1 Jesús demuestra su resurrección con muchas pruebas
1 El primer libro que he escrito, Teófilo, de todo lo que Jesús realizó y enseñó, desde el principio 2 hasta el día en que fue ascendido al cielo, después de haber dado órdenes por el Espíritu Santo a los apóstoles que había escogido. 3 Y a ellos se presentó vivo después de su muerte con muchas pruebas. Se les apareció durante cuarenta días y les hablaba acerca del reino de Dios.
Jesús recomienda esperar la venida del Espíritu Santo.
4 Y estando ellos juntos, se les apareció y les dijo: «No os alejéis de Jerusalén, sino esperad a que el Padre cumpla la promesa, sobre la cual oyeron de mí. Porque Juan bautizó con agua, pero vosotros en pocos días bautizaréis con el Espíritu Santo». 6 Entonces todos ellos se acercaron a él y le preguntaron: «¿Restaurarás en este tiempo el reino de Israel?» 7 Y él les respondió: «No οs corresponde a vosotros saber los tiempos ni las épocas que el Padre dispuso en su propia autoridad. Pero recibiréis poder cuando el Espíritu Santo venga sobre vosotros, y seréis mis testigos en Jerusalén, y en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra».
La Ascensión de Jesús
9 Y habiendo dicho estas cosas, mientras ellos miraban, fue elevado de la tierra, y una nube lo recibió desde abajo, ocultándolo de la vista de ellos. 10 Y mientras ellos miraban fijamente al cielo contemplando su ascensión, he aquí, dos varones con vestiduras blancas se presentaron junto a ellos, 11 y les dijeron: «Hombres galileos, ¿qué estáis haciendo aquí mirando al cielo? Este Jesús, que fue tomado de entre vosotros y llevado al cielo, así vendrá, de la misma manera que lo habéis visto subir al cielo».
Los apóstoles, la madre de Jesús y otros fieles, reunidos en oración en el aposento alto en Jerusalén.
12 Entonces volvieron a Jerusalén desde el monte, que se llama de los Olivos, el cual está cerca de Jerusalén, a distancia del recorrido de un Sábado (alrededor de 1 km. y medio) 13 Y cuando entraron a la ciudad, subieron al aposento alto, donde moraban Pedro y Jacobo, Juan, Andrés, Felipe, Tomás, Bartolomé, Mateo, Jacobo hijo de Alfeo, Simón el Zelote y Judas hermano de Jacobo. 14 Todos estos perseveraban unánimes en oración y ruego, con las mujeres, y con María la madre de Jesús, y con sus hermanos.
15 En aquellos días Pedro se levantó en medio de los hermanos —y había una multitud de personas reunidas, como ciento veinte en número—, y dijo: 16 «¡Ηermanos! Νο era posible que no se cumpliesen estas palabras de la Escritura, que predijo el Espíritu Santo habló por boca de David acerca de Judas, que fue guía de los que prendieron a Jesús. 17 Porque había sido contado con nosotros, y tenía parte en este ministerio (del apostolado). 18 Este, pues, adquirió un terreno con una retribución injusta. Pero cayó de cabeza, se reventó por la mitad (por el estómago), y todas sus entrañas se derramaron. 19 Y esto se hizo conocido por todos los habitantes de Jerusalén, de tal manera que aquel campo se llama en su propia lengua, Acéldama, que quiere decir, Campo de sangre. 20 Porque está escrito en el libro de los Salmos: Sea hecha desierta su morada, y no haya quien habite en ella; y: Su propiedad (su terreno) que lo tome otro.
La elección de Matías por el pueblo fiel y por Dios
21-22 «Es necesario ahora, que uno de estos hombres que han estado con nosotros todo el tiempo que el Señor Jesús vivía entre nosotros, desde el tiempo en que fue bautizado por Juan en el Jordán, hasta el día en que fue ascendido de entre nosotros, uno sea hecho testigo con nosotros, de su resurrección». 23 Y propusieron a dos: a José, llamado Barsabás, que tenía por sobrenombre Justo, y a Matías. 24 Y orando, dijeron: «Tú, Señor, que conoces los corazones de todos, muestra cuál de estos dos has escogido, 25 para que tome la parte de este ministerio y apostolado, de que cayó Judas por transgresión, para irse a su propio lugar.»
26 Y echaron a suertes la elección de sus nombres, y la elección cayó sobre Matías; y fue contado con los once apóstoles.
2 El Espíritu Santo como viento recio y lenguas de fuego.
1 Y cuando llegó el día de Pentecostés, estaban todos juntos en el mismo lugar. 2 Y de repente vino del cielo un estruendo como de un viento recio que soplaba, el cual llenó toda la casa donde estaban sentados. 3 Y se les aparecieron lenguas repartidas, como de fuego, asentándose sobre cada uno de ellos. 4 Y fueron todos llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les daba (la capacidad) que hablasen. 5 Moraban entonces en Jerusalén judíos piadosos, de todas las naciones bajo el cielo. 6 Y cuando vino este estruendo, se juntó la multitud; y estaban confusos, porque cada uno les oía hablar en su propia lengua. 7 Y estaban atónitos y maravillados, diciendo: «Mirad, ¿no son galileos todos estos que hablan? 8 ¿Cómo, pues, les oímos nosotros hablar cada uno en nuestra lengua en la que hemos nacido? 9 Partos, medos, elamitas, y los habitantes de Mesopotamia, los de Judea, y los de Capadocia, del Ponto y de Asia, 10 de Frigia y de Panfilia, de Egipto y de las regiones de Libia que se extienden hacia Cirene, y los romanos que resididen aquí, tanto judíos como prosélitos, 11 cretenses y árabes, les oímos hablar en nuestras lenguas las maravillas de Dios». 12 Y estaban todos atónitos y perplejos (los devotos), diciéndose unos a otros: «¿Qué quiere decir esto?» 13 Mas otros, burlándose, decían: «Están ebrios».
Primer discurso de Pedro
14 Entonces Pedro, poniéndose en pie con los once, alzó la voz y les habló diciendo: «¡Judíos y todos los que habitáis en Jerusalén! Habéis de saber esto, oíd atentamente mis palabras. 15 Estos no están ebrios, como vosotros pensáis, puesto que son las 9 de la mañana. 16 Mas esto (este sorprendente fenómeno) fue dicho por medio del profeta Joel: 17 Y sucederá en los postreros días (durante la época cristiana), dice Dios, que derramaré de mi Espíritu sobre todo hombre, (hablarán por inspiración divina) vuestros hijos y vuestras hijas. Y vuestros jóvenes tendrán visiones, y vuestros tendrán sueños reveladores; 18 Y sobre mis siervos y sobre mis siervas en aquellos días derramaré de mi Espíritu, y profetizarán. 19 Y daré sorprendentes fenómenos arriba en el cielo, y señales abajo en la tierra, sangre y fuego y nubesde humo (señales de destrucción); 20 El sol se convertirá en oscuridad, y la luna sevolverá roja como la sangre, antes que venga el gran y glorioso día del Señor. 21 Y todo aquel que invocare el nombre del Señor, será salvο».
Pedro predica sobre la crucifixión y la resurrección de Jesús
22 ¡Israelitas, oíd estas palabras! Jesús nazareno, varón aprobado por Dios entre vosotros con milagros, obras sorprendentes y señales, que Dios hizo entre vosotros por medio de él, como vosotros mismos sabéis, 23 a este, según el plan determinado y la previa decisión de Dios, habiendo sido entregado y habiéndole arrestado, por manos de hombres sin la Ley (gentiles, romanos), le clavásteis en la cruz y le asesinásteis. 24 Pero Dios le levantó y cesaron los dolores de parto, que tenía la muerte. Porque (como el niño no es posible que sea mantenido en el vientre de la parturienta, así) él (Jesús) no era imposible que fuese retenido por ella (por la muerte). 25 Porque David dice de él: Ante mis ojos tenía siempre al Señor. Por eso está a mi diestra, para no ser conmovido. 26 Por lo cual mi corazón se alegró, y cantó himnos mi lengua. Y aun mi carne habitará en el sepulcro con seguridad. 27 Porque no abandonarás mi alma en el hades, ni dejarás que tu santo (en cuanto al cuerpo) conozca corrupción (putrefacción, descomposición) 28 Me diste a conocer caminos de vida, me llenarás de gozo con tu poder.
29 ¡Ηermanos! Os puedo decir con seguridad del patriarca David, que murió y fue sepultado, y su sepulcro está aquí hasta el día de hoy. 30 Pero debido a que era profeta y sabía que con juramento Dios le había prometido que de descendiente de sus entrañas traería como hombre a la existencia a Cristo (el Mesías) para que se sentase en su trono, 31 habló proféticamente de la resurrección de Cristo, es decir que su alma no fue dejada en el Hades, ni su carne vio corrupción (putrefacción, descomposición). 32 A este Jesús resucitó Dios. De este acontecimiento todos nosotros somos testigos. 33 Así que, elevado al cielo por la diestra de Dios, y habiendo recibido del Padre la promesa del Espíritu Santo, que había prometido, ha derramado abundantemente esto que vosotros veis y oís. 34 Porque David no subió a los cielos; pero él mismo dice: Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi diestra, 35 Hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies 36 Sepa, pues, con cereteza ciertísimamente toda la casa de Israel, que a este Jesús a quien vosotros crucificasteis, Dios le ha hecho Señor y Cristo.
Un rico resultado
3 Curación del cojo de nacimiento
1 Pedro y Juan subían al templo sobre la hora de la oración a las tres de la tarde, de ser salvos. 2 Y era traído mantenido un hombre cojo de nacimiento, a quien ponían cada día a la puerta del sagrado recinto del templo, que se llama la Hermosa, para que pidiese limosna a los que entrasen en el sagrado recinto del templo. 3 Este, cuando vio a Pedro y a Juan que iban a entrar en el recinto del templo, les rogaba que le diesen limosna. 4 Pedro, con Juan, fijando en él los ojos, le dijo: «Míranos». 5 Entonces él les miró con atención, esperando recibir de ellos algo. 6 Mas Pedro dijo: «No tengo plata ni oro, pero lo que tengo, te lo doy. Con el poder de Jesús Cristo de Nazaret, levántate y anda». 7 Y tomándole por la mano derecha le levantó; y al momento se le afirmaron los pies y tobillos. 8 Y saltando, se puso en pie y anduvo; y entró con ellos en el recinto sagrado del templo, andando, y saltando, y alabando a Dios. 9 Y todo el pueblo le vio andar y alabar a Dios. 10 Y le reconocían que era el que se sentaba a pedir limosna a la puerta del recinto sagrado templo, la Hermosa; y se llenaron de asombro y espanto por lo que le había sucedido con él.
11 Y teniendo asidos a Pedro y a Juan el cojo que había sido sanado, concurrió a ellos lleno de asombro todo el pueblo, al pórtico que se llama de Salomón. 12 Viendo esto Pedro (la llegada de la multitud), dijo al pueblo: «!Ιsraelitas!, ¿por qué os maravilláis de esto? ¿Por qué ponéis los ojos en nosotros, como si por nuestro poder o piedad hubiésemos hecho andar a este? 13 El Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob, el Dios de nuestros padres, ha glorificado a su siervo Jesús, a quien vosotros entregasteis y negasteis delante de Pilato, cuando este había resuelto ponerle en libertad. 14 Mas vosotros negasteis al Santo y al Justo (al inocente y bueno en sentido absoluto). Y pedisteis que se os diese un hombre homicida, 15 mientras que al Autor de la vida (la causa de la vida, la fuente de la vida) le habéis asesinado. Pero Dios le ha resucitado de los muertos. De este acontecimiento nosotros somos testigos. 16 Y por la fe en su nombre, que vosotros veis y conocéis, le ha confirmado su nombre; y la fe que es por él ha dado a este esta completa sanidad en presencia de todos vosotros.
