Tono 2º. Ev. Maitines 2 (EOTHINON 1, pág.5)
LECTURA DEL LIBRO DE LOS APOSTOLES. (1. Cor. 6, 12-20). Texto original.
Glorificad a Dios en vuestro cuerpo
12 Todas las cosas me son lícitas, mas no todas convienen; todas las cosas me son lícitas, mas yo no me dejaré dominar de ninguna. 13 Las viandas para el vientre, y el vientre para las viandas; pero tanto al uno como a las otras destruirá Dios. Pero el cuerpo no es para la fornicación, sino para el Señor, y el Señor para el cuerpo. 14 Y Dios, que levantó al Señor, también a nosotros nos levantará con su poder. 15 ¿No sabéis que vuestros cuerpos son miembros de Cristo? ¿Quitaré, pues, los miembros de Cristo y los haré miembros de una ramera? De ningún modo. 16 ¿O no sabéis que el que se une con una ramera, es un cuerpo con ella? Porque dice: Los dos serán una sola carne.
17 Pero el que se une al Señor, un
espíritu es con él. 18 Huid de la fornicación. Cualquier otro pecado que
el hombre cometa, está fuera del cuerpo; mas el que fornica, contra su
propio cuerpo peca. 19 ¿O ignoráis que vuestro cuerpo es templo del
Espíritu Santo, el cual está en vosotros, el cual tenéis de Dios, y que
no sois vuestros? 20 Porque habéis sido comprados por precio;
glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los
cuales son de Dios.
LECTURA DEL EVANGELIO. (Lucas 15, 11-32). Texto original
11 También dijo: Un hombre tenía dos hijos; 12 y el menor de ellos dijo a su padre: Padre, dame la parte de los bienes que me corresponde; y les repartió los bienes. 13 No muchos días después, juntándolo todo el hijo menor, se fue lejos a una provincia apartada; y allí desperdició sus bienes viviendo perdidamente. 14 Y cuando todo lo hubo malgastado, vino una gran hambre en aquella provincia, y comenzó a faltarle. 15 Y fue y se arrimó a uno de los ciudadanos de aquella tierra, el cual le envió a su hacienda para que apacentase cerdos. 16 Y deseaba llenar su vientre de las algarrobas que comían los cerdos, pero nadie le daba.
17 Y volviendo en sí, dijo: ¡Cuántos jornaleros en casa de mi padre tienen abundancia de pan, y yo aquí perezco de hambre! 18 Me levantaré e iré a mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti. 19 Ya no soy digno de ser llamado tu hijo; hazme como a uno de tus jornaleros. 20 Y levantándose, vino a su padre. Y cuando aún estaba lejos, lo vio su padre, y fue movido a misericordia, y corrió, y se echó sobre su cuello, y le besó. 21 Y el hijo le dijo: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti, y ya no soy digno de ser llamado tu hijo. 22 Pero el padre dijo a sus siervos: Sacad el mejor vestido, y vestidle; y poned un anillo en su mano, y calzado en sus pies. 23 Y traed el becerro gordo y matadlo, y comamos y hagamos fiesta; 24 porque este mi hijo muerto era, y ha revivido; se había perdido, y es hallado. Y comenzaron a regocijarse.
25 Y su hijo mayor estaba en el campo; y cuando vino, y llegó cerca de la casa, oyó la música y las danzas; 26 y llamando a uno de los criados, le preguntó qué era aquello. 27 Él le dijo: Tu hermano ha venido; y tu padre ha hecho matar el becerro gordo, por haberle recibido bueno y sano. 28 Entonces se enojó, y no quería entrar. Salió por tanto su padre, y le rogaba que entrase. 29 Mas él, respondiendo, dijo al padre: He aquí, tantos años te sirvo, no habiéndote desobedecido jamás, y nunca me has dado ni un cabrito para gozarme con mis amigos. 30 Pero cuando vino este tu hijo, que ha consumido tus bienes con rameras, has hecho matar para él el becerro gordo. 31 Él entonces le dijo: Hijo, tú siempre estás conmigo, y todas mis cosas son tuyas. 32 Mas era necesario hacer fiesta y regocijarnos, porque este tu hermano era muerto, y ha revivido; se había perdido, y es hallado.
