hijo mío, porque puede haberte dado el gero-Iakovos unos 5.000 dracmas, ¿y después qué hago yo con eso, si soy monje?

No me permitió reverenciar. Me dio una pequeña cuerda de oración con una cruz para que se la diese al Gérontas. Cuando regresé al Monasterio, me recibió el Gérontas con alegría. Y le dí los regalos del gérontas Paísio. Y me dice a continuación:

“Los 5.000 dracmas que no cogió el gérontas Paísio y que no te dejó reverenciar en su capilla, cógelos para ti para los gastos en la Escuela en Lamia”. Yo me quedé sin palabras.

—Gérontas, ¿cómo lo sabe usted?

—Mira, me lo dice susurrando a la oreja. Nosotros, hijo mío, nos comunicamos espiritualmente.»




3.21. P. Espiritual con mucha experiencia

Testimonio del hieromonje Iakovos: “Una vez, vinieron dos chicos desde Atenas y venía con ellos una chica que vivía en el pecado. Nada más entrar al Monasterio se encontraron con el Gérontas, quien con mansedumbre, dulceza y voz tranquila recibió a los chicos. Y ellos dijeron:

—Gérontas, hemos traído una chica que querría verle, vive en el pecado, muéstrela agapi porque la llevamos a otro (Padre) Espiritual, pero nada.

El Gérontas pregunta a la chica:

—¿Cómo te llamas y de dónde eres?

—Gérontas, yo soy lesbiana y pecadora, —dijo la joven—

—!Oh, cómo me alegro hija mía, que eres de Lesbos, la isla que ha dado tantos santos, como Rafael, Nicolás e Irene! iMe alegro!

La chica se quedó descolocada, “qué dice ahora éste”, pensaría. el Gérontas le dice:

—Vamos dentro a san Jaralambo para que te confieses, para que me cuentes sobre tu tierra la hermosa Lesbos, o cualquier otra cosa que tengas que te preocupe.

—Fueron dentro, se confesó la chica y salió siendo otra persona. iEsta es la transformación por la Diestra del Altísimo!. El Gérontas la dijo: “No te odio a tí, muchacha, sino al pecado”.



3.22. Revelaciones de san David

Testimonio del hieromonje Iakovos: «Vinieron una vez dos jóvenes y pidieron ver al Gérontas, el cual estaba en su celda. Le informé y enseguida con una dulce y pacífica voz me dijo: “Voy, padre, enseguida”. Aunque no conocía a los jóvenes, les llamó por su nombre. Bienvenidos, Kosta y Jorge, que vienen de Katerini”. Los chicos se quedaron pasmados. Se confesaron y el Gérontas les reveló lo que les preocupaba. Impresionados, le preguntaron:

—Gérontas, ¿cómo sabe nuestros nombres y de dónde venimos?

Y el Gérontas respondió:

— San David viene a mi celda y me dice quién va a venir; “Gérontas, han venido tal y tal, tienen tal problema, sal a hablarles”.



3.23. Vio el Cuerpo y la Sangre de Cristo

Testimonio del hieromonje Iakovos: «Una vez, oficiaba el Gérontas y yo estaba como ayudante en el Santuario, monje entonces con el nombre de Hilario. Estaba junto con otro sacerdote. En el momento en que dijo el Gérontas “Atendamos. Lo Santo para los santos”, se llenó de compunción, brillando entero, y vio sobre la Sagrada Patena el Cuerpo y la Sangre del Señor. El sacerdote por la noche había sido confesado por el Gérontas, pero, tenía el pensamiento de si realmente se convertían el pan y el vino en Cuerpo y Sangre, y le molestaba el pensamiento de la incredulidad, aunque no se lo dijo al Gérontas. Pero cuando durante la divina Liturgia vio al Gérontas emocionarse y llorar, le preguntó:

— Gérontas, ¿qué le ha pasado, qué sucede? —Y el Gérontas respondió—:

— Por su incredulidad y por el pensamiento que tuvo, padre, y no me lo dijo. —Con lágrimas en los ojos y gemidos, continuó:—

— i Ay, padre, vive el Señor Dios. Si tuvieses ojos espirituales, verías, como veo yo, la Sagrada Patena llena de sangre goteando sobre el Antimension. ¿Has visto, padre, “milagroso es Dios en sus Santos”?.

El sacerdote entonces se arrodilló y lleno de temor continuó la Liturgia.

El Gérontas veía y oía muchas cosas durante la divina Liturgia. Mientras que le veíamos en Maitines derrotado y cansado, en la divina Liturgia resucitaba, volaba, se convertía en otro Iakovos. También tenía el carisma de si alguien era digno o no de comulgar. Veía a un Ángel coger de dentro de la Sagrada Cuchara el Cuerpo y la Sangre, cuando alguien comulgaba indignamente».




3.24. Comunicación con san David

Testimonio del hieromonje Iakovos: «Una vez, como monje, limpiaba el Santuario de san David. Entra el Gérontas dentro, va frente al icono de san David, comienza a hablar al santo, a leerle una carta y a hablarle sobre un enfermo, que fuese a ponerle bien. Esto lo decía lleno de emoción y dolor, como si estuviese el santo a su lado, presente, y efectivamente así era. A mí se me cayó el recogedor barriendo dentro del Santuario y preguntó:

—¿Quién está dentro?

—Gérontas, yo, —le digo—.

—Mi Hilario, ¿llevas mucho? ¿Has escuchado lo que decía? No me malentiendas, he tomado unas pastillas para el corazón y veo alucinaciones, voy como perdido, me dan mareos. Y después añadió:

—Padre no digas nada, ni lo que has visto ni de lo que has oído, no se rían de nosotros.

—Que sea bendito, Gérontas.

Por la tarde, me vio en la cocina cocinando, porque tenía el servicio de cocinero y era ayudante del p. Cirilo, y me dice con discreción: “Mi Hilario, perdóname que te he mentido por la mañana en la Iglesia. Ni me daban mareos ni he tomado pastillas, simplemente quería ocultar la virtud de la oración y la comunicación que tengo con el santo, para no caer en la vanagloria y perderme. Lo que necesito, se lo pido al santo y me lo da.



3.25. Hacía Liturgias de 40 días

Testimonio del hieromonje Iakovos: «El Gérontas leía continuamente Servicios de Súplica y oraciones, y hacía Liturgias de 40 días. Leía los nombres y hacía cuarenta líneas (////…) y cada día borraba una, pero en cuanto borraba una, muchas veces añadía otra por el otro lado. Y un hermano le dice, “Gérontas si la borras, ¿por qué escribes otra vez una línea?”. Y dice, “mejor que hagamos más de 40 Liturgias para que tengamos un sueldo mayor y beneficio para las almas».




3.26. “Veo a Cristo el Soberano”

Testimonio del hieromonje Iakovos: «Una vez, limpiábamos el Santuario de san David, para la Fiesta de la Transfiguración y, cuando limpiábamos el Despotikó o trono del obispo, pensamos y dijimos:

—“Gérontas, aunque no venga el Obispo, bien está que lo limpiemos” (refiriéndose al Déspota o Soberano y Gran Arzobispo Cristo)

—Yo veo a Cristo el Soberano, que cada día está sobre él y recibo Su bendición».



3.27. Misericordioso en extremo

Testimonio del hieromonje Iakovos: «El Gérontas decía que debemos hacer caridad continuamente y él mismo lo aplicaba: “Cuando estaba enfermo, en el Hospital General de Atenas, venían muchos a verle, a recibir su bendición y naturalmente, dejaban algún dinero al Gérontas “para las necesidades”, como decían. Cuando le daban algún sobre con dinero no lo cogía, decía “déjalo padre en el comodín, nosotros somos monjes, que no digan que pedimos dinero y tenemos avaricia”.

— P. Hilario, vamos aquí al lado a ver a los enfermos apliquemos lo que dice el Evangelio sobre el día del Juicio.

— Que sea bendito, Gérontas, vamos.

— Sólamente, coge de dentro del comodín los cinco o seis sobres, para dárselo a los enfermos, porque tienen necesidad, son almas pobres y doloridas.

— Gérontas, digo, ¿cojo todos o me quedo con uno o dos?

— Todo, mi Hilario. “Dios ama al que da con alegría”.

— Fuimos al lado a dos habitaciones, les habló a los enfermos, les bendijo con la señal de la Cruz les deseó que fuese pasajero y, con discreción y sin que lo entendiesen, puso debajo de algunas almohadas de los sobres y nos fuimos. Después de haber regresado a nuestra habitación vino una señora y dijo:

— Gérontas, gracias por todo lo que ha hecho.

— No he hecho nada hija mía, solo una oración y una súplica para una rápida recuperación.

— No, Gérontas, lo digo por el dinero que no se ha puesto en la almohada.

Entonces el Gérontas se volvió a levantar, tal como estaba en la cama, y dice: “Escucha, hija mía, yo no he hecho nada. Puede que las enfermeras que limpiaban, que la hayan dado algo por error y cuando pusieron las almohadas hayan puesto también los sobres, yo no lo sé. Quédatelo tú, y si viene y lo piden, dáselo, si no, quédatelo. Yo soy monje y no tengo dinero. Así se tranquilizó la señora y el Gérontas recibió el salario de la caridad en oculto.

Otra vez, —estaba yo presente como monje— recibió un sobre en sus manos, de un visitante, con bastante dinero. Después vino el hieromonje p. Pablo y le dio el sobre, para que se lo entregase a un niño enfermo, que le iban a llevar al extranjero para ser operado.

— Gérontas, digo, ¿tal vez es mucho, y debería mantener algo?

— No, padre, san David lo traerá duplicado.

Y efectivamente, después de dos horas vino uno dejando al Gérontas un cheque con una cantidad que era el doble de lo que había dado el Gérontas.

El Gérontas, emocionado y con lágrimas en los ojos se levantó, se dirigió al icono de san David, se puso de rodillas y agradeció al santo por el milagro diario de la caridad.»



3.28. Amor por todos

Testimonio del hieromonje Iakovos: «El Gérontas tenía amor por todos y por todo. Un amor que te llevaba a vivir y a morir por tu salvación. Amaba a hablar con los santos, con la naturaleza, con el universo, con todo el mundo. Con este amor ganaba los corazones de todo el mundo y les llevaba al arrepentimiento y a la confesión, a la oración, a la paciencia, a la perseverancia y a la obediencia a la Iglesia. Acostumbraba a decir: “el amor quita multitud de pecados”».



3.29. Gran Gérontas Iakovos

Testimonio del hieromonje Iakovos: «Una vez, un obispo dijo al gérontas:

— Gérontas, quiero que me bendiga con la Cruz, para que me ponga bien. —Y el Gérontas dijo—:

— ¿Yo, un monje pecador?

— Sí, Gérontas, usted.

— Que sea bendito. Santo obispo, le diré algo. Y yo soy sacerdote, y tú eres sacerdote, perdóneme, esto lo digo con modo espiritual. La diferencia está, en que sólo ustedes hacen ordenaciones, las cuales no hacemos nosotros los sacerdotes.

Y el obispo dijo: “Geron, gran geron Iakovos”



3.30. Devoción por la Santísima Madre de Dios

Testimonio del hieromonje Iakovos: «El Gérontas, durante el periodo de los 15 días anteriores a la Fiesta de la Dormición de la Madre de Dios, cantaba con devoción y con compunción y sus ojos estaban llenos de lágrimas. cuando no cantaba estaba arrodillado siempre enfrente de la Madre de Dios, y cuando cantaban el Megalinario (“Digno es”), “no controles mis acciones ante los Ángeles”, el Gérontas con rostro resplandeciente y lleno de temor sagrado y de contricción, miraba a la Madre de Dios y decía: “nos las controlará una por una”. Mantenía en su mano la cuerda de oración y rezaba continuamente, diciendo “Santísima Madre de Dios, sálvanos, y a tu mundo entero”. Luchaba intensamente por la salvación de las almas de todos los hombres, quería que todos fuésemos salvados y que ganásemos el paraíso y que fuésemos santos de la Iglesia».

— Que sea bendito, Gérontas.

Media hora después nos fuimos. El Gérontas estaba contento y lleno de emoción y temor sagrado.

Habiendo pasado un mes, debido a que muchas veces llevaba por la tarde el café al Gérontas a su celda, me dice: “ Hilario mío, quería decirte algo, pero no se lo digas a nadie, solo después de mi fallecimiento. Para empezar te pido perdón y te beso la mano por una mentira que te he dicho. Es, padre, espiritual el tema. Hace falta mucha oración y discreción. Que sepas que el divino Juan el Ruso está vivo, y lo que le pidan con fe y amor, y sobre todo con humildad, lo da. Cuando íbamos a ir a Atenas, en cuanto llegué al ataúd tipo urna, veo padre mío, que se abre la urna y que san Juan sale. Me inclino ante el santo y me dice: “P. Iakovos, vuelvo enseguida, porque he de ir a donde un enfermo…”.

Yo, lleno de una alegría interior espiritual, lleno de Gracia del Espíritu Santo y del santo, hice la señal de la cruz sobre mí, me senté al lado en una banqueta, para supuestamente recuperarme del mareo y del vértigo, como te había dicho, y rezaba. Pasaban personas, reverenciaban al santo, aunque el santo no estaba en la urna, pero para verlo debes tener ojos espirituales. Después de media hora viene el santo, abre la urna, entra el santo dentro, hago una prosternación como reverencia, y escucha el santo que me dice: “Dime, p. Iakovos, qué tenías que decirme”.

Yo le dije al santo lo que quería decirle, y después fui a Atenas contigo con el taxi. Que sepas, ique el Santo está vivo y viva está nuestra religión!

Y otras veces el Gérontas contaba cosas del santo, y para que no entendiesen que tenían que ver con el Gérontas, se refería a “un hieromonje”, y le dijo esto y lo otro, mientras que era él mismo».



3.31. Conversaba con san Juan el Ruso

Testimonio del hieromonje Iakovos: «Veía y conversaba con san Juan el Ruso. Una vez que bajó a Atenas para ir al médico, estaba yo con él. Pasaríamos antes por san Juan el ruso y me dice: “ponte el raso Hilario mío, que vamos adonde el divino Juan. Has visto, en el ejército, cuando te presentas ante el capitán, has de llevar el traje completo; así es también con el santo. Τengamos respeto, amor y devoción”.

Como higúmeno que era, debía echar él las monedas para coger una vela. Sin embargo me da a mí dinero para que encienda una vela.

— Gérontas, usted que es el higúmeno.

— Yo la encenderé. Enciende tú también Hilario mío una al santo por tus padres o cualquier otro que quieras.

Vemos la sencillez y la discreción del Gérontas, que no quería ser distinto a los demás.

En cuanto llegamos al ataúd tipo urna, el Gérontas me dice:

— Padre, me he mareado, siento náuseas. Puede que me haya molestado el viaje. Dile al señor Costas que esperaremos media hora para recuperarme y que después nos vamos.





3.32.. Quería los sacerdotes con barba y pelo largos

Testimonio del p. Ioannis Nirgianáki: «Durante los primeros años de mi sacerdocio llevaba el pelo y la barba cortos. Una vez que el Gérontas me acariciaba la cabeza, pensé que era el momento de preguntarle: “Gérontas, ¿tal vez no hago bien en llevar cortos el pelo y la barba?” Me respondió: Me perdone, padre Ioánni, ¿de los pelos largos nos vamos a ocupar ahora?” Su alma sensible no le permitía controlar ni preocupar a ninguna persona. En lugar del control, tenía la oración junto con los buenos modos.

Regresé a Atenas y le dije a mis esposa: “El Gérontas no quiere que lleve el pelo y la barba cortos”. Entonces decidí no volver a cortarme el pelo. Cuando fui al Μonasterio y me vio con el pelo largo, me dijo: “padre Ioannis también te amaba antes, pero ahora sin embargo eres como Melquisedec.»


3.33. Ayudó con su clarividencia

Testimonio del p. Ioannou Nirgianakis: “Cuando era profesor, en una época en que estaba en la Escuela Secundaria de Diplarion (en el centro de Atenas), un estudiante del Segundo Liceo, organizado en la juventud del K.K.E. (partido comunista), que había sido un férreo oponente de Cristo y de la Iglesia, comenzó a interesarse por la fe ortodoxa. Cambió de rumbo y, durante muchos años, comenzó a confesarse, conmigo el indigno.

Poco a poco, empezó a desear el monacato; le puse a prueba durante algunos años, hasta que me convencí de que estaba listo para partir hacia el Monte Atos. Sin embargo, su padre, comunista, se negó siquiera a hablar de ello.

Le dije a Meletios (entonces y ahora Iakovos): "Te daré una carta; llama a tu padre e id a ver al Gérontas Iakovos".

Tomó la carta y junto con su padre, y fueron a san David. En cuanto vieron al Gérontas, antes de entregarle la carta, le acarició la cabeza y le dijo con seguridad: “Hijo mío, tu deseo pronto se hará realidad”. Después se acercó al padre, le llamó por su nombre y le dijo: «¿Por qué impides que tu hijo hacer lo que desea?». El león se transformó inmediatamente en una oveja tranquila y su respuesta fue: «Con mi bendición, que haga lo que quiera». Ni siquiera necesitó leer la carta que le había escrito.

Se hizo monje y lleva veinticinco años en el Monte Athos, llamado Iakovos, por el Gérontas, y por el apóstol Santiago (Iakovos), el “Hermano” del Señor».



3.34. Salvó a alguien que estaba cercano a la muerte

Testimonio del p. Ioannou Nirgianakis: “En el hospital donde trabajaba, en el N.I.E.E. (Hospital de la Iglesia de Grecia), un estudiante de 19 años ingresó para tratamiento con fiebre alta (39, 40, 40.5). Este estudiante se llamaba Stylianos Stergianos, hijo de Jristos y Evangelia, residente de Patision. Sus padres eran mis hijos espirituales, personas muy piadosas, y también tenían otro hijo.

Stelios entonces tuvo fiebre muy alta durante mucho tiempo, sin bajar de 39.5. A pesar de no haber sido diagnosticado, el profesor Miltiadis Samartzis y sus asistentes concluyeron que la enfermedad de Stelios probablemente era una forma de "citopenia aguda". Usaron todos los medicamentos, incluso grandes dosis de cortisona, sin ningún efecto. Los médicos nos informaron que ahora, incluso con el microbio más simple con que se contagiase, podría causarle la muerte. A los pocos días, tras las consultas médicas, los médicos nos aseguraron que la medicina ya no podía ofrecer nada. Esperábamos junto con todo el personal médico y de enfermería, y sus afligidos padres, la hora de su muerte. En ese momento pensé en gérontas Iakovos.

Llamé a su padre y le dije sin contemplaciones: «Señor Jristos, Stelios es un ángel y Cristo lo quiere cerca de Él». El único que podría ayudarnos en este último momento es el padre Iakovos, pero lamentablemente ahora mismo no se puede ir, así que nos espera el trágico desenlace. El bienaventurado sr. Jristos, conmovido por mis palabras —no le quedaba otra opción—, tomó el coche, lo convirtió en avión, fue a San David, fue a encuentro del santo Gérontas, se postró a sus pies y, llorando amargamente, le contó el problema de su hijo.

El Gérontas pareció que lo sabía. «Señor Christos, —me perdone—, voy a rezar una oración, —me perdone—, espere un momento, por favor.

Al poco rato ocurrió el gran milagro. “Señor Jristos”, dijo, “justo ahora le ha bajado la fiebre”. El niño se pondrá bien. San David se lo ha dicho a Cristo y le ha hecho un favor».

El sr. Jristo, literalmente, perdió los estribos. Llamó al hospital y contestó la directora, la sra. Dorothea Plagiannakou. “Señor Jristos”, dijo, “todo el hospital está celebrándolo y le estamos buscando”. Hace cinco minutos, la fiebre de Stelios bajó repentinamente, sin ninguna explicación.

Todos llorábamos de alegría y solo cuando llegó el sr. Jristos, nos describió cómo y quién realizó el milagro.

Stelios está casado y tiene dos hijos; sigue siendo un auténtico hijo de la Iglesia, con todos los carismas espirituales que Cristo le dio.

Viví este evento las veinticuatro horas del día, porque era y es muy querido para mí, y sus padres se encontraban entre mis hijos espirituales más distinguidos.






3.35. Ayuda paradójica

Testimonio del p. Ioannou Nirgianakis: «Cuando servía en Santa Filotea, en el barrio con el mismo nombre, teníamos como congregación a los residentes más renombrados de Atenas, como el presidente del Tribunal Supremo, ministros y jueces supremos. El vicepresidente del Tribunal Supremo, el sr. Voltis Georgios, con su esposa Aliki (ya fallecida) y sus hijos, también vivían allí. Eran personas muy piadosas, amaban a la Iglesia y especialmente al gérontas Iakovos.» Un día, la directora del Juzgado de Paz de Chalandri, la sra. Vasiliki, fue al Sagrado Monasterio. Nos quedamos allí toda la noche, por la mañana celebramos la Liturgia con el gérontas, tomamos café y nos preparamos para irnos. Casualmente, había otros jueces de alto rango. Nos subimos al coche (un Ford), el cual no avanzaba. Un conductor de autobús que estaba allí hizo algunas intervenciones, sin resultado. Avisé al padre Nikodimos, quien, como laico, había sido mecánico de automóviles. Lo intentó, pero no consiguió nada. Avisó a la ELPA (asistencia en carretera), éstos indicaron al padre Nikodimos qué hacer, pero lamentablemente no se consiguió nada. Le dije al sr. Bolti que fuera con los jueces que tenían un puesto hasta Rovies (cerca del lago Eubea) y que, en cuanto llegara la asistencia en carretera, pasaríamos por allí a recogerle.

Empezó a llover y la ansiedad aumentó, sin que llegara la asistencia en carretera.

Empujamos el coche hacia la carretera en bajada, por si arrancaba. En cuanto terminó la bajada, el coche se detuvo. Esperamos un buen rato sin resultado.

Pensé en un momento en ir a donde el Gérontas. Quizás él, con su oración, podría ayudarnos. Llamé a la puerta de la celda y pedí perdón, porque el bienaventurado metropolitano de Cefalonia Prokopios se estaba confesando. “Santo Gérontas”, le dije, “el coche no arranca y se esperan problemas”.

Se detuvo durante 10 segundos en completo silencio —probablemente rezó para sus adentros— y con seguridad me respondió: «Padre Ioanni, justo ahora acaba de arrancar." Salí y corrí a ver si realmente era así. La hija de la sra. Vasiliki corría contenta a confirmar lo sucedido al santo Gérontas.

Le pregunté a la sra. Vasiliki cómo había ocurrido el milagro. Me respondió sin más detalles: "Un señor pasó por aquí a pie mientras llovía.

—Se han quedado aquí, señora —me dijo—. ¿Quiere que la ayude?

Le respondí:

—Si no es muy experto en el tema, no, porque varios se han ocupado ya, sin resultado.

—Levante, por favor, el capó del coche. Lo levanté, tocó en algún lugar y me dijo:

—Arranque, señora. El coche arrancó. Me bajé para darle las gracias, pero había desaparecido. ¿Quién era el experto y quién lo envió?»


3.36. "Tendrás hijos"

Testimonio del p. Ioannou Nirgianakis: «Cuando serví en el Hospital de la Iglesia (serví durante 18 años y medio, con los más bellos recuerdos de la atención pastoral a los enfermos), teníamos un cantor, el sr. Stefanos Dimitropoulos, abogado de profesión y economista. Con su esposa Helen, eran mis hijos espirituales. Profundamente religiosos. Los amábamos profundamente, pero llevaban años sin hijos. Los médicos les habían asegurado que no había esperanza de que tuvieran hijos.

Pensé entonces en enviarlos al Gérontas Iakovos para que rezara y los bendijera. En cuanto el santo Gérontas les vio, les llevó a su celda, les acarició la cabeza, oró unos segundos, y en ese instante todo el espacio sagrado que rodeaba el la Iglesia brilló con una luz radiante emitida por una estrella brillante.


En ese momento, el Gérontas les dijo con certeza: «No escuchen a los médicos. Les aseguro que tendrán hijos, porque Cristo, a quien reza san David, lo quiere”. Sin embargo, no les explicó qué era esa luz brillante.

Se fueron con una alegría indescriptible, proveniente de un Gérontas iletrado, pero que desmintió la afirmación de los principales médicos de que les era imposible tener hijos.

Al mes siguiente, Helen quedó embarazada y los médicos se quedaron sin palabras. Al parecer, desconocían que «donde Dios quiere, el orden natural es vencido».

En cuanto entró en el sexto mes, mientras yo rezaba las Vísperas, Stefanos vino, presa del pánico, a decirme que tomara los Santos Misterios y fuera a Maternidad, porque Helen se encaminaba a toda velocidad hacia la muerte. Estaba infectado con un microbio raro, que era mortal.

Yo, teniendo en cuenta que el santo Gérontas me había asegurado que pronto daría a luz a un niño precioso, pensé que la Gracia de Cristo no podía engañarle al santo. Lo consolé y le aseguré que todo iría bien. El niño efectivamente nació. Recuerdo muy bien que en ese momento el padre me dijo que pesaba 900 gramos. Sin embargo, los exámenes mostraron que ninguno de sus órganos vitales funcionaba a ritmos normales. Los médicos esperaban el final del bebé, pero se equivocaron una vez más. El desarrollo del niño fue normal, médicamente inexplicable, por supuesto.

Fue bautizado y recibió el nombre de David. Se graduó de la Facultad de Filosofía, realizó estudios de posgrado y hoy es un joven sano de 28 años. También tiene una hermana, Ifigenia, estudiante de Filosofía. Su madre murió de cáncer hace unos años; un alma santa."


3.37. Vio a un hombre en América

Testimonio del π. Ioannou Nirgianakis: “En Atenas vivía una familia de greco-estadounidenses, el sr. Konstantinos Voudouris y la sra. Despina, con cuatro adorables hijos (dos niños y dos niñas), que se confesaban regularmente con su madre, una santa. El padre estaba en Estados Unidos, pues allí trabajaba. Cuando los niños terminaron sus primeros estudios aquí, se mudaron a Estados Unidos para continuar con ellos.

Cuando mi hija Nektaria terminó el bachillerato, esta santa familia nos pidió que la enviáramos a Estados Unidos para que pudiera estudiar algo que no podía hacer aquí. Nektaria lo deseaba y, por egoísmo, yo estaba entusiasmado, pero mi esposa estaba completamente en contra. No fuimos a que recibiese la bendición del santo Gérontas y Nektaria se fue a Estados Unidos (a Pogailand, un suburbio de Nueva York); se matriculó en una de las universidades más grandes de Estados Unidos, con la carrera de “Psicología Clínica". Nos comunicábamos por teléfono regularmente y Nectaria, sin mucho entusiasmo, nos aseguraba que todo iría bien.

Cuando pasaron siete meses, fui a ver al Gérontas (no había estado allí en todos esos meses). Me recibió como siempre con gran alegría y comenzó a interrogarme detalladamente, qué tal Nektaria, p. Ioannis, qué tal su esposa… y me preguntó por cada hijo mío por su nombre. Y aunque cada vez me preguntaba por Michalis, que estaba pasando por una adolescencia intensa, en ese momento me volvió a preguntar con un poco más de intensidad: "¿Qué tal está Nektaria, p.Ioannis?". Le respondí:

– Gérontas, Nektaria está en América.