4 Hablando ellos (Pedro y Juan) al pueblo, de repente se presentaron ante ellos los sacerdotes y el jefe de la guardia del templo, y los saduceos, 2 llenos de resentimiento, porque enseñaban al pueblo, y anunciaban en Jesús la resurrección de entre los muertos. 3 Y les arrestaron, y los pusieron en la cárcel hasta el día siguiente, porque era ya tarde. 4 Pero muchos de los que habían oído lo que enseñaban y anunciaban, creyeron, y así el número de los varones aumentó hasta unos cinco mil.
5 Aconteció al día siguiente, que se reunieron en Jerusalén los gobernantes de ellos (de los judíos), los ancianos y los escribas, 6 y el sumo sacerdote Anás, y Caifás y Juan y Alejandro, y todos los que eran de la familia de los sumos sacerdotes; 7 y poniéndoles delante de ellos (a los dos apóstoles), les preguntaron: «¿Con qué potestad, o en qué nombre, habéis hecho vosotros esto?» 8 Entonces Pedro, lleno del Espíritu Santo, les dijo: «¡Gobernantes del pueblo, y ancianos de Israel!: 9 Puesto que hoy se nos interroga acerca del beneficio hecho a un hombre enfermo, de qué manera este haya sido sanado, 10 sea notorio a todos vosotros, y a todo el pueblo de Israel, que en el nombre de Jesús Cristo el Nazareno, a quien vosotros crucificasteis y a quien Dios resucitó de los muertos, por él este hombre está en vuestra presencia sano. 11 Este Jesús es la piedra que fue menospreciada como insignificante por vosotros los edificadores, la cual (sin embargo) ha venido a ser cabeza del ángulo. 12 Y no es posible con ningún otro la salvación, ni existe otro poder bajo el cielo dado a los hombres, en que podamos ser salvos.
13 Entonces viendo el denuedo de Pedro y de Juan, y sabiendo que eran hombres sin letras y sin formación, se maravillaban. Y les reconocían que habían estado con Jesús. 14 Y viendo al hombre que había sido sanado, que estaba en pie con ellos, no podían decir nada en contra. 15 Entonces les ordenaron que saliesen del concilio; y conferenciaban entre sí, 16 diciendo: «¿Qué haremos con estos hombres? Porque de cierto, señal manifiesta ha sido hecha por ellos, notoria a todos los que moran en Jerusalén, y no lo podemos negar. 17 Pero para que no se divulgue más entre el pueblo, amenacémosles para que no hablen de aquí en adelante a nadie en este nombre. 18 Y llamándolos, les intimaron que en ninguna manera hablasen ni enseñasen en el nombre de Jesús. 19 Mas Pedro y Juan respondieron diciéndoles: «Juzgad si es justo delante de Dios obedecer a vosotros antes que a Dios; 20 porque no podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído». 21 Εntonces ellos les amenazaron más y les soltaron, no hallando ningún modo de castigarles, por causa del pueblo; porque todos glorificaban a Dios por lo acontecido. 22 Porque el hombre en quien había sido realizado este milagro de sanidad, tenía más de cuarenta años.
23 Y cuando fuero puestos (Pedro y Juan) en libertad, vinieron a los suyos (los parientes de la fe) y contaron todo lo que los principales sacerdotes y los ancianos les habían dicho. 24 Y ellos, habiéndolo oído, alzaron unánimes la voz a Dios, y dijeron: «Soberano Señor, tú eres el Dios que hiciste el cielo y la tierra, el mar y todo lo que en ellos hay; 25 que por boca de David tu siervo dijiste: ¿Por qué se agitan naciones, y pueblos maquinan cosas vanas? 26 Se reunieron los reyes de la tierra, y los príncipes se unieron juntos contra el Señor, y contra su Cristo. 27 Y realmente se unieron contra tu santo siervo Jesús, a quien ungiste, Herodes y Poncio Pilato, con los gentiles y multitud de Israel, 28 para hacer cuanto tu poder y tu sabiduría habían antes determinado que sucediera. 29 Y ahora, Señor, mira sus amenazas, y concede a tus siervos que con todo denuedo prediquen tu logos, 30 mientras extiendes tu mano para que se hagan sanidades de enfermos y señales y prodigios mediante la invocación del nombre de tu santo siervo Jesús». 31 Cuando hubieron finalizado la súplica, el lugar en que estaban congregados tembló; y todos fueron llenos del Espíritu Santo, y predicaban el logos de Dios con denuedo.
1 O, predicaban la verdad de la resurrección del Señor Jesús
1 Pero cierto hombre llamado Ananías, con Safira su mujer, vendió una heredad, 2 y sustrajo del precio, sabiéndolo también su mujer; y trayendo sólo una parte, la puso a los pies de los apóstoles. 3 Y dijo Pedro: «Ananías, ¿por qué llenó Satanás tu corazón para que mintieses al Espíritu Santo, y sustrajeses del precio de la heredad? 4 Antes de venderla, ¿no se te quedaba a ti? y vendida, ¿no estaba en tu poder? ¿Por qué has pensado esto? No has mentido a los hombres, sino a Dios». 5 Al oír Ananías estas palabras, cayó y expiró. Y vino un gran temor sobre todos los que lo oyeron. 6 Y levantándose los jóvenes, lo envolvieron, y sacándolo, lo sepultaron.
33 Ellos, oyendo esto, se enfurecían y querían matarlos. 34 Entonces levantándose en el concilio un fariseo llamado Gamaliel, doctor de la ley, venerado de todo el pueblo, mandó que sacasen fuera por un momento a los apóstoles, 35 y luego dijo: Varones israelitas, mirad por vosotros lo que vais a hacer respecto a estos hombres. 36 Porque antes de estos días se levantó Teudas, diciendo que era alguien. A este se unió un número como de cuatrocientos hombres; pero él fue muerto, y todos los que le obedecían fueron dispersados y reducidos a nada. 37 Después de este, se levantó Judas el galileo, en los días del censo, y llevó en pos de sí a mucho pueblo. Pereció también él, y todos los que le obedecían fueron dispersados. 38 Y ahora os digo: Alejaos de estos hombres, y dejadlos; porque si este consejo o esta obra es de los hombres, se desvanecerá; 39 mas si es de Dios, no la podréis destruir; no seáis tal vez hallados luchando contra Dios. Y le hicieron caso.
40 Y llamando a los apóstoles, después de azotarlos, les intimaron que no hablasen en el nombre de Jesús. Después los pusieron en libertad. 41 Y ellos salieron de la presencia del concilio, gozosos de haber sido tenidos por dignos de padecer afrenta por causa del Nombre. 42 Y cada día en el patio del templo y por las casas, no cesaban de enseñar y predicar a Jesús el Cristo (el Mesías).
6 En aquellos días, como creciera el número de los discípulos (es decir de fieles), hubo comentarios desfavorables de los fieles helenófonos de la diáspora contra los hablantes locales de hebreo, de que las viudas de aquellos eran desatendidas en la distribución diaria. 2 Entonces los doce convocaron a la multitud de los discípulos (de los fieles), y dijeron: «No es justo que nosotros dejemos el logos de Dios, para servir a las mesas. 3 Por eso, hermanos, elegid de entre vosotros a siete varones de buen testimonio, llenos del Espíritu Santo y de prudencia, a quienes establezcamos en este servicio. 4 Y nosotros persistiremos en la oración y en el ministerio de la predicación». 5 Agradó la propuesta a toda la multitud; y eligieron a Esteban, varón lleno de fe y de Espíritu Santo, a Felipe, a Prócoro, a Nicanor, a Timón, a Parmenas, y a Nicolás de Antioquía, que era prosélito (es decir, de la religión pagana había llegado a la religión judía) 6 Fueron ellos presentados ante los apóstoles, quienes, orando, les impusieron las manos (para la transmisión de la gracia divina). 7 Y se difundía el logos del Señor, y el número de los discípulos se multiplicaba grandemente en Jerusalén; también muchos de los judíos 1 obedecían a la fe.
El sumo sacerdote dijo entonces: «¿Es esto así?» 2 Y él dijo: «Varones hermanos y padres, oíd: El Dios de la gloria apareció a nuestro padre Abraham, estando en Mesopotamia, antes que morase en Harán, 3 y le dijo: Sal de tu tierra y de tu parentela, y ven a la tierra que yo te mostraré. 4 Entonces salió de la tierra de los caldeos y habitó en Harán; y de allí, muerto su padre, le trasladó a morar en esta tierra, en la cual vosotros moráis ahora. 5 Y (el tiempo que vivió) no le dio herencia en ella, ni aun lo equivalente al tamaño de la planta de los pies. Pero le prometió que se la daría en posesión, y a sus descendientes después de él, cuando él aún no tenía hijo. 6 Y le dijo Dios así: Que sus descendientes vivirían como extranjeros en tierra ajena, y que los reducirían a servidumbre y los maltratarían, por cuatrocientos años. 7 Mas yo juzgaré, dijo Dios, a la nación de la cual serán siervos. Y después de esto saldrán y me adorararán en este lugar. 8 Y le dio el pacto de la circuncisión. Y así Abraham engendró a Isaac, y le circuncidó al octavo día; e Isaac a Jacob, y Jacob a los doce patriarcas.
9 Los patriarcas, movidos por envidia, vendieron a José para Egipto; pero Dios estaba con él, 10 y le libró de todas sus tribulaciones, y le dio sabiduría ante el Faraón, rey de Egipto, y le hizo mostrase favorable a él, poniéndole por gobernador sobre Egipto y sobre todo su palacio. 11 Vino entonces hambre en toda la tierra de Egipto y de Canaán, y grande escasez; y nuestros padres no hallaban alimentos. 12 Cuando oyó Jacob que había alimentos en Egipto, envió allí a nuestros padres la primera vez. 13 Y en la segunda vez, José se dio a conocer a sus hermanos, y fue manifestado a Faraón el linaje de José. 14 Y enviando José, hizo venir a su padre Jacob, y a toda su parentela, en número de setenta y cinco personas. 15 Así descendió Jacob a Egipto, donde murió él, y también nuestros padres. 16 Y fueron trasladados sus huesos a Siquem, y puestos en el sepulcro que compró Abraham a precio de monedas de plata, a los hijos de Hamor, hijo de Siquem.
17 Y cuando se acercaba el tiempo de la promesa, que bajo juramento Dios había dado a Abraham, el pueblo creció y se multiplicó en Egipto, 18 hasta que se levantó en Egipto otro rey que no conocía a José. 19 Este rey, pensando con astucia contra nuestro pueblo, oprimió a nuestros ascendientes para que sacasen y abandonasen al aire libre a sus hijos, para que no siguiesen con vida. 20 En aquel mismo tiempo nació Moisés, y fue agradable ante Dios. Y fue criado tres meses en casa de su padre. 21 Pero cuando lo sacaron y lo abandonaron al aire libre, la hija de Faraón le recogió y le crio como a hijo suyo. 22 Y fue formado Moisés con toda la sabiduría de los egipcios; y era poderoso en palabras y obras.