Homilia. Parábola del hijo pródigo (Luc. 15, 11-32.)
“Acabamiento miserable”.
JOVEN HIDALGO ERA. NADA LE FALTABA. EN PALACIO VIVÍA. TODO LO QUE desease su alma, a su disposición lo tenía. Y sobre todo un padre… ¡qué padre! Noble con todo el sentido de la palabra. Noble de género, y sobre todo de corazón.
¡Y sin embargo! El hijo menor de la parábola, el joven hidalgo del quien hablamos, quiso hacer su propia revolución. Basta ya de las ataduras de la protección paternal, ahora ya haría su propia vida, ¡joven y libre!
Padre, dame lo que me pertenece de la herencia.
Lo hizo el padre. Sin ninguna oposición. Dividió su herencia en dos y la repartió entre sus dos hijos.
No pasaron muchos días y el joven muchacho, tras haber juntado todo lo que le dio su padre, se levantó y se fue fuera, lejos. A un país desconocido, extranjero, lejano. Y allí empezó a vivir su vida. ¡Todo mágico, exótico! Joven era, dinero tenía…
Pasó el tiempo. Y aquel en medio de la locura. Sin embargo poco a poco, aunque mucho era, comenzó a rebajarse, a disminuir. Y a terminarse… ¿Y ahora?
Y si fuese sólo eso…una gran hambruna cayó en aquel país lejano. Y entonces comenzó a pasar hambre el ya acabado hidalgo.
“Trabajaré”, pensó. “¿Pero dónde encontraré trabajo?”. Fue donde un propietario y éste le envió a los campos a pastorear… ¡cerdos! ¿qué otra cosa podría hacer? Al menos así comería de las algarrobas que comían los cerdos…
Pobre hidalgo… ¿Dónde has terminado?
-Dónde he terminado… pensó, como si despertase del letargo en que se había encontrado todos estos años. “Los jornaleros de mi padre tienen ricas comidas, y yo, su hijo, metido en esta desgracia…me voy a levantar y regresaré donde mi padre y le diré: Padre, he pecado contra el cielo, y contra ti; no soy digno de ser llamado hijo tuyo; hazme jornalero tuyo”.
Se puso en pie. Tomó el camino de vuelta. Agachado, miserable, oscuro…
Estaba todavía algo lejos, cuando el padre le vio, y corrió a abrazarle; caer en la suciedad, su hijo pródigo. Le abrazó y comenzó a besarle.
Padre, he pecado contra ti y contra el cielo, no soy digno…
¡Vengan todos! (su orden a los jornaleros) Sacad la ropa elegante, la que llevaba antes de irse, y vestidle. Ponedle también anillo, como llevan los hidalgos. Y calzado en sus pies, que no esté descalzo como esclavo. Preparad el ternero que tenemos, y comamos, y bailemos, celebremos un banquete. ¡Porque mi hijo estaba muerto y ha resucitado, perdido y se ha encontrado!
Y la fiesta comenzó…
Y la fiesta comenzó…
“Fue donde un propietario y éste le envió a los campos a pastorear cerdos”
“Pastorear cerdos”. Cochinos…si pasaba alguien por fuera de la granja donde se guardaban los cochinos, peligraba desmayarse por el olor.
Allí acabó el joven de la parábola que dijo nuestro Cristo. El joven hidalgo, el muchacho noble. Pastoreando cerdos. Y queriendo comer de su comida…
No son casualidad, amigo mío, estas palabras del Señor. Muy bien sopesadas una por una. Y demuestran a dónde conduce el pecado del hombre que cuando se encuentra cerca de Dios su Padre, es un noble.
Le conduce a acabar como los animales que cuida, de un modo pestilente, sucio, miserable. Al principio atrae, y parece hermoso el pecado, pero su final es una situación como la de una animal, bruta e irracional; comiendo comida para cerdos. Lo dice claramente la Santa Escritura (ver salmo 48,13)
Pero amigo mío, no va contigo esta situación, porque tu eres una persona creada por Dios, un hombre lógico, hecho a Su imagen y semejanza, un hidalgo del Cielo. No olvides nunca esto. Nunca.
Del libro “Háblame, Cristo” – mensajes para jóvenes de los Evangelios de los Domingos. Archimandrita Apostolis X. Tsolaki.
Homilía de Romano el Melodo.