Por primera vez después de tantos años lo vi un poco enfadado, diciéndome:

– ¿Qué hace en América?

– Gérontas, una familia espiritual la recibió allí para estudiar.

– Dígame, p. Ioanni, ¿alguna vez envió a Nektaria a Omonia* sola?

*Plaza de la Constitución en el centro de Atenas, lugar muy concurrido y peligroso.


—No, Gérontas. —Ve a buscarla inmediatamente, porque Nektaria se volverá loca. ¿Me oyes lo que te digo?

Me fui, con un pensamiento terrible: “Hoy el Gérontas no tenía espíritu”.

Voy a Atenas. La primera pregunta de mi esposa fue: «¿Qué te ha dicho el Gérontas sobre Nektaria?». Como siempre, “el listo”, respondí de forma inapropiada.

—El Gérontas no estaba en forma hoy.

—Ya veremos, dice mi esposa, quién será justificado al final. El Gérontas, por lo que me has contado, está ya en contra.

Un mes después, suena el teléfono a las 12 de la noche. Oigo a Nektaria, que lloraba sin parar, diciéndome: “Papá, soy Nektaria, te ruego que vengas a buscarme, porque me voy a volver loca”. Eran exactamente las mismas palabras que me había dicho el santo Gérontas. Mi esposa se despertó presa del pánico, pues algo comprendió. Me preguntó qué pasaba exactamente. Le conté toda la verdad y, entre lágrimas, me dijo: “Mañana por la mañana debes partir para América y traer a la niña, y yo no necesito estudios”.

Fui, traje a la niña casi muerta, y tardó dos años en recuperarse. El Gérontas rezaba constantemente y, con la bendición de san Nektario, se recuperó y comenzó a socializarse cristianamente. Quería formar una familia y tener hijos, los cuales amaba mucho.

Se casó con un buen hombre, profesor de teología, y también un excelente hagiógrafo.

Después de su matrimonio, Nektaria retrasó la maternidad. El Gérontas había ya fallecido y Nektaria empezó a preocuparse. Así que le dije que fuera al sepulcro del Gérontas, que le suplicara con todo el corazón y que él haría lo correcto, sobre todo ahora que bebía una vida cristiana Cristo. Y así sucedió; fue a la tumba del santo y al mes siguiente quedó embarazada. Gracias a Dios ahora tiene seis hijos, tres niños y tres niñas, muy agraciados».



3.38. Gran y prolongada ayuda

Testimonio de la sra. Maria Foukas-Roumbanis: “Creo que conocer al gérontas Iakovos no fue casualidad, sino providencia de Dios. Si hoy respiro y estoy espiritualmente sobrio, se lo debo en gran parte a mi bendito Padre Espiritual Iakovos.

Me casé y Dios me dio una criatura adorable con una apariencia angelical. Esta niñita me dio una gran alegría. Con el tiempo, comencé a darme cuenta de que ella estaba empezando a tener un problema de audición. Empecé a acudir al médico. El diagnóstico fue "pérdida auditiva progresiva", lo que significa que comenzó a perder la audición gradualmente por una razón desconocida y en ambos oídos. Ningún médico pudo explicarlo lógicamente. Se le realizaron todas las pruebas. Al final, no se encontró la causa de la sordera. Quedaban algunos "restos de audición" en ambos oídos de la niña, y el médico le recomendó que usara audífonos. Para oír algunos sonidos, tal vez podría volver a decir algunas palabras. Porque así como dejó de oír, también dejó de hablar. Finalmente, comprendí que la ciencia médica no podía ayudar en absoluto en este caso.

Me sentí muy dolida. Cuando el médico me dijo que la niña había perdido completamente la audición, salvo por algunos restos en ambos oídos, me impactó tanto que me desmayé.

El médico me recomendó que la llevara a logopedia para que pudiera pronunciar algunas palabras. El logopeda me dijo que el problema de mi hija es muy grave y que, si "aprende algunas palabras", podrá comunicarse con los demás para comprar lo necesario. Ahora bien, ¿para aprender las letras? Muy difícil. De hecho, me recalcó que debe tener al menos dieciséis años para usar “verbo”, ya sea escrito o hablado. Así que fui a terapia de lenguaje, pero mi hija no se quedaba quieta. Estaba tan tensa que no podía comunicarse con los demás. Tuve que parar. Estaba en una situación desesperada. Los audífonos que tenía en los oídos le habían causado llagas y le escocían mucho. El médico me dijo que la ayudara en todo lo posible, que consiguiera un micrófono y unos auriculares especiales y que le enseñara palabras; si no, tendría que aprender lenguaje de señas. Así que conseguí un micrófono y unos auriculares y trabajé con mi hija día y noche para que pudiera volver a hablar. Pero me cansé enseguida. De tanto intentar que hablara, se me cerró la garganta. Me desesperé. No recibí ayuda de nadie. Mis padres y hermanos vivían lejos, en otra ciudad. Deposité todas mis esperanzas en Dios. Como siempre había hecho desde mi infancia.

Durante mis años de estudio, había oído hablar del gérontas Paísio y del gérontas Porfirio. Le escribí una carta al padre Paísio pidiéndole que orara por mi hija. Al mismo tiempo, visité al padre Porfirio. Siempre había mucha gente allí. Lo vimos en una ocasión con la niña. Nos bendijo y me hizo comprender que el problema de la niña, para resolverse, requiere mucha oración. Volví otras veces, pero era difícil hablar con él. Había mucha gente. Un día, al dejar al padre Porfirio, por la providencia de Dios, me encontré con un maestro que me habló del padre Iakovos. Me dijo que fuera a buscarlo al Sagrado Monasterio de San David. “Es un santo gérontas —me dijo— de gran espiritualidad, como el padre Paísio y el padre Porfirio. Él podría ayudarte».

Decidí, antes de ir a buscar al padre Iakovos, enviarle una carta pidiéndole que ayudara a mi hija. Escribí la carta y el Gérontas me respondió muy pronto. Me escribió que veía el dolor de mi alma por mi hija e inmediatamente se dirigió al icono de san David el Milagroso y le rogó que le diera salud. Que tenga fe en Dios y Dios me concederá lo que deseo. Así como Cristo abrió los oídos y la lengua del sordomudo, y él oyó y habló, así también él rezó para que Cristo abriese los oídos y la lengua de mi hija. Seamos pacientes, oremos y ayunemos, y pongamos nuestra esperanza en el Rey celestial Jesucristo, su Santa Madre la Virgen María y todos los santos; ellos nos ayudarán y todo pasará por el poder de Dios. Dios Los médicos, Dios nos los dio, pero Él es el médico supremo. Realicemos la Unción de los Enfermos, la Divina Liturgia en nombre de mi hija, y que Dios haga su milagro. No estemos tristes, tengamos paciencia, y él nunca olvidará a mi hija en sus oraciones. Él realizó la Liturgia de 40 días, celebrando la divina Liturgia todos los días y conmemorará a mi hija. También reza para que san David sea nuestro ayudador y protector.

Cuando recibí la carta, me conmoví. Agradecí mucho a Dios que, en este momento difícil que atravesaba, me enviara a este santo Gérontas, el p. Jacobo, para ayudarme con su oración. Su carta fue un bálsamo para mi alma adolorida.

Necesitaba un Padre Espiritual con gran bondad y amabilidad, porque yo también era muy sensible. El p. Iakovos era un hombre delicado. Desde el primer momento que le conocí, me conmovió especialmente su delicadeza. El p. Iakovos fue un gran benefactor para toda mi familia y especialmente para mi hija.

Relataré los acontecimientos que ocurrieron después de recibir la primera carta del gérontas Iakovos. Al mantenerla en las manos y sentí una alegría celestial que me inundó.

En esos días decidí ir a san David (con una excursión parroquial). Conocí al p. Iakovos y me conmovió.

La siguiente vez, decidí ir al Gérontas con mi hija. Para ser sincera, tenía un poco de miedo de que nevara en la carretera y nos quedáramos en el camino. Así que tomamos el autobús. Viajamos durante varias horas hasta el lago Eubea. Desde allí tomé un taxi y, a pesar de las difíciles condiciones meteorológicas (era Diciembre), llegamos al Sagradoo Monasterio de San David. Allí, afuera del Katholikon (Iglesia principal del Monasterio), en el patio, estaba el padre Iakovos. Tomé a mi hija de la mano y corrí hacia él. Nos bendijo y demostró que estaba muy feliz de vernos. Sobre todo, de conocer a mi hija. Mi hija tenía cuatro años en ese momento y estaba muy angustiada. Debido a que había perdido la audición, había dejado de hablar y no podía comunicarse con los demás. Desesperada, le dije:

— Padre, Iakovos, ¿qué será de esta niña? Estoy muy desesperada. No oye nada y no habla. ¿Qué pasará de ahora en adelante? Estoy viviendo una pesadilla, una tortura. Y el gérontas Iákovos me dice:

— Hija mía, no te preocupes. Todo irá bien. Tu hija irá a la escuela primaria con normalidad (¡a los seis años!). Irá a una escuela pública (¡no privada!), a una escuela regular (no especial) e irá a la educación superior, es decir, ¡estudiará en la universidad y obtendrá un título! Esta prueba que está atravesando la superará y, cuando llegue el momento adecuado, ¡se podrá bien! ¡Ocurrirán milagros!

Le miraba, asombrada por lo que me contaba en ese momento. Me parecía increíble. ¿Cómo no parecerme? Mi hija tenía cuatro años y no decía ni una palabra. Según el gérontas, en menos de dos años, es decir, a los seis, iría a la escuela con regularidad, no faltaría ni un día y estaría en la escuela pública (en el barrio donde vivíamos). No iría a una escuela privada ni a una especial. Y me pregunté: “En los próximos dos años, ¿cómo aprenderá el idioma? ¿Quién le enseñará? ¿Cómo completará las lagunas? ¿Podrá destacar en clase con otros niños de su edad? ¿Tendrá algún problema? ¿Cómo se superará todo esto?”.

Todo esto me pasó por la cabeza en ese momento como un relámpago y me pareció increíble, imposible. El padre Iakovos, sin embargo, “leyó mis pensamientos” y, antes de que pudiera preguntarle, me respondió: “Todo esto te parece difícil que suceda, hija mía, ¡pero sin embargo sucederá!”. Todo irá bien, ¡no tengáis miedo! ¡Dios te ayudará!

Después de que el p. Iakovos dijera esto, nos bendijo y se fue. También fuimos a la casa de huéspedes a ajustar nuestras cosas. Nos quedaríamos allí a pasar la noche. La pequeña daba vueltas como una peonza. Estaba muy nerviosa. No se quedaba quieta en ningún sitio. En un instante la perdí. No sabía dónde había ido. Corrí presa del pánico a buscarla. Había desaparecido. Corrí angustiada fuera de la puerta del Monasterio (antes había una carretera allí y temía que un coche la atropellara, porque no oía). Sin embargo, no la encontré allí. Por suerte, una señora me informó que la había visto entrar en la Iglesia. Entré en la Iglesia y vi la siguiente escena: el p. Iakovos estaba de pie y mi hija arrodillada frente a él. Él le hablaba y ella lo miraba, como si lo escuchara. ¡Estaba tan tranquila, tan en paz! Nunca la había visto así. Y, sorprendido, le pregunté al Gérontas:

—Padre Iakovos, ¿cómo está de rodillas, cómo está tan tranquila? ¿Le ve a usted y se pone así?

—No, hija mía, ahora no me ve a mí, ¡ve a san David!


Aquí he de señalar que no había nadie más en la iglesia en ese momento. Solo el p. Iakovos y mi hija. Claro que también estaban Cristo, Su Santísima Madre y los Santos, pero solo los espiritualmente dignos los ven. ¡El p. Iakovos merecía verlos! Esa tarde transcurrió en paz. Al día siguiente asistimos a la divina Liturgia. Me impresionó que, cuando salieron los Santos Misterios, en el Altar Sagrado el p. Iakovos, rezaba, aparte de por otros, por una pronta recuperación para mi hija.

Después de la divina Liturgia, nos despedimos de los monjes y salimos al camino. El p. Iakovos también estaba allí. Un sacerdote, una señora, mi hija y yo subimos a un taxi. El Gérontas nos bendijo, nos despidió con esa dulce mirada y nos deseó que tuviésemos “un buen viaje”.

Empezamos la marcha. El Gérontas movía su mano. ¡Nos bendecía! Saliendo del Monasterio, yo estaba sentada en la parte trasera del coche, cuando la señora me dijo: "¡Date la vuelta y mira el Gérontas!". Me giré y vi una escena que jamás olvidaré. Aunque nos habíamos alejado del Monasterio y el Gérontas debería haber parecido un punto a lo lejos, ¡parecía enorme! Tenía las manos alzadas al cielo y rezaba. ¡Parecía estar suspendido en el aire! ¡Me quedé impactada! Hice la señal de la cruz y pensé que este Gérontas, el Padre Iakovos, idebía ser un santo!.

Desde que regresé a casa, comencé a rezar más. Me di cuenta de lo insignificante que era ante Dios. Por supuesto, lo comprendí mejor desde que conocí al p. Iakovos.

Después de nuestra visita al Sagrado Monasterio de San David, mantuve correspondencia frecuente con el p. Iakovos. Este santo Gérontas me apoyó mucho. Vio que mi cruz era grande y, como Simón de Cirene, me ayudó a llevarla.

Como trabajaba por las mañanas, enviamos a mi hija a una guardería, donde había niños que oían normalmente. Por suerte, se adaptó fácilmente. Usaba auriculares, pero lamentablemente le ayudaron poco. Su audición había disminuido, solo le quedaban algunos restos.

El Gérontas escribió en su carta: "Ten fe en Dios, tu esperanza en Jesucristo, en nuestra Santísima Virgen María y en todos los Santos, y tu hijita sanará; ten paciencia, Dios te está probando con la enfermedad de tu hija; pero ten valor y fortaleza, Dios te ayudará. Leo vuestros nombres en la Liturgia de 40 días, especialmente el de tu hijita; que san David les ayude. Nunca olvido a tu hija en mis oraciones”.

En su siguiente carta: «Les deseo un feliz y bendecido año nuevo. Que la Gracia de san David les ayude y que Dios Todopoderoso le conceda a su hija salud, alegría y bendiciones celestiales, y a ustedes paciencia y fortaleza. Estoy celebrando una Liturgia especial de 40 días por su hija y le deseo salud y todo lo mejor».

Con el Año Nuevo, el médico nos dijo que mi hija tenía que ser operada de la nariz. No podía respirar en absoluto. Sufría mucho.

Se lo notifiqué al gérontas Iakovos y él me escribió, entre otras cosas: “Por el bien de su hija, mantente espiritualmente tranquila. El día de la operación celebraremos la divina Liturgia. Que san David les ayude y, especialmente, le conceda salud a su hija”.

Para ser sincera, al principio tuve miedo, porque esta operación requería anestesia. No sabía cómo reaccionaría mi hija. Pero el hecho de que el Gérontas me dijera que estuviese espiritualmente tranquila me ayudó. Sabía que el Gérontas estaría "presente en la operación". Y, de hecho, mucho después, cuando mi hija habló, me contó que la noche que estuvo hospitalizada, ¡el p. Iakovos estaba al lado de su cama! Vino a ayudarla.

Los resultados de la oración del gérontas Iakovos fueron visibles rápidamente. Una tarde, cuando recogí a la pequeña de la guardería y nos sentamos a comer, nos dijo que pusiéramos las manos en posición de oración y comenzó a rezar una oración completa de 10 a 15 versos ella sola. Era la oración que rezaban los niños en la guardería. Mi esposo y yo nos quedamos impresionados. A la pequeña se le soltó la lengua y empezó a hablar. Al principio, empezó a decir palabras sueltas y luego frases. Agradecí mucho a Dios por ayudarnos.

Continué comunicándome con el gérontas Iakovos e iba con frecuencia al Sagradoo Monasterio de San David. Volví a llevar conmigo a mi hijita. El p.Iakovos me aseguró que “la estaba siguiendo espiritualmente”.

Un día, al regresar del Monasterio de San David, pasamos por el santuario de San Juan el Ruso. Al principio, la pequeña sintió miedo, pero después de un rato tomó valor y se puso junto al sepulcro del santo, y le miraba.

"Compré un icono de la peregrinación de San Juan. Al volver a casa, puse el icono de San Juan el Ruso debajo de su almohada. A la mañana siguiente, al despertarse, vino corriendo y me dijo: "Este", y me mostró el icono que tenía debajo de su almohada, "es el que estaba allí, en la iglesia, en el cristal" (¡en el santuario!). ¡Así que lo vio y lo reconoció!, cuando no se pueden distinguir sus rasgos en la reliquia del santo porque lo quemaron. Y la niña continúa: "Este que está aquí en el icono, vino esta noche a mi cama y me hizo una cruz (la bendijo). ¡Este es joven, mientras que san David es viejo!" Este santo (Juan el Ruso) tenía una gran luz alrededor de su cabeza (¡una aureola!). Entonces recordé las palabras del padre Iakovos, que me había dicho, cuando fui al monasterio con la niña, que ella vio a san David y por eso se puso de rodillas. Parece que el p. Iakovos también le rogó a san Juan el Ruso que la ayudara, iasí que el santo vino a casa, a su cama, y ​​la bendijo!.

El Gérontas tenía una gran compasión y condolencia por el problema de mi hija; la quería mucho y cada vez que la veía decía: "¡Bienvenida, mi modesta y humilde hija!". La pérdida de audición y la falta de comunicación con otras personas son grandes tormentos. Muchas veces su vida corría peligro por coches y más por motos que a veces circulaban por las aceras. No oye el claxon y camina con normalidad. Solo Dios la ayuda. Cada vez, hasta que regresa a casa, tiemblo, temiendo que la atropelle un coche.

Todo este sufrimiento con su salud y toda esta fe, su amor a Dios y toda esta paciencia la hicieron tener experiencias espirituales.

Una vez estábamos en casa. Yo estaba de rodillas frente al icono de la Madre de Dios, rezando. Mi hijita jugaba cerca. De repente, la que corría y buscaba.

—¿Qué buscas, hija mía? —le pregunté—. Ella me respondió:

—¿Adónde se fue la hermosa monja que llevaba al bebé en brazos? Estaba aquí ahora, me hizo una cruz (me bendijo). La hermosa monja fue al pasillo y desapareció.

En otra ocasión, salía de la iglesia. Acababa de comulgar. Miraba fijamente al cielo. Su tía la regañó:

—¿Qué miras ahí arriba? Pasan coches, te van a atropellar —dijo—. Y la niña respondió:

—¿No ves ahora en el cielo a la Madre de Dios sosteniendo a Cristo y diciéndome: “Tranquila, hija mía, quiero decirte que tendrás un hermanito? —Pero mi madre no quiere tener otro hijo —le dijo la niña—.

—No te preocupes. ¡Tendrás un hermanito! —repitió la Madre de Dios—.”

Mi hija estaba tan contenta que el otro día fue a contárselo a su maestra en la escuela. La maestra me lo contó. Es cierto que buscaba un hermanito. Tenía celos de los otros niños que tenían hermanos.

—Un día, al ir al Monasterio, le dije al Gérontas:

—Padre Iakovos, usted y otros rezan tanto, pero ¿por qué esta niña no se cura? —Y el padre Iakovos me dijo—:

—Hija mía, por tu hijita acudí al mismísimo Cristo y le rogué que la sanara. Y Cristo me reveló la razón por la que esta prueba aún persiste en tu hija.

Y yo me impresioné mucho al saber que el padre Iakovos, en vida, había sido transportado espiritualmente al mismísimo Cristo. Este hecho también fue confirmado por otra fuente. En concreto, ocurrió lo siguiente:

En ese momento, leía un libro impactante titulado "La Gran Señal" de Photis Kontoglou. Describía el descubrimiento milagroso de las reliquias de los tres santos recién aparecidos, Rafael, Nicolás e Irene, en Termi, Mitilene. Yo también creía mucho en estos santos y les rogué con fervor que ayudaran a mi hija.

Una noche, después de mucha oración, vi en sueños que estaba frente al Monasterio de San Rafael en Mitilene. Veía el Monasterio con todo detalle, sin haberlo visto nunca antes. Entonces de dentro del Monasterio una voz me llamó para que entrara, porque, según me dijo, San Rafael me esperaba. Entré y vi a san Rafael. Tenía ojos azules y una barba larga, exactamente igual que en el icono. Y me dijo con dulzura:

—¿Qué quieres, hija mía?

—Santo mío Rafael, he venido a suplicarte que sanes a mi hijita. ¡Que ella también escuche como los demás niños! ¿Se recuperará?

—Sí, sí, sí —me respondió—.

¡Te lo ruego, eres un santo, pídele a Dios que sane a mi hija! Y san Rafael dijo:

—¿Qué más puedo yo hacer, hija mío, que lo que hace el padre Iakovos? ¡El Padre Iakovos ha llegado a Dios por este niño! Entonces san Rafael me consoló y me dijo que me enteraría de “algo impactante”.

Después de un tiempo, le escribí una carta al padre Iakovos y le conté el incidente. Como sabía que el p. Iakovos tenía discernimiento, le pregunté si el suceso con san Rafael había sido un engaño. Y el p. Iakovos me confirmó que efectivamente era san Rafael.

Después de este incidente, el verano antes de que mi hija fuera a la escuela, la llevé a Mitilene, al Monasterio de los Santos recién aparecidos, para venerar las reliquias y recibir su bendición. ¡El Monasterio era exactamente como lo había visto en mi sueño! Nos quedamos una noche allí y luego fuimos a un pueblo de Mitilene para que nos hospedara una conocida mía. En la casa donde me hospedaron, la dueña no nos trató bien. Me amargó. Estaba muy triste y llevé a mi hija a la playa del pueblo. Estábamos caminando por la playa cuando vi una pequeña iglesia más adelante (creo que era en honor a san Isidoro).

Entro dentro. La puerta estaba abierta. No había nadie más. ¡Mi hija y yo! Empecé a llorar, a suplicar frente al icono de Cristo. En ese momento, mi hija estaba detrás de mí. No oía lo que decía. Para que entienda lo que alguien dice, tiene que verle de frente (leerle los labios). Así que seguí llorando y suplicándole a Cristo, y le dije: "¿Me escuchará mi hija, mi Cristo?". De repente, vi a mi hija tocándome. Me giré para ver qué quería y me dijo: "Mamá, no sé ahora qué le pides a Cristo. ¿Pero no ves que Cristo te responde sí, sí, sí a lo que le pides?".

Me quedé impresionada en aquel momento. ¡Mi hija veía a Cristo hablar y responder a lo que yo le pedía!

Cuando regresé a Atenas, estaba angustiada, porque mi hija tenía seis años y en un mes iría a la escuela primaria. La audición de la niña era nula, salvo algunos remanentes, pero su lenguaje se había recuperado y su habla mejoraba día a día.

Me seguía escribiendo con el padre Iakovos. Le pregunté: "¿Es cierto, padre Iakovos, que mi hija de seis años irá a la escuela primaria, como me dijiste hace dos años?". Me escribió: “Bueno es, hija mía, que vaya a la escuela, que se socialice con los demás niños, y que Dios le dé voz y sabiduría para escuchar y para hablar”.

Obedecí al p. Iakovos y la enviamos a la escuela pública regular de nuestro barrio. Por la providencia de Dios, en primer grado de primaria, un excelente maestro la acogió con gran amabilidad. La puso en el primer pupitre para que pudiera ver a la maestra de cerca. Mi hija quería mucho a su maestra y a todos los niños de su clase, y la maestra y los niños también la querían. No existía ningún problema. ¡Todo sucedió, tal como lo había dicho el padre Iakovos! Mi hija tenía un rendimiento excelente en sus clases. Y el maestro, sorprendido, me dijo: “Si tu hija no puede oír, ¿cómo escribe correctamente y acentúa las palabras correctamente?”. Siempre sacaba excelentes notas. Empezó a formar oraciones correctas y a manejar todas las categorías gramaticales correctamente. ¡Era un milagro! El p. Iakovos la apoyó y la ayudó con sus oraciones. Durante este tiempo, me enteré algo impactante, como me dijo san Rafael. (Esto, por supuesto, no tenía nada que ver con mi hija, sino con otra persona).

San Rafael y el padre Iakovos también ayudaron a resolver los problemas que tenía con mi esposo. El amor y la armonía regresaron a nuestro hogar. El p. Iakovos me escribió: “El diablo envidiaba el amor que tenías entre vosotros y quería destruir vuestro hogar. El tentador no permite que las personas estén tranquilas y con amor. Ten paciencia, hija mía, y con cariño y amor todo se arreglará”. Finalmente, todo se arregló en nuestro hogar.

El p. Iakovos nunca nos olvidó en sus oraciones y cuando se atrasaba en escribir una carta, escribía: “Hace tiempo que no te escribo, no porque no quisiera, sino por la salud de mi corazón, porque estaba en los hospitales”. Una vez, al regresar al Monasterio de San David, tras la divina Liturgia, salió al Santo Altar y me dijo: «Nunca, hija mía, te olvido en mis oraciones. Desde el hospital donde me encontraba, enviaba telegramas, es decir, oraciones a Dios por ti».

Yo le agradecí mucho su apoyo y ayuda espiritual. Y me escribió: “Te agradezco tus oraciones y tus amables palabras hacia mi humilde persona; que el santo David te recompense con una santa recompensa aquí, te conceda salud, fuerza y ​​paciencia, y en el cielo bienes eternos”.

También rogó al santo David, diciendo: «Que el santo David sea vuestro ayudador y protector. Unge a tu hija con óleo y con el agua bendecida de nuestros santos; hazlo con regularidad, ¡y la prueba pasará con la ayuda de Dios!”.

Como ya mencioné, iba a menudo al Monasterio de San David. Como el transporte era difícil y tenía prisa por regresar, preguntaba a varias personas desconocidas si podían llevarme en su coche al lago Eubea o hasta Calcis. Antes de subirme a un coche con desconocidos, le preguntaba al p. Iakovos si debía ir con ellos. Si el Gérontas me decía que los acompañara sin miedo, iba; de lo contrario, no me subiría a un coche desconocido.

Una vez, al ir al Monasterio, esperaba con ansiedad a que el Gérontas saliera de su celda. Las lágrimas corrían por mis mejillas.


Estaba muy triste. Al verme, me dijo: “Hija mía, espero que estas lágrimas de tristeza algún día se conviertan en lágrimas de alegría”.

Entramos en la capilla de san Jaralambo, donde antes estaba la celda de san David. Allí, el padre Iakovos me aconsejó y me dio palabras de consuelo. Me quitó toda esa carga. Le di las gracias de corazón. Finalmente, para eso fui al Monasterio, en busca de consuelo. Consideraba el Monasterio como si fuera mío, lo amaba como mi hogar.

Cuando el Gérontas “se fue”, mi hija estaba en los primeros grados de primaria. Con la bendición del Gérontas, todo salió según lo previsto. Se graduó de primaria con honores. Fue (como había dicho el anciano) a un instituto normal, cerca de nuestra casa. Desde el primer grado de secundaria, se sentaba en el primer pupitre para ver a los profesores, leerles los labios y entender lo que decían. Su habla era normal (por un milagro del gérontas Iakovos). Se destacó en todas las materias y en primer grado de bachillerato obtuvo una nota muy alta, ¡y tenía que estar sin hablar! Tanto en segundo como en tercer grado, ¡obtuvo notas muy altas en todas las materias! Sus profesores la felicitaron por su desempeño.