23 Cuando hubo cumplido la edad de cuarenta años, le vino el pensamiento y el deseo de visitar a sus hermanos los israelitas. 24 Y al ver a uno que era maltratado, lo defendió y vengó al oprimido, matando al egipcio. 25 Pero él pensaba que sus hermanos comprendían que Dios les ofrecería la salvación a través de él. Mas ellos no entendieron. 26 Y al día siguiente, se presentó a unos de ellos que reñían, y los instó a que se reconciliasen, diciendo: ¡Hombres!, vosotros sois hermanos, ¿por qué os maltratáis el uno al otro? 27 Entonces el que maltrataba a su prójimo le empujó, diciendo: ¿Quién te ha puesto por gobernante y juez sobre nosotros? 28 ¿Quieres tú matarme, como mataste ayer al egipcio? 29 Al oír estas palabras, Moisés huyó, y vivió como extranjero en tierra de Madián, donde engendró dos hijos.
51 «¡Duros de cerviz, depravados de corazón y sordos de oídos! Vosotros os oponéis siempre al Espíritu Santo. Como vuestros padres, así también vosotros. 52 ¿A cuál de los profetas no persiguieron vuestros padres? Y mataron a los que anunciaron de antemano la venida del Justo (del Santo), de quien vosotros ahora habéis sido traidores y asesinos.
54 Oyendo estas cosas, se enfurecían en sus corazones, y crujían los dientes contra él. 55 Pero Esteban, lleno del Espíritu Santo, puestos los ojos en el cielo, vio forma gloriοsa de Dios, y a Jesús que estaba a la diestra de Dios, 56 y dijo: «He aquí, veo los cielos abiertos, y al Hijo del Hombre que está a la diestra de Dios». 57 Entonces ellos, dando grandes voces, se taparon los oídos, y arremetieron a una contra él. 58 Y sacándole fuera de la ciudad, le apedrearon; y los testigos (de la acusación) pusieron sus ropas a los pies de un joven que se llamaba Saulo. 59 Y apedreaban a Esteban, mientras él oraba y decía: «Señor Jesús, recibe mi espíritu». 60 Y puesto de rodillas, clamó a gran voz: «Señor, no les tomes en cuenta este pecado». Y habiendo dicho esto, durmió (el sueño de la muerte). Y Saulo consentía en su muerte.
En aquel día hubo una gran persecución contra la Iglesia de Jerusalén. Y todos se dispersaron por las tierras de Judea y de Samaria, salvo los apóstoles. 2 Y hombres piadosos llevaron a dar Sepulcro a Esteban, e hicieron gran llanto sobre él. 3 Y Saulo asolaba la Iglesia. Entraba en las casas, y sacando a rastras a hombres y a mujeres, y los entregaba para ser puestos en la cárcel.
9 Pero había desde anteriormente en la ciudad un hombre llamado Simón. Este ejercía la magia y hacía que la gente de Samaria se asombrase, haciéndose pasar por algún grande. 10 A este oían atentamente todos, desde el más pequeño hasta el más grande, diciendo: «Este es el gran poder de Dios». 11 Y le estaban atentos, porque con sus artes mágicas les había encandilado mucho tiempo. 12 Pero cuando creyeron a Felipe, que anunciaba el evangelio del reino de Dios y el nombre de Jesús Cristo, se bautizaban hombres y mujeres. 13 También creyó Simón mismo, y habiéndose bautizado, estaba siempre con Felipe; y viendo las señales y grandes milagros que se hacían, se quedaba asombrado.
14 Cuando los apóstoles que estaban en Jerusalén oyeron que Samaria había recibido el logos de Dios, enviaron allá a Pedro y a Juan; 15 los cuales, habiendo venido, oraron por ellos para que recibiesen el Espíritu Santo. 16 Porque aún no había descendido (el Espíritu Santo) sobre ninguno de ellos, sino que solamente habían sido bautizados en el nombre del Señor Jesús. 17 Entonces les imponían las manos, y recibían el Espíritu Santo. 18 Cuando vio Simón que por la imposición de las manos de los apóstoles se daba el Espíritu Santo, les ofreció dinero, 19 diciendo: «Dadme también a mí este poder, para que cualquiera a quien yo impusiere las manos reciba el Espíritu Santo». 20 Entonces Pedro le dijo: «!Tu dinero perezca contigo, porque has pensado que el don de Dios se obtiene con dinero. 21 No tienes tú parte ni suerte en este asunto, porque tu corazón no es recto delante de Dios. 22 Arrepiéntete, pues, de esta tu maldad, y ruega a Dios, si quizá te sea perdonado el pensamiento de tu corazón; 23 porque en hiel de amargura y en prisión de maldad veo que estás». 24 Respondiendo entonces Simón, dijo: «Rogad vosotros por mí al Señor, para que nada de esto que habéis dicho venga sobre mí».
25 Y ellos, habiendo testificado y predicadoado el logos de Dios, regresaron a Jerusalén, y en muchas poblaciones de los samaritanos anunciaron el evangelio.
(Hch. 22,6-16; 26,12-18)
10 Había entonces en Damasco un discípulo (fiel) llamado Ananías, a quien el Señor dijo en visión: «Ananías». Y él respondió: «Heme aquí, Señor». 11 Y el Señor le dijo: «Levántate, y ve a la calle que se llama Derecha, y busca en casa de Judas a uno llamado Saulo, de Tarso. Porque he aquí, él ora. 12 Y ha visto en visión a un varón llamado Ananías, que entra y le pone las manos encima para que recobre la vista». 13 Entonces Ananías respondió: «Señor, he oído de muchos acerca de este hombre, cuántos males ha hecho a tus santos (tus fieles) en Jerusalén; 14 Y aquí tiene autoridad de los principales sacerdotes para prender a todos los que invocan tu nombre». 15 El Señor le dijo: «Ve, porque instrumento escogido me es este, para llevar mi nombre en presencia de los gentiles, y de reyes, y de los hijos de Israel. 16 Porque yo le mostraré cuánto le es necesario padecer por mi nombre».
26 Y cuando Saulo fue a Jerusalén, trataba de juntarse con los discípulos (los fieles); pero todos le tenían miedo, porque no creían que fuese discípulo (fiel). 27 Entonces Bernabé, tomándole, lo llevó a los apóstoles, y les contó cómo Saulo había visto en el camino al Señor, el cual le había hablado, y cómo en Damasco había hablado valerosamente en el nombre de Jesús. 28 Así (Saulo) estaba con ellos en Jerusalén; y entraba y salía, 29 y hablaba y dialogaba con los judíos de habla griega. Pero ellos procuraban matarle. 30 Cuando supieron esto los hermanos, le llevaron hasta Cesarea, y de allí le enviaron a Tarso.
1 Había en Cesarea un hombre llamado Cornelio, centurión de la compañía llamada "la espiral italiana". 2 Este era piadoso y temeroso de Dios con toda su casa, y que hacía muchas limosnas al pueblo, y oraba a Dios siempre. 3 Este vio claramente en una visión, como a las tres del mediodía, que un ángel de Dios entraba donde él estaba, y le decía: « ¡Cornelio!». 4 Él, mirándole fijamente, y atemorizado, dijo: «¿Qué es, Señor?» Y le dijo: «Tus oraciones y tus limosnas han subido (al cielo) para que Dios las tenga en cuenta. 5 Y ahora envía hombres a Jope, y haz venir a Simón, el que tiene por sobrenombre Pedro. 6 Este es hospedado en casa de cierto Simón curtidor, que tiene su casa junto al mar». 7 Ido el ángel que hablaba con Cornelio, este llamó a dos de sus criados, y a un devoto soldado de los que le asistían; 8 a los cuales envió a Jope, después de haberles contado todo.
17 Y mientras Pedro se preguntataba dentro de sí sobre lo que significaría la visión que había tenido, he aquí los hombres que habían sido enviados por Cornelio, los cuales, preguntando por la casa de Simón, llegaron a la puerta exterior. 18 Y llamando, preguntaron: «¿Simón, que tiene por sobrenombre Pedro, está siendo aquí hospedado?». 19 Y mientras Pedro pensaba en la visión, le dijo el Espíritu: «He aquí, tres hombres te buscan». 20 «Levántate, pues, y desciende y no dudes de ir con ellos, porque yo los he enviado». 21 Entonces Pedro, descendiendo a donde estaban los hombres que fueron enviados por Cornelio, les dijo: «He aquí, yo soy el que buscáis; ¿cuál es la causa por la que habéis venido?» 22 Ellos dijeron: «Cornelio el centurión, varón justo y temeroso de Dios, y que tiene buen testimonio en toda la nación de los judíos, ha recibido instrucciones de un santo ángel, de hacerte venir a su casa para oír tus palabras». 23 Entonces, haciéndoles entrar, los hospedó.
30 Entonces Cornelio dijo: «Cuatro días ayunaba hasta aquel momento. Y a las tres de la tarde oraba en mi casa. Y he aquí que un varón con vestido resplandeciente se puso delante de mí 31 y dijo: «Cornelio, tu oración ha sido oída, y Dios ha tenido en cuenta tus limosnas. 32 Envía, pues, a Jope, y haz venir a Simón el que tiene por sobrenombre Pedro. Él mora en casa de Simón, un curtidor, junto al mar; y cuando llegue, él te hablará. 33 Así que luego envié por ti; y tú has hecho bien en venir. Ahora, pues, todos nosotros estamos aquí presentes ante Dios, para oír todo lo que Dios te ha mandado».
34 Entonces Pedro, abriendo la boca, dijo: «En verdad comprendo, que Dios no hace acepción de personas, 35 sino que es aceptado por él todo el que le respeta y hace el bien. 36 Dios envió mensaje a los hijos de Israel, anunciando el evangelio de la paz por medio de Jesús Cristo; este es Señor de todos. 37 Vosotros sabéis lo que se divulgó por toda Judea, comenzando desde Galilea, después del bautismo que predicó Juan: 38 cómo Dios ungió con el Espíritu Santo y con poder a Jesús de Nazaret, y cómo este anduvo haciendo bienes y sanando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él. 39 Y nosotros somos testigos de todas las cosas que Jesús hizo en la tierra de Judea y en Jerusalén. Llegaron hasta el punto de matarle, colgándole en un madero (de la cruz). 40 A este levantó Dios al tercer día, e hizo que se manifestase; 41 no a todo el pueblo, sino a los testigos que Dios había elegido de antemano, es decir a nosotros, que comimos y bebimos con él después que resucitó de los muertos. 42 Y nos mandó que predicásemos al pueblo, y testificásemos que él es el que Dios ha puesto por juez de vivos y muertos. 43 De este dan testimonio todos los profetas, que todos los que en él creyeren, recibirán perdón de pecados por su nombre».
44 Mientras aún hablaba Pedro estas palabras, el Espíritu Santo descendió con ímpetu sobre todos los que oían el discurso. 45 Y los fieles de la circuncisión que habían venido con Pedro se quedaron atónitos de que también sobre los gentiles se derramase el don del Espíritu Santo. 46 Porque los oían que hablaban en lenguas, y que magnificaban a Dios. 47 Entonces dijo Pedro: «¿Puede acaso alguno impedir el agua, para que no sean bautizados estos que han recibido el Espíritu Santo también como nosotros?» 48 Y mandó bautizarles en el nombre del Señor (es decir reconociendo a Jesús como el Señor) . Entonces le rogaron que se quedase con ellos por algunos días.