Himno: Dichosos aquellos a quienes son perdonados los pecados.
«Alegrémonos, pues este hermano tuyo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado» (Lc 15,32).
El hijo mayor dice a su padre, encolerizado: «hace ya muchos años que te sirvo sin desobedecer jamás tus órdenes.... pero llega ese hijo tuyo, ... y le matas el ternero cebado» (Lc 15, 28ss).
Apenas oyó el padre hablar a su hijo de esta manera que le responde con dulzura: «Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo.» –Escucha a tu padre, tú no estás separado de la Iglesia, tú estás siempre presente a mi lado, con todos los ángeles. Pero éste ha venido cubierto de vergüenza, desnudo y sin belleza, gritando: «Misericordia, porque he pecado, padre, y te suplico como culpable ante tu rostro. Trátame como uno de tus jornaleros y aliméntame, porque tu amas a los hombres, Señor y Amo de los siglos.-
Tu hermano ha gritado: -Sálvame, padre santo!-... ¿Cómo no podía tener piedad, de no salvar a mi hijo que gime, que solloza?.... Júzgame tú, tú que me recriminas... Mi alegría, en todo momento, consiste en amar a los hombres...Son mis criaturas, ¿cómo no tener compasión? ¿Cómo no tener en cuenta su arrepentimiento? Mis entrañas engendraron a este hijo que acojo con entrañas de misericordia, yo, el Señor y Amo de los siglos.-
«Así, pues, hijo mío, ¡alégrate con todos los invitados al banquete, y mezcla tus cantos al de todos los ángeles, porque tu hermano estaba perdido y ha sido encontrado, estaba muerto y ha vuelto a la vida.» Con estas palabras, el hijo mayor se dejó persuadir y cantó: «¡Gritad de gozo! Dichosos aquellos a quienes son perdonados los pecados y borradas sus culpas» (cf Sal 131,1). -Te alabo, Amigo de los hombres, tú que has salvado a mi hermano, tú el Señor y Amo de los siglos.-
«Alegrémonos, pues este hermano tuyo estaba muerto y ha vuelto a la vida, estaba perdido y ha sido encontrado» (Lc 15,32).
El hijo mayor dice a su padre, encolerizado: «hace ya muchos años que te sirvo sin desobedecer jamás tus órdenes.... pero llega ese hijo tuyo, ... y le matas el ternero cebado» (Lc 15, 28ss).
Apenas oyó el padre hablar a su hijo de esta manera que le responde con dulzura: «Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo.» –Escucha a tu padre, tú no estás separado de la Iglesia, tú estás siempre presente a mi lado, con todos los ángeles. Pero éste ha venido cubierto de vergüenza, desnudo y sin belleza, gritando: «Misericordia, porque he pecado, padre, y te suplico como culpable ante tu rostro. Trátame como uno de tus jornaleros y aliméntame, porque tu amas a los hombres, Señor y Amo de los siglos.-
Tu hermano ha gritado: -Sálvame, padre santo!-... ¿Cómo no podía tener piedad, de no salvar a mi hijo que gime, que solloza?.... Júzgame tú, tú que me recriminas... Mi alegría, en todo momento, consiste en amar a los hombres...Son mis criaturas, ¿cómo no tener compasión? ¿Cómo no tener en cuenta su arrepentimiento? Mis entrañas engendraron a este hijo que acojo con entrañas de misericordia, yo, el Señor y Amo de los siglos.-
«Así, pues, hijo mío, ¡alégrate con todos los invitados al banquete, y mezcla tus cantos al de todos los ángeles, porque tu hermano estaba perdido y ha sido encontrado, estaba muerto y ha vuelto a la vida.» Con estas palabras, el hijo mayor se dejó persuadir y cantó: «¡Gritad de gozo! Dichosos aquellos a quienes son perdonados los pecados y borradas sus culpas» (cf Sal 131,1). -Te alabo, Amigo de los hombres, tú que has salvado a mi hermano, tú el Señor y Amo de los siglos.-
«Rápido, traed la mejor túnica para vestirlo» (Lc 15,22)
55: SC 283. Numerosos son los que, por la penitencia, merecieron el amor que tienes por el hombre. Hiciste justos al publicano que suplicaba y a la pecadora que lloraba (Lc 18,14; 7,50), porque, por designio preestablecido, concedes el perdón. Con estos conviérteme también a mí, ya que eres rico en misericordia, tú que quieres que todos los hombres se salven.