Cuando terminó el bachillerato, nos vimos en un dilema: ¿debía continuar en una escuela pública o ir a una privada? Le recé al padre Iakovos para que nos iluminara sobre qué debíamos hacer. Sabía que él nos observaba desde donde estaba. ¡Nos lo había prometido!

Una noche lo vi en sueños y me dijo: "¡Hija mía, no tengas miedo! ¡Así como terminó la primaria, también esto lo terminará!". Así que la enviamos al bachillerato público regular que estaba cerca de casa. Dificultades había, pero todas se superaban. En segundo año de bachillerato, presentó los exámenes panhelénicos (selectividad) en catorce materias. Llegó al tercer año de secundaria, cuando presentó los exámenes panhelénicos. Obtuvo el Título con una calificación excelente. Tomamos el Título y fuimos en taxi al Sagrado Monasterio de San David para agradecer tanto al p. Iakovos como a san David. Fuimos al sepulcro del gérontas Iakovos, donde le dimos las gracias, ¡y la tumba despedía aroma! Luego, tomamos un taxi montaña arriba, donde está la cueva de san David. Allí rezaban san David y el p. Iakovos. El taxi se detuvo en un punto y caminamos hasta la cueva. Mi hija llevaba su Título y entró en la cueva, mientras que el taxista y yo nos quedamos en la entrada. Y entonces sucedió algo que nos impactó, ¡porque el taxista también hizo la señal de la cruz! En el momento en que mi hija entró en la cueva, ¡los iconos del p. Iakovos y de san David comenzaron a moverse de un lado a otro! ¡Era como si la estuvieran saludando! ¡Grande eres, Señor, y maravillosas son tus obras!

Después de que mi hija sobresaliera en los exámenes de selectividad, con el Título que tenía con una nota de "sobresaliente" en todas las materias, ¡ingresó a la Universidad Politécnica! Y aquí hubo dificultades, pero la oración del gérontas Iakovos la acompañaba a todas partes. Todas las dificultades fueron superadas. ¡Mi hija empezó a aprobar un curso tras otro con excelentes calificaciones! ¡Recibía felicitaciones de los profesores! ¡Obtuvo un título de entre los primeros que ingresaron a estudiar! En la Escuela Politécnica, los estudios duran cinco años, ¡mi hija en cinco años y medio obtuvo un título con honores! Muchos de sus compañeros tardaban ocho, nueve y diez años en terminar la Escuela Politécnica, ¡y otros nunca la terminaron! Cabe destacar que en la Escuela Politécnica, en el último año de estudios, la conferencia se imparte ante un comité de tres miembros, compuesto por profesores y público. Cuando mi hija presentó la conferencia, recibió muchas felicitaciones y una calificación máxima de 10. Además, ¡una editorial se interesó en publicar su trabajo científico! También obtuvo un 10 en el trabajo de Diplomatura. Este trabajo científico es de muy alto nivel y se presenta ante un comité de cinco miembros. Profesores y público, que, al igual que la Conferencia, está compuesto por muchos estudiantes, padres y otros científicos. Presentó exámenes en la Cámara Técnica de Grecia y obtuvo la licencia para ejercer su profesión.

Vemos que las predicciones del gérontas Iakovos sobre sus estudios se han cumplido. Sin faltar un solo día, mi hija asistió a la escuela primaria, secundaria yuniversidad, a unas escuelas normales (no especiales), estudió en la mejor escuela y ¡obtuvo su diploma con honores! ¡Logró cosas que otros niños con audición no han logrado!

Le ruego al padre Iakovos, desde donde está ahora, escuchándome y velando por nosotros, que termine este milagro que ha comenzado. Ha sido “desatada” la lengua de mi hija y habla bien; ahora espero que también recupere la audición. ¡El Gérontas dijo que se pasaría esta prueba y que se recuperaría!

Agradezco desde el fondo de mi corazón a nuestro gran benefactor, el padre Iakovos. Creo que es uno de los grandes santos de nuestro siglo. El Gérontas resuelve problemas difíciles, porque recibió gran Gracia de Dios.»



3.39. "¿No ves al santo David?"

Testimonio de la sra. María Foukas-Roumbanis: «Una vez, cuando fui al Monasterio, allí afuera, en el patio, estaba el p. Iakovos, y le dije: "P. Iakovos, por favor, ¿puede rezar por la familia de mi hermano? A mi cuñada (la esposa de mi hermano) la han hecho fija en su trabajo y la han asignado lejos y mi hermano lo está pasando mal. Está solo con su hijo. Mi madre también ayuda, pero es mayor. No puede conseguir un traslado para estar más cerca de su casa, de su esposo y de su hijo, porque solo tiene derecho a un traslado después de dos años. Solo lleva un año asignada y no tiene derecho a un traslado. ¿Qué dice usted, Gérontas?" Y el p. Iakovos me dice: “Bueno, hija mía, ¿no ves que está aquí ahora san David junto a nosotros y te dice que no te preocupes, porque tu cuñada tendrá derecho a solicitar un traslado a partir de este año y dentro de un año? San David te dice que tu nuera tendrá derecho desde este año a pedir traslado y en un año se trasladará más cerca de su casa”.

¡Y efectivamente! Después de unos meses, la ley cambió y los funcionarios nombrados por un año también tenían derecho a un traslado. ¡Mi cuñada recibió un traslado y se acercó a su casa! Las palabras del p. Iakovos se confirmaron”.



3.40. Intercede ante el juez

Narración de la sra. María Foukas-Roumbanis: “«En otra ocasión, cuando fui al Sagrado Monasterio de San David (recuerdo que fue después de Pascua), encontré al p. Iakovos afuera, en el patio, detrás del Santuario de la iglesia. Estaba hablando con un señor. Al verme, se puso muy contento. Yo también me alegré de verle y le pregunté qué tal estaba. Me dijo: “Hija mía, hoy ha sido el funeral de la sra. Angeliki”. La sra. Angeliki había adoptado y criado a María, la sobrina del Gérontas, cuando falleció su madre. Además, la sra. Angeliki y su esposo habían tratado al p. Iakovos con gran cariño durante mucho tiempo, razón por la cual él los quería mucho. Y el Gérontas Iakovos continuó: “No pude, hija mía, ir al funeral de la sra. Angeliki, aunque lo deseaba mucho, porque estoy enfermo del corazón y no puedo viajar. Sin embargo, perdóname, fui, hija mía, de forma espiritual”. Un ángel del Señor me llevó y me encontré en un lugar muy hermoso. ¡Había flores preciosas por todas partes! El ángel me dijo que avanzara y no quería pisarlas y estropearlas. Sin embargo, caminé y las flores, pisadas, volvieron a su lugar sin estropearse. Y llegamos, perdóname, hija mía, ante el Juez. El Juez estaba inclinado sobre Biblias. Brillaba e irradiaba. Y le dije:

—¡Cristo ha resucitado! —Lo repetí una segunda vez—. En la tierra decimos "¡Cristo ha resucitado!", —y el Juez se volvió y me dijo—:

— ¡Verdaderamente ha resucitado, p. Iakovos! ¿Qué quieres, hijo mío, para venir aquí?— Y dije:

— He venido a orar por el alma de la sierva Angeliki, que partió hoy—. Y el Juez me señaló a la derecha y me dijo:

— P. Iakovos, no necesita orar, porque la sierva de Dios Angeliki se va de aquí (¡de la derecha!). ¡Se salvó sola!

Cuando años después conocí a María, la sobrina del gérontas Iakovos (el p. Iakovos ya no vivía) y le conté el incidente, le pedí que me describiera cómo era la señora Angeliki, quien la adoptó y crió. Me dijo que era una mujer cristiana, que hacía muchas obras de caridad y observaba fielmente el Evangelio. Una persona de amor y bondad cristiana, ¡y por eso se salvó!

Cuando el p. Iakovos aún vivía, en cierta festividad, estábamos en el comedor con muchos visitantes peregrinos comiendo. Quise mencionar este incidente con la señora Angeliki, pero no lo hice. No me dejó. Me hizo señas para que guardara silencio y no me escuchasen los demás. Un ejemplo de la humildad del gérontas Iakovos. Ocultaba cuidadosamente sus experiencias espirituales para no ser glorificado.


3.41. Leyó su pensamiento

Testimonio de la sra. María Foukas-Roumbanis: «Una vez, cuando iba al Monasterio de San David, una amiga me contó lo siguiente: "Al ir al Monasterio, pensé en comprar algo del lago Eubea. No en comprar café y azúcar, como suele comprar la gente, ni dulces, sino en comprar otra cosa. Así que compré una bolsa de uvas. Pensé que nadie llevaría uvas al Monasterio. Así que, al llegar, fui al comedor a dejar la bolsa con las uvas. En ese momento, el p.Iakovos estaba en el comedor con otros visitantes comiendo. Me sorprendí, porque en el comedor había un montón de uvas que también habían traído otros peregrinos. Entonces pensé en el error que había cometido al comprar uvas. El p. Iakovos leyó este pensamiento mío. Se volvió hacia los demás y dijo: “Algunas personas vienen al Monasterio y traen algo, por ejemplo, ¡uvas! Y se enfadan porque antes que ellos, otros trajeron uvas. Pero necesitamos todas las uvas que traen, porque mucha gente pasa por aquí cada día y las necesitamos para servirles. Nada se desperdicia”.

Así recibió mi amiga la respuesta del Gérontas: estaba injustamente preocupada. Lo curioso es que mi amiga mantuvo cerrada la bolsa de uvas. No la abrió y nadie supo su contenido. Solo el p. Iakovos, con su carisma, vio el contenido y leyó los pensamientos de mi amiga.


3.42. Todo lo veía

Testimonio de la Sra. Maria Fouka-Roubanis: «Una señora tenía un niño pequeño al que le gustaba cantar constantemente la palabra «aleluya». Cuando fue al Sagrado Monasterio de San David y el p. Iakovos la vio por primera vez, le dijo: «¿Qué hace tu hijito? ¡Qué bonito canta “aleluya, aleluya”! La señora se sorprendió ante el carisma del Gérontas, que todo lo veía.»


3.43. Resolvió su dilema

Testimonio de la Sra. Maria Fouka-Roubanis: «Un conocido fue al Sagrado Monasterio de San David para buscar al p. Iakovos y hacerle una pregunta. Este caballero se graduó de la Facultad de Derecho y tuvo éxito en su profesión. Sin embargo, tenía un sentimiento reprimido. Consideraba que su elección de profesión fue un error, pues creía que ser filólogo le convenía más. Pensaba en el éxito que tendría como profesor de filología. Le gustaba mucho enseñar griego moderno. Así que fue a ver al p. Iakovos y le preguntó: “Padre Iakovos, me gusta mucho la filología. Desafortunadamente, no pensé en cursar filología ni siquiera cuando estaba haciendo los exámenes de la universidad, pero incluso después de graduarme no pude entrar a estudiar filología. ¿Fue la voluntad de Dios que fuera a la Facultad de Derecho o tomé la decisión equivocada?» ¿Fue la voluntad de Dios o mi culpa?». Y el p. Iakovos respondió: «Ni tú, hijo mío, ni tu hermana, estábais a favor (de la Escuela de Filosofía)». Este caballero, al alejarse del gérontas Iakovos, se preguntó: «Bueno, ¿qué quiso decir el gérontas? No debería haber ido a esta escuela (Dios no lo permitió, tiene sus razones), pero ¿por qué el gérontas mencionó a mi hermana?.

Y después de pensarlo un poco, comprendió el gran carisma del gérontas. Recordó que su hermana se había graduado de dos escuelas universitarias. La segunda escuela de la que se graduó fue la de Filosofía. Aunque también quería enseñar como filóloga, Dios le “bloqueó el camino” y trabajó con el primer título que había recibido, es decir, como teóloga. Es un milagro que el padre Iakovos, con su carisma, vio que su hermana también se había graduado de la Facultad de Filosofía. Sin que nadie se lo dijera, conocía el deseo común de los dos hermanos de enseñar filología, pero el Espíritu Santo le informó que no estaban hechos para esa facultad. ¡Dios tenía sus razones para no permitirlo! Este señor me contó más tarde que su hermana dio gracias a Dios, porque a través de la teología llegó a conocer y amar a Dios profundamente y ayudó tanto a las almas de sus estudiantes como a la suya propia. Dios sabe lo que hace. Dios ve a lo lejos y se preocupa más por la salvación de las almas de los hombres.


3.44. «Oyó una voz del cielo»

Testimonio de la sra. Maria Foukas-Roubanis: «Una vez, cuando fui a San David y me encontré en la tonsura de un monje, un pariente me contó que dos o tres días antes de la tonsura, el p. Iakovos oró fervientemente a Dios para que le diera «la información» sobre el nombre que debía darle al monje. Y entonces, durante la hora de oración en su celda, escuchó una voz del cielo que le indicaba el nombre específico que debía darle».


3.45. Ayuda a un nuevo monje

Testimonio de la sra. Maria Foukas-Roumbanis: «En otra ocasión, cuando fui a Saν David, encontré al Gérontas en la cocina. Me dio la bienvenida y me dijo: “Mis padres eran muy queridos. Eran una familia bendecida. Estuvieron juntos hasta que nacieron sus hijos y luego vivían como hermanos. Se respetaban mutuamente; había mucho amor y respeto. E incluso junto a la chimenea, donde se sentaban, cada uno sabía dónde sentarse. Los niños nunca se sentaban en el lugar de los padres. Tenían una gran fe en Dios, por eso no estaban tristes. La peor enfermedad del mundo, hija mía, es la preocupación”. Mientras el Gérontas me contaba esto, entró un novicio muy triste y alterado. El gérontas Iakovos mencionó la guerra que el novicio estaba sufriendo por parte un pariente suyo, pues esa noche, en Vísperas, se convertiría en monje y su pariente lo atormentaba. Le llamaba constantemente y le decía que no cambiara su nombre.

El p. Iakovos me describió toda la situación y la guerra con detalle. ¡Como si estuviera en casa de los padres del novicio! El Gérontas estaba tranquilo y oraba por el novicio. Finalmente, por la noche, se realizó su tonsura y el cambio de nombre. La guerra del tentador cesó y todo salió como se esperaba.»


3.45. Le protegió de la magia

Testimonio de la sra. María Fouka-Roumbani: «Cuando iba al Monasterio de San David, a menudo me encontraba con una señora que pedía ayuda al p. Iakovos. Un pariente suyo recurrió a la magia para perjudicar a su familia. El p. Iakovos rezó mucho y le dijo que no tuviera miedo, porque san David protege su hogar y aleja a los demonios que la otra mujer enviaba para hacerle daño».


3.46. Un niñito, fruto de las oraciones

Testimonio de la sra. María Fouka-Roumbani: «Nuestra hija iba bien en la escuela. Sin embargo, estaba triste por no tener compañía en casa. Nos pidió que le diéramos un hermanito. Le escribí al padre Iakovos diciéndole que deseaba mucho tener un fuerte niño. En la familia de mi esposo solo había niñas y ningún niño; y él me respondió: “Sobre el tema de la maternidad, lo que me escribes es justo y sagrado, porque Dios dijo que la gente debe crecer y multiplicarse; este es el mandato de Dios. En cuanto a un niño o una niña, es la voluntad de Dios. Tienes fe en el Rey Celestial Jesucristo, y Él dispondrá lo que pidas. Sabías que tu hija también necesita compañía, organizadlo como esposos y Dios te ayudará”.

Y efectivamente, gracias a las oraciones del gérontas, en poco tiempo quedé embarazada. Esperaba con alegría la llegada de nuestro segundo hijo a la familia. El padre Iakovos me escribió: “Ten cuidado ahora en tu embarazo, con las preocupaciones, el cansancio, etc. Reza, hija mía, y todo se arreglará. Me alegra mucho que lo estés pasando bien con tu esposo, demuéstrale todo el amor y la bondad que puedas, y que sepas que donde hay amor, está Dios. Ten fe en Dios, oración y paciencia; las preocupaciones y la amargura nunca han faltado en el mundo, pero digamos "bendito sea el Nombre del Señor".

Nuestro segundo hijo fue un niño. Mientras esperaba dar a luz más tarde, me asaltaron los dolores de parto al amanecer de la festividad de san David. Cuando sonaban las campanas de la festividad de san David, estaba dando a luz a nuestro segundo hijo.

El padre Iakovos me había escrito: “Noche y día, le ruego a san David por todas ustedes; hasta hoy les está ayudando, y también para que puedan tener a su pequeño. Le he estado rogando día y noche, y que Dios sea glorificado para que te conceda salud y bendición.”

El niño era hermoso. Fuimos a bautizarlo al Monasterio de San David. El padre Iakovos también estuvo presente en el bautizo de nuestro hijo, a pesar de estar enfermo (acababa de salir del hospital hacía un par de días, donde estaba recibiendo tratamiento). También leyó el Evangelio durante el Bautismo. Al final del Bautismo, me dijo: “Has visto, hijo mío, que san David ayudó a este niño a nacer el día de su fiesta, ¡para que comprendieras que era su regalo! Yo, hijo mío, porque me habías dicho que deseabas mucho tener un niño, me presenté ante el icono de san David y le supliqué por ti, diciéndole: «San David mío, he venido a rogarte que concedas un hijo, pero que sea un niño». ¡Has visto, hija mía, que san David te concedió lo que le pediste!»


3.48. La salvó de una muerte segura

Testimonio de la sra. María Foukas-Roumbanis: “Una pariente mía enfermó gravemente. Tenía un grave problema de hígado. Los médicos no le daban ninguna esperanza de vida. Tenía cinco hijos. El menor tenía entre un año y medio y dos años. Había perdido a su marido hacía tiempo. Fui al hospital y la vi. Estaba pálida, hinchada. Parecía tener el color de la muerte. Le dieron solo dos o tres días de vida.

Inmediatamente envié una carta al p. Iakovos por medio de un conocido mío, rogándole que orase por que se le ampliara la vida. Cinco hijos, huérfanos de padre, ahora también perderían a su madre.

Regresé al hospital y le dije a mi pariente enferma: “No te preocupes, a partir de hoy, un santo gérontas, el p. Iakovos, se ha hecho cargo de tu salud. ¡Estoy segura de que te curará!».

En efecto, un día el p. Iakovos recibió mi carta y, ¡oh, milagro! Al día siguiente, mi pariente empezó a mejorar. ¡A los pocos días le dieron el alta del hospital! Los médicos dijeron que era un milagro impactante, humanamente inexplicable.

Esta señora sigue viva hoy. Han pasado 23 o 24 años. Ha recuperado a todos sus hijos y siempre está agradecida a este santo gérontas, el padre Iakovos, quien la salvó de una muerte segura."


3.49. Le salvó de un matrimonio fallido

Testimonio de la sra. María Foukas-Roumbanis: «Conocí a un caballero con su familia en el Monasterio y nos contó lo siguiente: “De joven, conoció a una joven que, en su opinión, reunía los requisitos para casarse con ella. Fue a preguntarle al p. Iakovos. El gérontas negó con la cabeza, sin explicar por qué. El joven insistió. Fue una segunda y una tercera vez. Sin embargo, el gérontas mantuvo la misma actitud negativa.

El joven obedeció al p. Iakovos. No volvió a pensar en ese caso. Después de un tiempo, conoció a otra joven y fue de nuevo a ver al p. Iakovos. Esta vez, sin embargo, el gérontas sonrió. Estaba muy contento y le dio su bendición para que se casara. Y así sucedió, este joven se casó con ella y tuvo un matrimonio muy feliz. También tuvo unos hijos encantadores. Pasaron muchos años y un día, este caballero, abriendo un periódico cualquiera, vio a la joven con la que años atrás le había pedido al p. Iakovos que se casara. Se quedó pasmado. Esta joven se había involucrado en la magia y las drogas, y había terminado en prisión.

Entonces comprendió por qué el gérontas Iakovos tenía una actitud negativa en ese momento. ¡El gérontas era previsor! Le dio las gracias desde el fondo de su corazón. Desafortunadamente, el gérontas no vivía ya para ir a agradecerle en persona. Sin embargo, fue a su tumba, lloró y le agradeció por haberlo salvado de un matrimonio fallido."


3.50. Paralítico fue curado

Testimonio de la Sra. María Foukas-Roumbanis: “Una señora me contó que su hijo de repente empezó a quedarse paralizado. No podía levantarse de la cama. Ni siquiera podía vestirse. No sentía las piernas ni los brazos. Temía que su hijo tuviera esclerosis múltiple. Junto con otras personas, tomó a su hijo y lo llevó al Sagrado Monasterio de San David. Le rogó al gérontas Iakovos que ayudara a su hijo. El gérontas le dijo que no se preocupara y que su hijo se sanaría. Le leyó oraciones, lo bendijo con la Cruz y el niño se sanó. ¡Salió del Monasterio en perfecto estado de salud!



3.51. Veía las almas de las personas

iEl Gérontas leía y conocía las almas de las personas gracias a sus carismas que tenía! Cuando una niña y su madre se acercaron al gérontas Iakovos, éste se volvió hacia la niña y le dijo: "¡Hija mía, deseo que recibas los carismas de tu madre!".

Un caballero se acercó al gérontas Iakovos y le preguntó sobre un asunto que lo preocupaba, y el Gérontas le preguntó de dónde era. Cuando este caballero le dijo de dónde venía, el Gérontas le dijo: "Ahora entiendo quién eres, porque conozco a tu hermana". Y el Gérontas continuó: "¿Entiendes, hijo mío, lo buena persona que es tu hermana?". Y el Gérontas comenzó a hablar tan bien de su hermana que éste se extrañó perdió y, como dijo más tarde, "se puso celoso" en el buen sentido, maravillándose de que el Gérontas conociera tan bien el estado espiritual en que se encontraba su hermana, iy él, a pesar de ser su hermana, no había entendido nada!.


3.52. Revelaciones

Testimonio de una anónima de Ioannina: «En julio de 1991, visitamos el Sagrado Monasterio de San David con nuestros padrinos, con la intención de conocer al Gérontas. Como estábamos a punto de casarnos, le llevamos una invitación a nuestra boda por si quería ir. Entonces nos respondió: “Hijos míos, no puedo ir, porque estoy viejo y enfermo. Sin embargo, enviaré a san David”. Con la certeza de que esto se cumpliría, hizo la señal de la Cruz con nuestros anillos de boda sobre la Sagrada Cabeza de San David y luego ante el icono de San Jaralambo.

Nuestros padrinos se reunieron con él por separado, cada uno para presentarle a su manera sus problemas familiares. El padre Iakovos también reveló por su nombre al responsable de todas sus dificultades. También describió con detalle los incidentes que seguirían en los meses siguientes. Preparó a mi madrina para las tentaciones que enfrentaría en su nuevo lugar de residencia, debido al traslado de su esposo. Nuestro padrino no nos contó nada de lo que habló con el Gérontas. Sin embargo, notamos que tras la visita al Monasterio y su conversación con el p. Iakovos, su mente empezó a aclararse, a buscar confesarse y a pensar y actuar con mayor racionalidad.

Durante una visita anterior de mi esposo al Monasterio, el p. Iakovos le reveló un milagro que san David había realizado sobre un niño. Específicamente, este joven había sufrido daños en sus genitales debido a energía demoníaca y, por esta razón, evitaba el matrimonio. Acudió tristemente al Gérontas, quien lo bendijo con la Cruz muchas veces hasta que sanó por completo. Durante la misma visita, el p. Iakovos le aseguró a mi esposo que iría volando por las noches a la cueva de san David y que allí el santo lo visitaría con una gran luz. Toda la cueva estaría iluminada como si fuera de día, mientras que él sería inundado de abundante Gracia».


3.53. Recuerdos de un joven

El sr. Isidoros Garyfallakis, originario de la aldea de Paleochori, en Eubea del Norte, y residente en Estados Unidos, relató: «De pequeño, ayudaba al padre Iakovos en el Santuario. Él venía a oficiar en nuestra aldea y en las aldeas de los alrededores. Me impresionaba su extrema discreción. Cuando tenía que ponerse o quitarse las vestimentas, nos decía que nos diésemos la vuelta para no verlo.

A mí me había hecho la señal de la Cruz sobre el corazón, porque me habían operado, y desde entonces no he tenido el más mínimo problema.


3.54. “Abuelo, corre”

Testimonio de la presbitera (esposa del sacerdote) María Ioannou Hadjithanasis: «Estaba embarazada de nuestro noveno hijo al final del octavo mes, cuando subimos al Monasterio para confesarnos y recibir la bendición del élder Iakovos. Últimamente, una intensa tentación de cobardía ante el parto se había apoderado de mi alma. Le revelé mi tentación, y él, sin intentar cambiar mi forma de pensar con advertencias, solo dijo dos palabras, pero con tal audacia que se me quedaron grabadas y, con la Gracia que en él fluía abundantemente, hicieron desaparecer por completo la tentación. «Mi presbitera, no te preocupes; en cuanto empiecen los primeros dolores, me llamarás e iré a ver al abuelo (a san David) y le diré: «Abuelo, el la presbitera está cansada, no te sientes ahí, corre, pon las dos manos (e hizo el movimiento correspondiente al mismo tiempo) y saca al bebé”. Me fui volando. Llegó la hora del parto. Comenzaron los síntomas del alumbramiento. Avisé al Gérontas y fui a la maternidad. Al poco tiempo sentí un dolor más intenso, se me llenaron los ojos de lágrimas y me quejé mentalmente al Gérontas, diciéndole que no se olvidara de mí, porque me lo había prometido. Y el milagro de Dios, con la oración del padre Iakovos y con las manos de san David, se realizó el parto en mí, la indigna, aunque mostré poca fe e impaciencia. De hecho, tuve la sensación de que, de forma completamente inesperada (y para el propio médico), unas manos sacaron a mi bebé. Cuando pasaron los cuarenta días y fuimos a que nos leyeran la oración de los cuarenta días, sus primeras palabras fueron: "¿No vino el abuelo, no le puso las dos manos encima, mi presbitera?".


3.55. Humildad hacia todos

Testimonio de la presbitera María Ioannou Hadjithanasis: «Su humildad era tan grande que el “me perdonen”, que solía decir con tanta frecuencia, no era una expresión de cortesía (a pesar de ser noble y muy educado), sino que se consideraba inferior a todos y solía decir: “Yo soy inculto, y aquí vienen personas cultas, jueces del Areópago... ¿Qué puedo decirles yo?».

Tenía un inmenso respeto por las familias numerosas y a menudo nos decía que él no hacía nada comparado con nosotros, que teníamos tantas fatigas y tantas obligaciones, tanto familiares como parroquiales. Nosotros nos avergonzábamos, pues conocíamos nuestra insignificancia y su santidad, pero su humildad era tan grande que sentíamos que sus palabras no tenían rastro de adulación, quizá ni siquiera un intento de fortalecernos en nuestra lucha, sino que simplemente palabras de amor sincero y de humildad cristiana.


