[3039] Homilías del p. Athanasios Mitilineos. Interpretación del Misterio de la Divina Liturgia por N. Kabásilas. (6)

Recuerden, queridos, que habíamos analizado la Gran Letanía de la paz, y que condición previa para vivir la Divina Liturgia es tener paz dentro de nosotros. Esta paz es un elemento básico para cada oración, particularmente en la más alta ofrenda y adoración de Dios, que es la Divina Liturgia. Después pediremos por la paz que de lo alto viene y a continuación por la paz del mundo entero; le esto más agradable a Dios que los sacrificios que apesadumbrados le ofreceríamos de su creación. 

Y a cada una de estas peticiones el pueblo añade de modo estereotipado con "Señor, ten piedad". Aunque las peticiones son distintas, esta imploración del pueblo es una: "Señor, ten piedad". Esta es una petición de la misericordia divina, la cual contiene tanto la confesión como el agradecimiento, estos dos tipos de oración, porque cuando pedimos la misericordia de Dios significa que somos culpables ante Él, e inexcusables. Por lo tanto pedimos su misericordia y su piedad como condenados. Y cuando Él ofrece su misericordia, entonces nosotros le damos gracias por ello.

Entonces el "Señor, ten piedad" contiene estos dos tipos de oración: confesión y agradecimiento... pero tiene también algo más profundo. Teníamos pendiente una homilía de un teólogo sobre este tema, diremos más cosas sobre esta grandiosa oración.       

Cuando pedimos la misericordia de Dios, esto es equivalente a pedir su Reino, sobreel cual Cristo nos dijo que debía ser lo primero que debíamos buscar: «Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas [el resto de cosas] os serán añadidas.» (Mt. 6,33) 

Si pedimos entonces el Reino de Dios mediante el "Señor, ten piedad", significa que ya hemos pedido todo lo demás, porque todo lo demás está incluído en la búsqueda del Reino de Dios. Es muy grande e importante oración como les decía anteriormente, por eso que los monjes, y cada cristiano, puede utilizar esta llamada del corazón "Señor Jesús Cristo, Hijo de Dios, ten misericordia de mí".

La primera parte de esta oración, "Señor Jesús Cristo, Hijo de Dios", es la parte teológica, dogmática. Porque Jesús es declarado como Señor, y como Hijop de Dios. Entonces se declara la divinidad de Jesús Cristo. Y todavía algo más: se declara la humanidad de Dios. No tenemos solo la divinidad de la naturaleza humana de Cristo, sino que tenemos la humanidad de la naturaleza divina. Es decir no debemos decir solo que Cristo es Dios, sino también que Dios se hizo hombre, y desde luego es la misma Persona, es Jesús Cristo. 

También la denominación Cristo muestra la presencia de un intermediario, porque Cristo es el Ungido por Dios, como dice el apóstol Pablo, el establecido entre Dios y los hombres. 

Y su mediación no es de oración, sino de sacrificio de redención. Cuando le llamamos Hijo de Dios, insinuamos que Dios no es una Persona (Hipóstasis), sino más de una: tres, tal como sabemos. Esta parte teológica la he dicho muy brevemente; la siguiente parte, más práctica y espiritual, es ya lo que nosotros pedimos a Dios; y no es otra cosa que "Señor, ten piedad". "Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí o ten piedad de nosotros", lo cual significa: "danos, Señor, tu Reino"

¿De dónde podemos obtener la conclusión de que la misericordia de Dios significa su Reino?

Cuando el Señor habló sobre aquel usó de misericordia [el buen samaritano (Luc. 10, 25-37)], y sobre la recompensa que recibirán de Él los misericordiosos, dijo: «Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia» (Mt. 5,7). Y en otro pasaje, [referido al Juicio de las Naciones], dice: «Venid, benditos de mi Padre, heredad el Reino... Porque tuve hambre, y me dísteis de comer, tuve sed...» (Mt. 25,34).

Entonces, cuando decimos misericordia, significa Reino. Y debido a que Cristo nos dijo que primero buscásemos el Reino de Dios, podríamos decir que cuando pedimos misericordia a Dios, es exactamente esto.

Por lo tanto todo lo abarca la oración de la misericordia divina, es decir cuando pedimos la misericordia de Dios.

Después de cada una de estas oraciones entonces el pueblo dice "Señor, ten piedad", y tras ser completadas todas las oraciones de la Gran Letanía, el sacerdote proclama «Conmemorando a la santísima, inmaculada, bendita, gloriosa Señora nuestra, Madre de Dios y siempre Virgen María, con todos los Santos, encomendémonos nosotros mismos, unos a otros y toda nuestra vida a Cristo Dios».

¿Qué significa esto? Significa: acojámonos, ofrezcámonos, confiémosnos a nosotros mismos y a nuestras vidas, y a los demás, y toda nuestra vida a Cristo, habiendo conmemorado anteriormente como mediadores a la Santísima Madre de Dios y a todos los Santos. 