Mi alma se manchó revistiéndose con la túnica de mis faltas (Gn 3,21). Pero tú, recuérdame que fluyan de mis ojos fuentes, con el fin de que la purifique por la contrición. Revísteme con un vestido resplandeciente, digno de tu boda (Mt 22,12), tú que quieres que todos los hombres se salven…
Ten compasión de mis gritos como lo hiciste con el hijo pródigo, Padre celeste, porque yo también me echo a tus pies, y grito como gritó él: "¡Padre, pequé!" No me rechaces, mi Salvador, yo tu hijo indigno, sino haz que tus ángeles se regocijan también por mí, Dios de bondad que quieres que todos los hombres se salven.
Porque me hiciste hijo tuyo y heredero tuyo por la gracia (Rm 8,17). ¡Pero yo, por haberte ofendido, me hice prisionero, esclavo vendido al pecado, y desgraciado! Ten lástima de tu imagen (Gn 1,26) y sácala del exilio, Salvador, tú que quieres que todos los hombres se salven…
Ahora es el tiempo de arrepentirse… La palabra de Pablo me empuja a perseverar en la oración (Cuello 4,2) y a esperarte. Con confianza pues, yo te ruego, porque conozco bien tu misericordia, sé que vienes a mi enseguida, cuando pido auxilio. Si tardas, es para darme el salario de la perseverancia, tú quien quieres que todos los hombres se salven.
Concédeme poder celebrarte siempre y corresponderte llevando una vida pura. Dígnate hacer que mis actos estén de acuerdo con mis palabras, Todopoderoso, para que te cante… con una oración pura, solo a ti Cristo, que quieres que todos los hombres se salven.
«Un hombre tenía dos hijos» (Lc 15,11). In Ephata III
¡Acerquémonos al Señor, la puerta espiritual y llamemos para que nos abra! Pidamos recibirle a él mismo, el pan de vida (cf Jn 6,34). Digámosle: «Dame, Señor, el pan de la vida para que viva, porque estoy en peligro, amenazado por el hambre del pecado. Dame el vestido luminoso de la salvación para que cubra la vergüenza de mi alma, porque estoy desnudo, privado del poder de tu Espíritu y avergonzado por la indecencia de mis pasiones» (cf Gn 3,10).
Y si él te dice: «Tenías un vestido ¿dónde lo tienes?» respóndele: «He caído en manos de bandoleros, me han despojado y molido a palos y dejado medio muerto, me han quitado mi vestido y se lo han llevado. Dame sandalias espirituales, porque los pies de mi espíritu están llagados por las espinas y los zarzales (cf Gn 3,18); voy errante por el desierto y no puedo avanzar.
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Dame
la vista del corazón para que vea de nuevo; abre los ojos de mi corazón
porque mis enemigos invisibles me han dejado ciego y me echan encima un
velo de tinieblas; ya no puedo contemplar tu rostro celestial tan
deseado. Dame el oído espiritual porque mi inteligencia está sorda y no
ya no puedo escuchar tus conversaciones tan suaves y agradables. Dame el
óleo de la alegría (Sal 44,8) y el vino del gozo espiritual. Sáname y
devuélveme la salud porque mis enemigos, bandoleros temidos, me han
dejado medio muerto.»
Dichoso aquel que suplica con perseverancia y fe, como indigente y herido, porque recibirá lo que pide; obtendrá la salud y el remedio eternos y será liberado de sus enemigos que son las pasiones del pecado.
El Arzobispo Ieroteheo Vlajos, Metropolita de Lepanto en Grecia, ha utilizado esta parábola como base de la catequesis a los recién iniciados en la Ortodoxia (ver el apartado A)
Dichoso aquel que suplica con perseverancia y fe, como indigente y herido, porque recibirá lo que pide; obtendrá la salud y el remedio eternos y será liberado de sus enemigos que son las pasiones del pecado.
El Arzobispo Ieroteheo Vlajos, Metropolita de Lepanto en Grecia, ha utilizado esta parábola como base de la catequesis a los recién iniciados en la Ortodoxia (ver el apartado A)