3.56. "Yo así le hablo al abuelo"

Testimonio de la presbitera María Ioannou Hadjithanasis: "Estaba muy preocupado porque teníamos ocho hijos en ese momento y no teníamos casa propia. Cada vez que íbamos a confesarnos, nos preguntaba: "¿Qué pasó? ¿Tenemos casa propia?". "No, Gérontas", respondíamos nosotros. "Sin embargo, el casero es un muy buen amigo y no nos molesta en absoluto". Pero la siguiente vez volvía a preguntar: "¿Pasó algo con la casa?". Pasaron algunos años y nuestro casero se vio obligado a venderla, y más tarde el segundo propietario se vio obligado a venderla de nuevo. Nos preguntó si podíamos y queríamos comprarla. Nosotros ya habíamos perdido la confianza en nosotros mismos que antes sentíamos, y, por supuesto, ahora deseábamos mucho lograrlo, pero humanamente era imposible, porque llegábamos a fin de mes con increíbles dificultades, y algo que nuestros padres nos habían dejado no podíamos venderlo, a pesar de nuestros esfuerzos. Cuando se lo comentamos al Gérontas, le dijo al p. Ioannis (mi esposo): “Padre mío, itú llevas sirviendo tantos años en Santa Paraskeví! Vete a su icono y dile: «Santa mía, te he servido durante tantos años. ¿No puedes poner una teja sobre las cabezas de mis hijos?». Yo, mis hijos, hago lo mismo con el abuelo. Voy a su icono y le hablo, como te hablo ahora, y le digo que salga del icono y que administre el Monasterio. ¿Qué pensáis? ¿que yo administro el Monasterio? Él lo administra”. El Padre Ioannis, obedeciendo, le dijo a la santa exactamente lo que le había dicho el Gérontas, y la santa escuchó la oración del Gérontas y en exactamente una semana se vendió todo lo que teníamos, para lo cual no habíamos encontrado comprador en tantos años. También pedimos un préstamo, que finalmente un cristiano quiso devolvernos cada mes, y adquirimos nuestra propia casa, claramente con el poder de Dios, quien envía abundantemente Su Gracia a los Santos de todos de cada época».




3.57. Respeto por la tradición

Testimonio de la presbitera María Ioannou Hadjithanasis: «El p. Ioannis, desde que se hizo sacerdote, solía decir las catequesis en voz alta. Sin embargo, veía que muchos sacerdotes no hacían lo mismo, incluso el Gérontas en el Monasterio. Él insistía, porque le parecía que era lo correcto. Sin embargo, después de un tiempo, empezó a pensar que quizás insistía por egoísmo y decidió preguntarle al Gérontas y obedecer. Subimos al Monasterio. El Gérontas estaba fuera de la iglesia. Nos dio la bienvenida, y antes de que pudiéramos decirle nada, le dijo al padre Ioannis: «Dilas, las catequesis, Recita los catecúmenos. Nosotros aquí así lo hemos aprendido de los padres. Tú dilas, eso es lo correcto».


3.58. La pureza del Gérontas

Testimonio de la presbitera María Ioannou Hadjithanasis: «Un (padre) Espiritual, que se confesaba con el Gérontas, cuando atravesaba momentos difíciles en su ministerio pastoral, le consultaba, y muchas veces, incluso una sola palabra suya le ayudaba a afrontarlos. Después de la confesión, Gérontas, a veces, con su frase característica «me perdone», levaba aparte al p. Espiritual para preguntarle con sencillez algunas cosas (principalmente palabras) que había oído en la confesión y no había entendido».


3.59. "Vimos una bendición"

Testimonio de la presbitera María Ioannou Hadjithanasis: «Cuando en un momento dado atravesamos dificultades económicas aún mayores, le preguntamos si tenía su bendición para ir a la escuela a trabajar. Sabíamos que él quería que la madre estuviera cerca de los niños, pero su respuesta nos impresionó, y por eso lo cito: "Presbitera mía, en tu casa tienes una clase entera, ¿tienes tiempo para enseñarles?". Cuando le respondí que, por supuesto, no tenía tiempo para hacer lo que quisiera para mis hijos, me dijo con una sonrisa: "Entonces, presbitera mía, ¿cómo podrás enseñarles a los demás niños?". Nos fortaleció recordándonos el versículo "Las aves del cielo ni siembran ni siegan...", y nos fortaleció de tal manera que nunca más volvimos a hablar de este tema. Vimos la bendición de obedecer sus consejos. A través de sus oraciones, los niños aprendieron tanto las benditas privaciones como los benditos milagros que acompañan todo esfuerzo de bendita obediencia».


3.60. "Santo, con gran carisma de clarividencia"

Testimonio de la presbitera María Ioannou Hadjithanasis: «Diez días antes de su dormición, habíamos subido para confesarnos. Nos alegramos de verlo bien, y al salir de la capilla de san Jaralambo, salimos fuera al balcón y le expresamos nuestra alegría por verlo sano. Él, negando con la cabeza, nos dijo que el cristal se había roto. Nos dio un vuelco el corazón, pero intentamos olvidarlo, hasta que los acontecimientos confirmaron sus palabras.

En cuanto el Gérontas durmió, sonó el teléfono en el hospital de nuestro hermano, el padre J., y nuestro nuevo santo Porfirio el Kafsokalyvita, que entonces pasaba sus últimos días en el Monte Athos, estaba al teléfono. Le dijo: “El Gérontas Iakovos ha dormido”. Y añadió: “Sabes, hijo mío, que el Gérontas es santo, y que poseía un carisma tan grande de clarividencia como pocos. Otros ven acontecimientos muy cercanos, él veía muy lejos, pero tenía tanta humildad que lo ocultaba”».


3.61. Lo salvó con su carisma

Testimonio de un p. Espiritual: «Una vez, un joven vino a confesarse, desesperado por un pecado suyo recurrente, y la tentación le llevó al punto de encontrar un arma y querer suicidarse. Intenté durante mucho tiempo persuadirlo con amor y paciencia para que eliminara la tentación de la desesperación, pero fue en vano. Entonces le sugerí que fuera al Monasterio a descansar unos días, si contaba con la bendición del Gérontas, ya que era festivo. Yo no hablé con el Gérontas, el joven subió al Monasterio, se quedó varios días, no habló con nadie de su problema, y ​​llegó el día de su partida. El Gérontas lo acompañó hasta la puerta, le dio una bolsa llena de regalos y, tras bendecirlo, le dijo: “Sabes, no se salvan los que se suicidan”. ¡El joven se quedó pasmado! De hecho, la tentación le había hecho creer que si se suicidaba, se salvaría, porque dejaría de pecar. Regresó descansado y transformado, y entregó el arma».


3.62. Ayuda a los niños

El sacerdote anónimo cuenta: «Mis padres conocieron al santo Gérontas Iakovos Tsalikis cuando yo estaba terminando la escuela primaria. Mis recuerdos son un poco borrosos debido a la edad y, lamentablemente, a mi descuido espiritual.

El recuerdo que siempre tuve del santo Gérontas fue el de un hombre con un amor genuino y una sonrisa característica, dolida y respetuosa, que demostraba su disposición a consolar y proteger por todos los medios a quienes se cruzaban en su camino.

Era un hecho entre las conversaciones de los padres, que el Gérontas era un santo, aunque ni siquiera entonces profundizábamos con los niños en qué significaba esto.

Incluso a nosotros, que éramos pequeños, el Gérontas intercalaba en sus discursos frases cortas como «me perdonen» y «mi buen hijo», que demostraban el respeto que su alma sensible sentía por cada ser humano. Recuerdo que nos decía (así como a todos los niños que visitaban el Monasterio, según supimos) y volvía a decir con una sana inquietud, nunca aceptáramos regalos de compañeros ni amigos, ni cigarrillos de nadie que pudiera "invitarnos", sino que confiáramos solo en nuestros padres.

A veces me recalcaba que tuviera cuidado con ciertas cosas, que no cayera en ellas (en lo que respecta a ciertas tentaciones). Después de unos años, me di cuenta de que todo lo que me decía, lo encontraba después ante mí, y si bien, aunque por descuidar algunas, caí en ellas, recuperé la cordura y me libré de las demás. Una vez me dijo que tuviera cuidado de que nadie me incordiara con gestos maliciosos solo por diversión. Como ejemplo, mencionó que, cuando el propio Gérontas estaba en el ejército, una vez que hacían “pasos”, alguien le dio un golpe en la espalda con el cañón de una pistola. El santo no solo se detuvo de inmediato, sino que también perturbó a todo el batallón con sus protestas. Así evitó que tales acciones se repitieran.

Cuando, después de unos años, fui al instituto, por desgracia me encontré con compañeros acostumbrados a esas “bromas”, y con la bendición del Gérontas, tuve la actitud adecuada para evitar tales incidentes.

Una vez, después de que toda la familia se confesara, subimos al coche para volver a casa. Entonces alguien dijo: “Hoy quería decirle algo al Gérontas y me lo dijo por su cuenta antes de que yo dijese nada”. Luego otro dijo: “Y a mí lo mismo”. Y también otras veces, habíamos presenciado este suceso.

Vale la pena mencionar un simpático incidente que muestra el perspicaz carisma del santo Gérontasy su amor por los niños.

Era una época en la que los padres tenían dificultades económicas y, por razones de economía, ya había pasado una época en la que, por razones de economía, evitaban comprarnos dulces (teníamos debilidad por ciertos dulces).

Fuimos a confesarnos con el Gérontas. Yo era el último que quedaba. Al terminar, me dijo que esperara un poco y, aunque nadie le había contado sobre "nuestras penas de infancia", me dio cinco mil dracmas y me dijo: "Dale esto a tus padres para que te compren dulces". Al oír esto, los padres se miraron sorprendidos...

Otro incidente ocurrió con mi hermano. Al terminar la primaria, estaba considerando la posibilidad de ir a la Escuela del M.Atos (Athoniada) para la secundaria y el bachillerato, y sus padres también estaban considerando la posibilidad del monacato, por si acaso sentía esa inclinación. Regresaron con su padre y preguntaron a varios clérigos su opinión, y las opiniones variaban. Cuando fueron a ver al Gérontas, éste los disuadió diciéndole que se quedara en casa, añadiendo: “Y también le encontraremos una buena chica para casarlo”. Mi hermano ahora tiene una familia muy numerosa tras casarse con una chica que visitaba el Monasterio con frecuencia desde niña, y tenían como padre espiritual (su familia) al p. Iakovos.

Puedo decir con certeza que todo lo bueno que me sucedió en la vida se debió a la presencia del santo Gérontas Iakovos.

En primer lugar, sus oraciones, sin las cuales probablemente me habría extraviado.

En segundo lugar, su recuerdo fue decisivo en mi vida, porque, cuando, en la difícil edad de la adolescencia, comenzaron las preguntas y las búsquedas, “corrí” a san David, donde encontré al sucesor espiritual del Gérontas, el p. Cirilo, quien me ayudó a poner en orden mis asuntos espirituales y me salvó de muchos sufrimientos. Finalmente, si miro hacia atrás en mi vida, para recordar cuándo surgió en mí el primer deseo de ser sacerdote, encontraré la figura del santo padre (Iakovos), como modelo de ofrenda y amor, quien siempre confortaba a todos y derramaba a su alrededor alegría y fuerza para afrontar cualquier dificultad de la vida.


Lo único que me entristece en relación con el santo Gérontas es el temor de no haber aprovechado al máximo las oportunidades que Dios me dio a través de él, y por esto les pido que oren».


3.63. Consuela a una mujer de luto afligida.

Testimonio del p. Nikolaos Stathis: «Conocí al bienaventurado gérontas Iakovos en circunstancias difíciles, cuando en abril de 1988 mi hermano Lambros, de 28 años, casado y con dos hijos pequeños, que trabajaba como profesor en Calcis, enfermó gravemente. Falleció trece meses después, en mayo de 1989. Nuestro entonces p. Espiritual, el p. Pablos Ioannou, ahora Metropolitano de Siatistis, nos llevó al Gérontas al Sagrado Monasterio de San David.

Durante su difícil enfermedad, lo apoyó y consoló de un modo excelente. Se alegraba con los que se alegraban y lloraba con los que lloraban. Cuando mi hermano falleció, celebramos uno de sus servicios conmemorativos en el Monasterio de San David. Tras la Divina Liturgia, cuando mi madre fue a recibir su bendición, él le dijo: “Hoy, vi a Lambros en el momento en que conmemoraba los nombres de los difuntos en la Proscomidia; está bien, no estés tan triste”. Ese rostro alegre y lleno de puro amor, sus ojos que abrazaban a cada persona y la imponencia de su voz, nos reconfortaron a todos durante esos difíciles primeros meses de la defunción de Lambros.


3.63. Revelaciones litúrgicas y consejos

Testimonio del p. Nikolaos Stathis: “Durante una de mis visitas, le expresé tímidamente mis ideas sobre si debía considerar el sacerdocio, ya que no poseo las cualificaciones esenciales ni formales y tengo dudas. Me dijo que no me preocupara por esto, sino que me cuidara de no ser avaricioso y humilde. Al marcharse, se despidió de nosotros y me dijo que la próxima vez que fuera al Monasterio, oficiaríamos juntos.

En julio de 1990, por la Gracia de Dios, fui ordenado diácono y en junio de 1991 fui al Sagrado Monasterio como diácono. En cuanto lo encontré, me apresuré a besarle la mano y recibir su bendición. Sin embargo, él insistió en besarme también la mano. Honraba especialmente a todos los clérigos que llegaban al Monasterio. Para todos tenía unas buenas palabras y a todos les decía: "San David, padre, se alegró mucho hoy de que vinieras de lejos y oficiases en su Monasterio. Vuelve a visitarnos, padre".

Al final de las Vísperas —al día siguiente era la fiesta de Pentecostés—, se me acercó, me acarició la cabeza y me dijo: «Diácono, me perdone, no se corte el pelo ni la barba; el clérigo es así sagrado, como Melquisedec».

El otro día —el último Pentecostés de su vida terrenal—, con su bendición, participé en la divina Liturgia como diácono. Una experiencia bendita que guardo profundamente grabada en mi alma. La grandeza espiritual del padre Iakovos se manifestaba principalmente en la divina Liturgia. La divina Liturgia era para él una experiencia conmovedora. Cuando el padre Iakovos oficiaba, era verdaderamente un ángel terrenal y se podía sentir que este hombre no era humano, sino un ser celestial, que había venido a la tierra para celebrar esta divina Liturgia. Su apariencia física contribuyó mucho. La divina Liturgia se celebró con gran atención.

Él se puso lejos del Santo Altar, y yo, como diácono, me situé a su derecha. En un momento dado me dijo: «Cuando seas sacerdote, colócate a un metro del Santo Altar». Era evidente que vivía el misterio de la divina Eucaristía. No te cabía la menor duda de que en ese momento estaban presentes Cristo, los Ángeles, los Santos, toda la Iglesia.

Eran los últimos días de su vida terrenal; su corazón desfallecía, pero veías un rostro alegre... una alegría celestial, luz de triunfo, paz... Su rostro era un espejo del paraíso. En su rostro, Dios se revelaba y glorificaba.

En las Vísperas de Pentecostés leyó la primera oración de la genuflexión con una recitación que estabas seguro de que venía del cielo.

Después de terminada la divina Liturgia y las Vísperas y el diácono tomaba lo remanente de los Santos Dones, me esperaba en la silla del Santo Altar. Se levantó para ir al salón de invitados, diciéndome de una manera muy natural: “Diácono, si usted pudiera ver lo que estaba sucediendo aquí dentro del Sagrado Altar con Ángeles y Santos, ¡qué felicidad tenemos los clérigos! Con la frase final de “Por las oraciones de nuestros Santos Padres…”. Dicho esto, se marcharon con oraciones. En cada Liturgia desde entonces, como sacerdote, leyendo la oración de la Entrada: “Maestro, Señor Dios nuestro… haz que con nuestra entrada haya una entrada de Santos Ángeles sirviendo con nosotros y con nosotros glorificando tu bondad”, recuerdo al bienaventurado Gérontas, quien estaba repleto de Gracia divina. Vivía, respiraba, hablaba con el Santo, estando acompañado por Ángeles, glorificando juntos al Dios Trino, los santos lo nombraron consejero y, con contricción estaba junto a ellos.

Dios me hizo digno de participar en el funeral (Oficio de despedida). Fue un evento conmovedor. En esas horas pensé que el p. Iakovos había difundido amor generosamente entre la gente y que estas personas, que habían sido beneficiadas por él, le correspondían en ese momento con ese amor. Cada peregrino cerca del p.Iakovos se llevaba un sabor del paraíso”.


3.65. Consuela y revela

Testimonio del Gérontas Eufrosino del Monte Athos: “Fuimos en 1986, creo que a principios de junio o mayo (no recuerdo exactamente), a reunirnos con el santo Gérontas Iakovos Tsalikis para que nos consolase y nos dijera qué debíamos hacer, pues estábamos sufriendo muchas tentaciones en nuestro Monasterio por parte del Obispo. Llegamos por la tarde. Había uno o dos peregrinos en el Monasterio y los padres nos recibieron con gran cariño. Celebramos Vísperas y luego pasamos al comedor. El p. Iakovos vestía ropa muy limpia y planchada, como si tuviese intención de ir a algún sitio, pero más tarde supimos que esa era su vestimenta habitual. Su aspecto era céreo, su voz algo atronadora, pero hablaba con mucha dulzura, diciendo a menudo "me perdonen".

En la mesa a él le pusieron unas judías verdes y nada más; a nosotros y a los demás padres, pollo con judías verdes. Los padres del Monasterio también nos hablaron de su Obispo; ellos también

tenían algunos problemas. El p. Iakovos no dijo nada sobre este este tema. Solo nos hablaba de cosas espirituales, de tener amor entre nosotros, humildad, y nos habló de los milagros de San David, el fundador de su Monasterio.

Nos dijo que esta discordia en nuestro Monasterio se debe al odio y a la envidia del diablo. Algo de lo que quizás nosotros no nos dimos cuenta. Hablaba con discreción, para no herir a nadie. Incluso nos contó que vio al diablo con sus propios ojos y el Gérontas Iákovos le preguntó adónde iba. Él respondió: “Voy a tal y tal Monasterio de mujeres. Lo voltearé todo”. Más tarde supimos que este Monasterio pasó por una prueba interna y que varias monjas se marcharon. Nos lo contó, según entendí, queriendo informarnos que nosotros también habíamos experimentado algo similar a lo que estas hermanas.

Nos habló individualmente a cada uno de nosotros en su celda. Nos habló de la obediencia y sus palabras nos consolaron».


3.66. Ayuda para un candidato a sacerdote

Testimonio del P. Lambros Fotopoulos: «El p. Iakovos se hizo cargo de mi alma pecadora como p. Espiritual durante un período de desesperación y profunda melancolía. Esto se debía a que había reprimido en mi interior la voz de Dios, que desde mi adolescencia me llamaba al sacerdocio. El resultado fue melancolía, miedos, pensamientos, agitación, hiperactividad, decepción, etc. Todas estas disfunciones psicológicas se debían a la represión mencionada, pero en aquel momento no lo entendía. Pensaba que el problema residía en otra parte. Cuando fui a confesarme por primera vez con el p. Iakovos, él comprendió y me preguntó si pensaba convertirme en una «persona consagrada». La pregunta me pareció de broma y le respondí negativamente. Durante los ocho años que iba a confesarme, el Gérontas no volvió a preguntarme al respecto.» El 9 de noviembre de 1991, festividad de san Nectario, me invadió un intenso deseo interior de convertirme en clérigo. Y así lo decidí, pero no se lo dije a nadie. Uno de mis hijos de aquel entonces me presionaba intensamente durante una semana para que fuera a san David. El sábado 16 de noviembre, tras muchas dificultades, partimos hacia el Monasterio. El Gérontas me esperaba. Me llevó al Santuario de la Iglesia, me bendijo y me abrazó por primera (y última) vez y luego me explicó con detalle “cómo hemos de ser nosotros los sacerdotes (!)”, sin decirle yo nada. Tenía la boca extrañamente cerrada. Quería preguntarle cómo entendía que había decidido hacerme clérigo. Pensé en preguntarle la próxima vez. Pero después de cinco días, el Gérontas partió hacia el Cielo.

Cuando más tarde, a mi nuevo p. Espiritual, le expresé mis pensamientos sobre el sacerdocio y decidimos rezar durante 15 días. Entonces empezaron a abandonarme, como humo, toda la melancolía, la opresión, la angustia psicológica, etc. Volví a sentirme como si tuviese 18 años. Entonces comprendí que el gérontas Iakovos, como excelente médico, había acertado en el diagnóstico y, con su santa oración, también había logrado mi curación milagrosa».


3.67. Excelente p. Espiritual

Testimonio del p. Lambros Fotopoulos: «El Gérontas era un excelente padre Espiritual. Tenía un amor inmenso que te hacía pensar que si una persona como él puede amarte de forma tan desinteresada y perfecta, entonces, de alguna manera, pero infinitamente, Dios también debe amarnos. De esta manera, cada confesor tenía ante sí una imagen del Dios invisible.

Su amor, sin embargo, no conducíía a la relajación moral ni a la amnistía de nuestros pecados, pues el Gérontas observaba con toda precisión los Santos Cánones, sin cesar. Lo hacía de dos maneras: preventiva y represivamente. Cuando veía que el alma de un cristiano se sentía atraída por alguna pasión, le advertía inmediatamente del peligro de la corrección, si sobrevenía una caída. Así, con temor, lo contenía. Si volvía a caer en una pasión que tenía una corrección, el Gérontas, con toda la dulzura que le distinguía, imponía la regla terapéutica: abstinencia de la Sagrada Comunión, oración diaria a la Virgen María, ayuno, etc. La actitud del Gérontas era tal que animaba al que se confesaba a luchar, para no amargar de nuevo a su p. Espiritual. Tanto sufría su p. Espiritual con él. Si, de nuevo, el confesoado, antes de completar su Canon (norma, regla=), acudía al Gérontas para confesarse o decirle algo, este le preguntaba —supuestamente sin acordarse— cuándo había comulgado por última vez y por qué. En cuanto veía que había arrepentimiento, cortaba su canon y le permitía comulgar de inmediato. «Ve a comulgar y ten cuidado», le decía.

«Comprendí claramente qué gran sanador de almas que era el p. Iakovos cuando visité a san Porfirio el Kavsokalyvita. Me había confesado con el padre Iakovos hacía unos días. De repente, el santo Porfirio me preguntó, sin que yo se lo hubiera dicho: "¿Dónde te has confesado?". Le respondí: "Con el padre Iakovos". Me dijo con tono significativo: "Ya veo, estás limpio". Entonces, por primera vez, comprendí lo que significa confesarse con un p. Espiritual santo. Te purifica profundamente».


3.68. Diagnóstico mejor que el de las máquinas

Testimonio del p. Lambros Fotopoulos: “Mi mujer, y ahora presbítera, le contó al Gérontas su dificultad: con el trabajo y los seis hijos, estaba muy cansada y no aguantaba tener más. Entonces el Gérontas respondió que le confiaría el asunto a san David. De hecho, desde entonces no han tenido otro hijo, sin tomar ninguna precaución. Pero lo que fue aún más milagroso fue cuando en un momento pensamos que estaba embarazada, y de hecho, deseábamos tener un hijo e incluso llamarlo Iakovos. Hicimos una prueba y dio positivo. Llamamos al p. Iakovos con alegría para anunciárselo. Y el Gérontas, observando desde lejos, simplemente nos respondió: “A veces pensamos que sí, pero no”. En efecto, no hubo otro embarazo.


3.69. Resurrección de muertos

Testimonio del P. Lambros Fotopoulos: «Lo había oído de otros, pero también del propio sr. Emmanuelides, (juez) Areopagita, cuando lo visité por un asunto legal, que el Gérontas, con sus oraciones, lo resucitó tras morir tras una cirugía de corazón en Estados Unidos. Sin embargo, no dio detalles de lo que vio en el otro mundo. Solo lo comentó con el Gérontas, que lo veía todo.

Si bien el Gérontas poseía carismas que hacían que la gente lo viera como Dios en la tierra, los ocultaba con una ingenua “locura”. Esta locura, con su recogida figura, daba la impresión de que se hablaba más con un niño tímido que con un santo moderno, como en realidad era. Cuando necesitaba hablar de sí mismo, decía que era "el estúpido Iákovos", el "perro muerto que contamina el aire".


3.70. "Lo sabía antes de que se lo dijera".

Testimonio del P. Lambros Fotopoulos: "Cuando pasé por una gran tentación, el Gérontas me observaba desde lejos y con sus oraciones me salvó. Cuando fui a confesarme, lo sabía todo antes de que se lo dijera".


3.71 . Previó el peligro.

Testimonio del P. Lambros Fotopoulos: "Saliendo la víspera de Navidad del Sagrado Monasterio de San David, el Gérontas me acompañó a mi coche y me indicó el punto de la carretera, cerca de Prokopis, donde debía tener especial cuidado. De hecho, en ese momento un coche que venía en sentido contrario se me echó encima. Me salvé, y con mi coche prácticamente destrozado, regresé a Atenas sin problemas, con gran alegría por la confesión que le había hecho al Gérontas. Sentí durante días la presencia divina que el Gérontas me había transmitido”.


3.72. Liberó a una con difícil alumbramiento.

Testimonio del P. Lambrou Fotopoulou: «Mi nuera no podía dar a luz durante tres días. Estaba en el Monasterio cuando me avisaron. Cuando estaba cerca del Gérontas, le conté el problema. El Gérontas oró y en ese mismo instante el parto comenzó de inmediato y terminó rápidamente».


3.73. Consulta al Metropolitano

Testimonio del p. Lambrou Fotopoulos: “El Gérontas me dijo, como si me estuviera preguntando, pero en esencia me estaba enseñando: “El Metropolitano me pidió que vendiera las tierras del Monasterio. No lo hice. ¿Son mías para venderlas? Las encontré aquí; no las traje al Monasterio. ¿Cómo puedo hacerlo?”. Sin embargo, esto no impidió que el p. Iakovos honrara y respetara al Metropolitano. Que le diera el honor y el prestigio que le correspondían. De hecho, en asuntos espirituales importantes, no daba las soluciones que, como santo, conocía, sino que buscaba el prestigio del Jerarca. Él mismo me contó una vez un caso similar: un joven homosexual fue al padre Iakovos y se confesó. Al final, le rogó con insistencia al Gérontas que le permitiera comulgar. El Gérontas le dijo que lo pensaría y le respondería en una semana. hasta que el joven regresase, el Gérontas llamó al Metropolitano y le preguntó cómo podía "salvar" a este pecador. El Metropolitano respondió que le permitiera comulgar en Pascua. Entonces el Gérontas le dio la misma respuesta al joven.


3.74. “Recibirás el sacerdocio”

Testimonio de una monja: “Nuestro padre, el p. Georgios Sirivianos (1919-2002), quiso ser sacerdote desde muy joven, pero sus compañeros de aldea, que consideraban el sacerdocio una ocupación de subsistencia, se lo impidieron para que no se redujeran los ingresos de su propio sacerdote. Ni siquiera se le pasó por la cabeza la idea de abandonar el pueblo (Kyperounta, Chipre). Pasaron los años, y a los 70 años (1989), el gérontas Joseph de Vatopedi le sugirió que fuese ordenado para servir como sacerdote en el Monasterio femenino de la Santísima Trinidad en Tebas.