11 Pedro es criticado y se disculpa
1 Oyeron los apóstoles y los hermanos que estaban en Judea, que también los gentiles habían recibido el logos de Dios. 2 Y cuando Pedro subió a Jerusalén, los fieles de procedencia judaica le reprochaban 3 diciendo: «Has entrado en casa de hombres incircuncisos, y has comido con ellos» 4 Entonces comenzó Pedro a contarles por orden lo sucedido, diciendo: 5 «Estaba yo en la ciudad de Jope orando. Υ vi en estado de éxtasis tuve una visión. Algo semejante a un gran lienzo que descendía, que por las cuatro puntas era bajado del cielo y venía hasta mí. 6 Cuando fijé en él los ojos, lo observé y vi los cuadrúpedos terrestres, y las fieras, y los reptiles, y las aves del cielo. 7 Y oí una voz que me decía: "Levántate, Pedro, mata y come". 8 Pero dije: "¡No, Señor! Porque nunca ha entrado en mi boca ninguna cosa contaminada o impura. 9 Entonces la voz me respondió del cielo por segunda vez: "Lo que Dios limpió, no lo llames tú impuro". 10 Y esto se hizo tres veces, y volvió todo a ser llevado arriba al cielo. 11 Y he aquí, en ese mismo momento tres hombres llegaron a la casa donde yo estaba, enviados a mí desde Cesarea. 12 Y el Espíritu me dijo que fuese con ellos sin dudar. Fueron también conmigo estos seis hermanos, y entramos en casa del hombre. 13 Y nos contó cómo había visto a un ángel que se presentó en su casa y le dijo: "Envía hombres a Jope, y haz venir a Simón, el que tiene por sobrenombre Pedro. 14 Él te hablará palabras por las cuales serás salvo tú, y toda tu casa. 15 Y cuando comencé a hablar, cayó el Espíritu Santo con ímpetu sobre ellos, como sobre nosotros al principio (en el día de Pentecostés). 16 Entonces me acordé del logos del Señor, cuando dijo: "Juan ciertamente bautizó en agua, mas vosotros seréis bautizados con el Espíritu Santo". 17 Si Dios, pues, les concedió también este don, tal como a nosotros, tras haber creído en el Señor Jesús Cristo, ¿quién era yo entonces para poder obstaculizar a Dios?
La Iglesia en Antioquía. El nombre cristianos
19 Ahora bien, los que habían sido esparcidos a causa de la persecución que hubo con motivo de Esteban, llegaron hasta Fenicia, Chipre y Antioquía. Y no predicaron a nadie el logos, sino solo a los judíos. 20 Y algunos de ellos eran de Chipre y de Cirene. Estos, cuando entraron en Antioquía, hablaron también a los judios helenófonos, predicando al Señor Jesús. 21 Y la mano (el poder) del Señor estaba con ellos, y gran número y se convirtió al Señor (Jesús).
12 Muerte de Jacobo y encarcelamiento de Pedro
1 En aquel mismo tiempo el rey Herodes echó mano a algunos de la Iglesia para maltratarles. 2 Y mató a espada a Jacobo, hermano de Juan. 3 Y viendo que esto había agradado a los judíos, procedió a prender también a Pedro. Eran entonces los días de los Ácimos (de la Pascua). 4 Y habiéndole tomado preso, le puso en la cárcel, entregándole a cuatro grupos de cuatro soldados cada uno, para que le custodiasen; y se proponía sacarle para ser juzgado frente al pueblo después de la Pascua. 5 Así que Pedro estaba custodiado en la cárcel; y la Iglesia hacía sin cesar oración a Dios por él.
12 Y habiendo entendido dónde estaba, fue a casa de María, la madre de Juan, el que también se llamaba Marcos, donde estaban reunidos bastantes orando. 13 Cuando llamó Pedro a la puerta de fuera, salió a abrir una sirviente llamada Rode, 14 Pero cuando reconoció la voz de Pedro, de gozo no abrió la puerta, sino que corriendo adentro, dio la nueva de que Pedro estaba a la puerta. 15 Y ellos le dijeron: «Estás loca». Pero ella aseguraba que así era. Entonces ellos decían: «¡Es su ángel!» 16 Mas Pedro persistía en llamar. Υ cuando abrieron y le vieron, se quedaron atónitos. 17 Pero él, haciéndoles con la mano señal de que callasen, les contó cómo el Señor le había sacado de la cárcel. Y dijo: «Haced saber esto a Jacobo y a los hermanos». Después salió, y se fue a otro lugar.
18 Luego que fue de día, hubo gran alboroto entre los soldados, sobre qué había sido de Pedro. 19 Mas Herodes, habiéndole buscado sin hallarle, interrogó a los guardas, y ordenó encarcelarlos. Después descendió de Judea y se quedó allí en Cesarea
24 Pero el logos del Señor crecía y se multiplicaba. 25 Y Bernabé y Saulo, cumplido su servicio, volvieron de Jerusalén, llevando también consigo a Juan, el que tenía por sobrenombre Marcos.
13 El Espíritu envía a Bernabé y a Saulo a Chipre
1 Había entonces en la Iglesia de Antioquía algunos profetas y maestros: Bernabé, Simón que también se llamaba Niger, Lucio de Cirene, Manaén el que se había criado junto con Herodes el tetrarca, y Saulo. 2 Ministrando estos al Señor, y ayunando, dijo el Espíritu Santo: «Apartadme a Bernabé y a Saulo para la obra a que los he llamado». 3 Entonces, habiendo ayunado y orado de nuevo, les impusieron las manos y los despidieron.
13 Habiendo zarpado de Pafos, Pablo y sus compañeros arribaron a Perge de Panfilia. Pero Juan les dejó y volvió a Jerusalén. 14 Ellos cruzaron la región, y de Perge, llegaron a Antioquía de Pisidia. Y entraron en la sinagoga un Sábado y se sentaron. 15 Y después de la lectura de la ley y de los profetas, los principales de la sinagoga mandaron a decirles: «Hermanos, si tenéis algunas palabras alentadoras y constructivas que decir al pueblo, decidlas».
26 Hermanos, hijos procedentes de Abraham, y los convertidos que entre vosotros que respetáis a Dios, a vosotros ha sido enviado este mensaje de salvación. 27 Porque los habitantes de Jerusalén y sus gobernantes, rechazando a Jesús y condenándole, cumplieron así las palabras de los profetas, que se leen cada Sábado. 28 Y aunque no hallaron en él causa digna de muerte, pidieron a Pilato que se le matase. 29 Y habiendo cumplido todas las cosas que de él estaban escritas sobre él, le bajaron del madero (de la cruz), y le dieron sepulcro. 30 Mas Dios le levantó de los muertos. 31 Y durante muchos días se apareció a los que habían subido juntamente con él de Galilea a Jerusalén. Estos son sus testigos ante el pueblo. 32 Y nosotros también os predicamos sobre la promesa dada a los padres, 33 que Dios la ha cumplido sobre sus hijos, es decir sobre nosotros, trayendo al mundo a Jesús, como está escrito también en el salmo segundo: Mi hijo eres tú (no eres hijo de un hombre), yo te he engendrado hoy (te he traido al mundo como hombre) 34 Y en cuanto a que le resucitó de los muertos y nunca más volverá a la muerte, lo dijo así: realizaré sobre vosotros las sagradas fieles promesas hacia David. 35 Por eso dice también en otra parte: No permitirás que tu santo vea corrupción (descomposición del cuerpo). 36 Porque a la verdad David, habiendo servido a su propia generación según al plan de Dios, durmió (la dormición de la muerte), y fue reunido con sus padres, y vio corrupción (descomposición del cuerpo). 37 Mas aquel a quien Dios resucitó, no vio corrupción (descomposición del cuerpo). 38 Sabed entonces, hermanos, que gracias a él se os anuncia perdón de los pecados. 39 Y por él todo el que cree es redimido de todo aquello, de lo que no pudisteis ser redimidos por la ley de Moisés. 40 Mirad, pues, que no venga sobre vosotros lo que está dicho en los profetas: 41 Mirad, menospreciadores, y asombraos, y desapareced. Porque yo hago una obra (punitiva) en vuestros días, obra que no creeréis, si alguien os lo describiese».
42 Cuando saliero (Pablo y Bernabé) de la sinagoga de los judíos, los gentiles les rogaron que el siguiente Sábado les hablasen de estas cosas. 43 Y despedida la congregación, muchos de los judíos y de los prosélitos piadosos siguieron a Pablo y a Bernabé, quienes hablándoles, les persuadían a que perseverasen en la gracia de Dios.
44 Y el siguiente Sábado se juntó casi toda la ciudad para escuchar el logos de Dios. 45 Pero cuando los judíos vieron la multitud del pueblo, se llenaron de celos y de fanatismo, y rebatían lo que Pablo decía, contradiciendo y blasfemando. 46 Entonces Pablo y Bernabé, hablando rigurosamente, dijeron: «A vosotros a la verdad era necesario que se os hablase primero el logos de Dios. Mas puesto que la desecháis, y no os juzgáis dignos de la vida eterna, he aquí, nos volvemos a los gentiles. 47 Porque así nos ha mandado el Señor, diciendo: Te he puesto para luz de los gentiles, a fin de que seas para salvación (de todos indistintamente) hasta lo último de la tierra». 48 Los gentiles, oyendo esto, se regocijaban y y admitían el logos del Señor, y creyeron todos los que estaban ordenados para vida eterna.
14 Pablo y Bernabé en Iconio
14 Aconteció en Iconio que entraron (Pablo y Bernabé) juntos en la sinagoga de los judíos, y hablaron de tal manera que creyó una gran multitud de judíos, y asimismo de griegos. 2 Mas los judíos que no creían excitaron y corrompieron los ánimos de los gentiles contra los hermanos. 3 Por tanto se quedaron allí bastante tiempo, y predicaban con coraje sobre el Señor, el cual daba testimonio del logos de su gracia, haciendo que tuviesen lugar por las manos de ellos señales y prodigios. 4 Y la gente de la ciudad estaba dividida: unos estaban con los judíos, y otros con los apóstoles.
15 Pablo y Bernabé en Jerusalén por el tema de la circuncisión
6 Y se reunieron en concilio los apóstoles y los ancianos para examinar este asunto. 7 Y después de mucha discusión, Pedro se levantó y les dijo: !Hermanos! Vosotros sabéis que desde los primeros días de entre nosotros Dios me escogió a mí para que escuchen los gentiles oyesen por mi boca el logos del evangelio y creyesen. 8 Y Dios, que conoce los corazones, les dio testimonio, dándoles el Espíritu Santo, lo mismo que a nosotros; 9 y ninguna diferencia hizo entre nosotros y ellos, purificando por la fe sus corazones. 10 Ahora, pues, ¿por qué provocáis a Dios, poniendo sobre la cerviz de los discípulos un yugo que ni nuestros padres ni nosotros hemos podido llevar? 11 Antes creemos que por la gracia del Señor Jesús seremos salvos, de igual modo que ellos».