Aquí tenemos una explicación mediante asignación, y está implícito que tenemos una confianza sobre lo que depositemos nuestra asignación, de modo que aquí el diácono o el sacerdote pide del pueblo que todos nos encomendemos a nosotros mismos a Dios. Esta encomendación ha de ser acorde con Dios y son necesarias determinadas condiciones para confiarse a sí mismo a Dios.

No tomo conmigo pan, tampoco agua, y parto hacia el desierto, y digo: "me encomiendo a mí mismo a Dios, Él cuidará de mí". Esto es muy atrevido, porque sencillamente requiere ciertas condiciones para poder decir esto. ¿Has preguntado a Dios si está de acuerdo en ofrecerte a ti mismo a Él?

Una vez, dos monjes querían ir al desierto de Nitria, en el Alto Egipto, a hacer vida ascética, y pensaron lo siguiente: "iremos al desierto, no llevaremos nada con nosotros, ni pan ni agua, y allí nos ayudará Dios". Pero como pueden imaginarse, el desierto es terrible. Son miles de kilómetros. Todo el Norte de África es desierto... ¿dónde vas? Solo ves arena y cielo, nada más. No existe agua, ni comida, ni personas, ni árboles... Sólo algún oasis, en la distancia, puede encontrar alguien una parte de tierra con algo de agua y con algunas palmeras. Esto es todo, el oasis.

Estos dos hombres entonces partieron hacia el desierto, caminaban, lo siguiente era agotarse rápidamente sus fuerzas. Después de bastante tiempo sucedió algo terrible, aparecieron ante ellos unos animales salvajes. Deseperados del todo y próximos a morir de hambre, de repente vieron que los animales les traían comida. Sin embargo uno de ellos insistía en no comer, pensando que Dios le daría comido de otro modo. El otro entendió que no podían seguir con esa situación y comió. El otro murió, y éste vivió.

Preguntamos entonces, cuando comenzamos a encomendarnos anosotros mismos a Dios, ¿encontramos realmente a Dios acorde con esta encomendación? Es como si dices a la vecina, ¿me mantienes un poco a mi hijo? Pero debes recibir la respuesta de la vecina, de que lo mantendrá. Cuando no recibes ninguna respuesta, simplemente lo has voceado fuera de su puerta, encomeindas a tu hijo por horas o días, le dejas allí y te largas? 

¿Y qué significa que ha de ser acorde a la opnión de Dios? Para decir, "encomendémonos nosotros mismos, unos a otros y toda nuestra vida a Cristo Dios"? Presupone un atrevimiento o valor con franqueza, una acreditación, una confianza, que debemos tener frente a Dios.

Dice el sacerodte en la oración previa al Padre Nuestro: «...para herencia del reino de los Cielos y para confianza ante ti, que no sea motivo de juicio o condenación».

De mod que vemos claramente que la franqueza, la confianza, es un elemento básico para llamar a Dios Padre. No puedes llamar a Dios Padre, si no tienes franqueza y confianza. Y cuando has podido llamar a Dios Padre, es porque Dios estaba ya cuidando de sus hijos. ¿Y cuál es la condición previa para tener esta franqueza y confianza? La conciencia limpia. Cuando no choca con la voluntad de Dios. Sólo entonces puedes tener esta franqueza ante Dios. Tu conciencia no te dice que eres culpable frente a Dios.

Esto es. Cuando sabes que cumples la ley de Dios, que estás dentro del espíritu del evangelio, que estás dentro del amor de Dios. Esto sin embargo es fruto de un profundo autoconocimiento. Porque cuántos piensan que no tienen nada, que se sienten muy limpios, que no chocan con la voluntad de Dios... aquí existe queridos un auténtico desconocimiento y ausencia de Dios y de autoconocimiento. 

Es un gran tema el tener conciencia de una conciencia limpia. Ha de predominar en nosotros cierta santidad, santidad verdadera, para que podamos decir que nuestra conciencia está limpia. Es como lo que dice el apóstol Pablo, que dispongo de una buena conciencia, no choca con la ley de Dios, y así puedo decir con franqueza ante Dios, Señor dame esto.

El Venerable Moisés el Etíope [28 de Agosto], era un peligroso ladrón, pero luego se arrepintió. Con su ascesis llegó a un nivel muy alto, fue ordenado presbítero. Una vez le vistaron en el desierto dos hombres. Quería ofrecerles algo, sólo tenía algunas lentejas, pero no tenía agua. Entonces salió de la cueva en que se encontraban, miró al cielo y dijo, "Señor, dame un poco de agua por favor para cocinar. No terminó su frase cuando una nube se puso arriba de él y comenzó a caer agua. Consiguió lo suficiente como para poer cocinar las lentejas. 