A pesar de su gran deseo por el sacerdocio, debido a su avanzada edad, dudaba de que esta fuera la voluntad de Dios. Su hijo, el p. Mijalis, sugirió entonces que se sometiera a la consideración de los gérontas p. Porfirio y p. Iakovos y que hiciera lo que ellos le sugiriesen. Un día de verano, temprano por la mañana, llegaron adonde el gérontas Porfirio. El patio del Monasterio estaba lleno de gente y autobuses, como si hubiera un festival. Todos esperaban recibir la bendición del gérontas, pero, por desgracia, estaba enfermo y no podía ver a nadie. La gente empezó a marcharse decepcionada, pero el padre Mijail le dijo a su padre que esperara un poco más. Al cabo de un rato, una ancianita, la hermana del Gérontas, buscando “a los sacerdotes de Calcídica”. Como solo vio a un sacerdote (el padre Mijail, que entonces servía como vicario en una parroquia de Calcídica), dijo: «El Gérontas ha dicho que pasen los sacerdotes de Calcídica, que solo recibieran la bendición, sin conversaciones». El padre Mijail entonces acompañó a su padre y el Gérontas les dio su bendición. No estaba bien. Cabe destacar, sin embargo, que no informaron a nadie de su llegada, no los conocía el Gérontas y, debido a la multitud y a su enfermedad, no dieron ninguna señal.

Desde allí fueron a ver al p. Iakovos. Y también él estaba indispuesto y no recibía a nadie, a pesar de que una gran multitud lo esperaba. Le pidieron a un monje subordinado del padre Iakovos que les informaran de si los recibiría. Convencido por su insistencia, informó, y el Gérontas dijo que solo los que venían de Calcídica debían entrar.

El p. Iakovos abrazó al p. Mijail y luego abrazó una y otra vez a mi padre con la misma actitud sacerdotal, diciendo: “Bienvenido, hermano mío, hieromonje. Cristo firmó el sacerdocio por ti hace 40 o 45 años. Cristo dio su firma, no la retira. Recibirás el sacerdocio, pero la guerra del maligno no cesa; él continuará, y cuida de que resistamos a nuestra retirada, que luchemos contra él a diario”.

Con su carisma de clarividencia, vio la historia del problema desde hacía mucho tiempo y dio una respuesta antes de que nuestro padre mencionara nada sobre el asunto que le preocupaba».



3.75. Su gran amor paternal

Testimonio del P. Stavros Trikaliotou: «Conocí al gérontas Iakovos en marzo de 1984, cuando le visitamos junto con otros, como parte de una excursión organizada por la Escuela Teológica, con la inspiración y guía del entonces asistente de la Escuela Teológica, el Sr. Georgios Evthymiou (ahora p. Georgios).

No se necesitaban señales especiales para estar seguro de su santidad. Solo su apariencia y su presencia similar a los Santos Padres te informaban secretamente sobre su santidad. Aunque tenía un p. Espiritual, sentí la necesidad de confesarme con él, como muchos de mis compañeros, y realmente me ayudó a resolver un problema importante en mi vida, que en aquel momento me preocupaba intensamente. Sentí sus consejos como enviados por Dios. Pero sobre todo, sentí su gran amor paternal que me inundaba, dándome fuerza y ​​valor. Todos los estudiantes salíamos espiritualmente renovados. Algunos de ellos ahora son clérigos.

Tanto amaba a este santo hombre de Dios que quise volver a visitarlo después de aproximadamente un mes. Era Semana Santa. Me alojé en el Monasterio de San David desde el Miércoles Santo hasta el Sábado Santo. Tuve la excepcional oportunidad de disfrutar de él como oficiante. Era sencillo y digno, humano y sobrenatural. Las palabras divinas que salían de su boca impregnaron espiritualmente mi existencia.

Le volví a ver por segunda vez en la Santa Confesión. Literalmente, no me cansaba de verlo, de escucharlo. Le conocía muy poco, pero me iba con absoluta confianza en lo que me decía. Sentí que no solo me había comprendido, sino que se había solidarizado conmigo como un verdadero padre Espiritual. Le confié mi inclinación por el sacerdocio, así como mi intención de encontrar una esposa adecuada. Me prometió que también rezaría por mí. Aumentó mi deseo de oración y de una vida espiritual más intensa.

Cuando me despedí de él el Sábado Santo después de la divina Liturgia, me dio un pan litúrgico (prósforo) y unas aceitunas para el camino. Sentí que había encontrado a un hombre que se preocupaba por ayudarme no solo espiritualmente, sino también materialmente. Eso fue todo. Permaneció para siempre en mi corazón como el santo Gérontas de san David. Desde entonces, fue un modelo a seguir en mi vida. Era el sacerdote al que quería parecerme. El padre que extrañaba. El hombre de Dios que se había ganado mi absoluta confianza.

Desde entonces hasta su dormición, lo visitaba dos o tres veces al año, y casi siempre me metía bajo su estola con el permiso de mi p. Espiritual, quien lo consideraba “el profesor”, como característicamente me decía.

"Antes de ser ordenado diácono, quise visitarlo y recibir su bendición para esta decisión determinante en mi vida. Había leído varios textos patrísticos sobre el sacerdocio y sentía intensamente mi indignidad. Le confié mi temor de que el Espíritu Santo se convirtiera en fuego durante mi ordenación y me quemara por mis pecados. —No, hijo mío—, medijo característicamente. “El Espíritu Santo quemará nuestras faltas y cualquier defecto que podamos tener". Me tranquilizó.

Después de ser ordenado diácono (18-5-1986), quise visitarle. Me bendijo y serví como diácono en el Monasterio junto con el gérontas Kyrilos, quien posteriormente sería higúmeno. El géron Iakovos estaba rezando de rodillas, como era su costumbre, junto al trono despótico. Terminada la Divina Liturgia, me acerqué a él y le pregunté con angustia: —Gérontas, ¿cómo dije las palabras de diácono?—. —Bien, hijo mío—, respondió. —Sencillamente y con humildad. Dilas siempre así—.

Resultó que el padre Espiritual que entonces me había dado la confirmación para ser clérigo (el padre Ioannis Hatzithanasis) era mi padre Espiritual. Años después, cuando el Gérontas durmió, me dijo: “Confirmación no te di yo, sino que el padre Iakovos lo hizo”. Durante mi interrogatorio, me reveló que antes de darme su confirmación, le había preguntado al Gérontas que me conocía, y él también accedió a dármela. Como me repitió el p. Ioannis, el p. Iakovos solía preguntar a otras personas que lo conocían antes de dar confirmación, siguiendo una tradición con raíces patrísticas. Por ejemplo, me contó que, para uno que llevaba tres años confesándole, cuando estaba a punto de darle confirmación para convertirse en clérigo, pidió que todos los p. Espirituales que había sobre su cuidado hasta entonces, así como quince laicos que lo conocían, pedía que lo confirmaran como garantía.

Sentía tanto cariño por el Gérontas que quise ponerle su nombre a uno de nuestros hijos. Esto sucedió con nuestro cuarto hijo, a quien bautizamos Iakovos. El Gérontas estaba particularmente contento. Esto ocurrió en 1990. Tomó al pequeño Iakovos en sus brazos y lo bendijo (unos meses después). Incluso nos regaló un gran icono del apóstol san Jacobo (Santiago), "el divino Jacobo", como lo llamaba con admiración y respeto. Estaba feliz, como un abuelo al ver a su nieto...

Cuando, después de un año aproximadamente, durmió en el Señor, sentí como si la tierra se fuese de mis pies. En su funeral lloré como un niño. Toda la gente gritaba: "¡Santo, Santo!". Fue algo espontáneo.

Aún ahora, no puedo concienciarme de que mi "padre" se ha ido de la vida presente. Nuestra casa está llena de fotografías suyas. Incluso donde oficio, dentro en el Santuario, lo tengo a mi lado. Siento que me protege. En los momentos difíciles le digo: "Gérontas, ven a ayudarme". Sé que viene. Invisiblemente, está cerca de mí cada vez que lo invoco».


3.76. “No temas. Todo irá bien”

Testimonio de Tsakardanos Georgios: «Tuve la bendición de conocer al bendito Gérontas unos años antes de su fallecimiento, cuando fui nombrado Director de la sucursal local de IKA en Mantoudi, a unos 45 kilómetros del Monasterio de San David, donde moraba el p. Iakovos. Poseía todos los carismas de los santos, clarividencia, presciencia y sanación. Mencionaré algunas experiencias personales:

Una vez, poco antes de recibir su bendición para salir del Monasterio, mientras hablaba él con el taxista con quien siempre visitaba el Monasterio, se volvió hacia mí, me tomó de las manos y me dijo: —No tengas miedo, todo estará bien—, sin que yo tuviera ningún problema en particular en ese momento, ni personal ni de servicio. Repitió lo mismo después de un rato, sin que yo me preocupara. Sin embargo, gracias a su capacidad de previsión, sabía lo que vendría después. De hecho, al poco tiempo, mis compañeros crearon un ambiente de tensión en el Servicio contra mí, como si les hubiera hecho algo malo, cuando nada parecido había sucedido.

Después de pasar aproximadamente un mes, decidí pedir explicaciones, porque ya no podía tolerar ese comportamiento.

De repente, al día siguiente, la situación cambió por completo, hasta el punto de que se sintieron culpables conmigo, sin que yo les dijera una palabra.

Entonces recordé lo que el bienaventurado Gérontas me había dicho: “No tengas miedo, todo saldrá bien”.

En otra ocasión, estaba preocupado por un problema. Pensaba en comentárselo al Gérontas, pero para no cansarlo, evité decírselo. Sin embargo, me dio la respuesta sin que yo se lo preguntara».



3.77. Sabía lo que seguiría

Testimonio de Tsakardanos Georgiou: «Durante una de mis visitas en el verano de 1991, me sorprendió cuando me preguntó: “¿Qué opinas del matrimonio, George?”, porque ya no me interesaba el matrimonio ni había hablado nunca de nada relacionado con él. En lugar de responder, negué con la cabeza y me pregunté: “¿Dónde puedo encontrar, padre, una mujer que pueda vivir conmigo?”. El Gérontas, como cardiólogo (espiritual), me dijo: “Bueno, déjalo en manos de Dios”. Nuevamente yo, no me extrañé de que el Gérontas me dijera esto, pues el tema del matrimonio no me preocupaba. Lo que siguió justificó su carisma la presciencia.

Durante el funeral del bienaventurado Gérontas, el 21 de noviembre de ese mismo año, una pareja de educadores, a quienes conocí en agosto de 1991 durante una peregrinación a Tierra Santa, habían venido de Atenas para asistir al funeral. A pesar de que había una gran multitud, me vieron de lejos, vinieron a mi encuentro y me anunciaron que habían encontrado a una mujer que encajaba a la perfección conmigo. Esta propuesta tuvo un final feliz y esta pareja nos casó. El bienaventurado Gérontas sabía bien lo que decía y lo que vendría después, y coincidió que la propuesta de matrimonio se hiciera durante el funeral del Gérontas.»


3.78. “Que tenga mucho cuidado”

Testimonio del p. Georgios Avthinos: “La sra. Stavroula Philippa tenía muchas amistades familiares con la sobrina del Gérontas en Atenas. El Gérontas quería especialmente a su sobrina, pues había sido huérfana desde pequeña, y de vez en cuando, cuando iba a Atenas a ver al médico, se alojaba en su casa. Allí, la sra. Philippa lo conoció y él se convirtió en su padre Espiritual, el de su esposo y el de sus tres hijos (dos niñas y un niño).

Unos dos años antes de su dormición, el Gérontas se encontraba en casa de su sobrina y también coincidieron allí la sra. Stavroula Philippa y su esposo. Sus hijos no estaban allí. Al entrar en la casa, encontraron al Gérontas sentado en el sofá de la sala. Normalmente, les preguntaba con detalle por sus tres hijos. Esta vez, sin embargo, solo preguntó con angustia por su hijo, Teodoro. Le respondieron que estaba muy bien. (Teodoro tenía entonces 11 años). Entonces el Gérontas alzó las manos al cielo y, con el alma llena de dolor, le dijo a la señora Stavroula: “Ah, Stavroula, dile a Teodoro que tenga cuidado. ¿Lo oyes? Dile que tenga mucho cuidado”. Y permaneció con las manos en alto durante varios minutos y la mirada fija en el cielo.

Veinticuatro años después, el 1 de diciembre de 2013, una repentina tormenta azotó Atenas. Teodoro, que entonces tenía 35 años, salió de su casa un rato para instalar la antena de televisión y, de repente, la puerta principal se cerró por el viento. El apartamento estaba en el tercer piso. No llevaba la llave. Intentó entrar por el balcón del apartamento contiguo. Mientras estaba fuera de la barandilla de su balcón, con el fuerte viento y la lluvia, perdió el equilibrio y cayó al vacío. La muerte fue instantánea.

El Gérontas Iakovos, veinticuatro años antes, vio el fin de su juventud».



3.79. El primer encuentro con el Gérontas

Testimonio del p. Georgiou Authinou, sacerdote principal de la iglesia san Eleftherios bajo Chalandriou: «conocí al Gérontas a la edad de 23 años en 1981. Había acabado el ejército y con exámenes había entrado a trabajar para el Banco de Creta en mi tierra, Kérkira. Desde los 19 años había tomado la decisión de ser sacerdote casado, pero había desacuerdo en mi familia. Tras aprobar para entrar en el Banco, comencé a dudar sobre el sacerdocio y decidí aplazarlo para cuando me jubilase, es decir después de los 65 años. En mi interior, sin embargo, me presionaba este pensamiento y con l a bendición de mi p. Espiritual fui desde Kérkira hasta el Monasterio de San David en Eubea, ya que había empezado a extenderse por todas partes la fama de la santidad del gérontas Iakovos. Quería preguntarle qué debía hacer. ¿Hacerme sacerdote joven, o después de la jubilación?

Cuando llegué al Monasterio, las puertas estaba abiertas. Entré dentro, me puse frente a la fuente, pero no había nadie (entonces estaban solo los tres padres: el Gérontas, quien después sería higúmeno, el p. Kírilos y el p. Serafím)

No pasaron 2-3 minutos y, aunque desde donde estaba veía el pasillo a la derecha y a la izquierda y todo el espacio del patio, siento al Gérontas de repente detrás de mi espalda proveniente, permítaseme la expresión, “de ninguna parte”. Sorprendido yo, y antes de que me diese tiempo a decir “bendígame” u otra palabra, el Gérontas pone sus dedos en mi barba (corta, sí, pero se podía tirar de ella), tira suavemente de ella, me mueve la cabeza ligeramente adelante atrás, sin que me doliese nada, y me dice: “Hazte, George mío, sacerdote joven, me oyes, joven, no cuando envejezcas”.

Recibí la respuesta. Comprobé que esta era la voluntad de Dios y que ante mí estaba un santo actual. Mis baterías espirituales se llenaron, por primera vez sentía una alegría así. “Bendígame, padre, le dije, le besé la mano y salí “volando” del Monasterio de San David hacia Kérkira. No me quedé ni a la invitación. Lo que quería lo tenía.

Mi primer objetivo en Kérkira era irme del Banco de Creta y en cinco años entré a la Escuela Teológica de Atenas».



3.80. Teofania en el Monasterio

Testimonio del p. Georgiou Authinou: «Desde 1982 fui a vivir a Atenas y comencé a tener contacto regular con el Monasterio y con el Gérontas. En vísperas de la Fiesta de la Teofania de 1984 fui a visitar el Monasterio. Dos días antes estábamos en el Monasterio el Gérontas, el p. Kírilos, el p. Serafím un monje de Lakonia que había sido ordenado casi a sus 80 años, el sr. Lazounis que escribía narraciones para libros de Primaria y yo. El día anterior a la Teofania cayó tanta nieve en el Monasterio, que quedaron cerrados todos los caminos. Así nos que damos en el Monasterios cerrados seis hombres para celebrar la Santa Teofania.

Esta Teofania fue de las más hermosas de mi vida. La nieve se mantuvo por una semana y hasta que pudiesen venir visitantes pasaron dos semanas. Durante todos días me fue dada la oportunidad de disfrutar del Gérontas y de recibir alimento espiritual, como ……….. para mi posterior vida como sacerdote, pero también para una responsabilidad





3.81. Características del Gérontas

Testimonios del p. Georgiou Authinou: «El Gérontas era delgado y de estatura media. En la iglesia, cuando oficiaba el servicio, normalmente estraba arrodilado ante el asiento del higúmeno, frente al templo. Daba la sensación de que era un saco de huesos. Pero cuando confesaba en su celda, aunque estaba sentado, o cuando oficiaba en la iglesia, parecía enorme, muy digno de su puesto, noble, regente, tal como eran su misericordioso corazón y su agraciada alma.

Amaba toda la creación, especialmente a los animales que ofrecían su servicio a los humanos. Por eso muchas veces se le escuchaba hablar con simpatía sobre “Jaido”, la mula del Monasterio, cuando muchas veces le cansaba de los muchos trayectos, cuando oficiaba en los pueblos de alrededor.

Era tanta su emanación espiritual, que cuando bajaba al Lago de Eubea por asuntos del Monasterio, era como una alarma donde entraba y los encargados corrían a recibir su bendición y a servirle. Decía: “¿qué encuentran en mí el tontito que me quieren tanto? Deben ser muy buenas personas”.

En el Monasterio un tesoro inestimable son las reliquias de san David. Nosotros, sin embargo, los más jóvenes, aparte de a este santo milagroso, teníamos la suerte de conocer en vida al también santo gérontas Iakovos. Desde luego, cuando íbamos al Monasterio el Gérontas nos hablaba continuamente de las beneficencias del santo David, y sólo sobre el santo.

Nunca buscaba honores, ni glorias, ni dinero, sino negación de los honores y la bajeza. El Gérontas creía a los hombres como un niño pequeño. Una vez vinieron a su Monasterio unos visitantes, entre ellos un sacerdote. El Gérontas les sacó la sagrada reliquia de la cabeza de san David para venerarla, como acostumbraba a hacer. El sacerdote pidió insistentemente que le sacase también la sagrada reliquia de la mano del santo. El bondadoso Gérontas la trajo y abrió la carcasa, de modo que fuese completamente accesible a la hora de besarla. El sacerdote la tomó, supuestamente, con mucha devoción, fijó su boca sobre la sagrada reliquia y no la quitaba, sino que intensamente mantenía allí sus labios. Despúes sacó un algodón de su bolsillo y se lo puso en sus labios. Difícil imaginar lo que sucedió. El supuesto devoto sacerdote arrancó (mordió) una pieza de la reliquia de la mano del santo. A pesar de todas las advertencias del Gérontas, se marchó el, de palabra, sacerdote, con su valioso botín. Esto le amargó mucho al Gérontas y le pidió perdón a san David, como un niño pequeño.»





3.82. Pruebas y tentaciones.

Testimonios del p. Georgiou Authinou: «El Gérontas se había puesto muy enfermo. El médico le dijo que debía urgentemente ser operado. Pero el Gérontas, pensando en la exposición de su cuerpo a médicos y enfermeros, permaneció con los dolores 3 o 4 meses. Me describió su martirio, particularmente cuando estaba de pie y oficiando. Los dolores eran terribles. “Sentía una mano que me retorcía y me rasgaba las carnes. Era invierno y sudaba por los dolores como si fuese Agosto. Llegué al punto de desmayarme muchas veces. Y estos aquí me obligaban (e indicaba a los otros dos padres) a ir al hospital”. En el hospital el Gérontas, sólo de pensar en sus exámenes con el cuerpo desnudo, se mareó dos veces. Y así mareado, sin su voluntad, le examinaron.

Tras ser operado con la milagrosa intervención de sus dos santos (san David y san Juan el Ruso) y comenzar a recuperarse, el diablo le preparó otra prueba. De madrugada, mientras estaba rezando, vino a su habitación una enfermera, diciéndole palabras tentadoras y proponiendo al limpísimo Gérontas pecar carnalmente. El Gérontas pidió una vez más la rápida intervención de su Santo, san David, y en ese mismo momento entró otra enfermera con una vestimenta normal (no como la anterior), la cual respetaba mucho al Gérontas y le atendió el resto de la noche. Las siguientes noches le acompañaba un sacerdote conocido suyo y así desapareció el peligro de la “molesta” enfermera”.

El Gérontas aunque avanzado en la vida espiritual y bastante mayor de edad (más de 40 años), tuvo una dura batalla de obscenos pensamientos y de obscenas situaciones, ante sus propios ojos. Hablaba con dolor sobre este periodo y luchó con mucho ayuno y la oración de Jesús.

Un Domingo, aunque había recibido la Gracia de la divina Liturgia, cuando se sentó a la mesa con los otros padres y visitantes, ve con sus propios ojos, a un medio metro por encima de su cabeza, una imagen obscena en el aire. Entonces levanta su mano para hacer la señal de la Cruz y decir “Señor Jesucristo, ten piedad de mí, pecador”. Antes de terminar la frase y de hacer la señal de la Cruz, la imagen obscena despareció. Para ser exactos, sólo con el pensamiento de hacer la señal de la Cruz, se borró todo pensamiento e imagen obscenos. Tanta confianza tenía el Gérontas ante Dios.

Señalar que el Gérontas nunca vio un cuerpo desnudo de mujer, y tenía el carisma de no ver la naturaleza de los niños que bautizaba en los pueblos de alrededor.

El mismo me dijo: “George mío, sé que para que nazca un niño, hace falta un hombre y una mujer. Sin embargo cómo tiene lugar no lo conozco”. Tal era la limpieza del Gérontas.

Una noche, un poco antes de cerrar la puerta del Monasterio, llega una curiosa mujer joven, expresando su ¡“deseo de tener hijos con un monje”!. Cuando se enteró el Gérontas, intentó hacerla entrar en razón. La mujer estaba fuera de sí misma (no sin embargo loca). El Gérontas nos dijo que nos cerrásemos en nuestras celdas y que hiciésemos todos oración y que no permitiese el Santo que nadie a nadie le pasase nada malo. Aquel día no hubo oficio por la mañana y, cuando salimos de nuestras celdas, después de las 10:00 de la mañana, la mujer ya se había ido del Monasterio.”

El Gérontas sufría mucho de cervicales. Alguna vez que tenía fuertes dolores, vino uno de unos 40 años pidiendo insistentemente ver al Gérontas. Ante sus ruegos los padres del Monasterio le llevaron a su celda, donde estaba tumbado. Este hombre dijo que era sobrino del Metropolitano de Chalkidas y que necesitaba urgentemente 20.000 dracmas (gran cantidad para aquella época) y que cuando volviese su tío, lo devolvería. Ciertamente el Metropolitano estaba en aquellos días en el extranjero. El bienaventurado Gérontas Iakovos, sin ninguna investigación concreta, llama al p. Kirilos y le dice que le dé los 20.000 dracmas. No tardó, sin embargo, en descubrirse la verdad. Se comprobó que el hombre era un aprovechador y engañaba a sacerdotes inocentes en los Monasterios. Me dijo el Gérontas: “Le han pillado, hijo mío, que va con pantalón corto (bañador), y va a bañarse a la terraza del Hilton en Atenas. Cuando le pregunté, “Gérontas, ¿por qué le dio así, sin más dilaciones, el dinero?, me respondió: ¿Y si realmente tenía necesidad? ¿Qué podía hacer? ¿Perder mi limosna? San David lo traerá de otro modo a su Monasterio”»


3.83. Luchas del Gérontas

Testimonios del p. Georgiou Authinou: «Amaba apasionadamente a los santos ascetas y decía: “Tenemos nuestro café, nuestro azúcar, nuestra comida caliente, nuestra celda, ¿qué tenían ellos? Un cacho de pan seco y dos ramas para tapar la nieve a la entrada de su cueva». Estas eran las palabras del Gérontas, que había desgastado su cuerpo por el ascetismo como pocos ascetas.

El Gérontas amaba mucho los Salmos de David. Durante muchos años, el Monasterio no tuvo electricidad. Leía el Salterio frente a la chimenea por la noche, encendiendo una vela tras otra para poder ver. Pasaba cinco horas cada noche leyéndolo entero. Esto se hizo durante muchos años. Era parte de su vigilia (porque el Gérontas, durante muchos años, cuando era un joven monje, no dormía por la noche). Cuando envejeció, no sé si dormía.

En el comedor, el Gérontas llenaba su plato hasta arriba, de modo que si alguien le veía, decía: "¡Qué glotón es!". En cuanto comía el primer bocado, comenzaba a repartirlo entre los platos de los demás y al final solo le quedaba lo suficiente para vivir. Además, su cuerpo delgado lo testificaba.

Lo que personalmente me impactó del santo Gérontas Iakovos es que las circunstancias le permitieron, Dios sabe la razón, estar sin guía espiritual durante la mayor parte de su vida monástica. Sin embargo, esto no lo privó de la santidad. Quería aplicar el Evangelio a su vida y lo hizo. Algo análogo a lo que le ocurrió a san Paísios Velitkovski. Estos dos casos son únicos. Algo similar no es apropiado (es decir, que los fieles, ya sean ordenados o laicos, no tengan guía espiritual). Estas situaciones son carismáticas. Es decir, la Gracia de Dios interviene directamente y cubre a su humilde siervo».


3.84. Acontecimientos milagrosos

Testimonios del p. Georgiou Authinou: «El Gérontas me decía: Tenía 10 u 11 años. No tenía zapatos y, debido al frío y el barro, mis talones estaban llenos de grietas; me dolían y sangraba. Cuando hacíamos una procesión a la Madre de Dios en mi pueblo, le rogaba con el alma que me sanara. Entonces, los ojos de la Santísima cobraron vida desde el icono, se volvieron hacia mí, me miró con gran amor, me sonrió y luego miró mis pies. Sin darme cuenta, me puse saliva en el dedo (el Gérontas me mostró su dedo índice derecho), limpié el barro de los talones y enseguida me di cuenta de que no me dolían y que las grietas se habían cerrado. Las marcas de las grietas permanecieron hasta el día de hoy, hijo mío, para recordar su milagro”.

Una característica del Gérontas era que aparecía de repente de la nada.

Ocurrió, como me había contado el p. Serafín (un monje del Monasterio), que en un momento estaba en el primer piso, en el pasillo fuera de su celda, y en una fracción de segundo en la planta baja, junto al campanario. En cuanto el p. Serafín levantó la vista, ya estaba fuera de la celda. En cuanto giró la cabeza hacia el campanario, el Gérontas ya estaba abajo, en el campanario, dirigiéndose al servicio en la iglesia. (Mencioné mi experiencia personal sobre este carisma al principio)”.


“Otro carisma del Gérontas, que noté muchas veces, era que podía volar. Era un fenómeno común que caminara, o mejor dicho, volara, hacia el patio o los pasillos, sin mover los pies ni el raso. (Sus vestimentas monásticas permanecían inmóviles).”

“Vio al diablo como una anciana en el patio del Monasterio, llena de botellas sobre ella. Antes de que pudiera comprender lo que sucedía, el Gérontas preguntó:

—¿Cómo has llegado aquí, abuela? No te habíamos visto antes. ¿Qué son estas botellas que llevas?

Y la anciana le respondió:

—Vine aquí para agiitarte, pero me obstaculiza ese de ahí dentro (señaló la iglesia y, obviamente, a san David). Me voy ahora a otro monasterio, donde no viven bien. En las botellas tengo mis propias medicinas para cada uno por separado. Y desapareció como un rayo de los ojos del Gérontas, dejando un hedor...”.