12 Entonces toda la multitud calló, y oyeron a Bernabé y a Pablo, que contaban las señales y los sorprendentes milagros había hecho Dios por medio de ellos entre los gentiles.
13 Y cuando ellos parararon de hablar, Jacobo respondió diciendo: «Ηermanos, escuchadme. 14 Simón (Pedro) ha contado cómo Dios visitó por primera vez a los gentiles, para tomar de ellos pueblo para su nombre. 15 Y con esto concuerdan las palabras de los profetas, como está escrito: 16 Después de esto volveré
y reedificaré la casa derrumbada de David, sí, y reedificaré sus ruinas, y lα volveré a levantar, 17 para que el resto de los hombres busque al Señor, y todos los gentiles*, los cuales ha sido previsto que sean míos, 18 dice el Señor, quien hace todo esto.
* Gentiles: los de las naciones. Lit. "οι εθνικοί", [i eznikí]
19 Por lo cual yo considero que no traigamos dificultades se a los gentiles que se convierten a Dios, 20 sino que se les escriba que se aparten de las contaminaciones de los ídolos*, y de la inmoralidad, y de animal ahogado y de sangre.
* Comidas procedentes de los sacrificios idólatras o ofrecidos a los ídolos
21 Porque la ley moisaica desde tiempos antiguos es leída y predicada en las sinagogas cada Sábado en cada ciudad (y por lo tanto las leyes respectivas de la ley mosaica son conocidas y su transgresión provocará escándalo sobre los cristianos de procedencia judaica).
22 Entonces los apóstoles y los ancianos, junto con toda la Iglesia, decidieron elegir varones de entre ellos y enviarlos a Antioquía junto con Pablo y Bernabé. Y eligieron a Judas que tenía por sobrenombre Barsabás, y a Silas, varones con puesto de liderazgo entre los hermanos. 23 Y enviaron por medio de ellos la siguiente carta: «Los apóstoles y los ancianos y los hermanos (de la Iglesia de Jerusalén), saludamos a los hermanos que están en Antioquía, en Siria y en Cilicia, que provenís de entre los gentiles 24 Por cuanto hemos oído que algunos que han salido de nosotros, a los cuales no dimos orden, fueron y os han inquietado y han perturbado vuestras almas con palabras, mandando circuncidaros y guardar la ley (mosaica), 25 hemos decidido, habiéndonos reunido y llegado a un acuerdo, elegir varones y enviarlos a vosotros con nuestros amados Bernabé y Pablo, 26 hombres que han mostrado abnegación en cuanto al nombre de nuestro Señor Jesús Cristo. 27 Así que enviamos a Judas y a Silas, los cuales también de palabra os harán saber lo mismo. 28 Es decir hemos decidido por el Espíritu Santo y por nosotros, no imponeros ninguna carga más que estas cosas necesarias; 29 es decir que os abstengáis de las contaminaciones de los ídolos, de sangre de animal ahogado y de la inmoralidad. Si os guardareis a vosotros mismos de estas cosas, bien haréis. Tened salud».
30 Así, pues, ellos partieron y fueron a Antioquía. Y reuniendo a la congregación, entregaron la carta; 31 habiendo leído la cual, se regocijaron por la consolación. 32 Y Judas, y Silas, como ellos también eran profetas, consolaron y confirmaron a los hermanos con abundancia de palabras. 33 Y pasando algún tiempo allí, los hermanos los enviaron de nuevo hacia los apóstoles con honores. 34 Pero Silas decidió quedarse allí más tiempo. 35 Y Pablo y Bernabé, el tiempo que estuvieron en Antioquía, enseñaban y predicaban junto con muchos otros el logos del Señor.
Exaltación y separación de Pablo y Bernabé
36 Y después de algunos días, Pablo dijo a Bernabé: «Volvamos a visitar a los hermanos en todas las ciudades en que hemos predicado el logos del Señor, para ver cómo están». 37 Y Bernabé consideró que estaría bien que llevasen consigo a Juan, el que tenía por sobrenombre Marcos. 38 Pero a Pablo no le parecía bien llevar con ellos al que les había abandonado desde Panfilia, y no había ido con ellos a la obra. 39 Y hubo tal desacuerdo entre ellos, que se separaron el uno del otro. Y Bernabé, tomando a Marcos, navegó a Chipre, 40 y Pablo, escogiendo a Silas, salió encomendado por los hermanos a la gracia del Señor 41 Y recorrió Siria y Cilicia, confirmando a las iglesias.
16 Timoteo, nuevo colaborador de Pablo.
1. Después llegó a Derbe y a Listra; y he aquí, había allí cierto discípulo (cristiano) llamado Timoteo, hijo de una mujer judía creyente y de padre griego. 2 Y daban buen testimonio de él los hermanos que estaban en Listra y en Iconio. 3 Quiso Pablo que este fuese con él al sagrado apostolado. Y tomándole, le circuncidó por causa de los judíos que había en aquellos lugares; porque todos sabían que su padre era griego. 4 Y al pasar por las ciudades, les enseñaban (a los fieles) a cumplir las ordenanzas que habían acordado los apóstoles y los ancianos que estaban en Jerusalén. 5 Así que las iglesias eran confirmadas en la fe, y aumentaban en número cada día.
16 Aconteció que mientras íbamos al lugar de oración, nos salió al encuentro una sierva que tenía espíritu de adivinación (demonio), la cual daba gran ganancia a sus amos, adivinando. 17 Esta seguía de cerca a Pablo y a Silas, y daba voces, diciendo: «Estos hombres son siervos del Dios Altísimo, y nos anuncian el camino de salvación». 18 Y esto lo hacía por muchos días. Mas desagradando a Pablo, este se volvió y dijo al espíritu: «Te mando en el nombre de Jesús Cristo, que salgas de ella». Y salió en aquel mismο momento.
19 Pero viendo los amos de ella que había salido (junto con el demonio) la esperanza de su ganancia, prendieron a Pablo y a Silas, y los trajeron al foro, ante las autoridades; 20 y presentándolos a los soldados, dijeron: «Estos hombres, que son judíos, alborotan nuestra ciudad, 21 porque enseñan costumbres que no nos es lícito recibir ni hacer, pues somos romanos». 22 Y se agolpó el pueblo contra ellos; y los soldados, rasgándoles las ropas, ordenaron azotarles con varas. 23 Después de haberles azotado mucho, los echaron en la cárcel, mandando al carcelero que los guardase con seguridad. 24 El cual, recibido este mandato, los metió en el calabozo de más adentro, y para más seguridad les aseguró los pies en el cepo (instrumento de castigo de inmovilización del cuerpo).
25 Pero a medianoche, orando Pablo y Silas, cantaban himnos a Dios; y los presos los oían. 26 Entonces sobrevino de repente un gran terremoto, de tal manera que los cimientos de la cárcel se sacudían. Y al instante se abrieron todas las puertas, y las cadenas de todos se soltaron. 27 Despertando el carcelero, y viendo abiertas las puertas de la cárcel, sacó la espada y se iba a matar, pensando que los presos habían huido. 28 Mas Pablo clamó a gran voz, diciendo: «No te hagas ningún mal, pues todos estamos aquí». 29 Él entonces, pidiendo luz, se precipitó adentro (a la celda de la prisión), y temblando, se postró a los pies de Pablo y de Silas; 30 y sacándolos, les dijo: «Señores, ¿qué debo hacer para ser salvo?» 31 Ellos dijeron: «Cree en el Señor Jesús Cristo, y serás salvo, tú y tu casa». 32 Y le hablaron la palabra del Señor a él y a todos los que estaban en su casa. 33 Y él, tomándolos en aquel momento de la noche les lavó las heridas. Y en seguida se bautizó él con todos los suyos. 34 Y llevándolos a su casa, les puso la mesa; y se regocijó con toda su casa de haber creído a Dios.
35 Cuando fue de día, los soldados enviaron alguaciles a decir (al carcelero): «Libera a aquellos hombres». 36 Y el carcelero hizo saber estas palabras a Pablo: «Los soldados han mandado a decir que se os suelte; así que ahora salid, y marchaos en paz». 37 Pero Pablo les dijo (a los soldados que les azotaron): «Después de azotarnos públicamente sin sentencia judicial, siendo ciudadanos romanos, nos echaron en la cárcel, ¿y ahora nos echan de la cárcel encubiertamente? No, por cierto, sino vengan ellos mismos a sacarnos». 38 Y los los soldados que les azotaron hicieron saber estas palabras a los magistrados, los cuales tuvieron miedo al oír que eran ciudadanos romanos. 39 Y viniendo, les rogaron; y sacándolos, les pidieron que salieran de la ciudad. 40 Entonces, saliendo de la cárcel, entraron en casa de Lidia, y habiendo visto a los hermanos, los alentaron, y después se fueron.
10 Inmediatamente, los hermanos enviaron de noche a Pablo y a Silas hasta Berea. Y ellos, habiendo llegado, entraron en la sinagoga de los judíos. 11 Y estos tenían sentimientos más nobles que los que estaban en Tesalónica, pues recibieron el logos con toda solicitud, escudriñando cada día las Escrituras para ver si estas cosas eran así. 12 Y muchos de ellos creyeron, y mujeres griegas de las clases superiores, y no pocos hombres. 13 Cuando los judíos de Tesalónica supieron que también en Berea era anunciado el logos de Dios por Pablo, fueron allá, y también alborotaron a las multitudes. 14 Pero inmediatamente los hermanos enviaron a Pablo que fuese hacia el mar; y Silas y Timoteo se quedaron allí. 15 Y los que se habían encargado de conducir a Pablo le llevaron a Atenas; y habiendo recibido orden para Silas y Timoteo, de que viniesen a él lo más pronto que pudiesen, salieron.
16 Mientras Pablo los esperaba en Atenas, su espíritu se agitaba dentro de él, porque veía la ciudad llena de idolatría. 17 Y en la sinagoga dialogaba con los judíos y piadosos, y en la plaza cada día con los que concurrían. 18 Y algunos filósofos de los epicúreos y de los estoicos se encontraban y dialogaban con él; y algunos decían: «¿Qué querrá decir este palabrero?» Y otros: «Parece que es predicador de nuevos dioses; porque les predicaba a Jesús y la resurrección». 19 Y tomándole, le trajeron al Areópago, diciendo: «¿Podremos saber qué es esta nueva enseñanza de que hablas? 20 Pues traes a nuestros oídos cosas extrañas. Queremos, pues, saber qué quiere decir esto.» 21 Porque todos los atenienses y los extranjeros residentes allí, en ninguna otra cosa se interesaban sino en decir o en oír algo nuevo.
22 Entonces Pablo, puesto en pie en medio del Areópago, dijo: «¡Αtenienses!, en todo observo que sois muy religiosos; 23 porque pasando y mirando vuestros monumentos religiosos, hallé también un altar con la inscripción, Al Dios no conocido. A este que vosotros adoráis, pues, sin conocerle, es a quien yo os anuncio. 24 El Dios que creó el mundo y todas las cosas que en él hay, siendo Señor del cielo y de la tierra, no habita en templos hechos por manos humanas, 25 ni es honrado por manos de hombres, como si tuviese necesidad de algo; pues él es quien da a todos vida y aliento y todas las cosas. 26 Y de una sangre ha hecho todas las naciones de los hombres, para que habiten sobre toda la tierra. Y determinó los tiempos, que vivirán, y los límites de su habitación, 27 para que busquen a Dios, quizás lo descubran y lo hallen, aunque ciertamente no está lejos de cada uno de nosotros. 28 Porque en él vivimos, y nos movemos, y existimos. Como algunos de vuestros propios poetas también han dicho: Porque de él ciertamente somos hijos. 29 Entonces si somos hijos de Dios, no debemos pensar que la divinidad sea semejante a oro, o plata, o piedra, escultura de arte y de invención de hombres (con muertas estatuas sin alma). 30 Pero Dios, habiendo pasado por alto los tiempos de esta ignorancia, ahora manda a todos los hombres en todo lugar, que se arrepientan. 31 Por cuanto ha establecido un día en el cual juzgará al mundo con justicia, por aquel varón a quien designó. Y dio fe (de esto) a todos, porque le levantó de los muertos.