Esto quiere decir franqueza y confianza; que tengas al valor de pedir a Dios, tal como un hijo a su padre, "padre, dame esto, por favor". Pero que sepas, que vives una vida distinta. 

Y otro elemento, es el siguiente. ¿Cuándo puedes encomendarte a tí mismo a Dios, y no ocuparte ya de ti mismo, cuando te ocupas de las cosas y los temas de Dios? No por pereza, diciendo que Dios me alimente y yo no preocupo ya de mí... no. Pero cuando no tienes tiempo ni modo de cuidar de ti mismo, entonces realmente Dios cuida de ti. Porque todo tu tiempo es consumido en buscar el Reino de Dios.      

Eres ierapóstolos (sagrado misionero), quieres dedicarte con todas tus fuerzas a ello. Comienzas como dijo Jesucristo a sus apóstoles, "no os llevéis nada con vosotros, donde vayáis os atenderán". No cuidaron aquellos de sí mismos, en ninguna manera; pero Dios cuidó de ellos, porque ellos se preocuparon por las cosas de Dios.   

¿Saben qué grandes cosas son estas? Queridos, ahora lo decimos así con sencillez, pero cuando alguien da el gran salto, de encomendarse a Dios y encontrarse bajo su cuidado, y el mismo se preocupa por las cosas de Dios, siente una paz, siente una seguridad. Y aunque no tiene nada, como dice el apóstol Pablo, «como no teniendo nada, mas poseyéndolo todo» (2 Cor. 6,11). Este es un gran tema. ¿Cuándo posees todo, cuándo es todo tuyo? Cuando no tienes nada, entonces todo es tuyo.

En no tener bienes ni propiedades [en griego "aktinomosyni"], hace que todo el mundo sea tuyo. El gran salto es estar sin tener ninguna propiedad. ¿Lo haces? Es difícil. Es decir cuando tomamos la decisión y decimos, estoy en las manos de Dios. No tomaré cuidado de mí mismo, lucharé por el Reino de Dios; entonces Dios te cuida en gran manera. Te conviertes en otro profeta Elías, te envía Dios mediante un cuervo la carne. Y el pan, y el agua, y todo... Envió Dios carne mediante el cuervo para que no pareciese algo casual. Si hubiese sido una paloma, podría ser caracterizado de difícil, pero más probable, aunque normalmente no coma carne. Pero que lo lleve un cuervo, el cual sí que come carne, esto es lo admirable.

Entonces, Dios envía queridos sus cuervos, sus enviados, y ayuda a los que buscan el Reino de Dios. Entonces podremos también nosotros realmente decir "Señor, nos encomendamos a tí, y ya no tendremos cuidado nosotros sobre nosotros mismos". Sin embargo no debemos cuidar sólo de nosotros mismos, sino que debemos también cuidar de los demás. ¿Quién son los demás? 

Un poco después en la Divina Liturgia diremos, "(Conmemorando a la santísima, inmaculada, bendita, gloriosa Señora nuestra Theotokos y siempre Virgen María, con todos los Santos), encomendémonos nosotros mismos, unos a otros y toda nuestra vida a Cristo Dios. 

Ven aquí que la encomendación no es sólo de nosotros mismos, sino también de los otros. De hecho aquí, lo veremos más adelante, se refiere a la unión de la fe y la comunión del Espíritu Santo, porque no puedes decir "me encomiendo a mí mismo" si estás falto de unidad en la fe. ¿Qué quiere decir unidad de fe? Que creo lo que cree la Iglesia, los que creen sus miembros, esta es la unidad de la fe. Y que además hallamos sido unidos y afirmados mediante la presencia del Espíritu Santo.

Cuando existen estas condiciones, entonces puedes decir a Dios que puedes encomendarte a tí mismo y a los demás en Sus manos. Dice Kabásilas, "no debemos pedir sólo por nosotros, sino para cumplir y completar la ley del amor ["agapi", amor cristiano]. Porque, ¿cómo podría decir alguien que tiene amor, cuando sólo se preocupa por sí mismo, y no por los demás?  

Lo de "Conmemorando a la santísima, inmaculada, bendita, gloriosa Señora nuestra Theotokos y siempre Virgen María, con todos los Santos", tiene el sentido de invocar, llamar, suplicar. Es tan difícil lo de encomendarse a uno mismo a Dios, tiene tantas pequeñas condiciones, que para poder conseguirlo, pedimos la intercesión de la Madre de Dios y de todos los Santos.

Pero vuelvo con el tema de que debemos encomendar también a los demás, porque sobre este tema de la encomendación de los otros en las manos de Dios, esto es una expresión de verdadera fe, verdadero amor y de verdadera educación, sobretodo respecto a los hijos. 

 

[25:50]     

      

 


 

 

 

 

 

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