“Una pareja griega que vivía en Londres visitó al Gérontas. El hombre tenía un tipo raro de cáncer en el esófago. El Gérontas le leyó (oraciones), le bendijo con la Santa Cruz y le ungió con aceite. Esa noche, cuando fueron al hotel y se acostaron a dormir, el hombre sufrió una tos fuerte y le salió de la boca una espesa gelatina amarilla, del tamaño y la forma de un huevo grande. ¡Eso fue todo! ¡El cáncer se había curado!


3.85. Predicción

Testimonio de un sacerdote anónimo: “Cuando estudiaba en la Escuela Teológica, visitamos el Sagrado Monasterio de San David en Eubea. Allí conocí al p. Iakovos por primera vez. Hasta entonces, no había oído hablar de él. Estaba en un internado en Atenas. El Gérontas me llamó y me dijo: “Dile, hijo mío, al director del internado donde estás que será Metropolitano, que no esté triste, y que su metrópoli tendrá mar”. (Cabe destacar que no le había dicho al Gérontas dónde vivía, ni cómo me llamaba, ni dónde estudiaba). De hecho, nuestro director estaba muy triste porque no había sido elegido obispo”.

La predicción del Padre Iakovos se cumplió rápidamente. Fue elegido Metropolitano de una Diócesis bañada por el mar”.


3.86. “Me recibió y me bendijo”.

Testimonio de E. K. de Eubea: “Desde pequeño me encuentro en Monasterios. El acceso (con coche) al Sagrado Monasterio de San David era muy difícil. Así que, siendo aún muy jóvenes, un día de invierno, tras muchas dificultades, logramos llegar con mis padres. Nos hospedaron los tres padres del Monasterio (p. Iakovos, p. Kirilos y p. Serafín). Con el paso de los años, visité el Sagrado Monasterio en otras ocasiones. Sin embargo, nunca me fue posible encontrarme con el p Iakovos, ya que estaba ausente. Sus enfermedades, así como otras obligaciones, le dejaban fuera del Monasterio durante largos periodos. Me quejaba porque tanta gente conversaba y encontraba descanso espiritual con el iluminado Gérontas, y yo, aunque era de Eubea, me quedé solo con la imagen borrosa del Gérontas de mi infancia.

Un día, la Escuela Catequética de la Santa Iglesia de la Transfiguración del Salvador de Psachnon organizó una peregrinación a San David. Pensé que sería bueno apuntarme.

Durante el viaje, oré intensa e interiormente para ver al Gérontas Iakovos, aunque sólo fuese recibir su bendición. Al entrar en el patio del Monasterio, nos precedieron los niños de la Escuela Catequética, el sacerdote que lo acompañaba y algunos otros peregrinos. Yo estaba casi al final del grupo. Frente a la entrada de la Iglesia, hay un pequeño árbol en un huertecito bien cuidado. Justo delante del árbol, vi a un hieromonje (llevaba capucha monástica). En señal de respeto, incliné la cabeza y él hizo lo mismo, dándome su bendición al mismo tiempo. Durante unos segundos, tuve varios pensamientos. El rostro del monje era alegre, radiante, elegante, etéreo. ¡Me pregunté cuánto ayuno habría estado haciendo! Estaba eufórico. También me pregunté por qué el sacerdote que lo acompañaba, los niños y los demás no se le acercaban, ni se giraban para recibir su bendición. Sin embargo, ansioso por entrar al templo, por si el gérontas Iakovos estaba allí, no me demoré.


Preguntando al monje que estaba en el nártex, su respuesta fue negativa, porque el gérontas se había retirado a su celda después de la divina Liturgia de la mañana. La peregrinación se hizo, nos marchamos, y de regreso me quejé de no haber vuelto a ver al gérontas.

Cuando más tarde vi fotografías del p. Iakovos, me di cuenta de que el monje que me dio la bienvenida y respondió a mi saludo con amor era el humilde, virtuoso y sencillo p. Iakovos. Doy gracias a Dios porque, de esta manera, el Gérontas me bendijo.


3.87. Confiesa muy enfermo

Testimonio de Sotiría Saltagianni: «Era la Gran Cuaresma y había ido a confesarme a San David. Al llegar al Monasterio, los demás monjes me recibieron y les pedí que confesarme con mi padre Espiritual Iakovos. Con tristeza, respondieron que no podría recibirme porque estaba muy enfermo.

Yo, aunque triste, les dije: “No importa, pero díganle que soy Sotiría de Calcidia.

Cuando fueron a su celda y se lo dijeron, respondió: “Dila que me espere fuera de la capilla de San Jaralambos”.

Y, como esperaba, lo vi con aspecto de santo, acercándose muy despacio, demacrado y esto me impactó y me conmovió profundamente. Entramos en la capilla y me confesé. Él intentaba demostrarme que estaba bien. Cuando terminó la confesión y me dio su bendición, me acompañó sonriendo, aunque estaba enfermo, hasta la fuente y me dijo:

—Sotiría, ven más a menudo.

—No vengo, porque le canso.

—Sí, cuando vuelvas, no me encontrarás aquí, me encontrarás allí, y me mostró el lugar donde está su tumba hoy. Y cuando vengas, me lo contarás todo, me dijo riendo, y lo oiré todo desde donde estoy.


Recibí la bendición y me fui. Y sucedió como él dijo. No volví a verle vivo».


3.88. Colaboradores suyos los santos

Testimonio de la sra. Georgia Papacharisi: «Una vez, fue un autobús con peregrinos a San David, también con niños. El Gérontas contó cómo san David construyó el Monasterio: “Cuando fue a Rusia, hizo una colecta, recogió dinero, luego encontró un tronco de árbol, abrió un agujero, metió el dinero dentro, lo cerró herméticamente para que no se mojara, hizo la señal de la Cruz sobre él y dijo: "Id a Rovies en Eubea", arrojando el tronco al mar. Cuando el tronco llegó a Rovies, algunas personas lo encontraron y sintieron curiosidad. En ese momento llegó san David, les dijo que el tronco era suyo y se lo llevó. Sin embargo, un niño no lo creyó y comenzó a burlarse del gérontas Iakovos, pidiéndole que repitiera lo sucedido, burlándose. Entonces se escuchó una bofetada, el niño se asustó y salió corriendo del comedor. El Gérontas le siguió, porque vio a san David dándole la bofetada, y fue a calmarlo. El niño le explicó al Gérontas que no creía la historia, se burló y sintió que lo estaban engañando. Le dio una bofetada fuerte. El padre Iakovos lo tranquilizó, diciéndole que todo era cierto.

Una vez, le dijo a una joven que, si tenemos fe, incluso los bocetos con los rostros de Cristo y su Santísima Madre obran milagros. A ella le había dicho: “El Señor me dio sus carismas. ¿Por qué no debería decirlo? ?Quizás son míos los carismas?. No, son suyos”. También dijo que la Madre de Dios y san David le dijeron que hablara para ayudar a la gente.

En otra ocasión, fue un padre cuyo hijo había muerto en un accidente de coche. Le contó que vio a su hijo dormido diciéndole que no le dejaban entrar dentro. El Gérontas le preguntó: «¿Tal vez el niño blasfemaba contra Cristo y contra su Santísima?». Efectivamente, eso había sucedido. El Gérontas le dijo al padre que hiciese (fuese) a Liturgias de 40 días, que diera limosnas, y que los padres también rezarían a san David.

Al cabo de no mucho tiempo, el padre regresó y contó que había visto a su hijo de nuevo dormido, diciéndole que ya le habían dejado entrar dentro.


Una hija espiritual suya, una monja que ahora ya ha fallecido, contó una vez que un monje faltaba a la divina Liturgia. El Gérontas pensó que tal vez estaba enfermo y dijo que los padres fueran a verlo. Sin embargo, los padres le dijeron que donde siempre se sienta el monje, estaba sentado otro monje. Al ir a su celda, san David se le apareció, diciéndole que donde estaba sentado el monje, estaba san Dionisio del Olimpo, cuyas reliquias se guardaban en el Monasterio en aquellos días.


3.89. «Imágenes imborrables de un Gérontas santificado»

Testimonio del Metropolitano de Etolia y Acarnania, Sr. Kosmas: “Conocí al santo gérontas Iakovos Tsalikis por primera vez cuando el Señor me hizo digno de visitar el Sagrado Monasterio de San David en Eubea, con una excursión de alumnos y estudiantes de Mesolongi, durante la semana de Pascua.


Debido a un problema con el coche, llegamos tarde al Monasterio, y el p. Iakovos no nos vio esa noche.

Al día siguiente, tanto durante la divina Liturgia como durante la comunicación con nosotros, nos enseñó, nos fortaleció, nos apoyó y nos dejó unas imágenes imborrables de un Gérontas santificado.

Su amor era inagotable, sus palabras sanadoras y clarividentes, su cuidado incesante por el cuidado y beneficio de los niños.

A partir de entonces, comenzó una comunicación espiritual que, con nuestras visitas regulares al Monasterio o por teléfono, continuó hasta su santo reposo. Cabe destacar que en cada una de nuestras comunicaciones me preguntaba: "¿Qué están haciendo los buenos niños de Mesolongi?". El buen comportamiento de nuestros jóvenes durante la excursión, su constancia, el orden en sus habitaciones, su participación en la divina Liturgia… le impresionaron, y siempre recordaba y elogiaba a los niños.

Personalmente, creo que estas palabras suyas provenían de su disposición amorosa y abnegada, de su amor inagotable.

El Señor me hizo digno y oficié al menos dos veces con el p. Iakovos. Quizás incluso tres. Nunca podré olvidar estas divinas Liturgias.

Cuando el p. Iakovos celebraba, estaba en otros mundos. En mundos celestiales. No estaba en la tierra. Majestuoso como era, parecía un hombre celestial, un ángel terrenal.

En nuestras conversaciones, era un padre con un amor inconmensurable, con una paciencia inagotable, con una bondad indescriptible.

A mis hermanos, Helen y Apostolos, por su particular problema de salud, él era como un ángel afectuoso que constantemente les consolaba, les apoyaba, hablaban constantemente por teléfono. Escribió sus nombres, que todavía están escritos en los dípticos. Continuó conmemorándolos el bienaventurado gérontas el p. Kírilos, y el actual higúmeno, el gérontas Gabriel.

Finalmente, mencionaré algo que me confesó un clérigo que conozco:

“Estábamos oficiando ndo con el Gérontas Iakovos. El Gérontas, por humildad, puso a otro clérigo para presidir la Liturgia. Mientras celebrábamos la divina Liturgia, el p. Iakovos se puso pálido, se puso a sudar y a temblar. Le vimos y nos preocupamos.

— ¿Qué le pasa, Gérontas?

— Nada, hijo mío.

— Estás pálido y sudoroso. ¿Te pasó algo? ¿Deberíamos llamar a un médico?

— No, hijo mío. No te preocupes.

Se calmó y continuamos. Al poco rato, volvió a ocurrir lo mismo. Nuevamente le suplicamos, pero no aceptó. Estaba fijo en la Santa Mesa, en la Sagrada patena.

Esto ocurrió por tercera vez. El diálogo continuó, pero el Gérontas no nos escuchó.

Su atención permanecía fija en la Sagrada patena. Al terminar la divina Liturgia, se sentó en la silla a descansar. Entonces le volvimos a preguntar:

— Gérontas, ¿qué le pasó hoy? ¿Por qué no quieres un médico?

— Hijo mío, ¿no lo has visto?

— ¿Qué deberíamos haber visto, Gérontas?

— ¿No has visto, hijo mío, al cordero sacrificado en la Sagrada patena? ¿Cómo no me voy a sobrecoger al ver eventos y milagros tan impactantes durante la divina Liturgia?”


3.90. Recuerdos del Gérontas

Anónimo cuenta: “Cuando tenía 14 años, en 1980, oí hablar del Gérontas a uno de Cefalonia. De hecho, incluso me lo dibujó, así que tuve la vaga imagen en mi cabeza de un Gérontas virtuoso vivía en el Monasterio de San David. Tres años después, con dos hijos que ahora son clérigos, fuimos a san David. En aquel entonces había tres padres. Nos acogieron con amor y sencillez. En un momento dado, el π. Cirilo nos dijo que el Gérontas nos esperaba en la capilla de San Jaralambos del Monasterio. El Gérontas llevaba una estola azul y, poniéndose de pie, comenzó a contarnos toda la historia de su vida y varias peripecias de su salud de una manera muy encantadora.

— ¿Tal vez, hijos míos, querrían confesarse? Lo repitió muchas veces.

— No, Gérontas, tenemos p. Espirituales. Hemos venido en peregrinación para recibir su bendición. (En aquel momento no nos dimos cuenta de que estábamos tratando con un “gigante del Espíritu”).

— No obstante, hijos míos, tengan cuidado porque hay mucha magia, mucha homosexualidad en el mundo.


Nos sorprendió que se centrara en los dos grandes pecados extremos y los repitiera tres veces.

—Hijos míos, lo que cada uno tenga con estas cosas, que sea agradecido y glorifique a Dios. Por mí, perdónenme, si deseo a Jorge, a Nicolás o a Evángelos, está escrito en la Biblia, estoy en el infierno, hijos míos. Por eso les digo que lo que cada uno tenga con estas cosas es suficiente.

Sin embargo, después de este primer contacto, hasta que el Gérontas durmió en 1991, las visitas se intensificaron; muchas veces y cada mes, además de las comunicaciones telefónicas. Cada vez que salía del Monasterio, hasta Calcis, sentía que el Gérontas me seguía por detrás, trazando sobre mí la señal de la Cruz y mirándome con dos ojos enormes y brillantes. Un misterio que no podía explicar.

Una vez le pregunté sobre el café, si me permitían beber.

—Bueno, un café tómate, ten cuidado con las drogas.

— ¿Yo, Gérontas, drogas? ¿Qué dice? Y me reí.

— Hijo mío, nunca digas grandes palabras. Que Dios nos proteja a todos.

Una vez nos dijo: “Vayan a la Santa Trinidad (la capilla del Monasterio) encended unas velas e iré yo también”. Dejamos al Gérontas atrás y caminamos. ¡Y al llegar le encontramos dentro de la capilla encendiendo las velas! ¿Cómo llegó primero, si iba detrás? No había otro camino más corto.

Una vez que fui al Monasterio, me encontré en el patio de allí con una pareja de Kalamata con tres o cuatro hijos. En cuanto me vieron, me dijeron:

— ¿Eres de tal ciudad de la provincia? —Dije—:

— Sí, ¿cómo lo sabéis?

— El Gérontas nos dijo que te estaba esperando.

— Debe ser otra persona, porque no he llamado por teléfono.

— No, porque justo ahora le hemos pedido que nos vuelva a ver y nos ha dicho: "No puedo, porque estoy esperando a uno de esa zona". Ahora no ha venido nadie más, has venido tú y eres de allí...

— Bueno, le preguntaré.

— Cuando entré a la iglesia, él estaba arrodillado rezando ante el icono de san David en el iconostasio, y le pregunté si se refería a mí; y me dijo:

— Sí, hijo mío, a ti me refería; me dijo san David que venías.

Después de una estancia de dos días en el Monasterio y con la petición de que me dijera a qué p. Espiritual acudir cerca de mi lugar de residencia, porque debía tener uno cerca, llegó la hora de irme y él aún no me lo había dicho.

— Gérontas, hoy me voy y mi petición no ha sido atendida.

Me dice: "Siéntate, hijo mío, en el asiento cerca de la fuente dentro del Monasterio, que voy". Al rato se sentó a mi lado, me miró fijamente a los ojos y me dijo:

— ¿No vas, hijo mío, a ver a “tal”? Ve, hijo mío, a ver a fulano; es un buen hombre...

Entonces resplandeció, se volvió radiante y alegre. Algunas personas perspicaces en el Monte Atos interpretaron el fenómeno como que recibió información en su corazón directamente de Cristo.

Más tarde, cuando me debatía con diversas situaciones y pensamientos sobre este p. Espiritual, recordaba el suceso y me infundía valor y paciencia.

Comió un poco de pan y tomó una taza de café después de la divina Liturgia, la cual duró una hora. A veces, en la mesa donde todos comíamos dos platos (en ese entonces solo había tres padres y los visitantes también comían en la misma mesa), el p. Iakovos comía solo medio calabacín pequeño sin sal con un trozo de pan seco que sacaba del bolsillo y que tardaba una hora en comer. Luego contaba los milagros de san David y daba consejos.


Una vez en la mesa, un padre le dio un dispositivo inalámbrico para hablar con Chipre. El Gérontas de repente brilló como el sol y se puso muy feliz. "¿Cristalla? (nombre femenino) Hijo mío, buenas coronas enviaré yo también a la boda a san David, enviaré a san Juan el Ruso, enviaré, hijo mío, a san Nectario, a san Jaralambo y enviaré, hijo mío, a santa Paraskevi. Muchas bendiciones. Nuestras oraciones al santo ayudaron, que lo sepas…".

Después de una divina Liturgia dominical, con la capucha monástica, la cruz y manteniendo el bastón, se dirigió a la mesa para tomar el café de costumbre. Era una visión de otro mundo. Las pupilas de sus ojos brillaban como si fueran dos soles brillantes y se hubiesen vuelto enormes, llenos de luz. Al acercarme, noté que de sus ojos emanaban rayos dorados.

El Gérontas recomendaba las medicinas de la Iglesia: ayuno, prosternaciones, oración y limosna en absoluto secreto. En una ocasión, las cincuenta prosternaciones que me recomendó me parecieron pocas. Entonces le dije:

— Gérontas, ¿sólo cincuenta?

— Haz, hijo mío, por ahora cincuenta prosternaciones y luego nos pondremos de acuerdo y veremos.

— ¿Qué más debo hacer, Gérontas?

— Conoces, hijo mío, las “letritas”?

— ¡Las conozco!

— Bien, entonces lee una vez al día las Salutaciones o el canon de súplica a la Panayía.

Una vez, después de la divina Liturgia, tras untar un poco de aceite del candil de la sagrada reliquia de la cabeza de san David en un algodón y trazarme la Cruz en la frente, me dijo: “Todo, hijo mío, existe (es decir, todo tiene valor) y prosternaciones existen. Anteayer, un novicio hizo cien prosternaciones, y el diablo se apareció donde estaba haciéndolas y le dice: “No puedo hacerte nada, porque has hecho las prosternaciones; ¡ahora no tienes idea de lo hubiese hecho!». Por eso te digo, hijo mío, que todo existe, y el ayuno existe, y las prosternaciones existen; solo que nosotros también debemos tener un arrepentimiento constante”.


Un novicio, que tenía pensamientos, para apoyarle, el Gérontas, le dijo: “Ven aquí. El hombre que se fue ahora tiene cáncer y sufre mucho. Nosotros aquí en el Monasterio estamos muy bien, a salvo. Gloria a ti, Dios”.

Además de su enorme humildad, el Gérontas también se distinguía por su gran ascetismo silencioso, especialmente el ayuno. Una vez, me recomendó:

— Durante unos años, hijo mío, come sólo comida de ayuno, si quieres ser ayudado...

— Gérontas, como tengo 18 años y tengo alopecia (calvicie), me recomendaron este suplemento dietético, levadura de cerveza, porque fortalece el cabello...

— Hijo mío, tíralo ahora mismo; te hará mucho daño. Necesitas ayuno. Y comenzó a contarme: “Un día, un hijo espiritual mío, un médico, me trajo una inyección. Me dijo: “Padre Iakovos, ponte esta inyección para fortalecerte; tiene todas las vitaminas”… La dejé, hijo mío, en la mesita de noche, no me la puse. Le dije: “Tomo quinientas pastillas al mes, ¿debería tomar más?”

Vino entonces otro hijo espiritual mío de Volos, también médico, viene a mi celda, ve la inyección y me dice:

— Padre Iakovos, ¿qué inyección es esa?

— Me la dio un médico de Atenas, pero yo no me la puse, le digo.

— Padre mío, no te pongas esta inyección, porque echarás pelo por todo el cuerpo y entonces no podrás soportarlo, dejarás el monasterio y buscarás a alguna mujer con quien pecar...

Por eso te digo, hijo mío, nuestra medicina es el ayuno. No nos interesa el mundo ni sus deseos, esos son inventos del diablo.

Nuestros santos, en la humedad de las cuevas, perdieron todo el cabello y se quedaron con el cráneo al descubierto, pero lo veían con alegría; lo tenían como adorno, el no tener cabello, ¿y nosotros deberíamos tomar estas fabricaciones? No, no, aunque un solo cabello, es una bendición, Dios lo sabe...".


De repente, una vez, empezó a decir: “Muchos hombres demoniacos me llaman loco. Yo digo: “Gloria a ti, Dios mío, san Andrés (loco en Cristo) luchó tanto para que lo llamaran loco, ¿y debería molestarme cuando me llaman así?”. Por eso te digo, hijo mío, no te ofendas; si te llaman loco, tendrás recompensa. Hay gente diabólica que no ama a Cristo, y a quien lucha lo llaman loco. En realidad, ellos son los locos”.

Una vez, estaba sentado en un taburete y todos estábamos en el patio, unos en el suelo, otro en un banco. Era verano; sentíamos un gran amor mutuo, pero también familiaridad y respeto por el Gérontas. Él, con su forma de hablar particularmente elegante, contaba milagros y apariciones de san David y de san Juan el Ruso... De repente, se volvió hacia él, un niño era, y, dirigiéndose a él, le dijo: “Perdóname, hijo mío, lo que os estoy diciendo no es diabólico…”. Al final, el niño me contó que en ese momento estaba pensando que el Gérontas se equivocaba, porque no es posible describir las apariciones de los santos con tanta sencillez. El p. Iakovos ni siquiera había visto la expresión del rostro del niño, pues estaba justo detrás de él, pero por la Gracia de Dios percibió sus dudas y se apresuró a corregirlo.

Una vez, fui con un tal Demetrio, que hoy es monje en un Monasterio. Me estaba confesando dentro del Santo Altar en la Iglesia, después de Vísperas. Los ojos brillantes del Gérontas estaban fijos en mí mientras me hablaba. De repente, se levantó preocupado y dijo: "¡Demetrio! ¿Dónde está Demetrio? Ve a llamar a Demetrio...".

Demetrio era muy miope. Había visto al Gérontas primero y salió. Corrí a buscarlo y encontré a Demetrio al borde de un muro alto. Quizás no había visto la altura o que estaba al borde y a punto de caer. "¡Demetrio! ¡Demetrio! ¡Ven rápido, el Gérontas te llama!". Eso fue todo, escapó de la caída.

—Ha llegado Demetrio, Gérontas.

—Bien, hijo mío, ahora continúa la confesión.

El Gérontas vio a 300 metros detrás de los muros que Dimitris, debido a su gran miopía, iba a caer desde una altura de 5 metros.”


3.91. «Roguemos al santo David»

Testimonio del p. Argyrios Gavriilidou, de Tesalónica: «Debió ser después de 1981-82, cuando, viniendo de Alemania, en una época en que tenía un problema con la vista, visité al p. Gregorio en el Monasterio de la Transfiguración para informarle y recibir su bendición.

Era una tarde entre semana. Después de lo que hablamos, me dijo: “Levántate, p. Argyrios, y ve a ver al p. Iakovos, que está en el Monasterio de San David en Eubea, porque es un hombre santo, y pregúntale sobre tu asunto”. Tras regresar a Tesalónica y conocer las rutas, a la mañana siguiente partí hacia Calcis.

El P. Pablo, entonces predicador de Calcis y ahora metropolitano de Siatistis, con una alegría indisimulada me llevó en su coche; con un viaje rápido y cuidadoso, pero también con una conversación que demostraba su amor por el monasterio y su respeto por el P. Con el apoyo del P. Iakovos, como hombre de Dios, llegamos al Monasterio.

Probablemente habían terminado el oficio de vísperas y estaban sentados, el Gérontas, el p. Kirilos y el p. Serafín, en su pequeña "cocina" frente a la iglesia.

El p. Pablo me presentó y me explicó el motivo de mi visita. Entonces, el p. Iakovos se levantó inmediatamente, con evidente interés y, tras llevarme con él, me dijo: «Padre Argyrios, vamos a reverenciar a nuestro santo David». Entró primero en la iglesia y lo seguí. Por un momento, alzó las manos y, caminando lentamente, dijo: «Mi santo David, el p. Argyrios vino de Tesalónica para reverenciarte y a pedirte por sus ojos; mi santo David, ¿sabes dónde está Tesalónica? Está muy lejos… y ha venido de allí para esto”. Y continuó hablando de este "lejos", haciendo como que el santo no sabía dónde estaba Tesalónica. También mencionó otras cosas, pero yo me quedé con esto, porque de la impresión quedé descolocado. Nos acercamos al icono del santo que está en el iconostasio, y junto con el p. Iakovos hice una prosternación, y luego hicimos lo mismo ante la sagrada reliquia de la cabeza de san David, y él me bendijo con ella. Después de colocar la sagrada reliquia en su lugar, comenzó a contarme varias cosas. Que había amado la Iglesia desde pequeño y que había ido con regularidad, siempre con el apoyo y la educación que le habían dado su madre y su abuela. Me dijo, por lo que recuerdo: “A mí padre Argyrio, me perdone, me gustaba ir a la Iglesia desde pequeño. Cuando iba al ejército y veía una sotana en la calle y estaba con otros, porque se burlaban de mí, si iba a recibir la bendición, me ponía a escondidas detrás del sacerdote y, con discreción, intentaba besarle la sotana; así recibía bendición y era feliz. Yo, mi p. Argyrio, me perdone, era muy tímido y no me hacía amigo de mis compañeros que querían ir de aquí para allá. Imagínese, mi p. Argyrio, perdóneme, yo era ya mayor y todavía creía que un niño nace de la nariz de su madre. Mi madre solía decir, que Dios la perdone: “Mira, mi pequeño Iakovos, se sonó una vez tu madre la naricita y caíste tú de su orificio, como un garbancito, y poco a poco creciste y te convertiste en mi pequeño Iakovos»; y yo lo creía; tan inocente era. No sabía de estas cosas”. En ese momento, pensé en algo y me dije: “Parece que el Gérontas es de Asia Menor, porque mi abuela me decía lo mismo de pequeña”. Y me alegré aún más. Al final, me dijo: “Yo, p. Argyrios, me perdone, rezaré para que san David haga lo debido”. Le di las gracias, me prosterné ante él, recibí su bendición y, junto con el p. Pablo, salí del Monasterio.

Tras mi visita al Monasterio de San David, después fuimos más veces con la parroquia, dos o tres veces al año, pero también con la familia. En una ocasión nos hospedaron tres o cuatro días. Así oficiábamos, veneramos las Reliquia Sagrada de la Cabeza de san David, aprendíamos de sus palabras y de lo que veíamos del p. Iakovos; recibimos su bendición, pero también el amor de los dos padres de aquel entonces que se sacrificaban ofreciendo hospitalidad, con un amor verdadero hecho con mucho sacrificio, y regresábamos llenos de bendiciones y de la Gracia del Santo.