32 Pero cuando oyeron resurrección de los muertos, unos se burlaban, y otros decían: «Ya te oiremos acerca de esto otra vez». 33 En este momento Pablo les dejó y se marchó. 34 Mas algunos le siguieron y creyeron. Entre los cuales estaba Dionisio el Areopagita y una mujer llamada Dámaris, y otros con ellos.
12 Y cuando Galión era procónsul de Acaya, todos los judíos se levantaron de común acuerdo contra Pablo, y le llevaron al tribunal, 13 diciendo: «Este persuade a los hombres a honrar a Dios de un modo distinto al establecido por la ley». 14 Y cuando Pablo iba a abrir la boca (para defenderse), Galión dijo a los judíos: «Si fuera algún agravio o algún crimen enorme, oh judíos, estaría encantado de escucharos. 15 Pero dado que son cuestiones de palabras, y de nombres, y de vuestra ley, vedlo vosotros. Porque yo no quiero ser juez de estas cosas». 16 Y los despidió del tribunal. 17 Entonces todos los griegos, apoderándose de Sóstenes, principal de la sinagoga, le golpeaban delante del tribunal. Pero a Galión nada se le daba de ello.
18 Mas Pablo, permanenciendo aún bastantes días allí, después se despidió de los hermanos y navegó a Siria, y con él Priscila y Aquila, habiéndose rapado la cabeza en Cencrea, porque tenía hecho voto. 19 Y llegó a Éfeso, y los dejó allí; mas él entró en la sinagoga y habló a los judíos, 20 los cuales le rogaban que se quedase con ellos por más tiempo; mas no accedió, 21 sino que se despidió de ellos, diciendo: «Es necesario que en todo caso yo guarde en Jerusalén la fiesta que viene. Pero volveré a vosotros de nuevo, si Dios quiere». Y zarpó de Éfeso. 22 Y cuando arribó a Cesarea, subió para saludar a la Iglesia, y luego descendió a Antioquía. 23 Y después de estar allí algún tiempo, salió, recorriendo por orden la región de Galacia y de Frigia, confirmando a todos los discípulos (a los cristianos)
24 Llegó entonces a Éfeso un judío llamado Apolos, natural de Alejandría, varón elocuente, poderoso en las Escrituras. 25 Este había sido instruido en el camino del Señor (en la fe cristiana). Y con corazón fervoroso, hablaba y enseñaba diligentemente lo concerniente al Señor, aunque solamente conocía el bautismo de Juan. 26 Y comenzó a predicar en la sinagoga; pero cuando le oyeron Priscila y Aquila, le tomaron aparte y le expusieron más exactamente el camino de Dios. 27 Y queriendo él pasar a Acaya, los hermanos le animaron, y escribieron a los discípulos (los cristianos) que le recibiesen; y llegado él allá, fue de gran provecho a los que por la gracia habían creído; 28 porque con gran vehemencia refutaba públicamente a los judíos, demostrando por las Escrituras que Jesús era el Cristo.
1 Y cuando Apolos estaba en Corinto, Pablo, después de recorrer las regiones interiores, llegó a Éfeso. Y hallando a ciertos discípulos (fieles), 2 les dijo: "¿Recibisteis el Espíritu Santo cuando creísteis?" Y ellos le dijeron: "Ni siquiera hemos oído si hay Espíritu Santo". 3 Entonces dijo: "¿Entonces, con qué bautismo fuisteis bautizados?" Ellos dijeron: "Con el bautismo de Juan". 4 Dijo Pablo: "Juan bautizó con bautismo de arrepentimiento, diciendo al pueblo que creyesen en aquel que vendría después de él, esto es, en Jesús Cristo". 5 Cuando oyeron esto, fueron bautizados con fe en el nombre del Señor Jesús. 6 Y habiéndoles impuesto Pablo las manos, vino sobre ellos el Espíritu Santo; y hablaban en lenguas, y profetizaban. 7 Y eran todos los hombres doce. 8 Después entró en la sinagoga, y estuvo hablando durante tres meses, discutiendo y enseñando acerca del reino de Dios. 9 Pero endureciéndose algunos y no creyendo, hablando mal del Camino (de la Fe Cristiana) delante de la multitud, se apartó Pablo de ellos y separó a los discípulos (a los fieles), y cada día hablaba en la escuela de uno llamado Tiranno. 10 Así continuó por espacio de dos años, de manera que todos los que habitaban en (la región) Asia, judíos y griegos, oyeran el logos del Señor Jesús.
11 Y Dios por medio de Pablo hacía milagros extraordinarios, 12 de tal manera que aun se llevaban a los enfermos los paños o delantales de su cuerpo, y las enfermedades se iban de ellos, y los espíritus malos salían.
21 Pasadas estas cosas, Pablo decidió pasar por Macedonia y Acaya, e ir luego a Jerusalén. Y dijo: «Después que haya ido allí, he de visitar también Roma». 22 Y enviando a Macedonia a dos de los que le ayudaban, Timoteo y Erasto, él se quedó por algún tiempo en (la región de) Asia.
1 Después que cesó el alboroto, llamó Pablo a los discípulos (a los cristianos), y habiéndo se despedido de ellos, salió para ir a Macedonia. 2 Y después de recorrer aquellas regiones y de fortalecer a los cristianos de allí con muchos discursos, llegó a Grecia (sur). 3 Estuvo allí tres meses. Y aunque se preparaba para embarcarse a Siria, debido a que los judíos planeaban matarle, tomó la decisión de volver (a Asia) a través de Macedonia. 4 Y le acompañaron hasta Asia, Sópater de Berea, Aristarco y Segundo de Tesalónica, Gayo de Derbe, y Timoteo; y de Asia, Tíquico y Trófimo. 5 Estos, habiéndose adelantado, nos esperaron en Troas. 6 Y nosotros, pasados los días de los panes sin levadura* (de Pascua), navegamos de Filipos, y en cinco días nos reunimos con ellos en Troas, donde nos quedamos siete días.
36 Y habiendo dicho estas cosas, se puso de rodillas junto con todos ellos y oró. 37 Entonces hubo gran llanto de todos, y abrazaban a Pablo y muchos besos le daban. 38 Y sentían dolor en gran manera por las palabras que dijo, de que no verían más su rostro. Y le acompañaron al barco.
7 Y nosotros completamos la navegación, saliendo de Tiro y arribando a Tolemaida; y habiendo saludado a los hermanos, nos quedamos con ellos un día. 8 Al otro día, partimos y fuimos a Cesarea. Y visitamos la casa de Felipe el evangelista (predicador itinerante del evangelio), que era uno de los siete (diáconos de las mesas), y nos quedamos con él. 9 Este tenía cuatro hijas doncellas que profetizaban (es decir que hablaban por inspiración del Espíritu Santo).
15 Υ después de esos días, nos preparamos y subimos a Jerusalén. 16 Y vinieron también con nosotros de Cesarea algunos de los discípulos (cristianos), trayendo consigo a uno llamado Mnasón, de Chipre, discípulo antiguo (cristiano), con quien nos hospedaríamos.
17 Cuando llegamos a Jerusalén, los hermanos nos recibieron con gozo. 18 Y al día siguiente Pablo entró con nosotros a ver a Jacobo, y y también vinieron todos los ancianos; 19 a los cuales, después de haberles saludado, les contó una por una las cosas que Dios había hecho entre los gentiles por su ministerio. 20 Cuando ellos lo oyeron, glorificaron a Dios, y le dijeron: «Ya ves, hermano, cuántos millares de judíos hay que han creído; y todos son celosos por la ley. 21 Pero se les ha informado en cuanto a ti, que enseñas a todos los judíos que están entre los gentiles a apostatar de Moisés, diciéndoles que no circunciden a sus hijos, ni observen las costumbres. 22 ¿Qué hay, pues? La multitud se reunirá de cierto, porque oirán que has venido. 23 Haz, pues, esto que te decimos: Hay entre nosotros cuatro hombres que tienen obligación de cumplir voto. 24 Tómalos contigo, purifícate con ellos, y paga sus gastos (de los sacrificios) para que se rasuren la cabeza; y todos comprenderán que no hay nada de lo que se les informó acerca de ti, sino que tú también andas ordenadamente, guardando la ley. 25 Pero en cuanto a los gentiles que han creído, nosotros les hemos escrito determinando que no guarden ninguna costumbre (ritual) de estas, solamente que se abstengan de lo sacrificado a los ídolos, de sangre, de ahogado y de inmoralidad».
27 Pero cuando estaban para cumplirse los siete días (del ritual de la purificación), los judíos de Asia, al verle en el recinto sagrado del templo, alborotaron a toda la multitud y le echaron mano, 28 dando voces: «¡Varones israelitas, ayudad! Este es el hombre que por todas partes enseña a todos contra el pueblo, la ley y este lugar (el templo); y además de esto, ha metido a griegos en el templo, y ha profanado este santo lugar. 29 Que quede constancia que antes habían visto con él en la ciudad a Trófimo, de Éfeso, a quien pensaban que Pablo había metido en el recinto sagrado del templo. 30 Y toda la ciudad fue conmovida, y se agolpó el pueblo; y apoderándose de Pablo, le arrastraron fuera del recinto sagrado, e inmediatamente cerraron las puertas (para que no entrase de nuevo en el recinto sagrado del templo).
6 Pero aconteció que yendo yo, al llegar cerca de Damasco, como a mediodía, de repente me rodeó mucha luz del cielo; 7 y caí al suelo, y oí una voz que me decía: «Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?» 8 Yo entonces respondí: «¿Quién eres, Señor?» Y me dijo: «Yo soy Jesús el Nazareno, a quien tú persigues.» 9 Y los que estaban conmigo vieron a la verdad la luz, y se espantaron; pero la voz de aquel que me hablaba, no la oyeron como palabras y significados (sino como un ruido y estruendo). 10 Dije entonces: «¿Qué haré, Señor?» Y el Señor me dijo: «Levántate, y ve a Damasco, y allí se te dirá todo lo que está ordenado que hagas». 11 Y como yo no veía a causa de aquella luz, llevado de la mano por los que estaban conmigo, llegué a Damasco.
12 Entonces uno llamado Ananías, varón respetuoso en cuanto a la ley, honrado por todos los judíos que vivían en Damasco, 13 vino a mí, y acercándose, me dijo: «Hermano Saulo, recibe la vista». Y yo en aquel mismo momento recobré la vista y le miré. 14 Y él dijo: «El Dios de nuestros padres te ha escogido y te ha establecido para que conozcas su voluntad, y veas al Justo (al Bondadoso, al Santo), y oigas la voz de su boca. 15 Porque serás testigo suyo a todos los hombres, de todo lo que has visto y oído. 16 Ahora, pues, ¿por qué te detienes? Levántate y bautízate, y sé lavado de tus pecados, invocando el nombre del Señor (Jesús).
22 Y le oyeron hasta estas palabras (que dijo sobre los gentiles). Entonces alzaron la voz, diciendo: «¡Haz desaparecer de la tierra a este sujeto! ¡Porque no debería vivir ya! 23 Y como ellos gritaban y arrojaban sus ropas y lanzaban polvo al aire, 24 mandó el tribuno que le metiesen en la base. Y ordenó que fuese enmendado con azotes, para aprender por qué causa clamaban así contra él. 25 Pero cuando le ataron estirado para azotarle, Pablo dijo al centurión que estaba presente: «¿Os es lícito azotar a un hombre, que es ciudadano romano, sin haber sido condenado?» 26 Cuando el centurión oyó esto, fue y dio aviso al tribuno, diciendo: «Cuidado con lo que vas a hacer. Porque este hombre es ciudadano romano». 27 Entonces se le acercó el tribuno y le dijo: «Dime, ¿eres tú ciudadano romano?» Él dijo: «Sí». 28 Respondió el tribuno: «Yo con una gran suma adquirí este derecho político». Entonces Pablo dijo: «Υo nací siendo ya ciudadano romano». 29 Así que, luego se apartaron de él los que le iban a enmendar.
30 Al día siguiente, queriendo conocer la verdad, es decir la causa por la cual le acusaban los judíos, le soltó de las cadenas, y mandó venir a los principales sacerdotes y a todo el concilio. Y bajando a Pablo (de la base a la ciudad), le presentó ante ellos.
23 Entonces Pablo, mirando fijamente al concilio, dijo: «¡Varones hermanos! Υo con toda buena conciencia he vivido delante de Dios hasta el día de hoy». 2 Pero el sumo sacerdote Ananías ordenó entonces a los que estaban junto a él, que le golpeasen en la boca. 3 Entonces Pablo le dijo: «¡Dios te golpeará a ti, pared blanqueada! A pesar de que estás sentado en el puesto judicial para juzgarme conforme a la ley, quebrantas la ley mandándome golpear». 4 Los que estaban presentes dijeron: «¿Al sumo sacerdote de Dios injurias?» 5 Pablo dijo: «No sabía, hermanos, que era el sumo sacerdote». Pues escrito está: No maldecirás a un príncipe de tu pueblo.
6 Entonces Pablo, notando que una parte era de saduceos y otra de fariseos, alzó la voz en el concilio: «¡Varones hermanos!, yo soy fariseo, hijo de fariseo. Yo soy juzgado, porque creo en la resurrección de los muertos». 7 Cuando dijo esto, se produjo disensión entre los fariseos y los saduceos, y la asamblea se dividió. 8 Porque los saduceos dicen que no hay resurrección, ni ángel, ni espíritu (alma); pero los fariseos afirman estas cosas (es decir la resurrección y la existencia de espíritus angelicales y humanos). 9 Y hubo un gran vocerío; y levantándose los escribas (los maestros de la ley) de la parte de los fariseos, contendían, diciendo: «Ningún mal hallamos en este hombre; que si un espíritu (de hombre) le ha hablado, o un ángel, no resistamos a Dios».
11 A la noche siguiente se le presentó el Señor y le dijo: «¡Ten coraje, Pablo!, pues como has testificado de mí en Jerusalén, así es necesario que testifiques también en Roma.
12 Venido el día, algunos de los judíos se reunieron con aversión y se juramentaron a sí mismo bajo maldición, diciendo que no comerían ni beberían hasta que hubiesen dado muerte a Pablo. 13 Eran más de cuarenta los que habían hecho esta conjuración, 14 los cuales fueron a los principales sacerdotes y a los ancianos y dijeron: «Hemos hecho juramentado estricto sobre nosotros mismos, de no poner nada en nuestras bocas, hasta que hayamos dado muerte a Pablo. 15 Ahora pues, vosotros, con el concilio, requerid al tribuno que le traiga mañana ante vosotros, como que queréis indagar alguna cosa más cierta acerca de él; y nosotros estaremos listos para matarle antes que llegue».
16 Mas el hijo de la hermana de Pablo, oyendo hablar de la emboscada, fue y entró en la base, y dio aviso a Pablo. 17 Entonces Pablo llamó a uno de los centuriones y le dijo: «Lleva a este joven ante el tribuno, porque tiene cierto aviso que darle». 18 Él entonces tomándole, le llevó al tribuno, y le dijo: «El preso Pablo me llamó y me rogó que trajese ante ti a este joven, que tiene algo que hablarte». 19 El tribuno, tomándole de la mano y retirándose aparte, le preguntó: «¿Qué es lo que tienes que decirme?» 20 Él le dijo: «Los judíos han convenido en rogarte que mañana lleves a Pablo ante el concilio, como que van a inquirir alguna cosa más cierta acerca de él. 21 Pero tú no les creas; porque más de cuarenta hombres de ellos le preparan un complot. Y se han juramentado bajo maldición, a no comer ni beber hasta que le hayan dado muerte; y ahora están listos esperando tu promesa». 22 Entonces el tribuno dejó al joven, marcharse, mandándole que a nadie dijese que le había dado aviso de esto.
31 Y los soldados entonces, según la orden que recibieron, tomaron a Pablo y le llevaron de noche a Antípatris. 32 Y al día siguiente, dejando a los jinetes que fuesen con él, volvieron a la base. 33 Cuando aquellos (los jinetes) llegaron a Cesarea, y dieron la carta al gobernador, presentaron también a Pablo delante de él. 34 Y el gobernador, leída la carta, preguntó de qué provincia era; y habiendo entendido que era de Cilicia, 35 le dijo: «Te escucharé atentamente cuando vengan también tus acusadores». Y mandó que le custodiasen en el pretorio (palacio) de Herodes.
10 Habiéndole hecho señal el gobernador a Pablo para que hablase, este respondió: «Porque sé que desde hace muchos años eres juez de esta nación, con mejor disposición haré mi defensa. 11 Como tú puedes cerciorarte, no hace más de doce días que subí a adorar a Jerusalén. 12 Y no me hallaron disputando con ninguno, ni amotinando a la multitud; ni en el templo, ni en las sinagogas ni en la ciudad. 13 Ni te pueden probar las cosas de que ahora me acusan. 14 Pero esto te confieso, que según el Camino (la Fe Cristiana) que ellos llaman herejía, así sirvo al Dios de mis padres, creyendo todas las cosas que en la ley y en los profetas están escritas; 15 esperando en Dios lo que ellos también esperan, es decir de que habrá resurrección de los muertos, así de buenos como de malos. 16 Y por eso yo procuro tener siempre una conciencia limpia ante Dios y ante los hombres.
24 Algunos días después, viniendo Félix con Drusila su mujer, que era judía, llamó a Pablo, y le oyó acerca de la fe en Cristo. 25 Pero al disertar Pablo acerca de la justicia, del dominio propio y del juicio venidero, Félix se espantó, y dijo: «De momento vete, pero cuando tenga de nuevo tiempo, te llamaré. 26 Esperaba también con esto, que Pablo le diera dinero para que le soltase; por lo cual muchas veces lo hacía venir y hablaba con él. 27 Pero al cabo de dos años (de estar encerrado Pablo en Cesarea) recibió Félix por sucesor a Porcio Festo; y queriendo Félix hacer favor a los judíos para que se sintiesen obligados, dejó preso a Pablo.
6 Y permaneciendo entre ellos (en Jerusalén) más diez días, bajó a Cesarea, y al siguiente día se sentó en el tribunal, y mandó que fuese traído Pablo. 7 Cuando este llegó, lo rodearon los judíos que habían bajado de Jerusalén, presentando contra él muchas y graves acusaciones, las cuales no podían probar. 8 Alegó Pablo en su defensa: «Ni contra la ley de los judíos, ni contra el templo, ni contra César he cometido ningún error».
13 Pasados algunos días, el rey Agripa y Berenice llegaron a Cesarea para saludar a Festo. 14 Y como estuvieron allí muchos días, Festo expuso al rey la causa de Pablo, diciendo: «Un hombre ha sido dejado preso por Félix, 15 respecto al cual, cuando fui a Jerusalén, se me presentaron los principales sacerdotes y los ancianos de los judíos, presentaron y formularon acusaciones contra él y pidieron su condenación. 16 A estos respondí que no es costumbre de los romanos entregar alguno a la muerte antes que el acusado tenga delante a sus acusadores, y pueda defenderse de la acusación. 17 Y como ellos han venido conmigo aquí, no he hecho ninguna dilación, pero al día siguiente, sentado en el tribunal, mandé traer al hombre. 18 Pero cuando se presentaron los acusadores, ningún cargo presentaron de los que yo sospechaba, 19 sino que tenían contra él ciertas diferencias acerca de su religión, y de un cierto Jesús, que había muerto, y que Pablo decía que había resucitado. 20 Y como yo no sabía cómo examinar cuestión semejante, le pregunté si quería ir a Jerusalén y allá ser juzgado de estas cosas. 21 Mas como Pablo apeló para que se le reservase para ser juzgado por el Augusto (el emperador), mandé que le custodiasen hasta que le enviara yo a César». 22 Entonces Agripa dijo a Festo: «Yo también quisiera oír a ese hombre». Y él le dijo: «Mañana le oirás».
23 Al otro día, vinieron Agripa y Berenice con mucha pompa y ostentación, y entraron en la audiencia del tribunal junto con los tribunos y los principales hombres de la ciudad. Y Festo ordenó y trajeron a Pablo. 24 Entonces Festo dijo: «¡Rey Agripa y todos los reunidos! Véis a este hombre, respecto del cual toda la multitud de los judíos han formulado acusaciones ante mí, en Jerusalén y aquí, dando voces que no debe vivir más. 25 Pero yo, hallando que ninguna cosa digna de muerte ha hecho, y como él mismo apeló a Augusto, he determinado enviarle allí. 26 Sin embargo no tengo cosa cierta que escribir sobre este señor (al emperador), le he traído ante vosotros, y mayormente ante ti, oh rey Agripa, para que después de examinarle, tenga yo qué escribir. 27 Porque no me parece lógico, enviando un preso, no informar de los cargos que haya en su contra».
1 Entonces Agripa dijo a Pablo: «Te está permitido defenderte». Pablo entonces, extendiendo la mano, comenzó así su defensa:
2 «Me tengo por dichoso, oh rey Agripa, de que haya de defenderme hoy delante de ti de todas las cosas de que soy acusado por los judíos. 3 Mayormente porque tú conoces todas las costumbres y cuestiones que hay entre los judíos; por lo cual te ruego que me escuches con paciencia.