El p. Iakovos era alto, delgado y erguido; se reflejaba su nobleza le en su andar, en su aspecto, en sus palabras, en la expresión de su rostro, en sus ojos casi siempre bajos y en toda su manera de celebrar el misterio de la divina Liturgia, en su buena articulación y recitación musical —aunque no tenía educación especial— y, sobre todo, en su envidiable sencillez. Siempre venía de su celda a la iglesia con su capucha monástica, su cruz y bastón pastoral, y a pesar de su sencillez, mantenía el orden, como si se dirigiera a un lugar oficial.

En el Altar, casi sin palabras, a veces sentado a la derecha de la Puerta Santa y hablando solo cuando tenía que decirle algo al p. Cirilo o dar la orden a sus concelebrantes. Me impresionó que, cuando comenzaba la divina Liturgia, antes del "Bendito sea el Reino", decía en voz baja: "Venid, Cristo y la Panayía (Toda-Santa)".

Una vez me contó que, al terminar la divina Liturgia, una mujer se le acercó y le preguntó: "Padre, ¿qué era ese niño pequeño sobre la Santa Mesa con la sangre?". Y no supo qué decirla. "Escuche, p. Argyrio, nuestro Cristo está verdaderamente presente en el momento de la divina Liturgia; ¿no es terrible? Y esto sucede en cada divina Liturgia".

Parece que debía de sufrir de sus pies, porque seguía los oficios de rodillas, sobre una pequeña estera. Incluso durante la semana de Pascua y durante la Divina Liturgia, estaba de rodillas, lo que revelaba el problema de la debilidad de la carne. Cuando el p. Kirilos oficiaba en un pueblo vecino o estaba ocupado con su ministerio — en ese entonces eran solo tres— y la gente venía después de la divina Liturgia, el mismo p. Iakovos sacaba la Sagrada Reliquia de la Cabeza de San David y los fieles la reverenciaban y rezaban, bendecían a los enfermos y hablaban de la vida de san David, de sus milagros, y enseñaba con sencillez las verdades del Evangelio al pueblo de Dios, y la gente salía espiritualmente renovada.

Una vez, según me contó, cuando era un joven clérigo, iba a servir a los pueblos vecinos montado sobre un animal del Monasterio. "Pasaba", me dijo, "por los huertos de nuestro monasterio, y las frutas de los árboles me golpeaban la cabeza. Tenía ganas de tomar una para comer, porque eran propiedad de nuestro monasterio, pero me decía: “Si alguien me viera haciéndolo y no lo supiera, ¿qué diría? Que el sacerdote toma manzanas a escondidas…”. Y así, perdónenme, nunca extendí la mano...".

En otra ocasión, después de la Divina Liturgia que esperábamos en el salón de invitados, el Gérontas vino y se sentó en el lugar donde siempre se sentaba a la mesa. Empezó a hablar dándonos consejos y a exhortar a los fieles a guardar los mandamientos de nuestro Señor. También habló de las divinas intervenciones de san David. Mientras que yo estaba en la puerta, medio dentro y medio fuera, entró al poco tiempo un señor cuya voz era muy grave, me agarró del brazo y me llevó suavemente hacia él. Antes de que empezara a hablarme, le dije:

— Déjeme un momento, señor, para que podamos escuchar al Gérontas y luego me diga lo que quiera. Me dijo, con ese tono grave:

— Este tipo no sabe lo que dice, yo te diré.

—Pero, amigo, eso no es correcto, escuchémosle y luego… —le digo—.

Insistió de nuevo, repitiendo lo mismo. En fin, ante su insistencia acepté escucharlo.

— Escúchame, me dice, no lo dice él, porque no quiere que se note. Entonces comprendí que me iba a hablar de algo bueno. No dije nada. Me dice:

— Tenía a mi hijo, joven, allá arriba, en el hospital de Atenas, en estado muy grave. Los médicos se reunieron y me dijeron: "¿Tiene otros hijos? Su hijo está muy mal. Tras la reunión, concluimos que podría no vivir". En cuanto oí esto, me volví loco; por la noche no sabía qué hacer. Tomé el coche y corrí como un loco; llegué aquí al amanecer, llamé y me abrieron. "Quiero ver al Gérontas", dije. Me lo mostraron y fui a contarle todo lo que me habían dicho los médicos. El Gérontas mostró compasión, me tomó de la mano y me llevó arriba. Me señaló la capilla de san Jaralambos, que estaba muy cerca de su celda y cubría la esquina este de las celdas. Entramos en la capilla y me dijo que rezara. Se arrodilló allí también a la izquierda y comenzó su oración. Estaba llorando y rezando de rodillas. ¿Yo qué oración debía rezar? Bueno, algo hice… Él estaba llorando y ofreciendo oración y penitencia. Salí a tomar el aire, él siguió dentro. Por un momento, le vi venir y decirme: “Venga, vete ahora con bien y tu hijito se pondrá bien con san David y san Jaralambo”. Y así sucedió. Los médicos estaban asombrados. Por eso les digo que no dice nada de sí mismo, pero así son las cosas».


3.92. Visita al Gérontas

Testimonio anónimo: «Dos años antes del funeral del Gérontas Iakovos, fuimos en el coche del sr. Thanasis, su esposa, su hijo, que estaba gravemente enfermo, mi hermano y un clérigo. San Paísio había visto a su hijo y les dijo en aquel momento: “Llevadlo al Gérontas Iakovos a Eubea”. Habíamos llamado por teléfono y llegamos al Monasterio poco antes del anochecer, porque había nevado. Allí nos esperaba el Gérontas Iakovos en el salón de invitados, cerca de la chimenea encendida, y el padre Kirilos también estaba cerca y había otro monje más en el Monasterio. Este niño era muy problemático; no podía quedarse quieto, atacaba, causaba muchos daños y, a veces, las personas corrían peligro debido a su comportamiento incontrolable. El pobre tenía entre 13 y 14 años en ese momento, y no pudieron ayudarle de ninguna manera, ni un médico, ni un hospital, ni otros gérontas, y los padres tenían la esperanza de que el Gérontas Iakovos lo ayudara. Bajamos del coche, el niño empezó a correr haciendo cosas alocadas. Mi padre tenía mucho miedo de que no golpease a alguien. Entramos en el salón, allí su padre corrió detrás de él para atraparlo, pero no pudo alcanzarlo, y el niño avanzó hacia el Gérontas, que estaba sentado al fondo del salón, junto a la chimenea. El Gérontas Iakovos se levantó al ver la situación e hizo una señal con las manos a su padre para que lo dejara libre. El niño avanzó con pasos rápidos hacia el gérontas y, al llegar junto a él, levantó las manos y, en lugar de golpearlo o hacerle daño, comenzó a acariciarle la barba. La acariciaba, la acariciaba, como si acariciara a un bebé, mientras que el niño no hablaba, no podía decir ni una sola palabra. Entonces el gérontas se sentó en la silla, y el niño se sentó a sus pies, abrazándolos. Durante dos horas y media que el gérontas nos habló, este niño permaneció inmóvil, cuando nosotros nunca lo vimos así; tenía los pies del gérontas Iakovos abrazados con ambas manos. Después de hablarnos a todos allí dentro, a mí no me habló nada en absoluto, ni siquiera me miró. Estaba sentado en una silla y me quejaba dentro de mí de que el gérontas no me hablaba, y me preguntaba: "¿Por qué no me hace caso? ¿Por qué no me mira? ¿Por qué no me habla?”

Yo entonces tenía 20 años, tenía muy poca barba, había perdido peso y llevaba un abrigo largo porque nevaba y hacía frío. Fui paciente, escuché al gérontas con gran reverencia; parecía un hombre santo con delicadeza, y cada dos o tres palabras decía "me perdonen", sin decir nada más allá de lo espiritual. Se veía mucho amor en sus ojos y en su comportamiento. Y después de que dijo: "Mañana tendremos servicio eclesiástico, vamos a descansar, les daré habitaciones", todos nos levantamos. Entonces me acerqué más al gérontas para recibir su bendición y, con angustia, me miró con sus ojos tímidos y me dijo: "Y usted, señorita mía, ¿de dónde es?". Entonces comprendí la santidad del gérontas, su sensibilidad y su delicadeza, tanto que durante dos horas y media no me habló ni me miró, porque me tomó por una jovencita. Tenía esa mirada y... tal santidad y pureza que, al ver un rostro humano con belleza, no lo miraba. Y no me habló, porque me tomó por una muchacha.


3.93. “Hombre Iluminado”

Testimonio de Gerasimoula: “El gérontas Porfirio, quien fue mi padre Espiritual durante muchos años, me dijo un día:

— Me voy al Monte Atos, ahora irás con tu higúmeno.

— No conozco a ningún otro higúmeno aparte de ti.

— ¡Cómo!, dice, irás con el Gérontas Iakovos Tsalikis que está en Eubea, con san David.

— Pero, yo, no sé dónde está eso...

— Escucha, me dice, a la Academia de Teología ha llegado la Sagrada Reliquia de la Cabeza san David. Mañana un grupo de teólogos y sacerdotes irán con la Sagrada Reliquia a ver al Gérontas Iákovos. Diles que te envío yo, para que vayas con ellos.

Y así fue, me llevaron con ellos, era la única que no era de la Academia de Teología. No conocía al gérontas Iakovos en absoluto, ni siquiera lo había visto en foto; era la primera vez que iba, pero tuve que obedecer, porque me dijo: “Si no vas, no volveré a hablarte”. No quería cambiar de gérontas, conocía al gérontas Porfirio. “No, irás”, me dice. “El padre Iakovos es como si fuera yo, y dirás que te envió el padre Porfirio”. Cuando llegamos al Monasterio de San David, entre tantos padres, no sabía quién era el p. Iakovos. Los estudiantes se habían reunido en una sala, donde el Gérontas hablaría. Yo estaba en la iglesia, pensando que hablaría allí, y rezaba a san David y le decía mis problemas. De repente, una cabecita salió por la puerta del Santuario y me dijo:

— ¿ Tal vez quiere confesarse?

— Estoy esperando al p. Iakovos, me ha enviado el p. Porfirio.

— Yo soy el p. Iakovos. ¿Quiere confesarse?

— Sí, el p. Porfirio me envió a usted y me dijo que me confesara con usted.

Se puso la estola en la puerta y me dijo que cerrara con llave para que nadie nos interrumpiera. Antes de empezar la confesión, empezó a contarme todos mis problemas de principio a fin, sobre quién quería hacerme daño, por qué querían, y en algunos casos me dijo que el mismo satanás me había tentado junto con esta persona, y también me dijo de ahí en adelante lo que tenía que hacer. Entonces comprendí que estaba tratando con un hombre iluminado, como el gérontas Porfirio, con presciencia y clarividencia. Y al final, me dijo: “Tal como te dijo el gérontas Porfirio, de ahora en adelante debes saber que esta será tu casa, vendrás como si fuera tu casa y yo seré tu padre...». El Gérontas comprendió que había crecido en un orfanato y por eso me dijo estas palabras. Así fue como conocí al gérontas Iakovos».


3.94. Encuentro inesperado y revelador

Testimonio de Tsoni Konstantinou de Eretria: “En septiembre de 1987, mi esposa y yo fuimos al pueblo de Rovies, cerca del lago Eubea, a descansar unos días. Allí, el hotelero nos habló del Monasterio de San David. Asistimos a la divina Liturgia el Domingo. En ese entonces nuestra relación con la Iglesia era lo típico. Después de la Liturgia, había mucha gente esperando al higúmeno Iakovos. Salimos al bosque a caminar un rato.

De repente, de la nada, apareció un monje frente a nosotros. Tuve el mal pensamiento de que nos seguía. Nos preguntó de dónde éramos y qué hacíamos. Para vacilarle, le dije que había salido a dar una vuelta con mi novia. Estábamos casados, pero no llevábamos anillos de boda. "No", respondió con calma. "Estáis casados, tenéis un niño y pronto tendréis una niña". En ese momento, no planeábamos tener otro hijo, porque no teníamos casa propia y teníamos otras prioridades. Nos dijo: “No se preocupen, porque el problema con la Arqueología que tienen se resolverá pronto». No le había mencionado nada al respecto. Los sabios de nuestro lugar construyeron la nueva ciudad sobre las ruinas de la antigua, y la Arqueología educa al mundo. Le dije:

— Padre, el paisaje aquí es muy hermoso, es como el paraíso.

— Hijo mío, me dijo, ¿sabes cómo es el paraíso, adónde irán los virtuosos y los justos?

— Nos habló del Paraíso celestial, nos contó cosas muy hermosas, pero no pude mantenerlas.

También nos habló de nuestra vida personal, construiremos una casa, nos cansaremos mucho, pero lo lograremos. Tendremos problemas con personas injustas y envidiosas, pero Dios y la Panayía nos protegerán.

También nos dijo que todas las noches lucha con demonios y le golpean. Reza por el mundo entero, va a rezar a asceterio en lo alto de las rocas.

Con mi pobre mente, pensé que el monje nos mentía. De repente, lo perdimos. Tal como llegó, así se fue. Regresamos al monasterio y la gente esperaba ver al higúmeno Iakovos. Nosotros nos sentamos en una esquina. El monje se acercó a nosotros, el mismo que vimos en el bosque, era el p. Iakovos, y nos habló de varios enfermos, qué tenía cada uno y quién se recuperaría. Nos contó muchas cosas. La gente nos miraba con extrañeza, pero el monje pareció ignorarlos y nos hablaba a nosotros.

Los monjes nos dijeron que en aquel periodo el higúmeno estaba muy enfermo y no podía ver a la gente.

En aquella época no sabía quién era el gérontas Iakovos. Ahora justifico a la gente que nos miraba con extrañeza, por el gran honor que tuvimos de conocer al santo Gérontas. Sentimos su protección y cuando tenemos un problema, invocamos su nombre y él nos ayuda».



3.95. Transparente y alegre

Testimonio de la presbitera (esposa de sacerdote) Ismini: “En Egipto, donde vivíamos, los padres del Sinaí nos hablaban a menudo del bienaventurado gérontas Iakovos. Así que, en 1990, cuando recién me convertí en estudiante y vivía en Grecia, decidí ir al Monasterio de San David para recibir su bendición. Llevé conmigo a una amiga ortodoxa alemana, Bettina, que acababa de ser bautizada en el Sinaí, y partimos en autobús. En cuanto llegamos, los padres nos dijeron que el Gérontas no salía de su celda por motivos de salud. Era imposible recibir su bendición. Estábamos tristes, pero como no había autobús de regreso ese mismo día, nos quedamos allí y fuimos al Servicio de Vísperas.

De repente, Bettina me dijo: “Aquí está el Gérontas». Me pregunté cómo estaba tan segura de que era él, ya que nunca habíamos visto una foto suya. “Solo él puede ser”. Míralo”, me dijo. Entonces también miré a los ojos al hieromonje que participaba en el servicio. Me quedé sin palabras. Nunca había visto una expresión así. No era de este mundo, sino de otro. La paz y el amor que expresaba su mirada superaba toda medida humana. Tenía algo celestial, conocía las almas de las personas, una luz brillaba en su interior que la hacía completamente transparente, como los faroles de papel que parecen transparentes cuando se iluminan desde dentro.

En otra ocasión, cuando me confesé, mientras hablábamos, me dijo qué no decir y cómo no comportarme, imitando mi voz y mis movimientos. Y aunque los movimientos que hacía eran exactamente iguales a los míos y el tono de su voz en ese momento era exactamente el mismo, me pareció completamente natural. Lo decía con amor y cariño paternal, así que no me avergoncé ni me molestó que me imitara. En el viaje de regreso, me sentía feliz como un niño pequeño. Sentía el amor del Gérontas acompañándome y quería abrazar al mundo entero con mi alegría. Al día siguiente, me conciencié de cómo me había imitado, de que me había enseñado cómo debía comportarme, y agradecí a Dios por haberme dado este regalo invaluable: conocer al santo Gérontas Iakovos.



3.96. Despedidas antes de su dormición

Testimonio de la sra. María Fouka-Roumbani: «El 1 de noviembre de 1991, cuando celebraba el Monasterio, fui y encontré al Gérontas en el comedor, y me dio la bienvenida. Me preguntó cómo estaban los niños y, en especial, por mi hija, a quien constantemente “seguía espiritualmente”, y me dijo: "¿Por qué no ha venido? Quería verla". Me asombró que me pidiera con tanta vehemencia verla. ¿Cómo podía imaginar que en veinte días el Gérontas dejaría esta vida y que deseara despedirse de ciertas personas, entre ellas, de mi hija? Después de la divina Liturgia por la Fiesta, recibí la bendición del Gérontas para irme. ¡No sabía que lo veía por última vez en la tierra! Regresé a casa y la escena en la que el Gérontas Iakovos insistía en ver a mi hija me venía a la mente una y otra vez.

Por la providencia de Dios, a los diez días, el hijo de un amigo nuestro sintió una debilidad en el cuerpo, y su padre nos lo contó. Le aconsejé que llevara a su hijo a ver al p. Iakovos. Y ya que iban, les dije que llevaran a mi esposo y a mi hija, a quienes el Gérontas había pedido ver. Y así fue, llevaron a mi hija al Monasterio. El p. Iakovos se alegró especialmente de verla. La tomó de la mano y la llevó a la pequeña capilla de San Jaralambo. Habló con ella largo rato. ¡Se despidió de ella! ¡Quién sabe qué revelaciones le hizo! Desafortunadamente, la niña no oía, no entendió lo que el Gérontas le decía por última vez. ¡La habló durante media hora, tres cuartos de hora…! Y ella, a pesar de no escuchar, le miraba atentamente y estaba feliz. ¡Estaba recibiendo su bendición y su Gracia! Lo que entendió fue que en un momento él le mostró el templo y le dijo: “Hija mía, ¿no ves a san Jaralambo que está aquí vivo? (También le estaba mostrando el icono de san Jaralambo), te sonríe y te pregunta qué haces”. El Gérontas a continuación salió fuera, bendijo al hijo de nuestro amigo, y éste se puso bien. Luego abrazó a mi esposo y le dijo que él se iría, pero que nosotros fuésemos al Monasterio. Cuando llegó mi esposo, me dijo: "¡Que lo sepas, que el p. Iakovos se va! Hoy sentí como si se despidiera de nosotros". Le dije que yo también, hace diez días, cuando fui al Monasterio, sentí lo mismo cuando pidió ver a nuestra hija, y me impresionó mucho, porque recuerdo que el día de la festividad de san David hacía un frío terrible. Y dije: "Cómo puede pedir verla, con tanto frío es difícil traerla conmigo".

Y el Gérontas quería irse. Recuerdo que estaba de fiesta y le decíamos, "¡Felicidades, muchos años!", y él decía: "¡Estoy cansado, quiero ir al cielo para estar con Cristo, pero la gente no me deja ir!. ¡El mundo tiene muchos problemas!”

Y efectivamente, el 21 de noviembre, día de la Asunción de la Fiesta de la Presentación al Templo de la Madre de Dios, ¡el p. Iakovos entró en el Reino de Dios!

Cuando me enteré, no quería creerlo. No podía soportar aceptarlo. Había estado con él veinte días antes de su partida, y no podía creer que este santo Gérontas, que tanto me apoyó y me ayudó, se hubiera ido.

Y mi pequeña hija lloró mucho al enterarse. ¡Perdió a su benefactor, a su salvador! Aquel que la apoyó como ningúna otra persona."


3.97. Bienaventurada dormición y funeral

Testimonio de Gerasimoula: «El Gérontas sabía que se acercaba su hora de partir. Antes de morir, les decía a muchos, a padres, a sus hijos espirituales: «Yo, mis hijos, me iré en un año..., me iré en unos meses..., me iré en unas semanas..., me iré en unos días...». Sin embargo, sus hijos no le creían, pues decían que lo había dicho porque estaba enfermo; además, era relativamente joven, de 70 a 71 años.

El 17 de noviembre de 1991, un domingo, el Gérontas Iakovos me pidió que estuviera en su Monasterio el 21 de noviembre. ¿Cómo sucedió esto? Lo vi en sueños el 17 de noviembre, cuando fui a descansar. En mi sueño le veo en una iglesia blanca, muy grande, en una colina alta. Toda la colina brillaba con el sol radiante, y había muchísima gente dentro. Me dijo: «No me hablarás, ni yo te hablaré aquí; acércate a hablar conmigo en el Monasterio. ¿Me has oído? No quiero ninguna objeción. El 21 de noviembre vendrás al Monasterio».

Me desperté y llamé al Monasterio. El padre Kirilos contestó el teléfono y me dijo: «Tuvimos una conversación con el Gérontas y quiere que vengas el 21 de noviembre sea como sea». Como me lo pidió el Gérontas, pensé que tenía que ir. El padre Kirilos también me dijo que vendría a Atenas con la sagrada reliquia de la mano de san David, que si quería ir a reverenciarla y hablar con él (con el p. Kirilos) en persona. Cuando le vi, le conté mi sueño y le dije:

— Padre Kirilos, se me pasó por la cabeza que quizás el Gérontas Iakovos se “marchará” hacia el cielo, porque lo que vi no era normal. Vi al Gérontas oficiando la Liturgia con espléndido atuendo sobre el Santo Altar, con una multitud en una iglesia desconocida.

— ¿Qué te puedo decir, hijo mío...? No lo creo..., pero ven y ya veremos.

Así que fui el 21 de noviembre por la mañana, porque la responsable no me daba permiso ni un día, así que iba medio día y volvía por la noche a hacer mi turno. Iba y volvía el mismo día, con el tiempo justo para ver la ordenación a diácono del padre Hilarión (más tarde llamado padre Iakovos). El Gérontas Iakovos había dicho: "Tras ver a este chico como diácono, luego moriré". Y así fue.

Yo pensé que sería bueno ir primero a Phylla en Eubea, donde se celebraba la ordenación, y luego ir a ver al Gérontas. Estuve en la ordenación, escuché el testimonio del p. Hilarión y subí con alegría a contarle al Geronta Iakovos lo que había visto.

Salimos de Phylla de Eubea en el coche de una amiga, su marido conducía, y llegamos al monasterio en una hora y cuarto, cuando normalmente es una distancia de tres horas. El marido de mi amiga, al ver su reloj, me dijo: «Pero, Gerasimoula, ¿qué pasa aquí? ¿Vuela el Gérontas...? ¿Volamos nosotros también?». Lo decía porque muchas veces al Gérontas le encontrábamos en Lago (Limni) de Eubea, y nosotros íbamos con el coche al monasterio y el Gérontas, que iba caminando, había llegado antes que nosotros. Lo he visto personalmente. La distancia del monasterio al Lago es de unos veinte a treinta minutos.

Al llegar al monasterio “volando”, el Gérontas le dice a un padre Ephraim que le prepare café y que me diga que vaya a su habitación y no nos moleste nadie. Como sabía que cada poco tiempo alguien llamaría a la puerta, dijo: “Cerrarás la puerta con llave, para que entiendan que no deben molestarnos”; y yo cerré. Nos sentamos juntos dos o tres horas, hasta las 4:20. La conversación giró en torno a los muchos milagros de san David, pues también me contó el milagro con la Madre de Dios “Panayía Xeniá”, que ella le había hecho. Es decir, mencionó los sucesos más milagrosos de su vida, y la historia duró tres horas. Luego me preguntó cómo iba el trabajo, y se lo conté. Me dijo que me expulsarían del hospital y que me dolería el estómago, y me rogó que no me dejara operar, porque san David le dijo que me ayudaría y me curaría, lo cual ocurrió después, tal como dijo el Gérontas. Llegamos, entonces, al momento en que me dice que san David entra en su habitación.

—Vale, —digo—, Gérontas, ya que san David ha llegado, debería salir, así podéis hablar de vuestras cosas. No vi a san David ni oí su voz.

— No, me dice el Gérontas. San David me dijo que rezaras el Canon de Súplicas, porque se alegra cuando lo rezas. Y él te ayudará y me dirá qué quiere de ti, y yo te lo diré...

Así que comencé a rezar. Terminé la oración y fui junto a él:

— San David me dijo que te dijera que te sucederán muchas cosas en la vida, pero hasta tu último aliento él estará a tu lado, pero que también yo, lo estaré. “Donde Dios quiere, el orden natural es vencido». Todo irá bien, así que me pidió que te lo dijera. Y como algo sucederá ahora, no estarás preocupado, pase lo que pase; ¿me lo prometes?

Y a continuación, dice:

— Mañana por la mañana no me levantaré para oficiar; sonarán las campanas y dormiré aquí en la cama.

— Gérontas, dile al p. Kirilos que llame a tu puerta, que te despierte, que te lleve él.

— No, el p. Kirilos no podrá despertarme; sonarán las campanas y yo dormiré.

— Gérontas, yo no voy a la iglesia desde primera hora de la madrugada. ¿Quieres que vaya a despertarte, que te levante poco a poco para que podamos ir a la iglesia?

— No, hijo mío, nadie podrá levantarme para que pueda bajar a oficiar. Mañana por la mañana sonarán las campanas y yo dormiré.

— Bueno, Gérontas, parece que debe estar muy mal.

— Hijo mío, no me encuentro bien.

— Gérontas, ¿debería llamar a un médico?

— No, no, hijo mío, pero no me siento bien. Pero ahora debo levantarme, porque los padres vienen de donde se realizó la ordenación. Por cierto, ¿cómo estuvo?

— Gérontas, quería decírtelo antes... fue algo diferente... No conocía al niño cómo cantaba, no conocía su voz... Pensé que otro cantaba.

— Así es, hijo mío, era el Espíritu Santo, el Espíritu de la Verdad cantaba. ¿Estaba bien?

— Sí, muy bien, Gérontas. También leyeron el testimonio.

— Sí, hijo mío, lo “escuché” mentalmente; estaba allí; lo escuchaba y lo veía todo; mentalmente estaba allí...; ¿no fue hermoso?

— Todo fue muy hermoso, Gérontas, fue una gran bendición de Dios.

— Hijo mío, aquí vienen, abre la puerta, porque dentro de poco van a subir las escaleras y vienen. En ese momento, me pidió que cantara el tropario del apóstol Santiago (casualmente, lo había aprendido ese día). Mientras cantaba, fui a abrir la puerta, después de haberle puesto previamente el raso y los zapatos, para que estuviera listo para bajar a la iglesia. En ese momento oí: "¡Gerasimia, corre! Estoy mareado". Fui corriendo y evité que se golpeara la cabeza contra el suelo, pues le había dado un infarto, y le llevé una almohada para que pudiera respirar. Llamaban a la puerta y tuve que abrir. Abrí y dije: "Corred y traed un médico, traed también a la Cabeza de San David, veo que el Gérontas no va a vivir, traed los primeros auxilios". Llamaron a un médico. Mientras tanto, yo le mantenía en mis brazos en alto para que pudiera respirar, y veía que estaba perdiendo el pulso. El p. Kirilos leía la oración con la sagrada cabeza de san David, y al terminar la oración que el p. Kirilos leía sobre el Gérontas, sentí que dio un ligero respiro y, como había dicho: "Como un pajarito, hijos míos, me iré". Sentí cómo daba su último y el pulso se le iba. El Gérontas tenía la mirada fija en la mía; sus ojos no perdían su lugar, como sucede cuando alguien deja la vida. Sus ojos eran como que te hablaban, como que te veían, era como si estuviese vivo, por eso no le cerré los ojos hasta que viniese el médico. El médico llegó, le hizo un cardiograma, comprobó que había fallecido y nos dijo que le cerráramos los ojos.

Le llevamos a la iglesia y la gente pasaba, reverenciándole. La noticia se hizo conocida por la radio y desde todos los confines del mundo acudían al monasterio. ¡Había una gran multitud de gente! ¡Toda la iglesia y todo el patio estaban llenos! Son cosas que solo un santo puede lograr con la Gracia de Dios. Y llegó un momento en que un conocido mío fue a reverenciarle y vimos al Gérontas abrir los ojos. No fui yo el único que lo vio, sacerdotes y otras personas también. A veces abría los ojos y nos miraba. Los abría de par en par y luego se cerraban. La conmoción era superior a nuestras fuerzas.

Y durante la procesión, no pocos, sino muchos lo vieron, tal como él mismo nos dijo: "¡Me levantaré en el momento de la procesión y os bendeciré!". Y así fue, mientras transportábamos sus reliquias, levantó la mano y bendijo a todo el mundo.

El metropolitano Prokopios también acudió al funeral y me alegré mucho. Todos a una, dijimos el "Cristo ha resucitado" y "Cuando descendiste a la muerte" (Tropario de Resurrección en el tono 2). Es decir, cantamos himnos de Resurrección durante el funeral del Gérontas.

El Gérontas había visto su “dormición” y me dijo: “Te quedarás en el monasterio tres días”. La directora del Hospital donde trabajaba no me dio permiso; me dijo que regresara por la noche. Y le dije al Gérontas:

— ¿Qué le diré a la responsable? Me espera por la tarde.

— Dile que mi abuelo ha muerto y debo quedarme.

Cuando el Gérontas durmió, llamé a la directora, diciéndole: “Lo siento, mi abuelo ha muerto y debo quedarme…”. “Mi padre también murió, te entiendo... quédate, y cuando quieras, llámame y ven”. “Esto fue para que pudiera estar allí tres días”.


3.98. En el funeral del Gérontas Iakovos

Testimonio de la Sra. Maria Fouka-Roumbani: «Debo confesar que, de camino al Monasterio de San David para asistir al funeral del Gérontas Iakovos, una fragancia me acompañó durante todo el trayecto.

Cuando llegué al Monasterio y vi a Gérontas en el féretro mis lágrimas corrían sin parar. Tenía un rostro muy dulce. Daba la impresión de estar dormido. Su cuerpo era flexible, suave y tierno. Su temperatura corporal era normal. ¡Tenía signos de santidad!

Como había tanta gente (muchos llegaron corriendo de toda Grecia al enterarse de la desagradable noticia), sacaron el féretro al patio, donde se celebró el funeral. ¡Qué puedo decir! ¡Oleadas, oleadas de fragancia llegaban continuamente! Todo el patio estaba lleno de fragancia. ¡Nunca olvidaré este funeral! No solo se sentía tristeza, sino también alegría. ¡Tristeza gozosa! ¡Estaba presente la esperanza de la Resurrección! Arzobispos y muchos sacerdotes participaron en el funeral.

Al terminar el funeral, levantaron el féretro para que el Gérontas pudiera bendecir al mundo entero por última vez, y todos gritaron "¡Santo!". Más tarde, oí que algunos lo vieron bendecir a la multitud con las manos. Otros, oí que lo vieron con los ojos medio abiertos.

Sin embargo, lo que más se me ha quedado es la hora del entierro. He asistido a muchos funerales, pero lo que sentí en ese momento en el Monasterio fue completamente diferente. Las campanas repicaban y todos cantaban "¡Cristo ha resucitado!“. Olas de fragancia seguían emanando del cuerpo sagrado del Gérontas. En ese momento pensaba: ¿cuántos santos habrían acudido allí a recibirlo? En ese momento sentí alegría, porque un elegido de Dios, un santo, ¡iba a encontrarse con el Cristo que tanto amaba! ¡Un santo entraba en el Reino de los cielos!

¡Le echamos mucho de menos! ¡En este momento, apenas puedo contener las lágrimas! ¡Nunca lo olvidaré! Siempre sentiré una gratitud eterna por mi Gérontas, mi guía espiritual, el Padre Iakovos.

Como nos había dicho, desde su fallecimiento hasta hoy, no hemos dejado de ir al Monasterio. Vamos a su tumba y le agradecemos grandemente por todo lo que nos ha ayudado y nos sigue ayudando”.


3.99. Fragancia en su funeral

Testimonio de la presbitera Panagiota Papakosta-Trikaliotis: «Noviembre de 1991. Durante el funeral del Gérontas, concretamente unas horas antes de que comenzase el oficio, nos encontrábamos en el patio frente a la iglesia del Monasterio. Confieso personalmente que sentí una fragancia que me inundaba. Lo mismo me aseguraba mi cuñada Euthymia Dionysopoulou, que estaba a mi lado».



4. MILAGROS DESPUES DE SU DORMICION

4.1. Ayuda a un juez

Testimonio de la sra. María Fouka-Roumbani: «Hace unos años, cuando el higúmeno del Sagrado Monasterio de San David (ahora bienaventurado), el p. Kirilos, aún vivía, vino a mi casa. Hablábamos y me contó que unos jueces que eran hijos espirituales del Gérontas Iakovos, siempre buscaban su ayuda para juzgar correctamente, tanto en vida como tras su fallecimiento.

También mencionó el siguiente incidente, que le ocurrió a un juez, hijo espiritual del Gérontas.

Este juez tenía un caso muy difícil y “confuso”. Rezó mucho a Dios para que lo ayudará a tomar la decisión correcta. También le pidió ayuda al Gérontas Iakovos.

Hasta la víspera del juicio, el caso aún no había llegado a su fin. Había muchos elementos que lo inquietaban. Se preguntaba quiénes eran los culpables y quiénes los inocentes. ¿Y si se había equivocado al tomar la decisión? ¿Y si había falsos testigos? ¿Y si había perjudicado a alguien? Oró toda la noche y pidió la ayuda de su bienaventurado Gérontas Iakovos.

El día del juicio, fue a buscar su coche para ir a los juzgados. ¡Pero era imposible! El coche, por alguna razón desconocida, no arrancaba. Se desesperó. Corrió a buscar un taxi. Desafortunadamente, tampoco lo encontró. El tiempo pasaba y estaba ansioso por llegar a los Juzgados. Por lo tanto, corrió rápidamente para alcanzar el tranvía. Subió. Se sintió aliviado. Por suerte, tendría tiempo de llegar a tiempo. En la siguiente parada, entró un grupo de cinco o seis personas que, al no encontrar asiento, se agarraron a la barandilla, justo a su lado. Empezaron a hablar en voz baja. El juez, sin querer, escuchó lo que decían entre ellos. ¡Y se asombró! Eran testigos, que también iban a juicio, por el mismo caso, que él también iba a juzgar. Pero eran falsos testigos, y uno le decía al otro que no olvidara lo que tenía que decir, para engañar a la justicia. ¿Cómo podrían haber imaginado que el que estaba sentado a su lado escuchándoles era el juez del caso.

El juez agradeció de todo corazón a su bienaventurado Gérontas Iakovos, por revelarle la verdad y ayudarle a juzgar el caso correctamente. Le reveló quiénes eran los culpables y quiénes los inocentes.

Entonces comprendió por qué su coche no arrancaba y no encontraba un taxi».


4.2. Da la solución

Testimonio de la sra. Maria Foukas-Roumbanis: «Hace dos o tres veranos estábamos de vacaciones en Aidipsos, donde solía ir a los Baños Termales. Sin embargo, de repente, surgió un problema urgente. Teníamos que encontrar a la persona adecuada para resolverlo. Conocíamos a la persona, pero no sabíamos su número de teléfono ni su dirección. Así que tuvimos que salir urgentemente de Aidipsos (donde habíamos pagado todo por adelantado) e ir a nuestra casa a intentar encontrar a la persona que buscábamos. Y no era seguro que la encontrásemos.

"Así que esa tarde, fuimos al Monasterio de San David. El Monasterio está a unos cuarenta minutos de Aidipsos. Fui con fe sobre el sepulcro del Gérontas Iakovos y le rogué que nos ayudara, que encontrara la manera de comunicarnos con la persona que buscábamos. ¡El sepulcro del Gérontas emanaba fragancia! Cuando esto sucedía, significaba que el Gérontas daría la solución.

Regresamos al hotel donde nos alojábamos. Estaba esperando la intervención del Gérontas Iakovos. A las once y cuarto de la noche, sonó mi móvil. Me preocupaba quién me llamaría a esas horas.Respondí al teléfono y me impacté, porque era la persona que buscaba. ¡No lo podía creer! Hablamos y el asunto quedó resuelto, así que no tuve que irme de Edipsos tan rápido y perderme los baños termales, que tanto necesitaba para mi salud. Habría perdido mucho dinero, ya que había pagado por adelantado.

Después de un tiempo pregunté a esta persona: “Bueno, ¿cómo se le ocurrió llamarme aquella noche?”

Y me explicó que esa noche iba a dormir, pero no pudo, porque mi imagen le venía a la mente sin motivo alguno. Pensaba en mí con tanta intensidad que temía que me estuviera pasando algo. ¡Me contactó para averiguarlo, para tranquilizarse! Cuando escuché esto, me quedé impactada.

Agradezco profundamente a mi inolvidable Gérontas Iakovos, quien constantemente intercede y nos ayuda desde donde está, y a san David por sus tantas bendiciones para nuestra familia.

Es una gran bendición que tenemos la cuerda de oración (komposkini) del Gérontas Iakovos en nuestra casa y despide fuerte fragancia! ¡Que tengamos su bendición!


4.3. Aparición del Gérontas

Testimonio del sr. Tsakardanos Georgiou: «En un libro sobre la vida del bienaventurado Gérontas, publicado después de su dormición, dos puntos me impresionaron especialmente.

Primero, que una vez le pidió a san David que se le apareciera no tal como es, sino en la forma de un monje conocido, como sucedió. San David se le apareció en la forma de un monje del Monasterio. Me pregunté cómo era posible que un santo se te aparezca en una forma que te resulte familiar; y segundo, cuando, cumpliendo la orden de su padre, antes de convertirse en monje, fue a regar su campo el día que tenían derecho a regar, y se vio obligado a detener el riego del campo del vecino, el cual había instalado ilegalmente. En cuanto el vecino se dio cuenta, comenzó a insultarle y él a cada insulto respondía : "Gracias, George".

Estos dos puntos, en cierto modo, se relacionan con mi siguiente experiencia:

Varios testimonios de personas informaron que el Gérontas se apareció a la gente después de su dormición. Yo, al escuchar todos estos testimonios, con la valentía de nuestro conocimiento, le pedí que se apareciera también a mí y creí que lo haría realidad. El 30 de diciembre de 1992, tenía planeado viajar a Agrinio, de donde procedo. En Omonia, subiendo las escaleras, me encontré con una mendiga anciana, pero como tenía prisa por coger el autobús de KTEL (terminales de autobús) a Kifissos, que salía a las 16:00, la evité, algo de lo que luego me arrepentí. Al llegar a KTEL, buscaba a un mendigo para darle la moneda de 100 dracmas que no le di a la mendiga, pero no vi a nadie. Y aunque la salida estaba programada para las 4, el autobús aún no había llegado de Agrinio; había retraso.

A las 4:25, de repente, a unos 300 metros de donde estaba, vi a un mendigo extendiendo la mano entre un grupo de cuatro personas que seguían charlando, como si nada hubiera pasado. Esto me impresionó y me pregunté si no lo habrían visto. Entonces, vi al mendigo venir hacia mí, pasando de largo a todos los demás. Al observarle, me recordó mucho al esposo de mi difunta hermana, pero también tenía el andar ligero del bienaventurado Gérontas. Se me acercó de lado y me extendió la mano. Entonces vi algo que me impresionó. Las monedas que sostenía estaban ordenadas en línea recta y por valor. Eran de 20, 10 y 5 dracmas. Cuando le di la moneda de 100 dracmas, permaneció a mi lado y tardó en irse. Discretamente me volví hacia él para ver por qué tardaba. Entonces noté que había tomado la forma del bienaventurado Gérontas. Parecía estar examinando la moneda que yo le di , se volvió, me miró y me dijo: «Gracias, George».

En ese momento pensé que había acertado mi nombre por casualidad y no entendí qué había sucedido. A pesar de ello, sentí una paz que me acompañó durante todo el viaje. Al día siguiente, comprendí e interpreté lo que realmente había experimentado.

Durante los primeros meses de 1993, se realizaría una evaluación de Directores, y luego la asignación a las unidades orgánicas del IKA (Seguridad Social) ya que en ese momento el mandato de los principales representantes y los directores duraba tres años. Sin embargo, la evaluación se retrasó por razones desconocidas. El 21 de noviembre de 1993, día de la dormición del bienaventurado Gérontas subí al Monasterio. Como la constante espera me había cansado, cuando me prosterné ante su sepulcro , le pedí que me enviara la Decisión del Servicio y que la tuviese en mis manos exactamente en tres meses. al marcharme de allí ,me di cuenta de que le había puesto una fecha específica y, por lo tanto, le había puesto en una situación difícil; Entonces dije: “No importa, que falten algunos días”. Con el paso del tiempo, olvidé la petición que le había hecho, hasta que un día llegó la Decisión pertinente. El calendario marcaba el 21 de febrero de 1994, es decir, exactamente tres meses, como le había pedido al principio. Me sorprendí ante lo sucedido y dije: “Nada es imposible para el bienaventurado Gérontas”.

No había pasado ni un mes desde que tomé la decisión que os he descrito y le pedí tener también una tercera señal para recordarlo, sin especificar nada. Después de unos días, el taxista con el que visitaba el Monasterio llegó a la oficina por la mañana y me informó que uno de sus hijos, a quien no conocía, vio por la noche en su sueño al bienaventurado Gérontas, y le pidió que fuera con su esposa y su padre a visitar el Monasterio. “Pero con nosotros”, le dijo, “traed también al sr. George del IKA”. Inmediatamente lo consideré como la tercera señal y subimos al Monasterio ese mismo día».


4.4. Ayuda material

Testimonio de la sra. Maria K.: «Cuando estábamos construyendo nuestra casa, teníamos grandes dificultades económicas. Quise escribirle al p. Iakovos para que rezase. Pero falleció y no dió tiempo. Estaba muy triste. Una mañana, al rezar, al acordarme de él, dije: “Padre Iakovos, desde allí también puede ayudarnos”. Esa misma mañana, un familiar nuestro depositó una cantidad considerable de dinero en el banco, sin que se lo pidiéramos ni esperásemos. Nos dijo que esa mañana sintió una gran necesidad de realizar esta acción».


4.5. A un imberbe le salió barba.

Testimonio del p. Georgios Avthinos: «El p. Seraphim (monje del Monasterio) me contó que, tras la dormición de Gérontas, un joven sin barba llegó al Monasterio. El p. Seraphim le mostró el sepulcro del Gérontas Iakovos y que dijese su problema sobre su sepulcro. A los pocos meses, regresó al Monasterio con una espesa barba negra.

El santo Gérontas Iakovos sentía compasión por los imberbes y había ayudado a muchos, porque él también fue imberbe en su juventud y, a través de la oración, adquirió esta hermosa barba que tenía».


4.6. Ayudó a un drogadicto

Testimonio del p. Georgios Avthinou: «Una vez, junto con la presbitera llevamos a un drogadicto al sepulcro del Gérontas. El se quedó impactado. Habló con dos padres. Tomó decisiones valientes y se inscribió en un programa de desintoxicación. Ahora está casado y vive una vida sana. Este joven nos repetía a la vuelta: “Algo distinto sucede en este Monasterio, no puedo explicarlo. Uno se siente diferente allí dentro”».


4.7.Terapia

Testimonio del p. Georgios Avthinou: «Fuimos la presbitera y yo a visitar el Monasterio de San David en la Navidad del 2008. Sufrí durante años de fuertes dolores cervicales y migrañas. Justo antes de llegar a Rovies, la enfermedad me dio sus primeros síntomas. Las molestias empezaron en el hombro izquierdo, subiendo lentamente hasta el tímpano, la cabeza, la frente, los ojos y el paladar. Cuando llegaban a los ojos y al paladar, tenía que tomar analgésicos fuertes y acostarme, porque el dolor era insoportable. Me mareaba y tenía ganas de vomitar. Este estado solía durar, a pesar de toda la medicación, un día entero, muchas veces hasta dos. Estos síntomas se repetían cada 20 o 25 días durante muchos años. Al llegar al Monasterio, lo único que quería era mis analgésicos fuertes y una cama. Por supuesto, en estas condiciones, no disfrutaríamos la visita de los dos días al Monasterio que habíamos planeado. Antes de encontrarnos con ningún monje, con las maletas en la mano, fuimos directamente al sepulcro de Gérontas Iakovos. Le conté mi problema, como solía hacerlo cuando vivía, y me pongo aceite en mi frente del candil siempre encendido de su sepulcro. Y en ese preciso instante ya no tenia nada. El dolor había desaparecido. Desde entonces fui liberado de mi enfermedad.


4.8. Concordia en la pareja

Testimonio del p. George Avthinos: «En el 2010, a una pareja que estaban separados debido a una tercera persona les envié a visitar al sepulcro del Gérontas Iakovos, antes de entrar en la fase final de su divorcio. Me escucharon y fueron. Pedí al actual higúmeno, el Archimandrita Gabriel (entonces no era higúmeno) que les leyese oraciones sobre el sepulcro del santo Gérontas. Se arrodillaron con su cabeza apoyada sobre el sepulcro y la estola de p.Gabriel por encima. El P. Gabriel, al terminar, les dijo con su característico tono: “Nadie abandona el Monasterio sin encontrar una solución y sin recibir la misericordia del Gérontas”. Hicieron las paces y viven felices con sus hijos».


4.9. Curación de cáncer

Testimonio del p. George Avthinos: «En el 2005 estaba en el Monasterio con la presbitera y nuestros hijos. Había una doctora con su madre y sus dos hermanos que la acompañaban. Tenía melanoma en el pecho (uno de los tipos de cáncer más agresivos). Vinieron exclusivamente por el bienaventurado Gérontas Iakovos y todos derramaron muchas lágrimas sobre su sepulcro pidiendo la sanación.

Después de un año, me encontré con la paciente en Atenas, en Patission, frente al Politécnico, y me contó con gran alegría y emoción que el Gérontas hizo su milagro. Ahora estaba ya sana».


4.10. Su foto obra maravillas

Testimonio anónimo: «Tenía una gran foto a color del padre Iakovos enmarcada en mi habitación y también impresionaba a mi padre. Esta fotografía del Gérontas con unos 40 años me habló con su voz, sobre la solución de un problema que no puedo mencionar.

Más tarde, en un internado, un compañero inmigrante sin barba me rogó que le regalase la fotografía. Se la regalé y escribí por detrás una dedicación con una oración similar a las que hacía el Gérontas. “Quiero que me ayude”, me dijo, “a que me salga barba, porque voy a ser clérigo; lo venero como a un santo”.

Hace dos o tres años, este compañero mío estudiante vino a Grecia siendo obispo, y los que le vieron me dijeron que tenía barba».


4.11. "Un doble milagro"

Testimonio de un sacerdote anónimo: «En el verano de 2001, fuimos con la presbitera a confesarnos con el padre Cirilo, al Monasterio de San David. La presbitera se había acostumbrado a llevar pantalones y consideraba impensable no usarlos. En el Monasterio, por supuesto, llevaba falda y nadie sabía que llevaba pantalones. Después de las Completas , nos sentamos junto al sepulcro del Gérontas Iakovos. Al poco rato vino junto a nosotros un sacerdote de un pueblo del norte de Eubea que estaba siendo hospedado. Empezó a hablarnos diciéndonos que no está permitido que una presbitera lleve pantalones. Decia que la esposa del sacerdote debe ser llamada “señora de cura”. Escuchábamos sus palabras creyendo en el fondo de nuestros corazones que provenían del Gérontas Iakovos, del sepulcro sobre el que estábamos rezando en aquel momento. Inmediatamente, la presbitera decidió no volver a llevar pantalones. Un doble milagro. Primero, la revelación del sacerdote de que ella llevaba pantalones, y segundo, y más difícil, su decisión de no volver a usarlos».




4.12. “¿Qué santo tienes?”

Testimonio de Gerasimoula: "Estuve una vez en Salónica. Era el periodo de ayuno anterior al 15 de agosto (Dormición de la Madre de Dios) y una vez estando completamente en ayunas bebí agua contaminada, sin saber que en esos días el agua en Salónica tenía un grave problema. Por supuesto que me afectó, y desde el tren, de regreso a Atenas, empecé a tener problemas. Al llegar a Atenas, le dije a una amiga que estaba cerca que llamara a una ambulancia porque no podría llegar a casa. Cuando llegó la ambulancia, empecé a sentir temblores intensos, frío y me subía la fiebre. Mi vida corría peligro y me llevaron al hospital de urgencias de "Sotiria". El médico intentaba reestablecerme con unos cachetes en la cara o con cualquier otro medio posible, pero yo no entendía nada, no le oía, no veía nada a mi alrededor y en el momento en que “me iba”, lo único que rogué fue: "Gérontas, dijiste que estarías a mi lado hasta el último momento, hazme bien o llévame para que no me pase nada peor". En ese momento llegó una enfermera y el doctor le dijo que me pusiera una inyección, porque la fiebre había subido a 42 °C y temblaba intensamente. Mientras la enfermera intentaba ponerme la inyección, al principio me la puso con mucha fuerza y ​​me dolió, mientras que antes no entendía nada. En ese momento recuperé los sentidos y le dije a la enfermera: "¡Más despacio, me duele!". La enfermera llamó al médico y le dijo que antes de ponerme la inyección empecé a sudar mucho. Viene el médico, me mira y me pregunta: "¿Qué santo tienes, que antes de que te pusiéramos la inyección, ¿ha empezado a caer la fiebre y has empezado a sudar?". Me ponen un termómetro: ¡36,6° C! Cuando me recuperé ví que estaba en un Hospital de Enfermedades Infecciosas con enfermos a mi alrededor, todos con infecciones, y le digo a Gérontas Iakovos: "Gérontas, hazme un favor, envíame a la Virgen María la Madre de Dios esta tarde que son sus Vísperas. Era el día anterior al 15 de Agosto ( dia de la fiesta de la Asunción) para disfrutarla por si soy contagiada por algún microbio y no salgo de aquí. Te lo ruego ilumina al médico que me ponga algo de suero para que me levanté y me vaya”. El médico, como si me hubiera escuchado, le dice a la enfermera: «Una pequeña dosis de suero para que se vaya lo antes posible a su casa no sea que quedándose aquí dentro coja una infección ahora que está débil. Esta tiene santo.




— Pero, ¿qué santo tienes?

— Yo invoqué a san David, al Gérontas Iakovos y a la Madre de Dios (Panayía) de Tinos.

—Yo he bautizado niños con el Gérontas Iakovos en Monasterio de San David.Somos conocidos. Pero ahora que te vas a tu casa, te pediría que comieras algo, porque estás muy agotada. Claro que no nos necesitas, tienes a los santos y a la Madre de Dios.

Volviendo a casa,naturalmente no comí nada, porque consideré que debía ir directamente a las Vísperas para disfrutar de la Fiesta y para escuchar el Oficio de Vísperas. Cuando terminó me fuí a casa, bebí un vaso de agua fría y me fui a dormir.Esta fue la causa por la que me desperté por la noche con 39,50 °C de fiebre. Me di cuenta de que era culpa mía por no haber comido, como me había dicho el médico, para aliviarme un poco. Me senté y dije: «San David y Gérontas Iakovos, no puedo volver al hospital, No olvides que el sr. Demetris está de guardia. Si vuelvo dirá: “Ya que San David y el Gérontas Iakovos la sanaron, pero ahora está otra vez enferma dirá que no hay fe; no puedo escandalizar a ese hombre. Por eso, Geronta Iakovos, ven a curarme, así como san Jaralambos vino a ti cuando teniendo diez años estabas enfermo de neumonía y sentiste su mano tocándome. Ven a curarme, pero ven tú mismo. Para que te conozca, no envíes al santo David que no le conozco. Yo a san David rezaré el Canon de Súplicas. Pero te ruego que vengas tu”.

Naturalmente no puede alguien de 39,5 °C de fiebre decir de memoria el Canon de Súplicas;Y sin embargo la decía palabra por palabra y cuando terminé teniendo como única luz la de Candil,de repente una luz brillantísima aparece frente a mi y dentro de esa luz aparece el Gérontas Iakovos, y sentí su mano que me acariciaba la cabeza y que me bendijo haciéndome el señal de la Cruz para no asustarme, tal como san Jaralabos le bendijo a el cuando era pequeño, haciendo la señal de la Cruz sobre su cabeza.


En seguida comencé a sudar, la fiebre cayó a 36,6 °C y me levanté.

En la habitación había una fragancia. Entendí que era su presencia. Me puse bien y no hizo falta ir al hospital».



4.13. Sucedió tal como lo dijo el Gérontas

Testimonio de Gerasimoula: “Mientras vivía el Gérontas me decía que hacían magia con mi bata y que querían hacerme mal y echarme del hospital. Me dijo que no tuviese miedo porque él mismo me protegía de estas cosas.

Un par de años después de la dormición del Gérontas me expulsaron del hospital sin motivo alguno, y de la tristeza que sentí, tenía un dolor terrible en el estómago. Querían operarme, pero no les dejé, como le había prometido al Gérontas Iakovos. Todo sucedió exactamente como él me había dicho.Fui entonces al Monasterio y salió el p. Kirilos con la Sagrada Reliquia de San David y me dijo: “Toma la sagrada cabeza y haz la señal de la Cruz sobre donde te duela”. Tenía dolor en la espalda, en la vesícula biliar, en el estómago; hice la señal de la Cruz y me dice el p.Kirilos: "¡No me preguntes qué he visto! He visto al p. Iakovos con san David y me han dicho que ya estás bien". Y efectivamente fui al hospital, me hicieron exámenes y volví a casa sin problemas.

La continuación es que le rogué al Gérontas por mi trabajo. Cuando al día siguiente fui a otro hospital a buscar trabajo, enseguida se abrieron las puertas, como si hubiera dado la orden el Gérontas al director de que me aceptasen y de que me dijeran: "Ya estás trabajando hoy". Algo que nunca antes me había pasado, sin un medio, sin papeles, que me contratasen. El día anterior me echaron del otro hospital, y la noche siguiente ya estaba trabajando en otro hospital».











LEYENDAS DE LAS FOTOGRAFÍAS (λεζάντες φωτογραφιών)

p. 181. El Gérontas Iakovos observa sonriente, como un ángel de la guarda, a mi hija jugando.

p. 200. El Gérontas Iakovos bendice a mi hijo tras su Bautismo.

p. 313. El Gérontas Iakovos con su sucesor, el p. Kirilos

p. 317. El Gérontas después de la divina Liturgia en el patio del Monasterio. En el comedor del Monasterio

p. 318. Con el p. Argyrios entre niños

p. 319. El Gérontas Iakovos con el p. Argyrios

p. 320. Con estudiantes de Teología

p. 322. Junio, 1991. En el balcón, fuera de la capilla de San Jaralambo, donde veía a la gente.

p. 323. “Bienaventurado el camino” del ciertamente entre los santos dormido Gérontas Iakovo
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