4 Mi vida, pues, desde mi juventud, la cual desde el principio pasé en mi nación, en Jerusalén, la conocen todos los judíos; 5 los cuales también saben que yo desde el principio, si quieren testificarlo, conforme a la más rigurosa línea de nuestra religión como fariseo. 6 Y ahora, me presento aquí y soy llamado a juicio por la esperanza del cumplimiento de la promesa que hizo Dios a nuestros padres. 7 Promesa cuyo cumplimiento esperan que han de alcanzar nuestras doce tribus, sirviendo constantemente a Dios de día y de noche. Por esta esperanza, oh rey Agripa, soy acusado por los judíos. 8 ¿Porque, es algo imposible para vosotros que Dios resucite a los muertos? 9 Y yo ciertamente había creído mi deber hacer muchas cosas contra el nombre de Jesús de Nazaret. 10 Y lo hice en Jerusalén. Y así a muchos de los santos (los cristianos), yo les encerré en las cárceles habiendo recibido poder de los principales sacerdotes; y cuando eras asesinados, yo daba mi complacencia. 11 Y muchas veces, castigándolos en todas las sinagogas, los forcé a blasfemar; y enfurecido sobremanera contra ellos, los perseguía hasta en las ciudades extranjeras.
19 Por lo cual, oh rey Agripa, no negué obedecer a la visión celestial. 20 Pero primeramente a los que están en Damasco, y después en Jerusalén, y por toda la tierra de Judea, y a los gentiles, predico que se arrepientan y se convieran a Dios, haciendo obras dignas de arrepentimiento. 21 Por causa de esto los judíos, prendiéndome en el templo, intentaron matarme. 22 Pero Dios me ayudó, y hasta el día de hoy vivo y doy testimonio a pequeños y a grandes. Y no digo nada fuera de las cosas que los profetas y Moisés dijeron que habían de suceder: 23 Que el Cristo había de morir, y ser el primero de la resurrección de los muertos (sin volver a la muerte), para anunciar vida al pueblo y a los gentiles».
30 Cuando había dicho estas cosas, se levantó el rey, y el gobernador, y Berenice, y los que se habían sentado con ellos; 31 y yéndose, hablaban entre sí, diciendo: «Ninguna cosa digna ni de muerte ni de prisión ha hecho este hombre». 32 Y Agripa dijo a Festo: «Podía este hombre ser puesto en libertad, si no hubiera apelado a César (para ser juzgado por él)».
1 Cuando se decidió que habíamos de navegar para Italia, entregaron a Pablo y a algunos otros presos a un centurión llamado Julio, de la unidad militar "espiral de Sebaste". 2 Y embarcándonos en una nave de Adramitio, para navegar hacia las partes (costeras de la región) de Asia, zarpamos. Y con nosotros estaba Aristarco el macedonio de Tesalónica. 3 Y al otro día llegamos a Sidón. Y Julio, tratando humanamente a Pablo, le permitió que visitase a sus amigos, para ser atendido por ellos. 4 Y haciéndonos a la vela desde allí, navegamos a sotavento de Chipre, porque los vientos eran contrarios. 5 Habiendo atravesado el mar frente a Cilicia y Panfilia, arribamos a Mira, ciudad de Licia. 6 Y hallando allí el centurión una nave de Alejandría que zarpaba para Italia, nos embarcó en ella.
Llegada a Creta. El consejo de Pablo no es escuchado.
7 Navegamos muchos días despacio, y llegamos a duras penas frente a Gnido. Y porque nos impedía el viento, navegamos a sotavento de Creta, frente a Salmón (es decir desde el lado sur). 8 Y costeándola (Creta) con gran dificultad, llegamos a un lugar que llaman Buenos Puertos, cerca del cual estaba la ciudad de Lasea.
9 Y debido a que había pasado bastante tiempo, y siendo ya peligrosa la navegación, por haber pasado ya el ayuno (el ayuno otoñal de los judíos en torno al día de la Purificación, después de la cual la navegación se consideraba peligrosa) Pablo les aconsejaba, 10 diciéndoles: «Varones, veo que la navegación va a ser con perjuicio y mucha pérdida, no solo del cargamento y de la nave, sino también de nuestras vidas». 11 Pero el centurión más escuchaba al gobernador y al propietario de la nave, que a lo que Pablo decía. 12 Y debido a que el puerto era inadecuado para hibernar, la mayoría acordó zarpar también de allí, por si pudiesen llegar e hibernar en Fenice, puerto de Creta dirigido al viento suroeste y al viento noroeste.
Terrible y desesperante tempestad en el mar. Predicción divina de la salvación de todos por causa de Pablo.
13 Y cuando comenzó a soplar un suave viento sur, les pareció que ya tenían lo que deseaban. Así levaron anclas y rodearon Creta muy cerca de la costa. 14 Pero poco después estalló un viento huracanado contra la nave lamado Euroclidón. 15 Y siendo arrebatada la nave, y no pudiendo resistirse al viento, nos abandonamos a la merced de la corriente. 16 Y habiendo pasado bajo una pequeña isla llamada Clauda 1, con gran dificultad logramos adueñarnos del bote salvavidas (que estaba amarrado detrás del barco y era remolcado por él)
17 Y una vez subido a bordo, usaron de refuerzos (cuerdas) para ceñir la nave (y que no se abriese); y teniendo temor de dar en Sirte (tramo poco profundo y arenoso de la costa africana sin puerto), bajaron el ancla y dejaron al barco ser llevado por las olas. 18 Pero siendo combatidos por una furiosa tempestad, al siguiente día sacaron y arrojaron al mar parte de la carga. 19 Y al tercer día con nuestras propias manos arrojamos los aparejos de la nave. 20 Y no apareciendo ni sol ni estrellas por muchos días, y acosados por una tempestad no pequeña, ya habíamos perdido toda esperanza de salvarnos.
21 Entonces Pablo, como hacía ya muchos días que no comíamos, puesto en pie en medio de ellos, dijo: Habría sido por cierto conveniente, oh varones, haberme oído, y no zarpar de Creta tan solo para recibir este perjuicio y pérdida. 22 Pero ahora os exhorto a tener buen ánimo, pues no habrá ninguna pérdida de vida entre vosotros, sino solamente de la nave. 23 Porque se me ha presentado esta noche un ángel de Dios, al cual yo pertenezco, y al cual adoro, 24 diciendo: "Pablo, no temas; es seguro que comparecerás ante César. Y he aquí, Dios te ha concedido todos los que navegan contigo". 25 ¡Por tanto, oh varones, tened buen ánimo!; porque yo confío en Dios que será así como se me ha dicho. 26 Con todo, es necesario que demos en alguna isla».
27 Venida la decimacuarta noche, y siendo llevados a través del mar Adriático, a la medianoche los marineros sospecharon que estaban cerca de tierra; 28 y echando la sonda, hallaron veinte brazas; y pasando un poco más adelante, volviendo a echar la sonda, hallaron quince brazas. 29 Y temiendo dar en escollos, echaron cuatro anclas por la popa, y ansiaban que se hiciese de día. 30 Entonces los marineros procuraron huir de la nave, y echando el esquife al mar, aparentaban como que querían largar las anclas de proa. 31 Pero Pablo dijo al centurión y a los soldados: Si estos no permanecen en la nave, vosotros no podéis salvaros. 32 Entonces los soldados cortaron las amarras del esquife y lo dejaron perderse.
33 Cuando comenzó a amanecer, Pablo exhortaba a todos que comiesen, diciendo: Este es el decimocuarto día que veláis y permanecéis en ayunas, sin comer nada. 34 Por tanto, os ruego que comáis por vuestra salud; pues ni aun un cabello de la cabeza de ninguno de vosotros perecerá. 35 Y habiendo dicho esto, tomó el pan y dio gracias a Dios en presencia de todos, y partiéndolo, comenzó a comer. 36 Entonces todos, teniendo ya mejor ánimo, comieron también. 37 Y éramos todas las personas en la nave doscientas setenta y seis. 38 Y ya satisfechos, aligeraron la nave, echando el trigo al mar.
27 Venida la decimacuarta noche, y siendo llevados a través del mar Adriático, a la medianoche los marineros sospecharon que estaban cerca de tierra; 28 y echando la sonda (para medir la profundidad del mar), hallaron veinte brazas; y pasando un poco más adelante, volviendo a echar la sonda, hallaron quince brazas. 29 Y temiendo dar en escollos (rocas y arrecifes), echaron cuatro anclas por la popa, y ansiaban que se hiciese de día. 1
33 Cuando comenzó a amanecer, Pablo exhortaba a todos que comiesen, diciendo: «Este es el decimocuarto día que, esperando a qué pasará, permanecéis en ayunas, sin haber comido nada. 34 Por eso os ruego que cojáis comida. Porque esto es necesario para vuestra salvación. Y ni aun un cabello de la cabeza de ninguno de vosotros perecerá».
39 Y cuando se hizo de día, no reconocían la tierra firme, pero veían una ensenada que tenía playa, en la cual acordaron varar, si pudiesen, la nave. 40 Soltando, pues, las anclas, las dejaron que cayesen en el mar. Soltaron también las amarras con las que habían atado los timones (para inmovilizarlos debido a la tempestad); e izada al viento la vela de proa, intentaron dirigir la nave hacia la playa. 41 Pero debido a que cayeron en un lugar que en medio tenía tierra firme, que cortaba el mar en dos, impulsaron fuera la nave; y la proa, hincada, quedó inmóvil, y la popa se deshacía con la violencia de las olas. 42 Entonces los soldados acordaron matar a los presos, para que ninguno se fugase nadando. 43 Pero el centurión, queriendo salvar a Pablo, les impidió este intento, y mandó que los que pudiesen nadar se echasen los primeros, y saliesen a tierra; 44 y los demás, parte en tablas, parte en cosas de la nave. Y así todos llegaron a tierra y se salvaron.
1 Y estando ya a salvo, supimos que la isla se llamaba "Melíti" 1.
11 Pasados tres meses, nos hicimos a la vela en una nave alejandrina que había invernado en la isla, la cual tenía por enseña a los Dioscuros (Cástor y Pólux, hijos gemelos de Día, dioses patronos de los marineros). 12 Y llegados a Siracusa, estuvimos allí tres días. 13 De allí, costeando alrededor (Sicilia), llegamos a Regio; y otro día después, soplando el viento sur, llegamos al segundo día a Puteoli. 14 Allí hallamos hermanos, nos rogaron que nos quedásemos con ellos siete días. Y luego fuimos a Roma. 15 Allí, oyendo de nosotros los hermanos, salieron a recibirnos hasta el Foro de Apio y las Tres Tabernas; y al verlos, Pablo dio gracias a Dios y cobró aliento.
17 Aconteció que tres días después, Pablo convocó a los principales de los judíos.Y cuando estuvieron reunidos, les dijo: «¡Ηermanos! Yo, no habiendo hecho nada contra el pueblo, ni contra las costumbres de nuestros padres, he sido entregado preso desde Jerusalén en manos de los romanos. 18 Y ellos, habiéndome examinado, me querían soltar, por no haber en mí ninguna causa de muerte. 19 Pero oponiéndose los judíos, me vi obligado a apelar a César; no porque tenga de qué acusar a mi nación. 20 Así que por esta causa os he llamado para veros y hablaros; porque por la esperanza de Israel (esperanza mesiánica) llevo esta cadena».
23 Y habiéndole señalado un día, vinieron más a él, al alojamiento. Y les hablaba largamente, predicando el reino de Dios y enseñándoles sobre Jesús (como Mesías) tanto por la ley de Moisés como por los profetas, desde la mañana hasta la noche. 24 Y algunos creían en lo que se decía, pero otros no creían.
30 Y Pablo permaneció dos años enteros en una casa alquilada. Υ recibía a todos los que le visitaban. 31 Y predicaba el reino de Dios y enseñaba sobre el Señor Jesús Cristo con todo valor, sin impedimento.